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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo
XIII DE LOS SOLDADOS AUXILIARES, MIXTOS Y PROPIOS
Las tropas
auxiliares, otras de las tropas inútiles de que he hablado, son aquellas que se
piden a un príncipe
poderoso para que nos socorra y defienda, tal como hizo en estos últimos tiempos
el papa Julio, cuando, a raíz del pobre papel que le tocó representar con sus
tropas mercenarias en la empresa de Ferrara, tuvo que acudir a las auxiliares y
convenir con Fernando, rey de España, que éste iría en su ayuda con sus
ejércitos. Estas tropas pueden ser útiles y buenas para sus amos, pero para
quien las llama son casi siem- pre funestas; pues si pierden, queda derrotado, y
si gana, se convierte en su prisionero. Y aunque las historias antiguas están
llenas de estos ejemplos, quiero, sin embargo, de- tenerme en el caso reciente
de Julio II, que no pudo haber cometido imprudencia mayor para conquistar a
Ferrara que el entregarse por completo en manos de un extranjero. Pero su buena
estrella hizo surgir una tercera causa, que, de lo contrario, hubiera pagado las
consecuencias de su mala elección. Porque derrotados sus auxiliares en Ravena,
aparecieron los suizos, que, contra la opinión de todo el mundo, incluso la
suya, pusieron en fuga a los vencedores, de modo que no quedó prisionero de los
enemigos, que habían huido, ni de los auxiliares, ya que había triunfado con
otras tropas. Los florentinos, que carecían de ejércitos propios, trajeron diez
mil franceses para conquistar a Pisa; y esta resolución les hizo correr más
peligros de los que corrieran nunca en ninguna época. El emperador de
Constantinopla, para ayudar a sus vecinos, puso en Grecia diez mil turcos, los
cuales, una vez concluida la guerra, se negaron a volver a su patria; de donde
empezó la servidumbre de Grecia bajo el yugo de los infieles.
Se concluye de esto que todo
el que no quiera vencer no tiene más que servirse de esas tropas, muchísimo más
peligrosas que las mercenarias, porque están perfectamente unidas y obedecen
ciegamente a sus jefes, con lo cual la ruina es inmediata; mientras que las
mercenarias, para someter al príncipe, una vez que han triunfado, necesitan
esperar tiempo y ocasión, pues no constituyen un cuerpo unido y, por añadidura,
están a sueldo del príncipe. En ellas, un tercero a quien el príncipe haya hecho
jefe no puede cobrar en seguida tanta autoridad como para perjudicarlo. En suma,
en las tropas mercenarias hay que temer sobre todo las derrotas; en las
auxiliares, los triunfos.
Por ello, todo
príncipe prudente ha desechado estas tropas y se ha refugiado en las propias, y
ha preferido perder con las suyas a vencer con las otras, considerando que no es
victoria verdadera la que se obtiene con armas ajenas. No me cansaré nunca de
elogiar a César Borgia y su conducta. Empezó el duque por invadir la Romaña con
tropas auxiliares, todos soldados franceses, y con ellas tomó a Imola y Forli.
Pero no pareciéndoles seguras, se volvió a las mercenarias, según él menos
peligrosas; y tomó a sueldo a los Orsini y los Vitelli. Por último, al notar que
también éstas eran inseguras, infieles y peligrosas, las disolvió y recurrió a
las propias. Y de la diferencia que hay entre esas distintas milicias se puede
formar una idea considerando la autoridad que tenía el duque cuando sólo contaba
con los franceses y cuando se apoyaba en los Orsini y Vitelli, y la que tuvo
cuando se quedó con sus soldados y descansó en sí mismo: que era, sin duda
alguna, mucho mayor, porque nunca fue tan respetado como cuando se vio que era
el único amo de sus tropas.
Me había
propuesto no salir de los ejemplos italianos y recientes; pero no quiero
olvidarme de Hierón de Siracusa, ya que en otra parte lo he citado. Convertido,
como expliqué, en jefe de los ejércitos de Siracusa, advirtió en seguida de la
inutilidad de las milicias mercenarias, cuyos jefes tenían los mismos defectos
que nuestros italianos; y como
no creía conveniente
conservarlas ni licenciarlas, eliminó a sus jefes. E hizo la guerra con sus
tropas y no con las ajenas. Quiero también recordar un episodio del Viejo
Testamento que viene muy al caso. Ofreciéndose David a Saúl para combatir a
Goliat, provocador filisteo, Saúl, para darle valor, lo armó con sus armas; pero
una vez que se vio cargado con éstas, David las rechazó, diciendo que con ellas
no podría sacar partido de sí mismo y que prefería ir al encuentro del enemigo
con su honda y su cuchillo.
En fin, sucede siempre que
las armas ajenas o se caen de los hombros del príncipe, o le pesan, o le
oprimen. Carlos VII, padre del rey Luis XI, una vez que con su fortuna y valor
liberó a Francia de los ingleses, conoció esta necesidad de armarse con sus
propias armas y ordenó en su reino la creación de milicias de caballería e
infantería. Después, el rey Luis, su hijo, disolvió las de infantería y empezó a
tomar a sueldo a suizos, error que, renovado por otros, es, como ahora se ve, el
motivo de los males de aquel reino. Porque al acreditar a los suizos,
desacreditó todas sus armas, ya que hizo desaparecer la infantería y depender la
caballería de las tropas ajenas. Acostumbrada ésta a ir a la guerra en compañía
de los suizos, no cree poder vencer sin ellos. Lo cual explica que los franceses
no puedan contra los suizos, y que sin los suizos no se atrevan a enfrentar a
otros. Los ejércitos de Francia son, pues, mixtos, dado que se componen de
tropas mercenarias y propias; y, en su conjunto, son mucho mejores que las
milicias exclusivamente mercenarias o exclusivamente auxiliares, pero muy
inferiores a las propias. Bastará el ejemplo citado para hacer comprender que el
reino de Francia sería hoy invencible si se hubiese respetado la disposición de
Carlos; pero la escasa perspicacia de los hombres hace que comiencen algo que
parece bueno por el hecho de que no manifiesta el veneno que esconde debajo,
como he dicho que sucede con la tisis.
Por lo tanto, aquel que en un
principado no descubre los males sino una vez nacidos, no es verdaderamente
sabio; pero ésta es virtud que tienen pocos. Si se examinan las causas de la
decadencia del Imperio Romano, se advierte que la principal estribó en empezar a
tomar a sueldo a los godos, pues desde entonces las fuerzas del imperio fueron
debilitándose, y toda la virtud que ellas perdían la adquirían los otros.
Concluyo, pues, que sin
milicias propias no hay principado seguro; más aún: está por completo en manos
del azar, al carecer de medios de defensa contra la adversidad. Que fue siempre
opinión y creencia de los hombres prudentes “quod nihil sit tam infirmum aut
instabile, quam: fama potentiae non sua vi nixa” Y milicias propias son las
compuestas, o por súbditos, o por ciudadanos, o por servidores del príncipe. Y
no será difícil rodearse de ellas si se siguen los ejemplos de los cuatro a
quienes he citado, y se examina la forma en que Filipo, padre de Alejandro
Magno, y muchas repúblicas y príncipes organizaron sus tropas. Conducta a la
cual me remito por entero.
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