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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo XV DE AQUELLAS
COSAS POR LAS CUALES LOS HOMBRES Y ESPECIALMENTE LOS PRÍNCIPES, SON ALABADOS O
CENSURADOS
Queda ahora por analizar
cómo debe comportarse un príncipe en el trato con súbditos y amigos. Y porque sé
que muchos han escrito sobre el tema, me pregunto, al escribir ahora yo, si no
seré tachado de presuntuoso, sobre todo al comprobar que en esta materia me
aparto de sus opiniones. Pero siendo mi propósito escribir cosa útil para quien
la entiende, me ha parecido más conveniente ir tras la verdad efectiva de la
cosa que tras su apariencia. Porque muchos se han imaginado como existentes de
veras a repúblicas y principados que nunca han sido vistos ni conocidos; porque
hay tanta diferencia entre cómo se vive y cómo se debería vivir, que aquel que
deja lo que se hace por lo que debería hacerse marcha a su ruina en vez de
beneficiarse., pues un hombre que en todas partes quiera hacer profesión de
bueno es inevitable que se pierda entre tantos que no lo son. Por lo cual es
necesario que todo príncipe que quiera mantenerse aprenda a no ser bueno, y a
practicarlo o no de acuerdo con la necesidad.
Dejando, pues, a un lado las
fantasías, y preocupándonos sólo de las cosas reales, digo que todos los
hombres, cuando se habla de ellos, y en particular los príncipes, por ocupar
posiciones más elevadas, son juzgados por algunas de estas cualidades que les
valen o censura o elogio. Uno es llamado pródigo, otro tacaño (y empleo un
término toscano, porque “avaro”, en nuestra lengua, es también el que tiende a
enriquecerse por medio de la rapiña, mientras que llamamos “tacaño” al que se
abstiene demasiado de gastar lo suyo); uno es considerado dadivoso, otro rapaz;
uno cruel, otro clemente; uno traidor, otro leal; uno afeminado y pusilánime,
otro decidido y animoso; uno humano, otro soberbio; uno lascivo, otro casto; uno
sincero, otro astuto; uno duro, otro débil; uno grave, otro frívolo; uno
religioso, otro incrédulo, y así sucesivamente. Sé
que no habría nadie que no opinase que sería cosa muy loable que, de entre todas
las cualidades nombradas, un príncipe poseyese las que son consideradas buenas;
pero como no es posible poseerlas todas, ni observarlas siempre, porque la
naturaleza humana no lo consiente, le es preciso ser tan cuerdo que sepa evitar
la vergüenza de aquellas que le significarían la pérdida del Estado, y, sí
puede, aun de las que no se lo harían perder; pero si no puede no debe
preocuparse gran cosa, y mucho menos de incurrir en la infamia de vicios sin
los cuales difícilmente podría salvar el Estado, porque si conside- ramos esto
con frialdad, hallaremos que, a veces, lo que parece virtud es causa de ruina, y
lo que parece vicio sólo acaba por traer el bienestar y la seguridad.
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