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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo
VIII DE LOS QUE LLEGARON AL PRINCIPADO MEDIANTE CRÍMENES
Pero puesto
que hay otros dos modos de llegar a príncipe que no se pueden atribuir
enteramente a la fortuna o a la virtud, corresponde no pasarlos por alto, aunque
sobre ellos se discurra con más detenimiento donde se trata de las repúblicas.
Me refiero, primero, al caso en que se asciende al principado por un camino de
perversidades y delitos; y después, al caso en que se llega a ser príncipe por
el favor de los conciudadanos. Con dos ejemplos, uno antiguo y otro
contemporáneo, ilustraré el primero de estos modos, sin entrar a profundizar
demasiado en la cuestión, porque creo que bastan para los que se hallan en la
necesidad de imitarlos.
El siciliano
Agátocles, hombre no sólo de condición oscura, sino baja y abyecta, se convirtió
en rey de Siracusa. Hijo de un alfarero, llevó una conducta reprochable en todos
los períodos de su vida; sin embargo, acompañó siempre sus maldades con tanto
ánimo y tanto vigor físico que entrado en la milicia llegó a ser, ascendiendo
grado por grado, pretor de Siracusa. Una vez elevado a esta dignidad, quiso ser
príncipe y obtener por la violencia, sin debérselo a nadie, lo que de buen grado
le hubiera sido concedido. Se puso de acuerdo con el cartaginés Amílcar, que se
hallaba con sus ejércitos en Sicilia, y una mañana reunió al pueblo y al Senado,
como si tuviese que deliberar sobre cosas relacionadas con la república, y a una
señal convenida sus soldados mataron a todos los senadores y a los ciudadanos
mis ricos de Siracusa. Ocupó entonces y supo conservar como príncipe aquella
ciudad, sin que se encendiera ninguna guerra civil por su causa. Y aunque los
cartagineses lo sitiaron dos veces y lo derrotaron por último, no sólo pudo
defender la ciudad, sino que, dejando parte de sus tropas para que contuvieran a
los sitiadores, con el resto invadió el África; y en poco tiempo levantó el
sitio de Siracusa y puso a los cartagineses en tales aprietos, que se vieron
obligados a pactar con él, a conformarse con sus posesiones del África y a
dejarle la Sicilia. Quien estudie, pues, las acciones de Agátocles y juzgue sus
méritos muy poco o nada encontrará que pueda atribuir a la suerte; no adquirió
la soberanía por el favor de nadie, como he dicho más arriba, sino merced a sus
grados militares, que se había ganado a costa de mil sacrificios y peligros; y
se mantuvo en mérito a sus enérgicas y temerarias medidas. Verdad que no se
puede llamar virtud el matar a los conciudadanos, el traicionar a los amigos y
el carecer de fe, de piedad y de religión, con cuyos medios se puede adquirir
poder, pero no gloria. Pero si se examinan el valor de Agátocles al arrastrar y
salir triunfante de los peligros y su grandeza de alma para soportar y vencer
los acontecimientos adversos, no se explica uno por qué tiene que ser
considerado inferior a los capitanes más famosos. Sin embargo, su falta de
humanidad, sus crueldades y maldades sin número, no consienten que se lo coloque
entre los hombres ilustres. No se puede, pues, atribuir a la fortuna o a la
virtud lo que consiguió sin la ayuda de una ni de la otra.
