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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo
XVI DE LA PRODIGALIDAD Y DE LA AVARICIA
Empezando por
las primeras de las cualidades nombradas, digo que estaría bien ser tenido por
pródigo. Sin embargo, la prodigalidad, practicada de manera que se sepa que uno
es pródigo, perjudica; y por otra parte, si se la practica virtuosamente y tal
como se la debe practicar, la prodigalidad no será conocida y se creerá que
existe el vicio contrario. Pero como el que quiere conseguir fama de pródigo
entre los hombres no puede pasar por alto ninguna clase de lujos, sucederá
siempre que un príncipe así acostumbrado a proceder consumirá en tales obras
todas sus riquezas y se verá obligado, a la postre, si desea conservar su
reputación, a imponer excesivos tributos, a ser riguroso en el cobro y a hacer
todas las cosas que hay que hacer para procurarse dinero. Lo cual empezará a
tornarle odioso a los ojos de sus súbditos, y nadie lo estimará, ya que se habrá
vuelto pobre. Y como con su prodigalidad ha perjudicado a muchos y beneficiado a
pocos, se resentirá al primer inconveniente y peligrará al menor riesgo. Y si
entonces advierte su falla y quiere cambiar de conducta, será tachado de tacaño.
Ya que un príncipe no puede
practicar públicamente esta virtud sin que se perjudique, convendrá, si es
sensato, que no se preocupe si es tildado de tacaño; porque, con el tiempo, al
ver que con su avaricia le bastan las entradas para defenderse de quien le hace
la guerra, y puede acometer nuevas empresas sin gravar al pueblo, será tenido
siempre por más pródigo, pues practica la generosidad con todos aquellos a
quienes no quita, que son innumerables, y la avaricia con todos aquellos a
quienes no da, que son pocos.
En nuestros tiempos sólo
hemos visto hacer grandes cosas a los hombres considerados tacaños; los demás
siempre han fracasado. El papa Julio II, después de servirse del nombre de
pródigo para llegar al Pontificado, no se cuidó a fin de poder hacer la guerra,
de conservar semejante fama. El actual rey de Francia ha sostenido tantas
guerras sin imponer tributos extraordinarios a sus súbditos porque, con su
extremada economía, proveyó a los superfluos.
El actual rey
España, si hubiera sido espléndido, no habría realizado ni vencido
en
tantas empresas.
En
consecuencia, un príncipe debe reparar poco --con tal de que ello le permita
defenderse, no robar a los súbditos, no volverse pobre y despreciable, no
mostrarse expoliador--en incurrir en el vicio de tacaño; porque éste es uno de
los vicios que hacen posible reinar. Y si alguien dijese: “Gracias a su
prodigalidad, César llegó al imperio, y muchos otros, por haber sido y haberse
ganado fama de pródigos, escalaron altísimas posiciones”, contestaría: “O ya
eres príncipe, o estas en camino de serlo; en el primer caso, la liberalidad es
perniciosa; en el segundo, necesaria. Y César era uno de los que querían llegar
al principado de Roma; pero si después de lograrlo hubiese sobrevivido y no so
hubiera moderado en los gastos, habría llevado el imperio a la ruina”. Y si
alguien replicase: “Ha habido muchos príncipes, reputados por liberalísimos, que
hicieron grandes cosas con las armas” diría yo: “O el príncipe gasta lo suyo y
lo de los súbditos, o gasta lo ajeno; en el primer caso debe ser medido, en el
otro, no debe cuidarse del despilfarro. Porque el príncipe que va con sus
ejércitos y que vive del botín, de los saqueos y de las contribuciones, necesita
de esa esplendidez a costa de los enemigos, ya que de otra manera los soldados
no lo seguirían. Con aquello que no es del príncipe ni de sus súbditos se puede
ser extremadamente generoso, como lo fueron Ciro, César y Alejandro; porque el
derrochar lo ajeno, antes concede que quita reputación; sólo el gastar lo de uno
perjudica. No hay cosa que se consuma tanto a sí misma como la prodigalidad,
pues cuanto más se la practica más se pierde la facultad de practicarla; y se
vuelve el príncipe pobre y despreciable, o, si quiere escapar de la pobreza,
expoliador y odioso. Y si hay algo que deba evitarse, es el ser despreciado y
odioso, y a ambas cosa conduce la prodigalidad. Por lo tanto, es más prudente
contentarse con el tilde de tacaño que implica una vergüenza sin odio, que, por
ganar fama de pródigo, incurrir en el de expoliador, que implica una vergüenza
con odio.
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