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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
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XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo III
DE LOS PRINCIPADOS MIXTOS
Pero
las dificultades existen en los principados nuevas. Y si no es nuevo del todo,
sino como miembro agregado a un conjunto anterior, que puede llamarse así mixto,
sus incertidumbres nacen en primer lugar de una natural dificultad que se
encuentra en todos los principados nuevos. Dificultad que estriba en que los
hombres cambian con gusto de Señor, creyendo mejorar; y esta creencia los
impulsa a tornar las armas contra él; en lo cual se engañan, pues luego la
experiencia les enseña que han empeorado. Esto resulta de otra necesidad natural
y común que hace que el príncipe se vea obligado a ofender a sus nuevos
súbditos, con tropas o con mil vejaciones que el acto de la conquista lleva
consigo. De modo que tienes por enemigos a todos los que has ofendido al ocupar
el principado, y no puedes conservar como amigos a los que te han ayudado a
conquis- tarlo, porque no puedes satisfacerlos como ellos esperaban, y puesto
que les estás obligado, tampoco puedes emplear medicinas fuertes contra ellos;
porque siempre, aunque se descanse en ejércitos poderosísimos, se tiene
necesidad de la colaboración de los “provincianos” para entrar en una provincia.
Por estas razones, Luis XII, rey de Francia, ocupó rápidamente a Milán, y
rápidamente lo perdió; y bastaron la primera vez para arrebatárselo las mismas
fuerzas de Ludovico Sforza; porque los pueblos que le habían abierto las
puertas, al verse defraudados en las esperanzas que sobre el bien futuro habían
abrigado, no podían soportar con resignación las imposiciones del nuevo
príncipe.
Bien es cierto
que los territorios rebelados se pierden con más dificultad cuando se conquistan
por segunda vez, porque el señor, aprovechándose de la rebelión, vacila me- nos
en asegurar su poder castigando a los delincuentes, vigilando a los sospechosos
y reforzando las partes más débiles. De modo que, si para hacer perder Milán a
Francia bastó la primera vez un duque Ludovico que hiciese un poco de ruido en
las fronteras, para hacérselo perder la segunda se necesitó que todo el mundo
se concertase en su contra, y que sus ejércitos fuesen aniquilados y arrojados
de Italia, lo cual se explica por las razones antedichas.
Desde luego,
Francia perdió a Milán tanto la primera como la segunda vez. Las razones
generales de la primera ya han sido discurridas; quedan ahora las de la segunda,
y queda el ver los medios de que disponía o de que hubiese podido disponer
alguien que se encontrara en el lugar de Luis XII para conservar la conquista
mejor que él.
Estos Estados,
que al adquirirse se agregan a uno más antiguo, o son de la misma provincia y de
la misma lengua, o no lo son. Cuando lo son, es muy fácil conservarlos, sobre
todo cuando no están acostumbrados a vivir libres, y para afianzarse en el
poder, basta con haber borrado la línea del príncipe que los gobernaba, porque,
por lo demás, y siempre que se respeten sus costumbres y las ventajas de que
gozaban, los hombres permanecen sosegados, como se ha visto en el caso de
Borgoña, Bretaña, Gascuña y Normandía, que están sujetas a Francia desde hace
tanto tiempo; y aun cuando hay alguna diferencia de idioma, sus costumbres son
parecidas y pueden convivir en buena armonía. Y quien los adquiera, si desea
conservarlos, debe tener dos cuidados: primero, que la descendencia del anterior
príncipe desaparezca; después, que ni sus leyes ni sus tributos sean alterados.
Y se verá que en brevísimo tiempo el principal adquirido pasa a constituir un
solo y mismo cuerpo con el principado conquistador.
Pero cuando se
adquieren Estados en una provincia con idioma, costumbres y organización
diferentes, surgen entonces las dificultades y se hace precisa mucha suerte y
mucha habilidad para conservarlos; y uno de los Señores y más eficaces remedios
sería que la persona que los adquiera fuese a vivir en ellos.
