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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo XII DE LAS
DISTINTAS CLASES DE MILICIAS Y DE LOS SOLDADOS MERCENARIOS
Después
de haber discurrido detalladamente sobre la naturaleza de los principados de los
cuales me había propuesto tratar, y de haber señalado en parte las causas de su
prosperidad o ruina y los medios con que muchos quisieron adquirirlos y
conservarlos, réstame ahora hablar de las formas de ataque y defensa que pueden
ser necesarias en cada uno de los Estados a que me he referido.
Ya he explicado antes cómo es
preciso que un príncipe eche los cimientos de su poder, porque, de lo contrario,
fracasaría inevitablemente. Y los cimientos indispensables a todos los Estados,
nuevos, antiguos o mixtos, son las buenas leyes y las
buenas tropas;
y como aquéllas nada pueden donde faltan éstas, y como allí donde hay buenas
tropas por fuerza ha de haber buenas leyes, pasaré por alto las leyes y hablaré
de las tropas.
Digo, pues,
que las tropas con que un príncipe defiende sus Estados son propias,
mercenarias, auxiliares o mixtas. Las mercenarias y auxiliares son inútiles y
peligrosas; y el príncipe cuyo gobierno descanse en soldados mercenarios no
estará nunca seguro ni tranquilo, porque están desunidos, porque son ambiciosos,
desleales, valientes entre los amigos, pero cobardes cuando se encuentran frente
a los enemigos; porque no tienen disciplina, como tienen temor de Dios ni buena
fe con los hombres; de modo que no se difiere la ruina sino mientras se difiere
la ruptura; y ya durante la paz despojan a su príncipe tanto como los enemigos
durante la guerra, pues no tienen otro amor ni otro motivo que los lleve a la
batalla que la paga del príncipe, la cual, por otra parte, no es suficiente para
que deseen morir por él. Quieren ser sus soldados mientras el príncipe no hace
la guerra; pero en cuanto la guerra sobreviene, o huyen o piden la baja. Poco me
costaría probar esto, pues la ruina actual de Italia no ha sido causada sino por
la confianza depositada durante muchos años en las tropas mercenarias, que
hicieron al principio, y gracias a ciertos jefes, algunos progresos que les
dieron fama de bravas; pero que demostraron lo que valían en cuanto aparecieron
a la vista ejércitos extranjeros. De tal suerte que Carlos, rey de Francia, se
apoderó de Italia con un trozo de tiza. Y los que afirman que la culpa la tenían
nuestros pecados, decían la verdad, aunque no se trataba de los pecados que
imaginaban, sino de los que he expuesto. Y como estos pecados los cometieron los
príncipes, sobre ellos recayó el castigo.
Quiero dejar
mejor demostrada la ineficacia de estos ejércitos. Los capitanes mercenarios o
son hombres de mérito o no lo son; no se puede confiar en ellos si lo son porque
aspirarán siempre a forjar su propia grandeza, ya tratando de someter al
príncipe su señor, ya tratando de oprimir a otros al margen de los designios del
príncipe; y mucho menos si no lo son, pues con toda seguridad llevarán al
príncipe a la ruina Y a quien objetara que esto podría hacerlo cualquiera,
mercenario o no, replicaría con lo siguiente: que un principado o una república
deben tener sus milicias propias; que, en un principado el príncipe debe dirigir
las milicias en persona y hacer el oficio de capitán; y en las repúblicas, un
ciudadano; y si el ciudadano nombrado no es apto, se lo debe cambiar; y si es
capaz para el puesto, sujetarlo por medio de leyes. La experiencia enseña que
sólo los príncipes y repúblicas armadas pueden hacer grandes progresos, y que
las armas mercenarias sólo acarrean daños. Y es más difícil que un ciudadano
someta a una república que está armada con armas propias que una armada con
armas extranjeras.
Roma y Esparta
se conservaron libres durante muchos siglos porque estaban armadas. Los suizos
son muy libres porque disponen de armas propias. De las armas mercenarias de la
antigüedad son un ejemplo los cartagineses, los cuales estuvieron a punto de ser
sometidos por sus tropas mercenarias, después de la primera guerra con
los romanos, a pesar de que los cartagineses tenían por jefes a sus mismos
conciudadanos. Filipo de Macedonia, nombrado capitán de los tebanos a la muerte
de Epaminondas, les quitó la libertad después de la victoria. Los milaneses,
muerto el duque Felipe, tomaron a sueldo a Francisco Sforza para combatir a los
venecianos; y Sforza venció al enemigo en Caravaggio y se alió después con él
para sojuzgar a los milaneses, sus amos. El padre de Francisco Sforza, estando
al servicio de la reina Juana de Nápoles, la abandonó inespera- damente; y ella,
al quedar sin tropas que la defendiesen, se vio obligada, para no perder el
reino, a entregarse en manos del rey de Aragón. Y si los florentinos y
venecianos extendieron sus dominios gracias a esas milicias, y si sus capitanes
los defendieron en vez de someterlos, se debe exclusivamente a la suerte; porque
de aquellos capitales a los que podían temer, unos no vencieron nunca, otros
encontraron oposición y los (últimos orientaron sus ambiciones hacia otra parte.
