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SOBRE LA GUERRA PROLONGADA
INICIATIVA, FLEXIBILIDAD Y
PLANIFICACION
78. En las campañas y combates ofensivos de decisión rápida en
líneas exteriores, tal como se ha planteado, el punto central es la ofensiva;
"líneas exteriores" se refiere a la esfera de la ofensiva, y "decisión rápida",
a su duración. De ahí el nombre de "operaciones ofensivas de decisión rápida en
líneas exteriores". Es el mejor principio para realizar una guerra prolongada, y
es también el principio para lo que se conoce como guerra de movimientos. Pero
no se puede llevar a la práctica este principio sin iniciativa, flexibilidad y
planificación. Estudiemos ahora estas tres cuestiones.
79. Ya hemos hablado de la actividad consciente. ¿Por qué
tratamos ahora de la iniciativa? Por actividad consciente entendemos la acción y
el esfuerzo conscientes, característica propia del género humano, que se
manifiesta con particular vigor en la guerra. Todo esto ya ha sido analizado. La
iniciativa significa aquí libertad de acción para un ejército, en contraste con
la situación en que las tropas quedan privadas de esta libertad. Para un
ejército es vital la libertad de acción, y en cuanto la pierde, se encuentra al
borde de la derrota o la destrucción. El que un soldado sea desarmado se debe a
que ha perdido su libertad de acción, quedando reducido a la pasividad. Lo mismo
puede decirse en cuanto a la derrota de un ejército. Por ello, en una guerra
ambos bandos se empeñan enérgicamente en lograr la iniciativa y evitar la
pasividad. Se puede decir que las operaciones ofensivas de decisión rápida en
líneas exteriores, por las cuales abogamos, así como la flexibilidad y la
planificación, necesarias para llevarlas a cabo, están todas destinadas a lograr
la iniciativa para reducir al enemigo a la pasividad y alcanzar el objetivo de
conservar las fuerzas propias y destruir las del enemigo. Pero la iniciativa o
la pasividad son inseparables de la superioridad o inferioridad en la capacidad
bélica; por consiguiente, también son inseparables de una dirección subjetiva
correcta o errónea de la guerra. Además, existe la posibilidad de explotar las
apreciaciones erróneas y la desprevención del enemigo para ganar la iniciativa y
reducirlo a la pasividad. Analicemos a continuación estos puntos.
80. La iniciativa es inseparable de la superioridad en la
capacidad bélica, en tanto que la pasividad es inseparable de la inferioridad en
ese terreno. Tal superioridad o inferioridad constituyen, respectivamente, la
base objetiva para la iniciativa o la pasividad. Naturalmente, es más fácil
mantener y desarrollar la iniciativa estratégica por medio de la ofensiva
estratégica, pero mantener la iniciativa durante toda la guerra y en todos los
frentes, o sea, tener la iniciativa absoluta, sólo es posible en condiciones de
superioridad absoluta sobre el adversario. En una lucha cuerpo a cuerpo entre un
hombre fuerte y sano y otro gravemente enfermo, el primero tendrá la iniciativa
absoluta. Si el Japón no estuviera acribillado de contradicciones insolubles;
si, por ejemplo, pudiera enviar de una sola vez un ejército inmenso, de varios o
incluso de diez millones de soldados; si sus recursos financieros fueran varias
veces lo que son; si no encontrara oposición alguna en las masas populares de su
propio país ni en otros países, y si no siguiera la bárbara política que impulsa
al pueblo chino a entablar una lucha a muerte, podría asegurarse la superioridad
absoluta y contar con la iniciativa absoluta durante toda la guerra y en todas
partes. Pero la historia muestra que la superioridad absoluta aparece al final
de una guerra o una campaña; y rara vez al comienzo. Por ejemplo, fue en
vísperas de la rendición de Alemania, en la Primera Guerra Mundial, cuando los
países de la Entente lograron la superioridad absoluta y Alemania quedó reducida
a la inferioridad absoluta, a consecuencia de lo cual, ésta fue derrotada y
