|
EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo
VII DE LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE ADQUIEREN CON ARMAS Y FORTUNA DE OTROS
Los que sólo
por la suerte se convierten en príncipes poco esfuerzo necesitan para llegar a
serlo, pero no se mantienen sino con muchísimo. Las dificultades no surgen en su
camino, porque tales hombres vuelan, pero se presentan una vez instalados. Me
refiero a los que compran un Estado o a los que lo obtienen como regalo,
tal cual suce- dió a muchos en Grecia, en las ciudades de Jonia y del Helesponto,
donde fueron hechos príncipes por Darío a fin de que le conservasen dichas
ciudades para su seguridad y gloria; y como sucedió a muchos emperadores que
llegaban al trono corrompiendo los soldados. Estos príncipes no se sostienen
sino por la voluntad y la fortuna --cosas ambas mudables e inseguras-- de
quienes los elevaron; y no saben ni pueden conservar aquella dignidad. No saben
porque, si no son hombres de talento y virtudes superiores, no es presumible que
conozcan el arte del mando, ya que han vivido siempre como simples ciudadanos;
no pueden porque carecen de fuerzas que puedan serles adictas y fieles. Por otra
parte, los Estados que nacen de pronto, como todas las cosas de la
naturaleza que brotan y crecen precozmente, no pueden tener raíces ni sostenes
que los defiendan del tiempo adverso; salvo que quienes se han convertido en
forma tan súbita en príncipes se pongan a la altura de lo que la fortuna
ha depositado en sus manos, y sepan prepararse inmediatamente para conservarlo,
y echen los cimientos que cualquier otro echa antes de llegar al principado.
Acerca de
estos dos modos de llegar a ser príncipe --por méritos o por suerte--, quiero
citar dos ejemplos que perduran en nuestra memoria: el de Francisco Sforza y el
de César Borgia. Francisco, con los medios que correspondían y con un gran
talento, de la nada se convirtió en duque de Milán, y conservó con poca fatiga
lo que con mil afanes había conquistado. En el campo opuesto, César Borgia,
llamado duque Valentino por el vulgo, adquirió el Estado con la fortuna de su
padre, y con la de éste lo perdió, a pesar de haber empleado todos los medios
imaginables y de haber hecho todo lo que un hombre prudente y hábil debe hacer
para arraigar en un Estado que se ha obtenido con armas y apoyo ajenos. Porque,
como ya he dicho, el que no coloca los cimientos con anticipación podría
colocarlos luego si tiene talento, aun con riesgo de disgustar al arquitecto y
de hacer peligrar el edificio. Si se examinan los progresos del duque, se verá
que ya había echado las bases para su futura grandeza; y creo que no es
superfluo hablar de ello, porque no sabría qué mejores consejos dar a un
príncipe nuevo que el ejemplo de las medidas tomadas por él. Que si no le dieron
el resultado apetecido, no fue culpa suya, sino producto de un extraordinario y
extremado rigor de la suerte.
Para hacer
poderoso al duque, su hijo, tenía Alejandro VI que luchar contra grandes
dificultades presentes y futuras. En primer lugar, no veía manera de hacerlo
señor de algún Estado que no fuese de la Iglesia; y sabía, por otra parte, que
ni el duque de Milán ni los venecianos le consentirían que desmembrase los
territorios de la Iglesia, porque ya Faenza y Rímini estaban bajo la protección
de los venecianos. Y después veía que los ejércitos de Italia, y especialmente
aquellos de los que hubiera podido servirse, estaban en manos de quienes debían
temer el engrandecimiento del papa; y mal podía fiarse de tropas mandadas por
los Orsini, los Colonna y sus aliados. Era, pues, necesario remover aquel estado
de cosas y desorganizar aquellos territorios para apoderarse sin riesgos de una
parte de ellos. Lo que le fue fácil, porque los venecianos, movidos por otras
razones, habían invitado a los franceses a volver a Italia; lo cual no sólo no
impidió, sino facilitó con la disolución del primer matrimonio del rey
Luis. De suerte que el rey entró en Italia con la ayuda de los venecianos y el
consentimiento de Alejandro. Y no había llegado aún a Milán cuando el papa
obtuvo tropas de aquél para la empresa de la Romaña, a la que nadie se opuso
gracias a la autoridad del rey. Adquirida, pues, la Romaña por el duque, y
derrotados los Colonna, se presentaban dos obstáculos que impedían conservarla y
seguir adelante, uno, sus tropas, que no le parecían adictas; el otro, la
voluntad de Francia. Temía que las tropas de los Orsini, de las cuales se había
valido, le faltasen en el momento preciso, y no sólo le impidiesen conquistar
más, sino que le arrebatasen lo conquistado; y otro tanto temía del rey. Tuvo
una prueba de lo que sospechaba de los Orsini cuando, después de la toma de
Faenza, asaltó a Bolonia, en cuyas circunstancias los vio batirse con frialdad.
