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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo XI DE LOS
PRINCIPADOS ECLESIASTICOS
Sólo
nos resta discurrir sobre los principados eclesiásticos, respecto a los cuales
todas las dificultades existen antes de poseerlos, pues se adquieren o por valor
o por suerte, y se conservan sin el uno ni la otra, dado que se apoyan en
antiguas instituciones religiosas que son tan potentes y de tal calidad, que
mantienen a sus príncipes en el poder sea cual fuere el modo en que éstos
procedan y vivan.
Estos son los únicos que
tienen Estados y no los defienden; súbditos, y no los gobiernan. Y los Estados,
a pesar de hallarse indefensos, no les son arrebatados, y los súbditos, a pesar
de carecer de gobierno, no se preocupan, ni piensan, ni podrían sustraerse a su
soberanía. Son, por consiguiente, los (únicos principados seguros y felices.
Pero como están regidos por leyes superiores, inasequibles a la mente humana, y
como han sido inspirados por el Señor, sería oficio de hombre presuntuoso y
temerario el pretender hablar de ellos. Sin embargo, si alguien me preguntase a
qué se debe que la Iglesia haya llegado a adquirir tanto poder temporal, ya que
antes de Alejandro, no sólo las potencias italianas, sino hasta los nobles y
señores de menor importancia respetaban muy poco su fuerza temporal, mientras
que ahora ha hecho temblar a un rey de Francia y aun pudo arrojarlo de Italia, y
ha arruinado a los venecianos, no consideraría inútil recordar las
circunstancias, aunque sean bastante conocidas.
Antes que Carlos, rey de
Francia, entrase en Italia, esta provincia estaba bajo la dominación del papa,
de los venecianos, del rey de Nápoles, del duque de Milán y de los florentinos.
Estas potencias debían tener dos cuidados principales: evitar que un ejército
extranjero invadiese a Italia y procurar que ninguna de ellas preponderara. Los
que despertaban más recelos eran los venecianos y el papa. Para contener a
aquéllos era necesaria una coalición de todas las demás potencias, como se hizo
para la defensa de Ferrara. Para contener al papa, bastaban los nobles romanos,
que, divididos en dos facciones, los Orsini y los Colonna, disputaban
continuamente y acudían a las armas a la vista misma del pontífice, con lo cual
la Santa Sede estaba siempre débil y vacilante. Y aunque alguna vez surgiese un
papa enérgico, como lo fue Sixto, ni la suerte ni la experiencia pudieron
servirle jamás de manera decisiva, a causa de la brevedad de su vida, pues los
diez años que, como término medio, vive un papa bastaban apenas para debilitar
una de las facciones. Y si, por ejemplo, un papa había casi conseguido
exterminar a los Colonna, resurgian éstos bajo otro enemigo de los Orsini, a
quienes tampoco había tiempo para hacer desaparecer por completo; por todo lo
cual las fuerzas temporales del papa eran poco temidas en Italia. Vino por fin
Alejandro VI y probó, como nunca lo había probado ningún pontífice, de cuánto
era capaz un papa con fuerzas y dinero; pues tomando al duque Valentino por
instrumento, y la llegada de los franceses como motivo, hizo todas esas cosas
que he contado al hablar sobre las actividades del duque. Y aunque su propósito
no fue engrandecer a la Iglesia, sino al duque, no es menos cierto que lo que
realizó redundó en beneficio de la Iglesia, la cual, después de su muerte y de
la del duque, fue heredera de sus fatigas. Lo sucedió el papa Julio, quien, con
una Iglesia engrandecida y dueña de toda la Romaña, con los nobles romanos
dispersos por las persecuciones de Alejandro, y abierto el camino para
procurarse dinero, cosa que nunca había ocurrido antes de Alejandro, no sólo
mantuvo las conquistas de su predecesor, sino que las acrecentó; y después de
proponerse la adquisición de Bolonia, la ruina de los venecianos y la expulsión
de los franceses de Italia lo llevó a cabo con tanta más gloria cuando que lo
hizo para engrandecer la Iglesia y no a ningún hombre. Dejó las facciones Orsini
y Colonna en el mismo estado en que las encontró, y aunque ambas tuvieron jefes
capaces de rebelarse, se quedaron quietas por dos razones: primero, por la
grandeza de la Iglesia, que los atemorizaba, y después, por carecer de
cardenales que perteneciesen a sus partidos, origen siempre de discordia entre
ellos. Que de nuevo se repetirán toda vez que tengan cardenales que los
representen, pues éstos fomentan dentro y fuera de Roma la creación de partidos
que los nobles de una y otra familia se ven obligados a apoyar. Por lo cual cabe
decir que las disensiones y disputas entre los nobles son originadas por la
ambición de los prelados. Ha hallado, pues, Su Santidad el papa León una Iglesia
potentísima; y se puede esperar que así como aquéllos la hicieron grande
por las armas, éste la hará aún más poderosa y venerable por su bondad y sus mil
otras virtudes.
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