aquéllos triunfaron. Este es un ejemplo de superioridad e inferioridad absolutas
al final de una guerra. Otro ejemplo: en vísperas de nuestra victoria en
Taierchuang, las fuerzas japonesas aisladas allí fueron reducidas a la
inferioridad absoluta después de una dura lucha, en tanto que las nuestras
alcanzaron la superioridad absoluta, como resultado de lo cual, el enemigo fue
derrotado y nosotros triunfamos. Este es un ejemplo de superioridad e
inferioridad absolutas al final de una campaña. Una guerra o una campaña también
pueden terminar en una situación de superioridad relativa o de paridad. En ese
caso, se llega a un compromiso en la primera o a una situación de empate en la
segunda. Pero, en la mayoría de los casos, la guerra o campaña finalizan con la
superioridad e inferioridad absolutas, que deciden, respectivamente la victoria
y la derrota. Todo esto se refiere al final y no al comienzo de una guerra o una
campaña. Se puede predecir que el desenlace de la guerra chino-japonesa será la
derrota del Japón a consecuencia de su inferioridad absoluta y la victoria de
China a causa de su superioridad absoluta. Pero en el momento actual, la
superioridad e inferioridad de una y otra parte no son absolutas sino relativas.
Con la ventaja de su poderío militar y económico y de su gran capacidad
político-organizativa, el Japón goza de superioridad sobre China, que es débil
en estos aspectos; dicha superioridad constituye la base de su iniciativa. Pero
como su fuerza en lo militar y en otros aspectos es cuantitativamente
insuficiente, y como existen muchos otros factores que le son desfavorables, su
superioridad se ve reducida por sus propias contradicciones. Esa superioridad ha
disminuido aún más, al enfrentarse en China con un vasto territorio, enorme
población, gran número de soldados y tenaz resistencia nacional. Por lo tanto,
vista en su conjunto, la posición del Japón ha pasado a ser de simple
superioridad relativa, y su capacidad para tomar y mantener la iniciativa, que
ha quedado así restringida, se ha vuelto también relativa. En cuanto a China, si
bien se encuentra estratégicamente en una posición un tanto pasiva a causa de la
inferioridad de su fuerza es sin embargo cuantitativamente superior en
territorio, población y efectivos militares, y también es superior por la moral
combativa y el profundo odio de su pueblo y su ejército hacia el enemigo. Esta
superioridad, junto con otros factores favorables, disminuye el grado de su
inferioridad militar, económica, etc., y la conviene en una inferioridad
estratégica relativa. Y esto también reduce el grado de pasividad de China, de
modo que su posición estratégica es sólo de pasividad relativa. Sin embargo,
como toda pasividad es desventajosa, hay que esforzarse al máximo para salir de
ella. En el terreno militar, la forma de conseguirlo es desplegar resueltamente
operaciones ofensivas de decisión rápida en líneas exteriores, desarrollar la
guerra de guerrillas en la retaguardia enemiga, y producir así numerosos casos
de aplastante superioridad e iniciativa locales en campañas de guerra de
movimientos y en la guerra de guerrillas. Por medio de esa superioridad e
iniciativa locales, podremos crear gradualmente la superioridad e iniciativa
estratégicas y salir de la inferioridad y pasividad estratégicas. Tal es la
relación entre la iniciativa y la pasividad, entre la superioridad y la
inferioridad.
81. De lo dicho puede comprenderse también la relación entre la
iniciativa o la pasividad y la dirección subjetiva de la guerra. Como se ha
expuesto más arriba, podemos salir de nuestra inferioridad y pasividad
estratégicas relativas creando, mediante nuestros esfuerzos, muchos casos de
superioridad e iniciativa locales, privando así una y otra vez al enemigo de
esta superioridad e iniciativa y empujándolo a la inferioridad y la pasividad.
La suma de estos éxitos parciales nos dará la superioridad e iniciativa
estratégicas y reducirá al enemigo a la inferioridad y pasividad estratégicas.
