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(Por la magnitud de la obra, no la ofrecemos de forma íntegra, sino que hemos realizado una selección de aquellas partes que mejor se refieren a nuestra temática. Estrategia.info)

De la Guerra, ¿En qué consiste la guerra? , El fin y los medios en la guerra , El genio para la guerra , Información y fricciones , Introducción al Arte de la guerra , Sobre la Teoría de la guerra , ¿Arte de la guerra o Ciencia de la guerra? , Elementos de la Estrategia , Ataque y defensa .

 

LA INFORMACIÓN EN LA GUERRA

 Con el término «información» significamos todo el conoci­miento que poseemos sobre el enemigo y su territorio. De hecho constituye, por tanto, el fundamento de todos nuestros planes y nuestras acciones. Considérese la naturaleza de este fundamento, su incertidumbre y su volubilidad y bien pronto se tendrá la im­presión de que la guerra es una estructura peligrosa, que puede desmoronarse fácilmente y sepultarnos entre sus escombros. Aunque en todos los libros se nos dice que sólo debemos con­fiar en la información segura y que no tenemos que dejar de ser desconfiados, esto no es más que un consuelo libresco, producto de esa sabiduría en que se refugian los artífices de sistemas y de compendios cuando no tienen nada mejor que decir.

Una gran parte de la información que se obtiene en la gue­rra resulta contradictoria, otra parte más grande es falsa, y la par­te mayor es, con mucho, un tanto dudosa. Lo que en este caso se puede exigir de un oficial es la posesión de cierto poder de discriminación que sólo puede obtenerse gracias al juicio y al co­nocimiento de los hombres y de las cosas. La ley de la probabili­dad tiene que ser su guía. Esta no representa una dificultad insig­nificante, ni siquiera con referencia a los primeros planes, aque­llos que se preparan en los despachos y que permanecen toda­vía fuera del ámbito real de la guerra; pero aquélla se acrecienta enormemente cuando en el fragor de la batalla un informe sigue al otro. Hay que dar gracias a la fortuna si estos informes, al con­tradecirse unos a los otros, producen una especie de equilibrio y provocan por sí mismos la crítica. El inexperto se encuentra en una situación conflictiva cuando la suerte no le presta tal servi­cio, sino que un informe sirve de fundamento al otro, lo confir­ma, lo magnifica, y aporta al cuadro un nuevo colorido, hasta que la necesidad, con urgente prisa, le obliga a tomar una deci­sión que bien pronto se revelará como un desatino, dado que to­dos esos informes no eran más que falsedades, exageraciones, errores, etc. En pocas palabras: la mayoría de los informes son falsos, y la timidez de los hombres insufla nueva fuerza a las mentiras y las falacias. Como regla general, todo el mundo se siente inclinado a creer más en lo malo que en lo bueno. Todos tienden a magnificar lo malo en cierta medida y, aunque los peli­gros asi proclamados se apaciguen como las olas en el mar, pue­den, lo mismo que éstas, cobrar altura sin causa aparente. El jefe confiado en su mejor conocimiento interno debe mantenerse fir­me y no ceder, como la roca contra la cual rompe la ola. La co­yuntura no es fácil. Aquel que por naturaleza no sea de estirpe débil, o se haya ejercitado con la experiencia en la guerra y for­talecido en su juicio, puede adoptar como regla inclinarse fuerte­mente, es decir contra el íntimo nivel de sus propias conviccio­nes, desde el lado del temor al lado de la esperanza. Sólo así se­rá capaz de mantener un equilibrio verdadero. La dificultad de ver las cosas de manera correcta, que es una de las mayores fuentes de fricción en la guerra, hace que las cosas parezcan completamente distintas de lo que se esperaba. La impresión de los sentidos es más poderosa que la fuerza de las ideas proce­dentes de un cálculo fundamentado, y esto llega tan lejos que probablemente no se ha ejecutado nunca un plan de cierta im­portancia sin que el comandante en jefe, en los primeros mo­mentos de la ejecución, no haya tenido que dominar nuevas du­das surgidas en su pensamiento. Debido a ello, los hombres co­munes, que suelen hacer caso de las sugestiones de los demás, por lo general se tornan indecisos cuando han de entrar en ac­ción; creen que las circunstancias con que se encuentran son dis­tintas a lo que habían esperado, en mayor medida en cuanto de nuevo ceden aquí ante las sugestiones de los demás. Pero inclu­so el hombre que traza por sí mismo sus planes pierde fácilmen­te la fe en su primera opinión cuando alcanza a ver las cosas con sus propios ojos. La firme confianza que tenga en sí mismo puede armarle contra la presión aparente del momento. Su pri­mera convicción quedará confirmada por el mismo desarrollo de los acontecimientos, cuando sea descartada la decoración inicial que el destino introduce, con sus formas exageradas de peligro, en el escenario de la guerra, y el horizonte se amplíe. Esta es uno de las grandes honduras que separa la concepción de la eje­cución.

