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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo XXII
DE LOS SECRETARIOS DEL PRÍNCIPE
No es punto
carente de importancia la
elección de los ministros,
que será buena o mala según la cordura del príncipe. La primera opinión que se
tiene del juicio de un príncipe se funda en los hombres que lo rodean: si son
capaces y fieles, podrá reputárselo por sabio, pues supo hallarlos capaces y
mantenerlos fieles; pero cuando no lo son, no podrá considerarse prudente a un
príncipe que el primer error que comete lo comete en esta elección.
No había nadie que, al saber
que Antonio da Venafro era ministro de Pandolfo Petrucci, príncipe de Siena, no
juzgase hombre muy inteligente a Pandolfo por tener por ministro a quien tenía.
Pues hay tres clases de cerebros: el primero discierne por sí; el segundo
entiende lo que los otros disciernen, y el tercero no discierne ni entiende lo
que los otros disciernen. El primero es excelente, el segundo bueno y el tercero
inútil. Era, pues, absolutamente indispensable que, si Pandolfo no se hallaba en
el primer caso, se hallase en el segundo. Porque con tal que un príncipe tenga
el suficiente discernimiento para darse cuenta de lo bueno o malo que hace y
dice, reconocerá, aunque de por sí no las descubra, cuáles son las obras buenas
y cuáles las malas de un ministro, y podrá corregir éstas y elogiar las otras; y
el ministro, que no podrá confiar en engañarlo, se conservará honesto y fiel.
Para conocer a un ministro
hay un modo que no falla nunca. Cuando se ve que un ministro piensa más en él
que en uno y que en todo no busca sino su provecho, estamos en presencia de un
ministro que nunca será bueno y en quien el príncipe nunca podrá confiar. Porque
el que tiene en sus manos el Estado de otro jamás debe pensar en sí mismo, sino
en el príncipe, y no recordarle sino las cosas que pertenezcan a él. Por su
parte, el príncipe, para mantenerlo constante en su fidelidad, debe pensar en el
ministro. Debe honrarlo, enriquecerlo y colmarlo de cargos, de manera que
comprenda que no puede estar sin él, y que los muchos honores no le hagan desear
más honores, las muchas riquezas no le hagan ansiar más riquezas y los muchos
cargos le hagan temer los cambios políticos. Cuando los ministros, y los
príncipes con respecto a los ministros, proceden así, pueden confiar unos en
otros; pero cuando proceden de otro modo, las consecuencias son perjudiciales
tanto para unos como para otros.
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