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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
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XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo XXVI
EXHORTACIÓN A LIBERAR A ITALIA DE LOS BÁRBAROS
Después
de meditar en todo lo expuesto, me preguntaba si en Italia, en la actualidad,
las circunstancias son propicias para que un nuevo príncipe pueda adquirir
gloría, esto es necesario a un hombre prudente y virtuoso para instaurar una
nueva forma de gobierno, por la cual, hombre honrándose a sí mismo, hiciera la
felicidad de los italianos. Y no puede menos que responderme que eran tantas las
circunstancias que concurrían en favor de un príncipe nuevo, que difícilmente
podría hallarse momento más adecuado. Y si, como he dicho, fue preciso para que
Moisés pusiera de manifiesto sus virtudes que el pueblo de Israel estuviese
esclavizado en Egipto, y para conocer la grandeza de Ciro que los persas fuesen
oprimidos por los medas, y la excelencia de Teseo que los atenienses se
dispersaran, del mismo modo, para conocer la virtud de un espíritu italiano, era
necesario que Italia se viese llevada al extremo en que yace hoy, y que
estuviese más esclavizada que los hebreos, más oprimida que los persas y más
desorganizada que los atenienses; que careciera de jefe y de leyes, que se viera
castigada, despojada, escarne- cida e invadida, y que soportara toda clase de
vejaciones. Y aunque hasta ahora se haya notado en este o en aquel hombre algún
destello de genio como para creer que había sido enviado por Dios para redimir
estas tierras, no tardó en advertirse que la fortuna lo abandonaba en lo más
alto de su carrera. De modo que, casi sin un soplo de vida, espera Italia al que
debe curarla de sus heridas, poner fin a los saqueos de Lombardia y a las
contribuciones del Reame y de Toscana y cauterizar sus llagas desde tanto tiempo
gangrenadas.
Vedla cómo
ruega a Dios que le envíe a alguien que la redima de esa crueldad e insolencia
de los bárbaros. Vedla pronta y dispuesta a seguir una bandera
mientras haya quien la empuña. Y no se ve en la actualidad en quien
uno pueda confiar más que en vuestra ilustre casa, para que con su fortuna y
virtud, preferida de Dios y de la Iglesia, de la cual es ahora príncipe, pueda
hacerse jefe de esta redención. Y esto no os parecerá difícil si tenéis
presentes la vida y acciones de los príncipes mencionados. Y aunque aquéllos
fueron hombres raros y maravillosos, no dejaron de ser hombres; y no tuvo
ninguno ocasión tan favorable como la presente; porque sus empresas no fueron
más justas ni más fáciles que ésta, ni Dios les fue más benigno de lo que lo es
con vos. Que
es justicia grande: iustum enim est bellum quibus necessarium, et pia arma
ubi nulla nisi in armis spes est.
Aquí hay
disposición favorable; y donde hay disposición favorable no puede haber grandes
dificultades, y sólo falta que vuestra casa se inspire en los ejemplos de los
hombres que he propuesto por modelos. Además, se ven aquí acontecimientos
extraordinarios, sin precedentes, ejecutados por voluntad divina: las aguas del
mar se han separado, una nube os ha mostrado el camino, ha brotado agua de la
piedra y ha llovido maná; todo concurre a vuestro engrandecimiento. A vos os
toca lo demás. Dios no quiere hacerlo todo para no quitarnos el libre albedrío
ni la parte de gloria que nos corresponde.
No es
asombroso que ninguno de los italianos a quien he citado haya podido hacer lo
que es de esperar que haga vuestra ilustre casa, ni es extraño que después de
tantas re- voluciones y revueltas guerreras parezca extinguido el valor militar
de nuestros compatriotas. Pero se debe a que la antigua organización militar no
era buena y a que nadie ha sabido modificarla. Nada honra tanto a un hombre que
se acaba de elevar al poder como las nuevas leyes y las nuevas instituciones
ideadas por él, que si están bien cimentadas y llevan algo grande en sí mismas,
lo hacen digno de respeto y admiración. E Italia no carece de arcilla modelable.
