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EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
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II , III , IV ,
V , VI , VII
, VIII , IX , X ,
XI , XII , XIII ,
XIV , XV , XVI ,
XVII , XVIII , XIX ,
XX ,
XXI , XXII , XXIII ,
XXIV , XXV, XXVI
Maquiavelo, Nicolás (1469-1527)
Historiador y filósofo político italiano, cuyos
escritos sobre habilidad política, amorales pero influyentes, convirtieron su
nombre en un sinónimo de astucia y duplicidad. Nacido en Florencia el 3 de mayo
de 1469, Maquiavelo comenzó trabajando como funcionario y empezó a destacar
cuando se proclamó la república en Florencia en 1498. Fue secretario de la
segunda cancillería encargada de los Asuntos Exteriores y Guerra de la
república. Maquiavelo realizó así importantes misiones diplomáticas ante el rey
francés (1504, 1510-1511), la Santa Sede (1506) y el emperador (1507-1508). En
el transcurso de sus misiones diplomáticas dentro de Italia, conoció a muchos
gobernantes italianos, y tuvo ocasión de estudiar sus tácticas políticas, en
especial las del eclesiástico y militar César Borgia, que en aquella época
trataba de extender sus posesiones en Italia central. Entre 1503 y 1506
Maquiavelo reorganizó las defensas militares de la república de Florencia.
Aunque los ejércitos mercenarios eran habituales en aquella época, él prefirió
contar con el reclutamiento de tropas del lugar para asegurarse una defensa
permanente y patriótica. En 1512, cuando los Médicis, una familia florentina,
recuperó el poder en Florencia y la república se desintegró, Maquiavelo fue
privado de su cargo y encarcelado durante un tiempo por presunta conspiración.
Después de su liberación, se retiró a sus propiedades cercanas a Florencia,
donde escribió sus obras más importantes. A pesar de sus intentos por ganarse el
favor de los Médicis, nunca volvió a ocupar un cargo destacado en el gobierno.
Cuando la república volvió a ser temporalmente restablecida en 1527, muchos
republicanos sospecharon de sus tendencias en favor de los Médicis. Murió en
Florencia, el 21 de junio de ese mismo año.
EL PRINCIPE -
NICOLÁS MAQUIAVELO
Los que desean
congraciarse con un príncipe suelen presentársele con aquello que reputan por
más precioso entre lo que poseen, o con lo que juzgan más ha de agradarle; de
ahí que se vea que muchas veces le son regalados caballos, armas, telas de oro,
piedras preciosas y parecidos adornos dignos de su grandeza. Deseando, pues,
presentarme ante Vuestra Magnificencia con algún testimonio de mi sometimiento,
no he encontrado entre lo poco que poseo nada que me sea más caro o que tanto
estime como el conocimiento de las acciones de los hombres, adquirido gracias a
una larga experiencia de las cosas modernas y a un incesante estudio de las
antiguas.¹
Acciones que luego de examinar y meditar durante mucho tiempo y con gran
seriedad, he encerrado en un corto volumen, que os dirijo.
Y aunque juzgo
esta obra indigna de Vuestra Magnificencia, no por eso confío menos en que
sabréis aceptarla, considerando que no puedo haceros mejor regalo que poneros en
condición de poder entender, en brevísimo tiempo, todo cuanto he aprendido en
muchos años y a costa de tantos sinsabores y peligros. No he adornado ni
hinchado esta obra con cláusulas interminables, ni con palabras ampulosas y
magníficas, ni con cualesquier atractivos o adornos extrínsecos, cual muchos
suelen hacer con sus cosas;
² porque he
querido, o que nada la honre, o que sólo la variedad de la materia y la gra-
vedad del tema la hagan grata. No quiero que se mire como presunción el que un
hombre de humilde cuna se atreva a examinar y criticar el gobierno de los
príncipes. Porque así como aquellos que dibujan un paisaje se colocan en el
llano para apreciar mejor los montes y los lugares altos, y para apreciar mejor
el llano escalan los montes,³ así para conocer bien la naturaleza de los
pueblos hay que ser príncipe, y para conocer la de los príncipes hay que
pertenecer al pueblo.
Acoja, pues,
Vuestra Magnificencia este modesto obsequio con el mismo ánimo con que yo lo
hago; si lo lee y medita con atención, descubrirá en él un vivísimo deseo mío:
el de que Vuestra Magnificencia llegue a la grandeza que el destino y sus
virtudes le auguran. Y si Vuestra Magnificencia, desde la cúspide de su altura,
vuelve alguna vez la vista hacia este llano, comprenderá cuán inmerecidamente
soporto una grande y constante malignidad de la suerte.
1 Las dos escuelas de los grandes hombres. (Cristina de Suecia.)
2 Como Tácito y Gibbon (G). 3 Con esto empecé y con ello conviene empezar. Se
conoce mucho mejor el fondo de los valles cuando se está en la cumbre de la
montaña (RC).
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