 

LAS FRICCIONES EN LA GUERRA

 

Mientras no se tenga un conocimiento personal de la guerra no se podrá apreciar dónde residen las dificultades que encierra, ni la importancia que realmente asumen el genio y las extraordi­narias cualidades espirituales que se le exigen a un comandante en jefe. Todo parece tan simple, parecen tan sencillas las formas de conocimiento requeridas, y tan fútiles sus combinaciones, que, en comparación con ellas, el problema más elemental de matemáticas superiores adquiere una significación científica evi­dente. Pero en cuanto se conoce la guerra, todo se vuelve inteli­gible. Sin embargo, resulta extraordinariamente difícil describir qué es lo que produce este cambio y designar con un nombre ese factor invisible y universalmente operativo.

Todo es muy simple en la guerra, pero hasta lo más simple resulta difícil. Estas dificultades se acumulan y causan una fric­ción, de la cual nadie que no haya asistido a una guerra puede formarse una idea ajustada. Supongamos que un viajero decide, al final de una jornada, realizar dos etapas más, lo que puede significarle cuatro o cinco horas por carretera, con caballos de posta. Al cubrir la penúltima etapa, no encuentra caballos o los encuentra en deficiente estado; luego le espera un terreno mon­tañoso, caminos en mal estado, etc.; la oscuridad ya es completa, y el viajero, tras muchas dificultades, se alegra de haber alcanza­do la próxima parada y de encontrar allí alguna comodidad, por escasa que sea. Del mismo modo ocurre en la guerra, debido a la influencia de innumerables circunstancias cuya insignificancia ha hecho que no las tomáramos en cuenta de antemano; todo nos deprime y nos aleja de nuestro propósito. Una poderosa vo­luntad de hierro supera esta fricción: pulveriza los obstáculos, pero al mismo tiempo destruye a la máquina. Nos encontraremos a menudo ante esta coyuntura. Como un obelisco hacia el cual convergen las principales calles de una ciudad, del mismo modo la firme voluntad de un espíritu orgulloso se yergue imperiosa en el centro del arte de la guerra.

La fricción es la única concepción que de un modo bastan­te general corresponde a lo que distingue la guerra real de la guerra sobre el papel. La máquina militar, el ejército y todo lo que le corresponde, es en el fondo muy simple, y por esa razón parece fácil de manejar. Pero hay que tener presente que ningu­na parte de esa máquina se compone de una sola pieza, sino que está compuesta de múltiples individuos, cada uno de los cuales mantiene su propia fricción hacia todas las direcciones. En teoría, esto suena muy bien: el jefe de un batallón es respon­sable de ejecutar la orden recibida, y como el batallón, por su disciplina, está como fundido en una sola pieza, y su jefe tiene que ser un militar de reconocida diligencia, la palanca gira sobre ese pivote de hierro con poca fricción.

Pero no ocurre así en la realidad, y todo lo que encierra de exagerado y falso la concepción se pone inmediatamente de ma­nifiesto en la guerra. El batallón sigue estando compuesto de un número determinado de hombres, y, si el azar lo dicta, el menos significado de ellos es capaz de causar una demora o una ano­malía. Los peligros que la guerra entraña, los esfuerzos físicos que exige intensifican de tal forma la posibilidad de un infortu­nio, que unos y otros deben ser considerados como sus causas más importantes.

Esta terrible fricción, que no se halla concentrada, como en la mecánica, en unos pocos puntos, aparece por lo tanto en to­das partes en contacto con el azar, y produce así incidentes casi imposibles de prever, justamente porque corresponden en gran medida al azar. Un ejemplo de ese azar lo constituye el tiempo. Aquí la niebla provoca que el enemigo sea descubierto a des­tiempo, que un fusil se dispare en el momento menos oportuno, o que un informe no llegue a manos del general en jefe; allí, la lluvia impide la llegada de un batallón y hace que otro no apa­rezca en el momento exigido, porque tal vez ha tenido que mar­char ocho horas en lugar de tres, o no deja que la caballería ata­que eficazmente, porque la pesadez del terreno la tiene como anclada en el suelo.

