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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo
XXV DEL PODER DE LA FORTUNA DE LAS COSAS HUMANAS Y DE LOS MEDIOS PARA
OPONÉRSELE
No ignoro que
muchos creen y han creído que las cosas del mundo están regidas por la fortuna y
por Dios, de tal modo que los hombres más prudentes no pueden modificar- las; y,
más aún, que no tienen remedio alguno contra ellas. De lo cual podrían deducir
que no vale la pena fatigarse mucho en las cosas, y que es mejor dejarse
gobernar por la suerte. Esta opinión ha gozado de mayor crédito en nuestros
tiempos por los cambios extraordinarios, fuera de toda conjetura humana, que se
han visto y se ven todos los días.
Y yo, pensando
alguna vez en ello, me he sentido algo inclinado a compartir el mismo parecer.
Sin embargo, y a fin de que no se desvanezca nuestro libre albedrío, acepto por
cierto que la fortuna sea juez de la mitad de nuestras acciones, pero que nos
deja gobernar la otra mitad, o poco menos. Y la comparo con uno de esos ríos
antiguos que cuando se embravecen, inundan las llanuras, derriban los árboles y
las casas y arrastran la tierra de un sitio para llevarla a otro; todo el mundo
huye delante de ellos, todo el mundo cede a su furor. Y aunque esto sea
inevitable, no obsta para que los hombres, en las épocas en que no hay nada que
temer, tomen sus precauciones con diques y reparos, de manera que si el
río crece otra vez, o tenga que deslizarse por un canal o su fuerza no sea tan
desenfrenada ni tan perjudicial. Así sucede con la fortuna, que se manifiesta
con todo su poder allí donde no hay virtud preparada para resistirle y dirige
sus ímpetus allí donde sabe que no se han hecho diques ni reparos para
contenerla. Y si ahora contemplamos a Italia, teatro de estos cambios y punto
que los ha engendrado, veremos que es una llanura sin diques ni reparos de
ninguna clase; y que si hubiese estado defendida por la virtud necesaria, como
lo están Alemania, España y Francia, o esta inundación no habría provocado las
grandes transformaciones que ha provocado, o no se habría producido. Y que lo
dicho sea suficiente sobre la necesidad general de oponerse a la fortuna.
Pero ciñéndome
más a los detalles me pregunto por qué un príncipe que hoy vive en la
prosperidad, mañana se encuentra en la desgracia, sin que se haya operado ningún
cambio en su carácter ni en su conducta. A mi juicio, esto se debe, en primer
lugar, a las razones que expuse con detenimiento en otra parte, es decir, a que
el príncipe que confía ciegamente en la fortuna perece en cuanto en cuanto ella
cambia. Creo también que es feliz el que concilia su manera de obrar con la
índole de las circunstancias, y que del mismo modo es desdichado el que no logra
armonizar una cosa con la otra. Pues se ve que los hombres, para llegar al fin
que se proponen, esto es, a la gloria y las riquezas, proceden en forma
distinta: uno con cautela, el otro con ímpetu; uno por la violencia, el otro por
la astucia; uno con paciencia, el otro con su contrario; y todos pueden triunfar
por medios tan dispares. Se observa también que, de dos hombres cautos, el uno
consigue su propósito y el otro no, y que tienen igual fortuna dos que han
seguido caminos encontrados, procediendo el uno con cautela y el otro con
ímpetu: lo cual no se debe sino a la índole de las circunstancias, que concilia
o no con la forma de comportarse. De aquí resulta lo que he dicho: que dos que
actúan de distinta manera obtienen el mismo resultado; y que de dos que actúan
de igual manera, uno alcanza su objeto y el otro no. De esto depende asimismo el
éxito, pues si las circunstancias y los acontecimientos se presentan de tal modo
que el príncipe que es cauto y paciente se ve favorecido, su gobierno será bueno
y él será feliz; mas si cambian, está perdido, porque no cambia al mismo tiempo
su proceder. Pero no existe hombre lo suficientemente dúctil como para adaptarse
a todas las circunstancias, ya porque no puede desviarse de aquello a lo que la
naturaleza lo inclina, ya porque no puede resignarse a abandonar un camino que
siempre le ha sido próspero. El hombre cauto fracasa cada vez que es preciso ser
impetuoso. Que si cambiase de conducta junto con las circunstancias, no
cambiaría su fortuna.
El papa Julio
II se condujo impetuosamente en todas sus acciones, y las circunstancias se
presentaron tan de acuerdo con su modo de obrar que siempre tuvo éxito.
Considérese su primera empresa contra Bolonia, cuando aun vivía Juan Bentivoglio.
Los venecianos lo veían con desagrado, y el rey de España deliberaba con el de
Francia sobre las medidas por tomar; pero Julio II, llevado por su ardor y su
ímpetu, inició la expedición poniéndose él mismo al frente de las tropas.
Semejante paso dejó suspensos a España y a los venecianos; y éstos por miedo, y
aquélla con la esperanza de recobrar todo el reino de Nápoles, no se movieron;
por otra parte, el rey de Francia se puso de su lado, pues al ver que Julio II
había iniciado la campaña, y como quería ganarse su amistad para humillar a los
venecianos, juzgó no poder negarle sus tropas sin ofenderlo en forma manifiesta.
Así, pues, Julio II, con su impetuoso ataque, hizo lo que ningún pontífice
hubiera logrado con toda la prudencia humana; porque si él hubiera esperado para
partir de Roma a tener todas las precauciones tomadas y ultimados todos los
detalles, como cualquier otro pontífice hubiese hecho, jamás habría triunfado,
porque el rey de Francia hubiera tenido mil pretextos y los otros amenazado con
mil represalias. Prefiero pasar por alto sus demás acciones, todas iguales a
aquélla y todas premiadas por el éxito, pues la brevedad de su vida no le
permitió conocer lo contrario. Que, a sobrevenir circunstancias en las que fuera
preciso conducirse con prudencia, corriera a su ruina, pues nunca se hubiese
apartado de aquel modo de obrar al cual lo inclinaba su naturaleza.
Se concluye
entonces que, como la fortuna varía y los hombres se obstinan en proceder de un
mismo modo, serán felices mientras vayan de acuerdo con la suerte e infelices
cuando estén en desacuerdo con ella. Sin embargo, considero que es preferible
ser impetuoso y no cauto, porque la fortuna es mujer y se hace preciso, si se la
quiere tener sumisa, golpearla y zaherirla. Y se ve que se deja dominar por
éstos antes que por los que actúan con tibieza. Y, como mujer, es amiga de los
jóvenes, porque son menos prudentes y más fogosos y se imponen con más audacia.
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