Tal cambio depende de una dirección subjetiva correcta. ¿Por qué? Porque
mientras nosotros buscamos la superioridad y la iniciativa, el enemigo hace lo
mismo. En este sentido, la guerra es una pugna de capacidad subjetiva entre los
mandos de los ejércitos contendientes por la superioridad y la iniciativa, sobre
la base de condiciones materiales tales como las fuerzas militares y los
recursos financieros. De la pugna uno sale vencedor y el otro vencido; además de
las condiciones materiales objetivas, el vencedor debe necesariamente su triunfo
a una dirección subjetiva correcta, y el vencido debe su derrota a una dirección
subjetiva errónea. Admitimos que el fenómeno de la guerra es más inasible y
ofrece menos certidumbre que cualquier otro fenómeno social, en otras palabras,
que es en mayor grado una cuestión de "probabilidad". Pero la guerra no tiene
nada de sobrenatural; no es sino un fenómeno de este mundo, regido por la
necesidad. Por eso, sigue siendo una verdad científica el axioma de Sun Tsi:
"Conoce a tu adversario y conócete a ti mismo, y podrás librar cien batallas sin
correr ningún riesgo de derrota." Los errores surgen de la ignorancia acerca del
enemigo y de sí mismo; además, en muchos casos, las características de la guerra
hacen imposible tener pleno conocimiento de ambos bandos; de ahí la
incertidumbre de la situación y las acciones en la guerra, los errores y
derrotas. Pero, sean cuales fueren la situación y las acciones en la guerra, es
posible conocer sus aspectos generales y puntos esenciales. Gracias a todo tipo
de reconocimientos y, además, a sus deducciones y juicios inteligentes, un jefe
puede reducir los errores y ejercer una dirección correcta en líneas generales.
Armados de esta "dirección correcta en líneas generales", podemos lograr más
victorias y transformar nuestra inferioridad en superioridad y nuestra pasividad
en iniciativa. Esta es la relación entre la iniciativa o la pasividad y la
dirección subjetiva correcta o incorrecta de la guerra.
82. La tesis de que una dirección subjetiva incorrecta puede
originar el cambio de superioridad en inferioridad y de iniciativa en pasividad,
y que una dirección subjetiva correcta puede hacer lo contrario, se hace aún más
convincente cuando consideramos los ejemplos históricos de derrotas sufridas por
ejércitos numerosos y fuertes, y de victorias alcanzadas por ejércitos reducidos
y débiles. Tales ejemplos abundan en la historia de China y de otros países.
Ejemplos de China son la batalla de Chengpu entre Tsin y Chu; la de Chengkao
entre Chu y Jan; la batalla en que Jan Sin derrotó a las tropas de Chao Sie; la
de Kunyang entre Sin y Jan; la de Kuantu entre Yuan Shao y Tsao Tsao; la de
Chipi entre Wu y Wei; la de Yiling entre Wu y Shu; la de Feishui entre Chin y
Tsin, etc. Entre los ejemplos en la historia de otros países, figuran muchas
campañas de Napoleón y la guerra civil en la Unión Soviética después de la
Revolución de Octubre. En todos estos casos, la victoria fue alcanzada por
fuerzas pequeñas sobre grandes y por fuerzas inferiores sobre superiores. En
cada caso, la fuerza menor opuso una superioridad e iniciativa locales a la
inferioridad y pasividad también locales del enemigo, empezó por derrotar a una
parte de sus unidades, luego se volvió contra las restantes, las aplastó una por
una y transformó así toda la situación en superioridad e iniciativa. Lo
contrario sucedió con el enemigo, que en un principio tenía la superioridad y la
iniciativa; debido a sus errores subjetivos y contradicciones internas, perdió
por completo su excelente o relativamente buena posición de superioridad e
iniciativa, convirtiéndose en general de un ejército vencido o en rey de un
reino subyugado. Así puede verse que, si bien la superioridad o inferioridad en
la capacidad bélica es la base objetiva que determina la iniciativa o la
pasividad, no constituye en sí misma la iniciativa o la pasividad efectivas;
sólo mediante una lucha, una pugna entre las capacidades subjetivas, puede
surgir la iniciativa o la pasividad efectivas. En la lucha, una dirección
subjetiva correcta puede transformar la inferioridad en superioridad y la
pasividad en iniciativa, y una dirección subjetiva errónea puede hacer lo
contrario. El hecho de que las dinastías gobernantes no hayan podido vencer a
los ejércitos revolucionarios, demuestra que la simple superioridad en ciertos
aspectos no asegura la iniciativa ni mucho menos la victoria final. El bando que
se encuentra en estado de inferioridad y pasividad puede arrebatar la iniciativa
y la victoria al bando que tiene la superioridad y la iniciativa, si crea
ciertas condiciones mediante una gran actividad subjetiva, de acuerdo con las
circunstancias reales.