Estos detalles se dan a guisa tan sólo de ejemplo y con el fin de que el lector pueda seguir al autor en este tema, pues de otro modo deberían escribirse volúmenes enteros sobre tales dificultades. Para dar una idea de la multitud de los pequeños obs­táculos a los que hay que hacer frente en la guerra podríamos apelar a un sinnúmero de ejemplos, pero confiamos que basta­rán los pocos que hemos dado para evitar el riesgo de resultar pesados.

La acción en la guerra equivale a un movimiento en un me­dio penoso. Al igual que un hombre sumergido en el agua es in­capaz de ejecutar incluso el más simple y natural de los movimientos, como es el de caminar, del mismo modo, en la guerra, mediante el uso de las fuerzas corrientes no podemos mantener­nos siquiera en el plano de la medianía. Esta es la razón por la cual el teórico que actúa con corrección es como el maestro de natación que manda hacer en seco los movimientos que serán necesarios en el agua, los cuales pueden parecer ridículos y exa­gerados a quienes no piensan en la naturaleza del agua. Tam­bién es esta la razón por la cual los teóricos que nunca se han sumergido en ese elemento, o que no saben abstraer ninguna generalización de sus experiencias, se muestran faltos de práctica y hasta devienen absurdos, porque solamente enseñan algo que cualquiera sabe: caminar.

Por añadidura, toda guerra abunda en aspectos individua­les. En consecuencia, es como un mar inexplorado, repleto de escollos, que el juicio del comandante en jefe, aunque nunca los haya visto con sus propios ojos, puede presentir, de tal modo que sea capaz de esquivarlos en la noche oscura. Si se desenca­dena un viento adverso, o sea, si se produce accidentalmente un grave acontecimiento en su contra, deberá realizar denodados esfuerzos, mostrar presencia de ánimo y la habilidad más consu­mada para hacerle frente, en tanto que para un observador dis­tante todo parecerá desarrollarse por sí mismo. El conocimiento de esta fricción constituye una parte principal de esa experiencia bélica de la que tanto se alardea y que se exige a todo buen ge­neral. Es cierto que no es el mejor el que la tenga en mayor me­dida presente y por tanto la tema (es el tipo de generales inquie­tos en exceso, que tanto abunda entre los más experimentados). Pero el general en jefe tiene que ser consciente de la existencia de esa fricción, para poder superarla hasta donde le sea posible, y a fin de no confiar en que sus acciones posean tal grado de precisión en sus efectos como el que no cabe obtener precisa­mente por la existencia de esa fricción. Además, nunca se alcan­zará ese conocimiento por la vía teórica, e incluso si ello fuera posible, faltaría siempre ese juicio práctico que llamamos instinto y cuya necesidad resulta mayor en ese ámbito repleto de minu­cias diversas que en situaciones mayores y más decisivas, ante las cuales solemos deliberar con nosotros mismos y con los de­más. Del mismo modo que el juicio instintivo, que se convierte casi en hábito, hace que el hombre mundano hable, actúe y se mueva sólo en la forma que corresponde a cada ocasión, así también será sólo el oficial experimentado en la guerra quien de­cida y actúe siempre en forma adecuada a cada situación, sea grande o pequeña, a cada pulsación, desearíamos decir, de la guerra. De esta experiencia y de esta práctica nace por sí misma en su mente la reflexión sobre lo que funciona y lo que no. Y así le será posible evitar caer con facilidad en situaciones que le lleven a mostrar debilidad, lo cual, si ocurre con frecuencia en la guerra, hace tambalear la base fundamental de la confianza y re­sulta extremadamente peligroso.

En consecuencia, la fricción, o lo que aquí hemos denomi­nado así, constituye lo que en la realidad convierte en difícil aquello que parece fácil. A medida que prosigamos con nuestra exposición saldrá a relucir más de una vez este tema, y por ello ha de resultar evidente que, además de la experiencia y una fir­me voluntad, se requieren algunas otras cualidades especiales del espíritu para hacer que un general se distinga por su exce­lencia.

     

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