Esto haría más
segura y más duradera la posesión. Como ha hecho el Turco con Grecia; ya que, a
despecho de todas las disposiciones tomadas para conservar aquel Estado, no
habría conseguido retenerlo si no hubiese ido a establecerse allí. Porque, de
esta manera, se ven nacer los desórdenes y se los puede reprimir con prontitud;
pero, residiendo en otra parte, se entera uno cuando ya son grandes y no tienen
remedio. Además, los representantes del príncipe no pueden saquear la provincia,
y los súbditos están mis satisfechos porque pueden recurrir a él fácilmente y
tienen más oportunidades para amarlo, si quieren ser buenos, y para temerlo, si
quieren proceder de otra manera. Los extranjeros que desearan apoderarse del
Estado tendrían más respeto; de modo que, habitando en él, solo con muchísima
dificultad podrá perderlo.
Otro buen
remedio es mandar colonias a uno o dos lugares que sean como llaves de aquel
Estado; porque es preciso hacer esto o mantener numerosas tropas. En las
colonias no se gasta mucho, y con esos pocos gastos se las gobierna y conserva,
y sólo se perjudica a aquellos a quienes se arrebatan los campos y las casas
para darlos a los nuevos habitantes, que forman una mínima parte de aquel
Estado. Y como los damnificados son pobres y andan dispersos, jamás pueden
significar peligro; y en cuanto a los demás, como por una parte no tienen
motivos para considerarse perjudicados, y por la otra temen incurrir en falta y
exponerse a que les suceda lo que a los despojados, se quedan tranquilos.
Concluyo que las colonias no cuestan, que son más fieles y entrañan menos
peligro; y que los damnificados no pueden causar molestias, porque son pobres y
están aislados, como ya he dicho.
Ha de notarse,
pues, que a los hombres hay que conquistarlos o eliminarlos, porque si se vengan
de las ofensas leves, de las graves no pueden; así que la ofensa que se ha- ga
al hombre debe ser tal, que le resulte imposible vengarse.
Si en vez de
las colonias se emplea la ocupación militar, el gasto es mucho mayor, porque el
mantenimiento de la guardia absorbe las rentas del Estado y la adquisición se
convierte en pérdida, y, además, se perjudica e incomoda a todos con el
frecuente cambio del alojamiento de las tropas. Incomodidad y perjuicio que
todos sufren, y por los cuales todos se vuelven enemigos; y son enemigos que
deben temerse, aun cuando permanezcan encerrados en sus casas. La ocupación
militar es, pues, desde cualquier punto de vista, tan inútil como útiles son las
colonias.
El príncipe
que anexe una provincia de costumbres, lengua y organización distintas a las de
la suya, debe también convertirse en paladín y defensor de los vecinos menos po-
derosos, ingeniarse para debilitar a los de mayor poderío y cuidarse de que,
bajo ningún pretexto, entre en su Estado un extranjero tan poderoso como él.
Porque siempre su- cede que el recién llegado se pone de parte de aquellos que,
por ambición o por miedo, están descontentos de su gobierno, como ya se vio
cuando los etolios llamaron a los romanos a Grecia: los invasores entraron en
las demás provincias llamados por sus propios habitantes. Lo que ocurre
comúnmente es que, no bien un extranjero poderoso entra en una provincia, se le
adhieren todos los que sienten envidia del que es más fuerte entre ellos, de
modo que el extranjero no necesita gran fatiga para ganarlos a su causa, ya que
en seguida y de buena gana forman un bloque con el Estado invasor. Sólo tiene
que preocuparse de que después sus aliados no adquieran demasiada fuerza y
autori- dad, cosa que puede hacer fácilmente con sus tropas, que abatirán a los
poderosos y lo dejarán árbitro único de la provincia. El que, en lo que a esta
parte se refiere, no gobierne bien perderá muy pronto lo que hubiere
conquistado, y aun cuando lo conserve, tropezará con infinitas dificultades y
obstáculos.
