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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo V DE
QUÉ MODO HAY QUE GOBERNAR LAS CIUDADES O PRINCIPADOS QUE, ANTES DE SER
OCUPADOS, SE REGÍAN POR SUS PROPIAS LEYES
Hay tres modos
de conservar un Estado que, antes de ser adquirido, estaba acostumbrado a
regirse por sus propias leyes y a vivir en libertad: primero, destruirlo.,
después, radicarse en él; por último, dejarlo regir por sus leyes,
obligarlo a pagar un tributo y establecer un gobierno compuesto por un corto
número de personas, para que se encargue de velar por la conquista. Como ese
gobierno sabe que nada puede sin la amistad y poder del príncipe, no ha de
reparar en medios para conservarle el Estado. Porque nada hay mejor para
conservar -si se la quiere conservar- una ciudad acostumbra- da a vivir libre
que hacerla gobernar por sus mismos ciudadanos.
Ahí están los
espartanos y romanos corno ejemplo de ello. Los espartanos ocuparon a Atenas y
Tebas, dejaron en ambas ciudades un gobierno oligárquico, y, sin embargo, las
perdieron. Los romanos, para conservar a Capua, Cartago y Numancia, las
arrasaron, y no las perdieron. Quisieron conservar a Grecia como lo habían hecho
los espartanos, dejándole sus leyes y su libertad, y no tuvieron éxito: de modo
que se vieron obligados a destruir muchas ciudades de aquella provincia para no
perderla. Porque, en verdad, el único medio seguro de dominar una ciudad
acostumbrada a vivir libre es destruirla. Quien se haga dueño de una ciudad así
y no la aplaste, espere a ser aplastado por ella. Sus rebeliones siempre tendrán
por baluarte el nombre de libertad y sus antiguos estatutos, cuyo hábito nunca
podrá hacerle perder el tiempo ni los beneficios. Por mu- cho que se haga y se
prevea, si los habitantes no se separan ni se dispersan, nadie se olvida de
aquel nombre ni de aquellos estatutos, y a ellos inmediatamente recurren en
cualquier contingencia, como hizo Pisa luego de estar un siglo bajo el yugo
florentino. Pero cuando las ciudades o provincias están acostumbradas a vivir
bajo un príncipe, y por la extinción de éste y su linaje queda vacante el
gobierno, como por un lado los habitantes están habituados a obedecer y por otro
no tienen a quién, y no se ponen de acuerdo para elegir a uno de entre ellos, ni
saben vivir en libertad, y por último tampoco se deciden a tomar las armas
contra el invasor, un príncipe puede fácilmente conquistarlas y retenerlas. En
las repúblicas, en cambio, hay más vida, más odio, más ansias de venganza. El
recuerdo de su antigua libertad no les concede, no puede concederles un solo
momento de reposo. Hasta tal punto que el mejor camino es destruirlas o
radicarse en ellas.
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