Que si falta valor en los jefes, sóbrales a los soldados. Fijaos en los duelos y
en las riñas, y advertid cuán superiores son los italianos en fuerza, destreza y
astucia. Pero en las batallas, y por culpa exclusive de la debilidad de los
jefes, su papel no es nada brillante; porque los capaces no son obedecidos; y
todos se creen capaces, pero hasta ahora no hubo nadie que supiese imponerse por
su valor y su fortuna, y que hiciese ceder a les demás. A esto hay que atribuir
el que, en tantas guerras habidas durante los últimos veinte años, los ejércitos
italianos siempre hayan fracasado, como lo demuestran Taro, Alejandria, Capua,
Génova, Vailá, Bolonia y Mes- tri.
Si vuestra
ilustre casa quiere emular a aquellos eminentes varones que libertaron a sus
países, es preciso, ante todo, y como preparativo indispensable a toda empresa,
que se rodee de armas propias; porque no puede haber soldados más fieles,
sinceros y mejores que los de uno. Y si cada uno de ellos es bueno, todos
juntos, cuando vean que quien los dirige, los honra y los trata paternalmente es
un príncipe en persona, serán mejores. Es, pues, necesario organizar estas
tropas para defenderse, con el valor italiano, de los extranjeros. Y aunque las
infanterías suiza y española tienen fama de temibles, ambas adolecen de
defectos, de manera que un tercer orden podría no sólo contenerlas, sino
vencerlas. Porque los españoles no resisten a la caballería, y los suizos tienen
miedo de la infantería que se muestra tan porfiada como ellos en la batalla. De
aquí que se haya visto y volverá a verse que los españoles no pueden hacer
frente a la caballería francesa, y que los suizos se desmoronan ante la
infantería española. Y por más que de esto último no tengamos una prueba
definitiva, podemos darnos una idea por lo sucedido en la batalla de Ravena,
donde la infantería española dio la cara a los batallones alemanes, que siguen
la misma táctica que los suizos; pues los españoles, ágiles de cuerpo, con la
ayuda de sus broqueles habían penetrado por entre las picas de los alemanes y
los acuchillaban sin riesgo y sin que éstos tuviesen defensa, y a no haber
embestido la caballería, no hubiese quedado alemán con vida. Por lo tanto,
conociendo los defectos de una y otra infantería, es posible crear una tercera
que resista a la caballería y a la que no asusten los soldados de a pie, lo cual
puede conseguirse con nuevas armas y nueva disposición de los combatientes. Y no
ha de olvidarse que son estas cosas las que dan autoridad y gloria a un príncipe
nuevo.
No se debe,
pues, dejar pasar esta ocasión para que Italia, después de tanto tiempo, vea por
fin a su redentor. No puedo expresar con cuánto amor, con cuánta sed de
venganza, con cuanta obstinada fe, con cuanta ternura, con cuántas lágrimas,
sería recibido en todas las provincias que han sufrido el aluvión de los
extranjeros. ¿Qué puertas se le cerrarían? ¿Qué pueblos negaríanle obediencia?
¿Qué envidias se le opondrían? ¿Qué italiano le rehusaría su homenaje? A todos
repugna esta dominación de los bárbaros. Abrace, pues, vuestra ilustre familia
esta causa con el ardor y la esperanza con que se abrazan las causas justas, a,
fin de que bajo su enseña la patria se ennoblezca y bajo sus auspicios se
realice la aspiración de Petrarca:
Virtú contro a furore
Prenderó 1'arme; e fia ‘l conbatter
Chè l’antico valore
Negl’itailici
cuor non è ancor morto.*
* La virtud
tomará las armas contra el atropello; el combate será breve, pues el antiguo
valor en los corazones italianos aún no ha muerto.
Fin
Príncipe, de
Nicolás Maquiavelo
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