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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
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XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo XIV DE LOS
DEBERES DE UN PRÍNCIPE PARA CON LA MILICIA
Un príncipe no debe tener
otro objeto ni pensamiento ni preocuparse de cosa alguna fuera del arte de la
guerra y lo que a su orden y disciplina corresponde, pues es lo único que
compete a quien manda. Y su virtud es tanta, que no sólo conserva en su puesto a
los que han nacido príncipes, sino que muchas veces eleva a esta dignidad a
hombres de condición modesta; mientras que, por el contrario ha, hecho perder el
Estado a príncipes que han pensado más en las diversiones que en las armas. Pues
la razón principal de la pérdida de un Estado se halla siempre en el olvido de
este arte, en tanto que la condi- ción primera para adquirirlo es la de ser
experto en él.
Francisco Sforza, por medio
de las armas, llegó a ser duque de Milán, de simple ciudadano que era; y sus
hijos, por escapar a las incomodidades de las armas, de duques pasaron a ser
simples ciudadanos. Aparte de otros males que trae, el estar desarmado hace
despreciable, vergüenza que debe evitarse por lo que luego explicaré. Porque
entre uno armado y otro desarmado no hay comparación posible, y no es razonable
que quien esté armado obedezca de buen grado a quien no lo está, y que el
príncipe desarmado se sienta seguro entre servidores armados, porque, desdeñoso
uno y desconfiado el otro, no es posible que marchen de acuerdo. Por todo ello,
un príncipe que, aparte de otras desgracias, no entienda de cosas militares, no
puede ser estimado por sus soldados ni puede confiar en ellos.
En consecuencia, un príncipe
jamás debe dejar de ocuparse del arte militar, y durante los tiempos de paz debe
ejercitarse más que en los de guerra; lo cual puede hacer de dos modos: con la
acción y con el estudio. En lo que atañe a la acción, debe, además de ejercitar
y tener bien organizadas sus tropas, dedicarse constantemente a la caza con el
doble objeto de acostumbrar el cuerpo a las fatigas y de conocer la naturaleza
de los terrenos, la altitud de las montañas, la entrada de les valles, la
situación de las llanuras, el curso de los ríos y la extensión de los pantanos.
En esto último pondrá muchísima seriedad, pues tal estudio presta dos
utilidades: primero, se aprende a conocer la región donde se vive y a defenderla
mejor; después, en virtud del conocimiento práctico de una comarca, se
hace más fácil el conocimiento de otra donde sea necesario actuar, porque las
colinas, los valles, las llanuras, los ríos y los pantanos que hay, por ejemplo,
en Toscana, tienen cierta similitud con los de las otras provincias, de manera
que el conocimiento de los terrenos de una provincia sirve para el de las otras.
El príncipe que carezca de esta pericia carece de la primera cualidad que
distingue a un capitán, pues tal condición es la que enseña a dar con el
enemigo, a tomar los alojamientos, a conducir los ejércitos, a preparar
un plan de batalla y a atacar con ventaja.
Filopémenes, príncipe
de los aqueos, tenía, entre otros méritos que los historiadores le concedieron,
el de que en los tiempos de paz no pensaba sino en las cosas que incumben a la
guerra; y cuando iba de paseo por la campaña, a menudo se detenía y discurría
así con los amigo “Si el enemigo estuviese en aquella colina y nosotros nos
encontrásemos aquí con nuestro ejército, ¿de quién sería la ventaja? ¿Cómo
podríamos ir a su encuentro, conservando el orden? Si quisiéramos retirarnos,
¿cómo deberíamos proceder? ¿Y cómo los perseguiríamos, si los que se retirasen
fueran ellos?” Y les proponía, mientras caminaba, todos los casos que pueden
presentársele a un ejército; escuchaba sus opiniones, emitía la suya y la
justificaba. Y gracias a este continuo razonar, nunca, mientras guió sus
ejércitos, pudo surgir accidente alguno para el que no tuviese remedio previsto.
En cuanto al ejercicio de la
mente, el príncipe debe estudiar la Historia, examinar las acciones de los
hombres ilustres, ver cómo se han conducido en la guerra, analizar el por qué de
sus victorias y derrotas para evitar éstas y tratar de lograr aquéllas; y sobre
todo hacer lo que han hecho en el pasado algunos hombres egregios que, tomando a
los otros por modelos, tenían siempre presentes sus hechos más celebrados. Como
se dice que Alejandro Magno hacia con Aquiles, César con Alejandro, Escipión con
Ciro. Quien lea la vida de Ciro, escrita por Jenofonte, reconocerá en la vida de
Escipión la gloria que le reportó el imitarlo, y cómo, en lo que se refiere a
castidad, afabilidad, clemencia y liberalidad, Escipión se ciñó por completo a
lo que Jenofonte escribió de Ciro. Esta es la conducta que debe observar un
príncipe prudente: no permanecer inactivo nunca en los tiempos de paz, sino, por
el contrario, hacer acopio de enseñanzas para valerse de ellas en la adversidad,
a fin de que, si la fortuna cambia, lo halle preparado para resistirle.
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