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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo VI DE
LOS PRINCIPADOS NUEVOS QUE SE ADQUIEREN CON LAS ARMAS PROPIAS Y EL TALENTO
PERSONAL
Nadie se
asombre de que, al hablar de los principados de nueva creación y de aquellos en
los que sólo es nuevo el príncipe, traiga yo a colación ejemplos ilustres. Los
hombres siguen casi siempre el camino abierto por otros y se empeñan en imitar
las acciones de los demás. Y aunque no es posible seguir exactamente el mismo
camino ni alcanzar la perfección del modelo, todo hombre prudente debe entrar en
el camino seguido por los grandes e imitar a los que han sido excelsos, para
que, si no los iguala en virtud, por lo menos se les acerque; y hacer como los
arqueros experimentados, que, cuando tienen que dar en blanco muy lejano, y dado
que conocen el alcance de su arma, apuntan por sobre él, no para llegar a tanta
altura, sino para acertar donde se lo proponían con la ayuda de mira tan
elevada.
Los
principados de nueva creación, donde hay un príncipe nuevo, son más o menos
difíciles de conservar según que sea más o menos hábil el príncipe que los
adquiere. Y dado que el hecho de que un hombre se convierta de la nada en
príncipe presupone necesariamente talento o suerte, es de creer que una u otra
de estas dos cosas allana, en parte, muchas dificultades. Sin embargo, el que
menos ha confiado en el azar es siempre el que más tiempo se ha conservado en su
conquista. También facilita enormemente las cosas el que un príncipe, al no
poseer otros Estados, se vea obligado a establecerse en el que ha adquirido.
Pero quiero referirme a aquellos que no se convir- tieron en príncipes por el
azar, sino por sus virtudes. Y digo entonces que, entre ellos, loa más ilustres
han sido Moisés, Ciro, Rómulo, Teseo y otros no menos grandes. Y aunque Moisés
sólo fue un simple agente de la voluntad de Dios, merece, sin embargo, nuestra
admiración, siquiera sea por la gracia que lo hacia digno de hablar con Dios.
Pero también son admirables Ciro y todos los demás que han adquirido o fundado
reinos; y si juzgamos sus hechos y su gobierno, hallaremos que no deslucen ante
los de Moisés, que tuvo tan gran preceptor. Y si nos detenemos a estudiar su
vida y sus obras, descubriremos que no deben a la fortuna sino el haberles
proporcionado la ocasión propicia, que fue el material al que ellos dieron la
forma conveniente. Verdad es que, sin esa ocasión, sus méritos de nada hubieran
valido; pero también es cierto que, sin sus méritos, era inútil que la ocasión
se presentara. Fue, pues, necesario que Moisés hallara al pueblo de Israel
esclavo y oprimido por los egipcios para que ese pueblo, ansioso de salir de su
sojuzgamiento, se dispusiera a seguirlo. Se hizo menester que Rómulo no pudiese
vivir en Alba y estuviera expuesto desde su nacimiento, para que llegase a ser
rey de Roma y fundador de su patria. Ciro tuvo que ver a los persas descontentos
de la dominación de los medas, y a los medas flojos e indolentes como
consecuencia de una larga paz. No habría podido Teseo poner de manifiesto sus
virtudes si no hubiese sido testigo de la dispersión de los atenienses. Por lo
tanto, estas ocasiones permitieron que estos hombres realizaran felizmente sus
designios, y, por otro lado, sus méritos permitieron que las ocasiones rindieran
provecho, con lo cual llenaron de gloria y de dicha a sus patrias.
Los que, por
caminos semejantes a los de aquéllos, se convierten en príncipes adquieren el
principado con dificultades, pero lo conservan sin sobresaltos. Las dificultades
nacen en parte de las nuevas leyes y costumbres que se ven obligados a im-
plantar para fundar el Estado y proveer a su seguridad. Pues debe considerarse
que no hay nada más difícil de emprender, ni más dudoso de hacer, triunfar, ni
más peligroso de manejar, que el introducir nuevas leyes. Se explica: el
innovador se transforma en enemigo de todos los que se beneficiaban con las
leyes antiguas, y no se granjea sino la amistad tibia de los que se beneficiarán
con las nuevas. Tibieza en éstos, cuyo origen es, por un lado, el temor a los
que tienen de su parte a la legislación antigua, y por otro, la incredulidad de
los hombres, que nunca fían en las cosas nuevas hasta que ven sus frutos. De
donde resulta que, cada vez que los que son enemigos tienen oportunidad para
atacar, lo hacen enérgicamente, y aquellos otros asumen la defensa con tibieza,
de modo que se expone uno a caer con ellos. Por consiguiente, si se quiere
analizar bien esta par- te, es preciso ver si esos innovadores lo son por si
mismos, o si dependen de otros; es decir, si necesitan recurrir a la súplica
para realizar su obra, o si pueden imponerla por la fuerza. En el primer caso,
fracasan siempre, y nada queda de sus intenciones, pero cuando sólo dependen de
sí mismos y pueden actuar con la ayuda de la fuerza, entonces rara vez dejan de
conseguir sus propósitos. De donde se explica que todos los profetas armados
hayan triunfado, y fracasado todos los que no tenían armas. Hay que agregar,
además, que los pueblos son tornadizos; y que, si es fácil convencerlos de algo,
es difícil mantenerlos fieles a esa convicción, por lo cual conviene estar
preparados de tal manera, que, cuando ya no crean, se les pueda hacer creer por
la fuerza. Moisés, Ciro, Teseo y Rómulo no habrían podido hacer respetar sus
estatutos durante mucho tiempo si hubiesen estado desarmados. Como sucedió en
nuestros a Fray Jerónimo Savonarola, que fracasó en sus innovaciones en cuanto
la gente empezó a no creer en ellas, pues se encontró con que carecía de
medios tanto para mantener fieles en su creencia a los que habían creído como
para hacer creer a los incrédulos. Hay que reconocer que estos revolucionarios
tropiezan con serias dificultades, que todos los peligros surgen en su camino y
que sólo con gran valor pueden superarlos; pero vencidos los obstáculos, y una
vez que han hecho desaparecer a los que tenían envidia de sus virtudes, viven
poderosos, seguros, honrados y felices.
A tan excelsos
ejemplos hay que agregar otro de menor jerarquía, pero que guarda cierta
proporción con aquéllos y que servirá para todos los de igual clase. Es el de
Hierón de Siracusa, que de simple ciudadano llegó a ser príncipe sin tener otra
deuda con el azar que la ocasión; pues los siracusanos, oprimidos, lo nombraron
su capitán, y fue entonces cuando hizo méritos suficientes para que lo eligieran
príncipe. Y a pesar de no ser noble, dio pruebas de tantas virtudes, que quien
ha escrito de él ha dicho: “quod nihil illi deerat ad regnandum praeter regnum”.
Licenció el antiguo ejército y creó uno nuevo; dejó las amistades viejas y se
hizo de otras; y así, rodeado por soldados y amigos adictos, pudo construir
sobre tales cimientos cuanto edificio quiso; y lo que tanto le había costado
adquirir, poco le costó conservar.
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