|
EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo
XXI COMO DEBE COMPORTARSE UN PRÍNCIPE PARA SER ESTIMADO
Nada hace tan
estimable a un príncipe como las grandes empresas y el ejemplo de raras
virtudes. Prueba de ello es Fernando de Aragón, actual rey de España, a quien
casi puede llamarse príncipe nuevo, pues de rey sin importancia se ha convertido
en el primer monarca de la cristiandad. Sus obras, como puede comprobarlo quien
las examine, han sido todas grandes, y algunas extraordinarias. En los comienzos
de su reinado tomó por asalto a Granada, punto de partida de sus conquistas.
Hizo la guerra cuando estaba en paz con los vecinos, y, sabiendo que nadie se
opondría, distrajo con ella la atención de los nobles de Castilla, que, pensando
en esa guerra, no pensaban en cambios políticos, y por este medio adquirió
autoridad y reputación sobre ellos y sin que ellos se diesen cuenta. Con dinero
del pueblo y de la Iglesia pudo mantener sus ejércitos, a los que templó en
aquella larga guerra y que tanto lo honraron después. Más tarde, para poder
iniciar empresas de mayor envergadura, se entregó, sirviéndose siempre de la
iglesia, a una piadosa persecución y despojó y expulsó de su reino a los
“marranos”. No puede haber ejemplo más admirable y maravilloso. Con el mismo
pretexto invadió el África, llevó a cabo la campaña de Italia y últimamente
atacó a Francia, porque siempre meditó y realizó hazañas extraordinarias que
provocaron el constante estupor de los súbditos y mantuvieron su pensamiento
ocupado por entero en el éxito de sus aventuras. Y estas acciones suyas nacieron
de tal modo una tras otra que no dio tiempo a los hombres para poder preparar
con tranquilidad algo en su perjuicio.
También
concurre en beneficio del príncipe el hallar medidas sorprendentes en lo que se
refiere a la administración, como se cuenta que las hallaba Bernabé de Milán. Y
cuando cualquier súbdito hace algo notable, bueno o malo, en la vida civil, hay
que descubrir un modo de recompensarlo o castigarlo que dé amplio tema de
conversación a la gente. Y, por encima de todo, el príncipe debe ingeniarse por
parecer grande e ilustre en cada uno de sus actos.
Asimismo se
estima al príncipe capaz de ser amigo o enemigo franco, es decir, al que, sin
temores de ninguna índole, sabe declararse abiertamente en favor de uno y en
contra de otro. El abrazar un partido es siempre más conveniente que el
permanecer neutral. Porque si dos vecinos poderosos se declaran la guerra, el
príncipe puede encontrarse en uno de esos casos: que, por ser adversarios
fuertes, tenga que temer a cualquier cosa de los dos que gane la guerra, o que
no; en uno o en otro caso siempre le será más útil decidirse por una de las
partes y hacer la guerra. Pues, en el primer caso, si no se define, será presa
del vencedor, con placer y satisfacción del vencido; y no hallará compasión en
aquél ni asilo en éste, porque el que vence no quiere amigos sospechosos y que
no le ayuden en la adversidad, y el que pierde no puede ofrecer ayuda a quien no
quiso empuñar las armas y arriesgarse en su favor.
Antíoco,
llamado a Grecia por los etoilos para arrojar de allí a los romanos, mandó
embajadores a los acayos, que eran amigos de los romanos, para convencerlos de
que permaneciesen neutrales. Los romanos por el contrario, les pedían que
tomaran armas a su favor. Se debatió el asunto en el consejo de los acayos, y
cuando el enviado de Antíoco solicitó neutralidad, el representante romano
replicó “Quod autem isti dicunt non interponendi vos bello, nihil magis
alienum rebus vestris est, sine gratia, sine dignitate, praemium victoris eritis”.
Y siempre
verás que aquel que no es tu amigo te exigirá la neutralidad, y aquel que es
amigo tuyo te exigirá que demuestres tus sentimientos con las armas. Los
príncipes irresolutos, para evitar los peligros presentes, siguen las más de las
veces el camino de la neutralidad, y las más de las veces fracasan. Pero cuando
el príncipe se declara valientemente por una de las partes, si triunfa aquella a
la que se une, aunque sea poderosa y él quede a su discreción, estarán unidos
por un vínculo de reconocimiento y de afecto; y los hombres nunca son tan
malvados que dando prueba de tamaña ingratitud, lo sojuzguen. Al margen de esto,
las victorias nunca son tan decisivas como para que el vencedor no tenga que
guardar algún miramiento, sobre todo con respecto a la justicia. Y si el aliado
pierde, el príncipe será amparado, ayudado por él en la medida de lo posible y
se hará compañero de una fortuna que puede resurgir. En el segundo caso, cuando
los que combaten entre sí no pueden inspirar ningún temor, mayor es, la
necesidad de definirse, pues no hacerlo significa la ruina de uno de ellos, al
que el príncipe, si fuese prudente, debería salvar, porque si vence queda a su
discreción, y es imposible que con su ayuda no venza.
Conviene
advertir que un príncipe nunca debe aliarse con otro más poderoso para atacar a
terceros, sino, de acuerdo con lo dicho, cuando las circunstancias lo obligan,
porque si venciera queda en su poder, y los príncipes deben hacer lo posible por
no quedar a disposición de otros. Los venecianos, que, pudiendo abstenerse de
intervenir, se aliaron con los franceses contra el duque de Milán, labraron su
propia ruina. Pero cuando no se puede evitar, como sucedió a los florentinos en
oportunidad del ataque de los ejércitos del papa y de España contra la Lombardía,
entonces, y por las mismas razones expuestas, el príncipe debe someterse a los
acontecimientos. Y que no se crea que los Estados pueden inclinarse siempre por
partidos seguros; por el contrario, piénsese que todos son dudosos; porque
acontece en el orden de las cosas que, cuando se quiere evitar un inconveniente,
se incurre en otro. Pero la prudencia estriba en saber conocer la naturaleza de
los inconvenientes y aceptar el menos malo por bueno.
El príncipe
también se mostrará amante de la virtud y honrará a los que se distingan en las
artes. Asimismo, dará seguridades a los ciudadanos para que puedan dedicarse
tranquilamente a sus profesiones, al comercio, a la agricultura y a cualquier
otra actividad; y que unos no se abstengan de embellecer sus posesiones por
temor a que se las quiten, y otros de abrir una tienda por miedo a los
impuestos. Lejos de esto, instituirá premios para recompensar a quienes lo hagan
y a quienes traten, por cualquier medio, de engrandecer la ciudad o el Estado.
Todas las ciudades están divididas en gremios o corporaciones a las cuales
conviene que el príncipe conceda su atención. Reúnase de vez en vez con ellos y
dé pruebas de sencillez y generosidad, sin olvidarse, no obstante, de la
dignidad que inviste, que no debe faltarle en, ninguna ocasión.
Si nuestra página y nuestra labor te gustan... Colabora !!!

|