En lo que respecta al rey, descubrió sus intenciones cuando, ya dueño del ducado
de Urbino, se vio obligado a renunciar a la conquista de Toscana por su
intervención. Y entonces decidió no depender más de la fortuna y las armas
ajenas. Lo primero que hizo fue debilitar a los Orsini y a los Colonna en Roma,
ganándose a su causa a cuantos nobles les eran adictos, a los cuales señaló
crecidos sueldos y honró de acuerdo con sus méritos con mandos y
administraciones, de modo que en pocos meses el afecto que tenían por aquéllos
se volvió por entero hacia el duque. Después de lo cual, y dispersado que, hubo
a los Colonna, esperó la ocasión de terminar con los Orsini. Oportunidad que se
presentó bien y que él aprovechó mejor. Los Orsini, que muy tarde habían
comprendido que la grandeza del duque y de la Iglesia generaba su ruina,
celebraron una reunión en Magione, en el territorio de Perusa, de la que
nacieron la rebelión de Urbino, los tumultos de Romaña y los infinitos peligros
por los cuales atravesó el duque; pero éste supo conjurar todo con la ayuda de
los franceses. Y restaurada su autoridad, el duque, que no podía fiarse de los
franceses ni de los demás fuerzas extranjeras, y que no se atrevía a
desafiarlas, recurrió a la astucia; y supo disimular tan bien sus propósitos,
que los Orsini, por intermedio del señor Paulo -a quien el duque colmó de
favores para conquistarlo, sin escatimarle dinero, trajes ni caballos-, se
reconciliaron inmediatamente, hasta tal punto, que su candidez los llevó a caer
en sus manos en Sinigaglia. Exterminados, pues, estos jefes y convertidos los
partidarios de ellos en amigos suyos, el duque tenía construidos sólidos
cimientos para su poder futuro, máxime cuando poseía toda la Romaña y el
ducado de Urbino y cuando se había ganado la buena voluntad de esos pueblos, a
los cuales empezaba a gustar el bienestar de su gobierno.
Y porque esta
parte es digna de mención y de ser imitada por otros, conviene no pasarla por
alto. Cuando el duque se encontró con que la Romaña conquistada estaba bajo el
mando de señores ineptos que antes despojaban a sus súbditos que los gobernaban,
y que más les daban motivos de desunión que de unión, por lo cual se sucedían
continuamente los robos, las riñas y toda clase de desórdenes, juzgó necesario,
si se quería pacificarla y volverla dócil a la voluntad del príncipe, dotarla de
un gobierno severo. Eligió para esta misión a Ramiro de Orco, hombre cruel y
expeditivo, a quien dio plenos poderes. En poco tiempo impuso éste su autoridad,
restableciendo la paz y la unión. Juzgó entonces el duque innecesaria tan
excesiva autoridad, que podía hacerse odiosa, y creó en el centro de la
provincia, bajo la presidencia de un hombre virtuosísimo, un tribunal civil en
el cual cada ciudadano tenía su abogado. Y como sabía que los rigores pasados
habían engendrado algún odio contra su persona, quiso demostrar, para aplacar la
animosidad de sus súbditos y atraérselos, que, si algún acto de crueldad se
había cometido, no se debía a él, sino a la salvaje naturaleza del ministro. Y
llegada la ocasión, una mañana lo hizo exponer en la plaza de Cesena, dividido
en dos pedazos clavados en un palo y con un cuchillo cubierto de sangre al lado.
La ferocidad de semejante espectáculo dejó al pueblo a la vez satisfecho y
estupefacto. Pero volvamos al punto de partida. Encontrábase el duque bastante
poderoso y a cubierto en parte de todo peligro presente, luego de haberse armado
en la necesaria medida y de haber aniquilado los ejércitos que encerraban
peligro inmediato, pero le faltaba, si quería continuar sus conquistas, obtener
el respeto del rey de Francia, pues sabía que el rey, aunque advertido tarde de
su error, trataría de subsanarlo. Empezó por ello a buscarse amistades nuevas, y
a mostrarse indeciso con los franceses cuando estos se dirigieron al reino de
Nápoles para luchar contra los españoles que sitiaban a Gaeta. Y si Alejandro
hubiese vivido aún, su propósito de verse libre de ellos no habría tardado en
cumplirse. Este fue su comportamiento en lo que se refiere a los hechos
presentes. En cuanto a los futuros, tenía sobre todo que evitar que el nuevo
sucesor en el Papado fuese enemigo suyo y le quitase lo que Alejandro le había
dado. Y pensó hacerlo por cuatro medios distintos: primero, exterminando a todos
los descendientes de los señores a quienes había despojado, para que el papa no
tuviera oportunidad de restablecerlos. Segundo, atrayéndose a todos los nobles
de Roma, para oponerse, con su ayuda, a los designios del papa. Tercero,
reduciendo el Colegio a su voluntad, hasta donde pudiese. Cuarto, adquiriendo
tanto poder, antes que el papa muriese, que pudiera por sí mismo resistir un
primer ataque. De estas cuatro cosas, ya había realizado tres a la muerte de
Alejandro, la cuarta estaba concluida. Porque señores despojados mató a cuantos
pudo alcanzar, y muy pocos se salvaron; y contaba con nobles romanos ganados a
su causa; y en el Colegio gozaba de gran influencia. Y por lo que toca a las
nuevas conquistas, tramaba apoderarse de Toscana, de la cual ya poseía a Perusa
y Piombino, aparte de Pisa, que se había puesto bajo su protección. Y en cuanto
no tuviese que guardar más miramientos con los franceses (que de hecho no tenía
por qué guardárselos, puesto que ya los franceses habían sido despojados del
Reino por los españoles, y que unos y otros necesitaban comprar su amistad), se
echaría sobre Pisa. Después de lo cual Luca y Siena no tardarían en ceder,
primero por odio contra los florentinos, y después por miedo al duque; y los
florentinos nada podrían hacer. Si hubiese logrado esto (aunque fuera el mismo
año de la muerte de Alejandro), habría adquirido tanto poder y tanta autoridad,
que se hubiera sostenido por sí solo, y no habría dependido más de la fortuna ni
de las fuerzas ajenas, sino de su poder y de sus méritos.
