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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo IV
POR QUÉ EL REINO DE DARÍO, OCUPADO POR ALEJANDRO, NO SE SUBLEVÓ CONTRA LOS
SUCESORES DE ÉSTE DESPUÉS DE SU MUERTE
Consideradas
las dificultades que
encierra el conservar un Estado recientemente adquirido, alguien podría
preguntarse con asombro a qué se debe que, hecho Alejandro Magno dueño de Asia
en pocos años, y muerto apenas ocupada, sus sucesores, en circunstancias en que
hubiese sido muy natural que el Estado se rebelase, lo retuvieron on sus manos,
sin otros obstáculos que los que por ambición surgieron entre ellos. Contesto
que todos los principados de que se guarda memoria han sido gobernados de dos
modos distintos: o por un príncipe que elige de entre sus siervos, que lo son
todos, los ministros que lo ayudarán a gobernar, o por un príncipe asistido por
nobles que, no a la gracia del señor, sino a la antigüedad de su linaje, deben
la posición que ocupan. Estos nobles tienen Estados y súbditos propios, que los
reconocen por señores y les tienen natural afección. Mientras que, en los
Estados gobernados por un príncipe asistido por siervos, el príncipe goza de
mayor autoridad: porque en toda la provincia no se reconoce soberano sino a él,
y si se obedece a otro, a quien además no se tienen particular amor, sólo se lo
hace por tratarse de un ministro y magistrado del príncipe.
Los ejemplos de estas dos
clases de gobierno se hallan hoy en el Gran Turco y en el rey de Francia. Toda
Turquía esta gobernada por un solo señor, del cual los demás habitantes son
siervos; un señor que divide su reino en sanjacados, nombra sus administradores
y los cambia y reemplaza a su antojo. En cambio, el rey de Francia está rodeado
por una multitud de antiguos nobles que tienen sus prerrogativas, que son reco-
nocidos y amados por sus súbditos y que son dueños de un Estado que el rey no
puede arrebatarles sin exponerse. Así, si se examina uno y otro gobierno, se
verá que hay, en efecto, dificultad para conquistar el Estado del Turco, pero
que, una vez conquistado, es muy fácil conservarlo. Las razones de la dificultad
para apoderarse del reino del Turco residen en que no se puede esperar ser
llamado por los príncipes del Estado, ni confiar en que su rebelión facilitará
la empresa. Porque, siendo esclavos y deudores del príncipe, no es nada fácil
sobornarlos, y aunque se lo consiguiese, de poca utilidad sería, ya que, por las
razones enumeradas, los traidores no podrían arrastrar consigo al pueblo. De
donde quien piense en atacar al Turco reflexione antes en que hallará el Estado
unido, y confíe más en sus propias fuerzas que en las intrigas ajenas. Pero una
vez vencido y derrotado en campo abierto de manera que no pueda rehacer sus
ejércitos, ya no hay que temer sino a la familia del príncipe; y extinguida
ésta, no queda nadie que signifique peligro, pues nadie goza de crédito en el
pueblo; y como antes de la victoria el vencedor no podía esperar nada de los
ministros del príncipe, nada debe temer después de ella.
Lo contrario sucede en los
reinos organizados como el de Francia, donde, si te atraes a algunos de los
nobles, que siempre existen descontentos y amigos de las mudanzas, fácil te será
entrar. Estos, por las razones ya dichas, pueden abrirte el camino y facilitarte
la conquista; pero si quieres mantenerla, tropezarás después con infinitas
dificultades y tendrás que luchar contra los que te han ayudado y contra los que
has oprimido. No bastará que extermines la raza del príncipe: quedarán los
nobles, que se harán cabe- cillas de los nuevos movimientos, y como no podrás
conformarlos ni matarlos a todos, perderás el Estado en la primera oportunidad
que se les presente
Ahora, si se medita sobre la
naturaleza del gobierno de Darío se advertirá que se parecía mucho al del Turco.
Por eso fue preciso que Alejandro fuera a su encuentro y le derribara en
campaña. Después de la victoria, y muerto Darío, Alejandro quedó dueño tranquilo
del Estado, por las razones discurridas. Y si los sucesores hubiesen perma-
necido unidos, habrían podido gozar en paz de la conquista, porque no hubo en el
reino otros tumultos que los que ellos mismos suscitaron. Pero es imposible
gozar con tanta seguridad de un Estado organizado como el de Francia.
Por ejemplo,
los numerosos principados que había en España, Italia y Grecia explican las
frecuentes revueltas contra los romanos; y mientras perduró el recuerdo de su
existencia, los romanos nunca estuvieron seguros de su conquista; pero una vez
el recuerdo borrado, se convirtieron, gracias a la duración y al poder de su
Imperio, en sus seguros dominadores. Y así después pudieron, peleándose entre
sí, sacar la parte que les fue posible en aquellas provincias, de acuerdo con la
autoridad que tenían en ellas; porque, habiéndose extinguido la familia
de sus antiguos señores, no se reconocían otros dueños que los ro- manos.
Considerando, pues, estas cosas, no se asombrará nadie de la facilidad
con que Alejandro conservó el Imperio de Asia, y de la dificultad con que
los otros conservaron lo adquirido, como Pirro y muchos otros. Lo que no depende
de la poca o mucha virtud del conquistador, sino de la naturaleza de lo
conquistado.
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