83. Las apreciaciones erróneas y la desprevención pueden
ocasionar la pérdida de la superioridad y la iniciativa. Por lo tanto,
desorientar sistemáticamente al enemigo y atacarlo por sorpresa son dos
importantes medios de lograr la superioridad y ganar la iniciativa. ¿Qué
significa "apreciaciones erróneas"? "Tomar por soldados enemigos los árboles y
matorrales del monte Pakung" es un ejemplo de apreciación errónea. Y "amagar en
el Este pero atacar por el Oeste" es una forma de desorientar al enemigo. Cuando
contamos con un firme apoyo de las masas, suficiente para evitar la filtración
de informaciones, a menudo es posible conseguir eficazmente, con diversas
estratagemas, meter al enemigo en un cenagal de juicios y acciones erróneos, de
modo que pierda la superioridad y la iniciativa. A esto se refiere precisamente
el dicho: "En la guerra jamás hay exceso de astucia." ¿Qué significa
"desprevención"? Significa falta de preparación. Sin preparación, la
superioridad no es real ni puede haber tampoco iniciativa. Comprendiendo esto,
una fuerza inferior, pero bien preparada, a menudo puede derrotar a una fuerza
superior mediante ataques por sorpresa. Decimos que es fácil golpear a un
enemigo en movimiento, precisamente porque entonces no está alerta, o sea, no
está preparado. Estos dos procedimientos -- desorientar al enemigo y atacarlo
por sorpresa -- significan transferir al enemigo la incertidumbre de la guerra y
procurar para nosotros la mayor certidumbre posible, lo cual nos permite ganar
la superioridad y la iniciativa y lograr la victoria. Una excelente organización
de las masas es el requisito previo para la consecución de todo esto. Por lo
tanto, es de extrema importancia poner en pie a todas las masas populares que se
oponen al enemigo y armarlas hasta el último hombre, para que efectúen asaltos
por todas partes y, al mismo tiempo, impidan el escape de informaciones y cubran
a nuestro ejército, de modo que el enemigo no sepa cuándo ni dónde lo atacaremos
y se cree una base objetiva que lo conduzca a apreciaciones erróneas y a la
desprevención. Si el Ejército Rojo de China, en el período de la Guerra
Revolucionaria Agraria; pudo ganar frecuentemente batallas con fuerzas pequeñas,
fue en gran medida porque contaba con masas populares organizadas y armadas.
Lógicamente, la guerra nacional debe conquistar un apoyo popular más amplio
todavía que la Guerra Revolucionaria Agraria; sin embargo, debido a errores del
pasado, las masas populares se encuentran desorganizadas, no sólo no pueden
ponerse inmediatamente al servicio de la causa, sino que a veces incluso son
utilizadas por el enemigo. La movilización decidida y amplia de todo el pueblo
es la única forma de obtener inagotables recursos para atender a todas las
necesidades de la guerra. Además, desempeñará ciertamente un gran papel en la
aplicación de nuestra táctica de derrotar al enemigo desorientándolo y tomándolo
desprevenido. No somos el príncipe Siangkung del Estado de Sung y no nos
interesa su estúpida ética. A fin de lograr la victoria, debemos hacer cuanto
sea posible para taparle ojos y oídos al enemigo, de modo que se vuelva ciego y
sordo, así como para crear la mayor confusión posible en la mente de sus mandos,
hasta que pierdan completamente el juicio. En todo esto puede verse también la
relación entre la iniciativa o la pasividad y la dirección subjetiva de la
guerra. Tal dirección subjetiva es indispensable para derrotar al Japón.