En el número de los primeros se contó Juan Aucut, cuya fidelidad mal podía
conocerse cuando nunca obtuvo una victoria., pero nadie dejará de reconocer que,
si hubiese triunfado, quedaban los florentinos librados a su discreción.
Francisco Sforza tuvo siempre por adversario a los Bracceschi, y se vigilaron
mutuamente; al fin, Francisco volvió sus miras hacia la Lombardía, y Braccio
hacia la Iglesia y el reino de Nápoles.
Pero atendamos
a lo que ha sucedido hace poco tiempo. Los florentinos nombraron capitán de sus
milicias a Pablo Vitelli, varón muy prudente que, de condición modesta, había
llegado a adquirir gran fama. A haber tomado a Pisa, los florentinos se hubiesen
visto obligados a sostenerlo, porque estaban perdidos si se pasaba a los
enemigos, y si hubieran querido que se quedara, habrían debido obedecerle. Si se
consideran los procedimientos de los venecianos, se verá que obraron con
seguridad y gloria mientras hicieron la guerra con sus propios soldados, lo que
sucedió antes que tentaran la suerte en tierra firme, cuando contaban con nobles
y plebeyos que defendían lo suyo; pero bastó que empezaran a combatir en tierra
firme para que dejaran aquella virtud y adoptaran las costumbres del resto de
Italia. Al principio de sus empresas por tierra firme, nada tenían que temer de
sus capitanes, así por lo reducido del Estado como por la gran reputación de que
gozaban; pero cuando bajo Carmagnola el territorio se fue ensanchando, notaron
el error en que habían caído. Porque viendo que aquel hombre, cuya capacidad
conocían después de haber derrotado al duque de Milán, hacia la guerra con tanta
tibieza, comprendieron que ya nada podía esperarse de él, puesto que no lo
quería; y dado que no podían licenciarlo, pues perdían lo que habían
conquistado, no les quedaba otro recurso, para vivir seguros, que matarlo.
Tuvieron luego por capitanes a Bartolomé de Bérgamo, a Roberto de San Severino,
al conde de Pitigliano y a otros de quienes no tenían que temer las victorias,
sino las derrotas, como les sucedió luego en Vaili, donde en un día perdieron lo
que con tanto esfuerzo habían conquistado en ochocientos años. Porque estas
milicias, o traen lentas, tardías y mezquinas adquisiciones, o súbitas y
fabulosas pérdidas.
Y ya que estos
ejemplos me han conducido a referirme a Italia, estudiemos la historia de las
tropas mercenarias que durante tantos años la gobernaron, y remontémonos a los
tiempos más antiguos, para que, vistos su origen y sus progresos, puedan
corregirse mejor los errores.
Es de saber
que, en épocas no recientes, cuando el emperador empezó a ser arrojado de Italia
y el poder temporal del papa acrecentarse, Italia se dividió en gran número de
Estados; porque muchas de las grandes ciudades tomaron las armas contra sus
señores, que, favorecidos antes por el emperador, las tenían avasalladas; y el
papa, para beneficiarse, ayudó en cuanto pudo a esas rebeliones. De donde Italia
pasó casi por entero a las manos de la Iglesia y de varias repúblicas -pues
algunas de las ciudades ha- bían nombrado príncipes a sus ciudadanos-; y como
estos sacerdotes y estos ciudadanos no conocían el arte de la guerra, empezaron
a tomar extranjeros a sueldo. El primero que dio reputación a estas milicias fue
Alberico de Conio, de la Romaña, a cuya escuela pertenecen, entre otros, Braccio
y Sforza, que en sus tiempos fueron árbitros de Italia. Tras ellos vinieron
todos los que hasta nuestros tiempos han dirigido esas tropas. Y el resultado de
su virtud lo hallamos en esto: que Italia fue recorrida libremente por Carlos,
saqueada por Luis, violada por Fernando e insultada por los suizos. El método
que estos capitanes siguieron para adquirir reputación fue primero el de
quitarle importancia a la infantería. Y lo hicieron porque, no poseyendo tierras
y teniendo que vivir de su industria, con pocos infantes no podían imponerse y
les era imposible alimentar a muchos, mientras que, con un número reducido de
jinetes, se veían honrados sin que fuese un problema el proveer a su
sustentación. Las cosas habían llegado a tal extremo, que en un ejército de
veinte mil hombres no había dos mil infantes. Por otra parte, se habían
ingeniado para ahorrarse y ahorrar a sus soldados la fatiga y el miedo con la
consigna de no matar en las refriegas, sino tomar prisioneros, sin degollarlos.
No asaltaban de noche las ciudades, ni los campesinos atacaban las tiendas; no
levantaban empalizadas ni abrían fosos alrededor del campamento, ni vivían en él
durante el invierno. Todas estas cosas, permitidas por sus códigos militares,
las inventaron ellos, como he dicho, para evitarse fatigas y peligros. Y con
ellas condujeron a Italia a la esclavitud y a la deshonra.
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