|
EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
I ,
II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Capitulo X COMO DEBEN
MEDIRSE LAS FUERZAS DE TODOS LOS PRINCIPADOS
Conviene, al examinar la
naturaleza de estos principados, hacer una consideración más, a saber; si un
príncipe posee un Estado tal que pueda, en caso necesario, sostenerse por sí
mismo, o sí tiene, en tal caso, que recurrir a la ayuda de otros. Y para aclarar
mejor este punto, digo que considero capaces de poder sostenerse por sí mismos a
los que, o por abundancia de hombres o de dinero, pueden levantar un ejército
respetable y presentar batalla a quien quiera que se atreva a atacarlos; y
considero que tienen siempre necesidad de otros a los que no pueden presentar
batalla al enemigo en campo abierto, sino que se ven obligados a refugiarse
dentro de sus muros para defenderlos. Del primer caso ya se ha hablado, y se
agregará más adelante lo que sea oportuno. Del segundo caso no se puede decir
nada, salvo aconsejar a los príncipes que fortifiquen y abastezcan la ciudad en
que residen y que se despreocupen de la campaña. Quien tenga bien fortificada su
ciudad, y con respecto a sus súbditos se haya conducido de acuerdo con lo ya
expuesto y con lo que expondré más adelante, difícilmente será asaltado; porque
los hombres son enemigos de las empresas demasiado arriesgadas, y no puede
reputarse por fácil el asalto a alguien que tiene su ciudad bien fortificada y
no es odiado por el pueblo. Las ciudades de Alemania son libérrimas; tienen poca
campaña, y obedecen al empe- rador cuando les place, pues no le temen, así como
no temen a ninguno de los poderosos que las rodean. La razón es simple: están
tan bien fortificadas que no puede menos de pensarse que el asedio sería arduo y
prolongado. Tienen muros y fosos adecuados, tanta artillería como necesitan, y
guardan en sus almacenes lo necesario para beber, comer y encender fuego durante
un año; aparte de lo cual, y para poder mantener a los obreros sin que ello sea
una carga para el erario público, disponen siempre de trabajo para un año en
esas obras que son el nervio y la vida de la ciudad. Por último, tienen en alta
estima los ejercicios militares, que reglamentan con infinidad de ordenanzas.
Un príncipe, pues, que
gobierne una plaza fuerte, y a quien el pueblo no odie, no puede ser atacado;
pero si lo fuese, el atacante se vería obligado a retirarse sin gloria, porque
son tan variables las cosas de este mundo que es imposible que alguien
permanezca con sus ejércitos un año sitiando ociosamente una ciudad. Y al que me
pregunte si el pueblo tendría paciencia, y el largo asedio y su propio interés
no le harán olvidar al príncipe, contesto que un príncipe poderoso y valiente
superará siempre estas dificultades, ya dando esperanzas a sus súbditos de que
el mal no durará mucho, ya infundiéndoles terror con la amenaza de las
vejaciones del enemigo, o ya asegurándose diestramente de los que le parezcan
demasiado osados. Añadiremos a esto que es muy probable que el enemigo devaste y
saquee la comarca a su llegada, que es cuando los ánimos están más caldeados y
más dispuestos a la defensa; momento propicio para imponerse, porque, pasados
algunos días, cuando los ánimos se hayan enfriado, los daños estarán hechos, las
desgracias se habrán sufrido y no quedará ya remedio alguno. Los súbditos se
unen por ello más estrechamente a su príncipe, como si el haber sido incendiadas
sus casas y devastadas sus posesiones en defensa del señor obligará a éste a
protegerlos. Está en la naturaleza de los hombres el quedar reconocidos lo mismo
por los beneficios que hacen que por los que reciben. De donde, si se considera
bien todo, no será difícil a un príncipe sabio mantener firme el ánimo de sus
ciudadanos durante el asedio, siempre y cuando no carezcan de víveres ni de
medios de la defensa.
Si nuestra página y nuestra labor te gustan... Colabora !!!

|