84. En líneas generales, el Japón mantiene la iniciativa en la
etapa de su ofensiva en razón de su poderío militar y del aprovechamiento de
nuestros errores subjetivos, pasados y actuales. Pero su iniciativa ha comenzado
a menguar en cierto grado, a causa de las numerosas desventajas que le son
inherentes y de los errores subjetivos que él ha cometido también en la guerra
(sobre los cuales hablaremos en detalle más adelante), y asimismo a causa de
nuestras numerosas ventajas: La derrota del enemigo en Taierchuang y sus
dificultades En la provincia de Shansí son clara prueba de ello. El amplio
desarrollo de nuestra guerra de guerrillas en la retaguardia del enemigo ha
colocado a sus guarniciones del territorio ocupado en una posición completamente
pasiva. Aunque el enemigo todavía está a la ofensiva estratégica y mantiene la
iniciativa, la perderá cuando cese esta ofensiva. La primera razón por la cual
el enemigo no podrá mantener la iniciativa, es que su escasez de tropas le hace
imposible sostener la ofensiva indefinidamente. Nuestras operaciones ofensivas
en las campañas y nuestra guerra de guerrillas en la retaguardia enemiga, junto
con otros factores, constituyen la segunda razón por la cual el enemigo tendrá
que detener su ofensiva en cierto límite y no podrá mantener su iniciativa. La
existencia de la Unión Soviética y los cambios en la situación internacional
constituyen la tercera razón. Así se ve que la iniciativa del enemigo es
limitada y puede ser anulada. Si China mantiene firmemente el método de realizar
operaciones ofensivas con sus fuerzas regulares en campañas y combates,
desarrolla con vigor la guerra de guerrillas en la retaguardia enemiga y
moviliza ampliamente a las masas populares En el terreno político, entonces
podremos asegurarnos gradualmente una posición de iniciativa estratégica:
85. Tratemos ahora de la flexibilidad. ¿Qué es la flexibilidad?
Es la expresión concreta de la iniciativa en las operaciones militares; es el
empleo flexible de las fuerzas armadas. El empleo flexible de las fuerzas
armadas es la tarea central, y también la mas difícil, en la conducción de una
guerra. Además de tareas tales como la organización y la educación del ejército
y del pueblo, la conducción de la guerra consiste en el empleo de las tropas en
el combate, y todo ello se hace para lograr la victoria. Ciertamente son
difíciles tareas tales como organizar un ejército, pero más difícil aún es
emplearlo, en especial cuando se enfrenta a uno más fuerte. Para ello, se
requiere tener una alta capacidad subjetiva, vencer la confusión, la oscuridad y
la incertidumbre peculiares de la guerra, y descubrir en ellas el orden, la
claridad y la certidumbre; sólo así puede conseguirse la flexibilidad en el
mando.
86. El principio fundamental para las operaciones en los campos
de batalla de la Guerra de Resistencia consiste en operaciones ofensivas de
decisión rápida en líneas exteriores. Para ponerlo en práctica, existen diversas
tácticas o métodos, tales como dispersión y concentración de las fuerzas; avance
divergente y ataque convergente; ataque y defensa; asalto y contención; cerco y
movimientos envolventes; avance y retirada. Comprender estas tácticas es fácil,
pero no lo es en modo alguno emplearlas y pasar de una a otra con flexibilidad.
