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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo IX
DEL PRINCIPADO CIVIL
Trataremos
ahora del segundo caso: aquel en que un ciudadano, no por crímenes ni violencia,
sino gracias al favor de sus compatriotas, se convierte en príncipe. El Estado
así constituido puede llamarse principado civil. El llegar a él no
depende por completo de los méritos o de la suerte; depende, más bien, de una
cierta habilidad propiciada por la fortuna, y que necesita, o bien del apoyo del
pueblo, o bien del de los nobles. Porque en toda ciudad se encuentran estas dos
fuerzas contrarias, una de las cuales lucha por mandar y oprimir a la otra, que
no quiere ser mandada ni oprimida. Y del choque de las dos corrientes surge uno
de estos tres efectos, o principado, o libertad, o licencia.
El principado pueden
implantarlo tanto el pueblo como los nobles, según que la ocasión se presente a
uno o a otros. Los nobles, cuando comprueban que no pueden resistir al pueblo,
concentran toda la autoridad en uno de ellos y lo hacen príncipe, para poder, a
su sombra, dar rienda suelta a sus apetitos. El pueblo, cuando a su vez
comprueba que no puede hacer frente a los grandes, cede su autoridad a uno y lo
hace príncipe para que lo defienda. Pero el que llega al principado con la ayuda
de los nobles se mantiene con más dificultad que el que ha llegado mediante el
apoyo del pueblo, porque los que lo rodean se consideran sus iguales, y en tal
caso se le hace difícil mandarlos y manejarlos como quisiera. Mientras que el
que llega por el favor popular es única autoridad, y no tiene en derredor a
nadie o casi nadie que no esté dispuesto a obedecer. Por otra parte, no puede
honradamente satisfacer a los grandes sin lesionar a los demás; pero, en cambio,
puede satisfacer al pueblo, porque la finalidad del pueblo es más honesta que la
de los grandes, queriendo éstos oprimir, y aquél no ser oprimido.
Agréguese a esto que un
príncipe jamás podrá dominar a un pueblo cuando lo tenga por enemigo, porque son
muchos los que lo forman; a los nobles, como se trata de pocos, le será fácil.
Lo peor que un príncipe puede esperar de un pueblo que no lo ame es el ser
abandonado por él; de los nobles, si los tiene por enemigos, no sólo debe temer
que lo abandonen, sino que se rebelen contra él; pues, más astutos y
clarividentes, siempre están a tiempo para ponerse en salvo, a la vez que no
dejan nunca de congratularse con el que esperan resultará vencedor. Por último,
es una necesidad para el príncipe vivir siempre con el mismo pueblo, pero no con
los mismos nobles, supuesto que puede crear nuevos o deshacerse de los que
tenía, y quitarles o concederles autoridad a capricho.
Para aclarar mejor esta parte
en lo que se refiere a los grandes, digo que se deben considerar en dos aspectos
principales: o proceden de tal manera que se unen por completo a su suerte, o
no. A aquellos que se unen y no son rapaces, se les debe honrar y amar; a
aquellos que no se unen, se les tiene que considerar de dos maneras: si hacen
esto por pusilanimidad y defecto natural del ánimo, entonces tú debes
servirte en especial de aquellos que son de buen criterio, porque en la
prosperidad te honrarán y en la adversidad no son de temer, pero cuando no se
unen sino por cálculo y por ambición, es señal de que piensan más en sí
mismos que en ti, y de ellos se debe cuidar el prín- cipe y temerles como si se
tratase de enemigos declarados, porque esperarán la adversidad para contribuir a
su ruina.
El que llegue a príncipe
mediante el favor del pueblo debe esforzarse en conservar su afecto, cosa fácil,
pues el pueblo sólo pide no ser oprimido. Pero el que se convierta en príncipe
por el favor de los nobles y contra el pueblo procederá bien si so empeña ante
todo en conquistarlo, lo que sólo le será fácil si lo toma bajo su protección.
Y dado que los hombres se sienten más agradecidos cuando reciben bien de quien
sólo esperaban mal, se somete el pueblo más a su bienhechor que si lo hubiese
conducido al principado por su voluntad. El príncipe puede ganarse a su
pueblo de muchas maneras, que no mencionaré porque es imposible dar reglas fijas
sobre algo que varía tanto según las circunstancias. Insistiré tan sólo en que
un príncipe necesita contar con la amistad del pueblo, pues de lo contrario no
tiene remedio en la adversidad.
Nabis, príncipe de los
espartanos, resistió el ataque de toda Grecia y de un ejército romano invicto, y
le bastó, surgido el peligro, asegurarse de muy pocos para defender contra
aquéllos su patria y su Estado, que si hubiese tenido por enemigo al pueblo, no
le bastara. Y que no se pretenda desmentir mi opinión con el gastado proverbio
de que quien confía en el pueblo edifica sobre arena; porque el
proverbio sólo es verdadero cuando se trata de un simple ciudadano que confía en
el pueblo como si el pueblo tuviese el deber de liberarlo cuando los enemigos o
las autoridades lo oprimen. Quien así lo interpretara se engañaría a menudo,
como los Gracos en Roma y Jorge Scali en Florencia. Pero si es un príncipe quien
confía en él, y un príncipe valiente que sabe mandar, que no se acobarda en
la adversidad y mantiene con su ánimo y sus medidas el ánimo de todo su pueblo,
no sólo no se verá nunca defraudado, sino que se felicitará de haber depositado
en é su confianza.
Estos principados peligran,
por lo general, cuando quieren pasar de principado civil a principado absoluto;
pues estos príncipes gobiernan por sí mismos o por intermedio de magistrados. En
el último caso, su permanencia es más insegura y peligrosa, porque depende de la
voluntad de los ciudadanos que ocupan el cargo de magistrados, los cuales, y
sobre todo en, épocas adversas, pueden arrebatarle muy fácilmente el poder, ya
dejando de obedecerle, ya sublevando al pueblo contra ellos. Y el príncipe,
rodeado de peligros, no tiene tiempo para asumir la autoridad absoluta, ya que
los ciudadanos y los súbditos, acostumbrados a recibir órdenes nada más que de
los magistrados, no están en semejantes trances dispuestos a obedecer las suyas.
Y no encontrará nunca, en los tiempos dudosos, gentes en quien poder confiar,
puesto que tales príncipes no pueden tomar como ejemplo lo que sucede en tiempos
normales, cuando los ciudadanos tienen necesidad del Estado, y corren y prometen
y quieren morir por él, porque la muerte está lejana; pero en los tiempos
adversos, cuando el Estado tiene necesidad de los ciudadanos, hay pocos que
quieran acudir en su ayuda. Y esta experiencia es tanto más peligrosa cuanto que
no puede intentarse sino una vez. Por ello, un príncipe hábil debe hallar una
manera por la cual sus ciudadanos siempre y en toda ocasión tengan necesidad del
Estado y de él. Y así le serán siempre fieles.
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