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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo XXIV
POR QUE LOS PRÍNCIPES DE ITALIA PERDIERON SUS ESTADOS
Las reglas
que acabo de exponer, llevadas a la práctica con prudencia, hacen parecer
antiguo a un príncipe nuevo y lo consolidan y afianzan en seguida en el Estado
como si fuese un príncipe hereditario. Por la razón de que se observa mucho más
celosamente la conducta de un príncipe nuevo que la de uno hereditario, si los
hombres la encuentran virtuosa, se sienten más agradecidos y se apegan más a él
que a uno de linaje antiguo. Porque los hombres se ganan mucho mejor con las
cosas presentes que con las pasadas, y cuando en las presentes hallan provecho,
las gozan sin inquirir nada; y mientras el príncipe no se desmerezca en las
otras cosas, estarán siempre dispuestos a defenderlo. Así, el príncipe tendrá la
doble gloria de haber creado un principado nuevo y de haberlo mejorado y
fortificado con buenas leyes, buenas armas, buenos amigos y buenos ejemplos. Del
mismo modo que será doble la deshonra del que, habiendo nacido príncipe, pierde
el trono por su falta de prudencia.
Si se examina
el comportamiento de los príncipes de Italia que en nuestros tiempos perdieron
sus Estados, como el rey de Nápoles, el duque de Milán y algunos otros, se
advertirá, en primer lugar, en lo que se refiere a las armas, una falta común a
todos: la de haberse apartado de las reglas antes expuestas. Después se verá que
unos tuvieron al pueblo por enemigo, y que el que lo tuvo por amigo no supo
asegurarse de los nobles. Porque sin estas faltas no se pierden los Estados que
tienen recursos suficientes para permitir levantar un ejército de campaña.
Filipo de
Macedonia, no el padre de Alejandro, sino el que fue vencido por Tito Quincio,
disponía de un ejército reducido en comparación con el de los griegos y los
romanos, que lo atacaron juntos; sin embargo, como era guerrero y había sabido
congraciarse con el pueblo y contener a los nobles, pudo resistir una lucha de
muchos años; y si al fin perdió algunas ciudades, conservó, en cambio el reino.
Por
consiguiente, estos príncipes nuestros que ocupaban el poder desde hacía muchos
años no acusen a la fortuna por haberlo perdido, sino a su ineptitud. Como en
épocas de paz nunca pensaron que podrían cambiar las cosas (es defecto común de
los hombres no preocuparse por la tempestad durante la bonanza), cuando se
presentaron tiempos adversos, atinaron a huir y no a defenderse, y esperaron que
el pueblo, cansado de los ultrajes de los vencedores, volviese a llamarlos.
Partido que es bueno cuando no hay otros; pero está muy mal dejar los otros por
ése, pues no debernos dejarnos caer por el simple hecho de creer que habrá
alguien que nos recoja. Porque no lo hay; y si lo hay y acude, no es para
salvación nuestra, dado que la defensa ha sido indigna y no ha dependido de
nosotros. Y las únicas defensas buenas, seguras y durables son las que de-
penden de uno mismo y de sus virtudes.
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