Pero Alejandro
murió cinco años después de que el hijo empezara a desenvainar la espada. Lo
dejaban con tan sólo un Estado afianzado: el de Romaña, y con todos los demás en
el aire, entre dos poderosos ejércitos enemigos, y enfermo de muerte. Pero había
en el duque tanto vigor de alma y de cuerpo, tan bien sabía cómo se gana y se
pierde a los hombres, y los cimientos que echara en tan poco tiempo eran tan
sólidos, que, a no haber tenido dos ejércitos que lo rodeaban, o simplemente a
haber estado sano, se hubiese sostenido contra todas las dificultades. Y si los
cimientos de su poder eran seguros o no, se vio en seguida, pues la Romaña lo
esperó más de un mes: y, aunque estaba medio muerto, nada se intentó contra él,
a pesar de que los Baglioni, los Vitelli y los Orsini habían ido allí con ese
propósito; y si no hizo papa a quien quería, obtuvo por lo menos que no lo fuera
quien él no quería que lo fuese. Pero todo le hubiese sido fácil a no haber
estado enfermo a la muerte de Alejandro. El mismo me dijo, el día en que elegido
Julio II, que había previsto todo lo que podía suceder a la muerte de su padre,
y para todo preparado remedio; pero que nunca había pensado que en semejante
circunstancia él mismo podía hallarse moribundo.
No puedo,
pues, censurar ninguno de los actos del duque; por el contrario, me
parece que deben imitarlos todos aquellos que llegan al trono mediante la
fortuna y las armas ajenas. Porque no es posible conducirse de otro modo cuando
se tienen tanto valor y tanta ambición. Y si sus propósitos no se realizaron,
tan sólo fue por su enfermedad y por la brevedad de la vida de Alejandro. El
príncipe nuevo que crea necesario defenderse de enemigos, conquistar amigos,
vencer por la fuerza o por el fraude, hacerse amar o temer de los habitantes,
respetar y obedecer por los soldados, matar a los que puedan perjudicarlo,
reemplazar con nuevas las leyes antiguas, ser severo y amable, magnánimo y
liberal, disolver las milicias infieles, crear nuevas, conservar la amistad de
reyes y príncipes de modo que lo favorezcan de buen grado o lo ataquen con
recelos; el que juzgue indispensable hacer todo esto, digo, no puede hallar
ejemplos más recientes que los actos del duque. Sólo se lo puede criticar en lo
que respecta a la elección del nuevo pontífice, porque, si bien no podía hacer
nombrar a un papa adicto, podía impedir que lo fuese este o aquel de los
cardenales, y nunca debió consentir en que fuera elevado al Pontificado alguno
de los cardenales a quienes había ofendido o de aquellos que, una vez papas,
tuviesen que temerle. Pues los hombres ofenden por miedo o por odio. Aquellos a
quienes había ofendido eran, entre otros, el cardenal de San Pedro, Advíncula,
Colonna, San Jorge y Ascanio; todos los demás, si llegados al solio, debían
temerle, salvo el cardenal de Ambaise dado su poder, que nacía del de Francia, y
los españoles ligados a él por alianza y obligaciones recíprocas. Por
consiguiente, el duque debía tratar ante todo de ungir papa a un español, y, a
no serle posible, aceptar al cardenal de Arnboise antes que el de San Pedro
Advíncula. Pues se engaña quien cree que entre personas eminentes los beneficios
nuevos hacen olvidar las ofensas antiguas. Se equivocó el duque en esta
elección, causa última de su definitiva ruina.
Si nuestra página y nuestra labor te gustan... Colabora !!!

|