En nuestros
tiempos, bajo el papa Alejandro VI, Oliverotto da Fermo, huérfano desde corta
edad, fue educado por uno de sus tíos maternos, llamado Juan Fogliani, y
confiado después, en su primera juventud, a Pablo Vitelli, a fin de que llegase,
gracias a sus enseñanzas, a ocupar un grado elevado en las armas. Muerto Pablo,
pasó a militar bajo Vitellozzo, su hermano, y en poco tiempo, como era
inteligente y de espíritu y cuerpo gallardos, se convirtió en el primer hombre
de su ejército. Pero como le pareció indigno servir a los demás, pensó
apoderarse de Fermo con el consentimiento de Vitellozzo y la ayuda de algunos
habitantes de la ciudad a quienes era más cara la esclavitud que la libertad de
su patria. Escribió a Juan Fogliani diciéndole que, luego de tantos años de
ausencia, deseaba ver de nuevo a su patria y a él, y, en parte, también conocer
el estado de su patrimonio; y que, como no se había fatigado sino por conquistar
gloria, quería, para demostrar a sus compatriotas que no había perdido el
tiempo, entrar con todos los honores y acompañado por cien caballeros, amigos y
servidores suyos. Rogábale, pues, que tratase de que los ciudadanos de Fermo lo
acogiesen de un modo honroso, que con ello no sólo lo honraba a él, sino que se
honraba a sí mismo, ya que había sido su maestro. No olvidó Juan ninguno de los
honores debidos a su sobrino, y lo hizo recibir dignamente por los ciudadanos de
Fermo, en cuyas casas se alojó con su comitiva. Transcurridos algunos días, y
preparado todo cuanto era necesario para su premeditado crimen, Oliverotto dio
un banquete solemne al que invitó a Juan Fogliani y a los principales hombres de
Ferno. Después de consumir los manjares y de concluir con los entretenimientos
que son de use en tales ocasiones, Oliverotto, deliberadamente, hizo recaer la
conversación, dando ciertos peligrosos argumentos, sobre la grandeza y los actos
del papa Alejandro y de César, su hijo; y como a esos argumentos contestaron
Juan y los otros, se levantó de pronto diciendo que convenía hablar de
semejantes temas en lugar más seguro, y se retiró a una habitación a la cual lo
siguieron Juan y los demás ciudadanos. Y aún éstos no habían tomado asiento
cuando de algunos escondrijos salieron soldados que dieron muerte a Juan y a
todos los demás. Consumado el crimen, montó Oliverotto a caballo, atravesó la
ciudad y sitió en su palacio al magistrado supremo. Los ciudadanos no tuvieron
entonces más remedio que someterse y constituir un gobierno del cual Oliverotto
se hizo nombrar jefe. Muertos todos los que hubieran podido significar un
peligro para él, se preocupó por reforzar su poder con nuevas leyes civiles y
militares, de manera que, durante el año que gobernó, no sólo estuvo seguro en
Fermo, sino que se hizo temer por todos los vecinos. Y habría sido tan difícil
de derrocar como Agátocles si no se hubiese dejado engañar por César Borgia y
prender, junto con los Orsini y los Vitelli, en Sinigaglia, donde, un año
después de su parricidio, fue estrangulado en compañía de Vitellozzo, su maestro
en hazañas y crímenes.
Podría alguien
preguntarse a qué se debe que, mientras Agátocles y otros de su calaña, a pesar
de sus traiciones y rigores sin número, pudieron vivir durante mucho tiempo y a
cubierto de su patria, sin temer conspiraciones, y pudieron a la vez defenderse
de los enemigos de afuera, otros, en cambio, no sólo mediante medidas tan
extremas no lograron conservar su Estado en épocas dudosas de guerra, sino
tampoco en tiempos de paz. Creo que depende del buen o mal uso que se hace de
la crueldad. Llamaría bien empleadas a las crueldades (si a lo malo se lo
puede llamar bueno) cuando se aplican de una sola vez por absoluta necesidad de
asegurarse, y cuando no se insiste en ellas, sino, por el contrario, se trata de
que las primeras se vuelvan todo lo beneficiosas posible para los súbditos. Mal
empleadas son las que, aunque poco graves al principio, con el tiempo antes
crecen que se extinguen. Los que observan el primero de estos procedimientos
pueden, como Agátocles, con la ayuda de Dios y de los hombres, poner, algún
remedio a su situación, los otros es imposible que se conserven en sus Estados.
De donde se concluye que, al apoderarse de un Estado, todo usurpador debe
reflexionar sobre los crímenes que le es preciso cometer, y ejecutarlos todos a
la vez, para que no tenga que renovarlos día a día y, al no verse en esa
necesidad, pueda conquistar a los hombres a fuerza de beneficios. Quien procede
de otra manera, por timidez o por haber sido mal aconsejado, se ve siempre
obligado a estar con el cuchillo en la mano, y mal puede contar con súbditos a
quienes sus ofensas continuas y todavía recientes llenan de desconfianza. Porque
las ofensas deben inferirse de una sola vez para que, durando menos, hieran
menos; mientras que los beneficios deben proporcionarse poco a poco, a fin de
que se saboreen mejor. Y, sobre todas las cosas, un príncipe vivirá con sus
súbditos de manera tal, que ningún acontecimiento, favorable o adverso, lo haga
variar; pues la necesidad que se presenta en los tiempos difíciles y que no se
ha previsto, tú no puedes remediarla; y el bien que tú hagas ahora de nada sirve
ni nadie te lo agradece, porque se considera hecho a la fuerza.
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