Los romanos,
en las provincias de las cuales se hicieron dueños, observaron perfectamente
estas reglas. Establecieron colonias, respetaron a los menos poderosos sin
aumentar su poder, avasallaron a los poderosos y no permitieron adquirir
influencia en el país a los extranjeros poderosos. Y quiero que me baste lo
sucedido en la provincia de Grecia como ejemplo. Fueron respetados acayos y
etolios, fue sometido el reino de los macedonios, fue expulsado Antíoco, y nunea
los méritos que hicieron acayos o etolios les llevaron a permitirles expansión
alguna, ni las palabras de Filipo los indujeron a tenerlo como amigo sin
someterlo, ni el poder de Antíoco pudo hacer que consintiesen en darle ningún
Estado en la provincia. Los romanos hicieron en estos casos lo que todo príncipe
prudente debe hacer, lo cual no consiste simplemente en preocuparse de los
desórdenes presentes, sino también de los futuros, y de evitar los primeros a
cualquier precio. Porque previniéndolos a tiempo se pueden remediar con
facilidad; pero si se espera que progresen, la medicina llega a deshora, pues la
enfermedad se ha vuelto incurable. Sucede lo que los médicos dicen del tísico:
que al principio su mal es difícil de conocer, pero fácil de curar, mientras
que, con el transcurso del tiempo, al no haber sido conocido ni atajado, se
vuelve fácil de conocer, pero difícil de curar. Así pasa en las cosas del
Estado: los males que nacen en él, cuando se los descubre a tiempo, lo que sólo
es dado al hombre sagaz, se los cura pronto; pero ya no tienen remedio cuando,
por no haberlos advertido, se los deja crecer hasta el punto de que todo el
mundo los ve.
Pero como los
romanos vieron con tiempo los inconvenientes, los remediaron siempre, y jamás
les dejaron seguir su curso por evitar una guerra, porque sabían que una guerra
no se evita, sino que se difiere para provecho ajeno. La declaración, pues, a
Filipo y a Antíoco en Grecia, para no verse obligados a sostenerla en Italia; y
aunque entonces podían evitarla tanto en una como en otra parte, no lo
quisieron. Nunca fueron partidarios de ese consejo, que está en boca de todos
los sabios de nuestra época: “hay que esperarlo todo del tiempo”; prefirieron
confiar en su prudencia y en su valor, no ignorando que el tiempo puede traer
cualquier cosa consigo, y que puede engendrar tanto el bien como el mal, y tanto
el mal como el bien.
Pero volvamos
a Francia y examinemos si se ha hecho algo de lo dicho. Hablaré, no de Carlos,
sino de Luis, es decir, de aquel que, por haber dominado más tiempo en Ita- lia,
nos ha permitido apreciar mejor su conducta. Y se verá cómo ha hecho lo
contrario de lo que debe hacerse para conservar un Estado de distinta
nacionalidad.
El rey Luis
fue llevado a Italia por la ambición de los venecianos, que querían, gracias a
su intervención, conquistar la mitad de Lombardía. Yo no pretendo censurar la
decisión tomada por el rey, porque si tenía el propósito de empezar a
introducirse en Italia, y carecía de amigos, y todas las puertas se le cerraban
a causa de los desmanes del rey Carlos, no podía menos que aceptar las amistades
que se le ofrecían. Y habría triunfado en su designio si no hubiese cometido
error alguno en sus medidas posteriores. Conquistada, pues, la Lombardía, el rey
pronto recobró para Francia la reputación que Carlos le había hecho perder.
Génova cedió; los florentinos le brindaron su amistad; el marqués de Mantua, el
duque de Ferrara, los Bentivoglio, la señora de Furli, los señores de Faenza de
Pésaro, de Rímini, de Camerino y de Piombino, los luqueses, los paisanos y los
sieneses, todos trataron de convertirse en sus amigos. Y entonces pudieron
comprender los venecianos la temeridad de su ocurrencia: para apoderarse de dos
ciudades de Lombardía, hicieron al rey dueño de las dos terceras partes de
Italia.