Aquí hay tres factores clave: momento, lugar y tropas. Ninguna victoria puede
lograrse si el momento, el lugar o las tropas no han sido bien elegidos. Por
ejemplo, si, al atacar a una fuerza enemiga en movimiento, asestamos el golpe
prematuramente, nos pondremos al descubierto y daremos al adversario la
oportunidad de prepararse; si lo hacemos demasiado tarde, el enemigo podrá haber
concentrado y acampado sus tropas; presentándonos un hueso duro de roer. Esto en
cuanto al momento. Si el punto de asalto que escogemos está, por ejemplo, en el
ala izquierda del enemigo, que resulta ser justamente su lado débil, será fácil
la victoria; pero si el que escogemos está en el ala derecha, podremos darnos
contra un muro y no obtener resultado alguno. Esto en cuanto al lugar. Si, para
realizar una determinada tarea, es fácil obtener éxito enviando una determinada
unidad de nuestras fuerzas, será difícil lograr resultados empleando otra
unidad. Esto en cuanto a las tropas. No sólo tenemos que saber cómo emplear las
tácticas, sino también cómo pasar de una a otra. Para un mando flexible es tarea
importante cambiar de táctica oportuna y apropiadamente según las condiciones de
las tropas y del terreno, tanto las del enemigo como las nuestras; pasando del
ataque a la defensa o de la defensa al ataque, del avance a la retirada o de la
retirada al avance, transformando las unidades de contención en unidades de
asalto o las de asalto en las de contención, pasando del cerco a los movimientos
envolventes o de los movimientos envolventes al cerco, etc. Esto rige tanto para
el mando de los combates como para el de las campañas y el estratégico.
87. Los antiguos decían: "La habilidad para emplear la táctica
reside en la mente." Esta "habilidad", que nosotros llamamos flexibilidad, es la
aportación del comandante inteligente. Flexibilidad no significa temeridad, la
cual debe ser rechazada. La flexibilidad es la capacidad de un comandante
inteligente para adoptar medidas oportunas y adecuadas según las condiciones
objetivas después de "juzgar el momento y la situación" (por situación se
entiende la del enemigo y la nuestra, la naturaleza del terreno, etc.); esta
flexibilidad es la "habilidad para emplear la táctica". Valiéndonos de esta
habilidad, podemos obtener más victorias en las operaciones ofensivas de
decisión rápida en líneas exteriores, cambiar a nuestro favor la correlación de
fuerzas, ganar la iniciativa sobre el enemigo, abrumarlo y destruirlo, de modo
que la victoria final sea nuestra.
88. Pasemos ahora al problema de la planificación. Debido a la
incertidumbre propia de la guerra, es mucho más difícil trazar planes para ésta
que para otras actividades. Sin embargo, como "la preparación asegura el éxito y
su ausencia significa el fracaso", no se puede ganar una guerra sin previa
planificación ni preparativos. En la guerra no hay una certidumbre absoluta,
pero esto no excluye cierto grado de certidumbre relativa. Tenemos un
conocimiento relativamente exacto de nuestra propia situación. En cuanto a la
del enemigo, aunque para nosotros es muy incierta, existen, sin embargo, signos
que podemos captar, hilos que seguir y una sucesión de fenómenos en los que
meditar. Esto constituye lo que llamamos cierto grado de certidumbre relativa,
que proporciona una base objetiva para la planificación en la guerra. Los
adelantos de la técnica moderna (telégrafo, radio, aviones, vehículos
motorizados, ferrocarriles, barcos de vapor, etc.) han aumentado la posibilidad
de esa planificación. No obstante, como en la guerra hay sólo una certidumbre
muy limitada y pasajera, es difícil que la planificación sea compleja y estable.
El plan cambia con el movimiento (curso o desarrollo) de la guerra, y el alcance
de sus modificaciones varía según la escala de las operaciones. Los planes
tácticos, tales como planes de ataque o defensa de pequeñas agrupaciones o
unidades, frecuentemente deben ser modificados varias veces al día. El plan de
una campaña, esto es, un plan de acción para grandes agrupaciones, puede durar
por lo general hasta la conclusión de la campaña, en el curso de la cual, sin
embargo, a menudo es modificado parcialmente, y en ocasiones, totalmente. Un
plan estratégico, basado en la situación general de ambos bandos beligerantes,
es más estable aún, pero también es aplicable sólo en una determinada etapa
estratégica y tiene que ser modificado al pasar la guerra a una nueva etapa. La
elaboración y modificación de los planes tácticos, de campañas y estratégicos de
acuerdo con su respectivo alcance y según las circunstancias, es el factor clave
en la conducción de la guerra; constituye asimismo la expresión concreta de la
flexibilidad en las operaciones militares, en otras palabras, es la habilidad
para emplear la táctica. A esto deben prestar atención los mandos de todo nivel
en la Guerra de Resistencia contra el Japón.
