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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo
XVIII DE QUE MODO LOS PRÍNCIPES DEBEN CUMPLIR SUS PROMESAS
Nadie deja de
comprender cuán digno de alabanza es el príncipe que cumple la palabra
dada, que obra con rectitud y no con doblez; pero la experiencia nos demuestra,
por lo que sucede en nuestros tiempos, que son precisamente los príncipes que
han hecho menos caso de la fe jurada, envuelto a los demás con su astucia y
reído de los que han confiado en su lealtad, los únicos que han realizado
grandes empresas.
Digamos
primero que hay dos maneras de combatir: una, con las leyes; otra, con la
fuerza. La primera es distintiva del hombre; la segunda, de la bestia. Pero como
a menudo la primera no basta, es forzoso recurrir a la segunda. Un príncipe debe
saber entonces comportarse como bestia y como hombre. Esto es lo que los
antiguos escritores enseñaron a los príncipes de un modo velado cuando dijeron
que Aquiles y muchos otros de los príncipes antiguos fueron confiados al
centauro Quirón para que los criara y educase. Lo cual significa que, como el
preceptor es mitad bestia y mitad hombre, un príncipe debe saber emplear las
cualidades de ambas naturalezas, y que una no puede durar mucho tiempo sin la
otra.
De manera que,
ya que se ve obligado a comportarse como bestia, conviene que el príncipe se
transforma en zorro y en león, porque el león no sabe protegerse de las trampas
ni el zorro protegerse de los lobos. Hay, pues, que ser zorro para conocer las
trampas y león para espantar a los lobos. Los que sólo se sirven de las
cualidades del león demuestran poca experiencia. Por lo tanto, un príncipe
prudente no debe observar la fe jurada cuando semejante observancia vaya en
contra de sus intereses y cuando hayan desaparecido las razones que le hicieron
prometer. Si los hombres fuesen todos buenos, este precepto no sería bueno; pero
como son perversos, y no la observarían contigo, tampoco tú debes observarla con
ellos. Nunca faltaron a un príncipe razones legitimas para disfrazar la
inobservancia. Se podrían citar innumerables ejemplos modernos de tratados de
paz y promesas vueltos inútiles por la infidelidad de los príncipes. Que el que
mejor ha sabido ser zorro, ése ha triunfado. Pero hay que saber disfrazarse bien
y ser hábil en fingir y en disimular. Los hombres son tan simples y de tal
manera obedecen a las necesidades del momento, que aquel que engaña encontrará
siempre quien se deje engañar.
No quiero
callar uno de los ejemplos contemporáneos. Alejandro VI nunca hizo ni pensó en
otra cosa que en engañar a los hombres, y siempre halló oportunidad para
hacerlo. Jamás hubo hombre que prometiese con más desparpajo ni que hiciera
tantos juramentos sin cumplir ninguno; y, sin embargo, los engaños siempre le
salieron a pedir de boca, porque conocía bien esta parte del mundo.
No es preciso
que un príncipe posea todas las virtudes citadas, pero es indispensable que
aparente poseerlas. Y hasta me atreveré a decir esto: que el tenerlas y
practicarlas siempre es perjudicial, y el aparentar tenerlas, útil. Está bien
mostrarse piadoso, fiel, humano, recto y religioso, y asimismo serlo
efectivamente; pero se debe estar dispuesto a irse al otro extremo si ello fuera
necesario. Y ha de tenerse presente que un príncipe, y sobre todo un príncipe
nuevo, no puede observar todas las cosas gracias a las cuales los hombres son
considerados buenos, porque, a menudo, para conservarse en el poder, se ve
arrastrado a obrar contra la fe, la caridad, la humanidad y la religión. Es
preciso, pues, que tenga una inteligencia capaz de adaptarse a todas las
circunstancias, y que, como he dicho antes, no se aparte del bien mientras
pueda, pero que, en caso de necesidad, no titubee en entrar en el mal.
Por todo esto
un príncipe debe tener muchísimo cuidado de que no le brote nunca de los labios
algo que no esté empapado de las cinco virtudes citadas, y de que, al verlo y
oírlo, parezca la clemencia, la fe, la rectitud y la religión mismas, sobre todo
esta última. Pues los hombres, en general, juzgan más con los ojos que con las
manos, porque todos pueden ver, pero pocos tocar. Todos ven lo que pareces ser,
mas pocos saben lo que eres; y estos pocos no se atreven a oponerse a la opinión
de la mayoría, que se escuda detrás de la majestad del Estado. Y en las acciones
de los hombres, y particularmente de los príncipes, donde no hay apelación
posible, se atiende a los resultados. Trate, pues, un príncipe de vencer y
conservar el Estado, que los medios siempre serán honorables y loados por todos;
porque el vulgo se deja engañar por las apariencias y por el éxito; y en el
mundo sólo hay vulgo, ya que las minorías no cuentan sino cuando las mayorías no
tienen donde apoyarse. Un príncipe de estos tiempos, a quien no es oportuno
nombrar, jamás predica otra cosa que concordia y buena fe; y es enemigo acérrimo
de ambas, ya que, si las hubiese observado, habría perdido más de una vez la
fama y las tierras.
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