Considérese
ahora con qué facilidad el rey podía conservar su influencia en Italia, con tal
de haber observado las reglas enunciadas y defendido a sus amigos, que, por ser
numerosos y débiles, y temer unos a los venecianos y otros a la Iglesia, estaban
siempre necesitados de su apoyo; y por medio de ellos contener sin dificultad a
los pocos enemigos grandes que quedaban. Pero pronto obró al revés en Milán, al
ayudar al papa Alejandro para que ocupase la Romaña. No advirtió de que con esta
medida perdía a sus amigos y a los que se habían puesto bajo su protección, y al
par que debilitaba sus propias fuerzas, engrandecía a la Iglesia, añadiendo
tanto poder temporal al espiritual, que ya bastante autoridad le daba. Y
cometido un primer error, hubo que seguir por el mismo camino; y para poner fin
a la ambición de Alejandro e impedir que se convir- tiese en señor de Toscana,
se vio obligado a volver a Italia. No le bastó haber engrandecido a la Iglesia y
perdido a sus amigos, sino que, para gozar tranquilo del reino de Nápoles, lo
compartió con el rey de España; y donde él era antes árbitro único, puso un
compañero para que los ambiciosos y descontentos de la provincia tuviesen a
quien recurrir; y donde podía haber dejado a un rey tributario, llamó a alguien
que podía echarlo a él.
El ansia de
conquista es, sin duda, un sentimiento muy natural y común, y siempre que lo
hagan los que pueden, antes serán alabados que censurados; pero cuando intentan
hacerlo a toda costa los que no pueden, la censura es lícita. Si Francia podía,
pues, con sus fuerzas apoderarse de Nápoles, debía hacerlo., y si no podía, no
debía dividirlo. Si el reparto que hizo de Lombardía con los venecianos era
excusable porque le permitió entrar en Italia, lo otro, que no estaba
justificado por ninguna necesidad, es reprobable.
Luis cometió,
pues, cinco faltas: aniquiló a los débiles, aumentó el poder de un poderoso de
Italia, introdujo en ella a un extranjero más poderoso aún, no se estableció en
el territorio conquistado y no fundó colonias. Y, sin embargo, estas faltas, por
lo menos en vida de él podían no haber traído consecuencias desastrosas
si no hubiese co- metido la sexta, la de despojar de su Estado a los venecianos.
Porque, en vez de hacer fuerte a la iglesia y de poner a España en Italia, era
muy razonable y hasta necesario que las sometiese; pero cometido el error, nunca
debió consentir en la ruina de los venecianos, pues poderosos como eran, habrían
mantenido a los otros siempre distantes de toda acción contra Lombardía, ya
porque no lo hubiesen permitido sino para ser ellos mismos los dueños, ya porque
los otros no hubiesen querido arrebatársela a Francia para dársela a los
venecianos, y para atacar a ambos a la vez les hubiera faltado audacia. Y si
alguien dijese que el rey Luis cedió la Romaña a Alejandro Nápoles a España para
evitar la guerra, contestaría con las razones arriba enunciadas: que para evitar
una guerra nunca se debe dejar que un desorden siga su curso, porque no se la
evita, sino se la posterga en perjuicio propio. Y si otros alegasen que el rey
había prometido al papa ejecutar la empresa en su favor para obtener la
disolución de su matrimonio y el capelo de Ruán, respondería con lo que más
adelante se dirá acerca de la fe de los príncipes y del modo de observarla.
El rey Luis ha
perdido, pues, la Lombardía por no haber seguido ninguna de las normas que
siguieron los que conquistaron provincias y quisieron conservarlas. No se
trata de milagro alguno, sino de un hecho muy natural y lógico. Así se lo dije
en Nantes al cardenal de Ruán mientras que “el Valentino” como era llamado por
el pueblo César Borgia, hijo del papa Alejandro, ocupaba la Romaña. Como me
dijera el cardenal de Ruán que los italianos no entendían nada de las cosas de
la guerra, yo tuve que contestarle que los franceses entendían menos de las que
se refieren al Estado, porque de lo contrario no hubiesen dejado que la iglesia
adquiriese tanta influencia. Y ya se ha visto cómo, después de haber contribuido
a crear la grandeza de la Iglesia y de España en Italia, Francia fue arruinada
por ellas. De lo cual se infiere una regla general que rara vez o nunca
falla: que el que ayuda a otro a hacerse poderoso causa su propia ruina. Porque
es natural que el que se ha vuelto poderoso recele de la misma astucia o de la
misma fuerza gracias a las cuales se lo ha ayudado.
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