89. Basándose en la movilidad de la guerra, algunas personas
niegan categóricamente la estabilidad relativa de los planes u orientaciones
para la guerra, y los consideran "mecánicos". Esta opinión es errónea. Como ya
hemos dicho más arriba, reconocemos plenamente que, dado que la guerra sólo
presenta una certidumbre relativa y transcurre (se mueve o se desarrolla)
rápidamente, los planes u orientaciones para ella sólo pueden ser relativamente
estables, y tienen que ser reemplazados o revisados a tiempo, de acuerdo con el
cambio de las circunstancias y el curso de la guerra; de lo contrario, nos
convertiríamos en mecanicistas. No obstante, en modo alguno se puede negar la
estabilidad relativa, dentro de un período determinado, de los planes u
orientaciones para la guerra. Negar este punto significa negarlo todo, incluso
la propia guerra, y a sí mismo. Como las circunstancias y acciones en la guerra
son relativamente estables, debe darse también una estabilidad relativa a los
planes u orientaciones, que están condicionados por ellas. Por ejemplo, como las
circunstancias de la guerra en el Norte de China y las operaciones dispersas del
VIII Ejército tienen un carácter estable dentro de una determinada etapa, en
ésta es de todo punto necesario dar una relativa estabilidad a la línea
estratégica del VIII Ejército: "Tomar la guerra de guerrillas como lo
fundamental, pero no perder oportunidad alguna para realizar la guerra de
movimientos cuando las condiciones sean favorables." La orientación para una
campaña es aplicable en un período más corto que una orientación estratégica, y
la orientación táctica es aplicable en un lapso más breve aún, pero todas ellas
son estables durante un determinado tiempo. Negar esto es no saber por dónde
empezar en materia de guerra, es convertirse en un relativista de la guerra
carente de criterio, para quien un procedimiento es tan erróneo o tan justo como
cualquier otro. Nadie niega que incluso una orientación válida para un período
dado también está sujeta a variaciones; de no ser variable, jamás se abandonaría
en favor de otra. Pero esta variabilidad tiene sus límites, es decir, no rebasa
el marco de las diversas operaciones militares en que se aplica esa orientación,
y no afecta a su esencia misma; en otras palabras, la variabilidad es
cuantitativa y no cualitativa. Dentro de un período determinado, esta esencia no
es en modo alguno variable, y esto es lo que queremos decir al hablar de la
estabilidad relativa dentro de un período determinado. En el gran río de la
guerra como un todo, donde la movilidad es absoluta, cada uno de sus tramos es
relativamente estable. Este es nuestro punto de vista en lo que respecta a la
esencia de los planes u orientaciones para la guerra.
90. Luego de haber tratado de la guerra defensiva prolongada en
líneas interiores en el plano estratégico y de las operaciones ofensivas de
decisión rápida en líneas exteriores en campañas y combates, así como de la
iniciativa, flexibilidad y planificación, podemos hacer ahora un breve resumen.
La Guerra de Resistencia contra el Japón debe tener su plan. Los planes de
operaciones, que son la aplicación concreta de la estrategia y la táctica,
tienen que ser flexibles, de modo que puedan adaptarse a las circunstancias de
la guerra. Debemos esforzarnos siempre por transformar nuestra inferioridad en
superioridad y nuestra pasividad en iniciativa, a fin de que la correlación de
fuerzas cambie a nuestro favor. Todo esto halla su expresión en las operaciones
ofensivas de decisión rápida en líneas exteriores en campañas y combates, así
como en la guerra defensiva prolongada en líneas interiores en el plano
estratégico.
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