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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
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V , VI , VII
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XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo XXIII
COMO HUIR DE LOS ADULADORES
No quiero
pasar por alto un asunto importante, y es la falta en que con facilidad caen los
príncipes si no son muy prudentes o no saben elegir bien. Me refiero a los
aduladores, que abundan en todas las cortes. Porque los hombres se complacen
tanto en sus propias obras, de tal modo se engañan, que no atinan a defenderse
de aquella calamidad; y cuando quieren defenderse, se exponen al peligro de
hacerse despreciables. Pues no hay otra manera de evitar la adulación que el
hacer comprender a los hombres que no ofenden al decir la verdad; y resulta que,
cuando todos pueden decir la verdad, faltan al respeto. Por lo tanto, un
príncipe prudente debe preferir un tercer modo: rodearse de los hombres de buen
juicio de su Estado, únicos a los que dará libertad para decirle la verdad,
aunque en las cosas sobre las cuales sean interrogados y sólo en ellas. Pero
debe interrogarlos sobre todos los tópicos, escuchar sus opiniones con paciencia
y después resolver por sí y a su albedrío. Y con estos consejeros comportarse de
tal manera que nadie ignore que será tanto más estimado cuanto más libremente
hable. Fuera de ellos, no escuchar a ningún otro, poner en seguida en práctica
lo resuelto y ser obstinado en su cumplimiento. Quien no procede así se pierde
por culpa de los aduladores o, si cambia a menudo de parecer, es tenido en
menos.
Quiero a este
propósito citar un ejemplo moderno, Fray Lucas [Rinaldi], embajador ante el
actual emperador Maximiliano, decía, hablando de Su Majestad, que no pedía
consejos a nadie y que, sin embargo, nunca hacía lo que quería. Y esto
precisamente por proceder en forma contraria a la aconsejada. Porque el
emperador es un hombre reservado que no comunica a nadie sus pensamientos ni
pide pareceres; pero como, al querer ponerlos en práctica, empiezan a conocerse
y descubrirse, y los que los rodean opinan en contra, fácilmente desiste de
ellos. De donde resulta que lo que hace hoy lo deshace mañana, que no se
entiende nunca lo que desea o intenta hacer y que no se puede confiar en sus
determinaciones.
Por este
motivo, un príncipe debe pedir consejo siempre, pero cuando él lo considere
conveniente y no cuando lo consideren conveniente los demás, por lo cual debe
evitar que nadie emita pareceres mientras no sea interrogado. Debe preguntar a
menudo, escuchar con paciencia la verdad acerca de las cosas sobre las cuales ha
interrogado y ofenderse cuando se entera de que alguien no se la ha dicho por
temor. Se engañan los que creen que un príncipe es juzgado sensato gracias a los
buenos consejeros que tiene en derredor y no gracias a sus propias cualidades.
Porque ésta es una regla general que no falla nunca un príncipe que no es sabio
no puede ser bien aconsejado y, por ende, no puede gobernar, a menos que se
ponga bajo la tutela de un hombre muy prudente que lo guíe en todo. Y aun en
este caso, duraría poco en el poder, pues el ministro no tardaría en despojarlo
del Estado. Y si pide consejo a más de uno, los consejos serán siempre
distintos, y un príncipe que no sea sabio no podrá conciliarlos. Cada uno de los
conse- jeros pensará en lo suyo, y él no podrá saberlo ni corregirlo. Y
es imposible hallar otra clase de consejeros, porque los hombres se comportarán
siempre mal mientras la necesidad no los obligue a lo contrario. De esto se
concluye que es conveniente que los buenos consejos, vengan de quien vinieren,
nazcan de la prudencia del príncipe y no la prudencia del príncipe de los buenos
consejos.
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