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(Por la magnitud de la obra,
no la ofrecemos de forma íntegra, sino que hemos realizado una selección de
aquellas partes que mejor se refieren a nuestra temática. Estrategia.info)
De la Guerra, ¿En qué
consiste la guerra? , El fin y los medios en la
guerra , El genio para la guerra ,
Información y fricciones ,
Introducción al Arte de la guerra ,
Sobre la Teoría de la guerra ,
¿Arte de la guerra o Ciencia de la guerra? ,
Elementos de la Estrategia ,
Ataque y defensa .
EL GENIO PARA LA GUERRA
Para
ser realizada con cierta perfección, toda actividad de carácter especial exige
cualidades especiales de entendimiento y temperamento. Cuando estas cualidades
poseen un alto grado de excelencia y se ponen de manifiesto a través de
realizaciones extraordinarias, se distingue al espíritu al cual pertenecen con
el término de «genio».
No nos cabe la menor duda
que este término tiene significados que varían en gran manera, tanto en su
aplicación como en su naturaleza, y que constituye una labor muy ardua
distinguir la esencia del genio en muchos de estos significados. Pero como no
pretendemos ejercer ni de gramáticos ni de filósofos, nos será permitido
atenernos al sentido usual en el lenguaje corriente, y entender por «genio» una
capacidad mental eminente para la ejecución de ciertas actividades.
Conviene dedicar por un
momento la atención sobre este valor y esta aptitud del espíritu humano, para
señalar con más precisión su justificación y conocer con más detalle el
contenido que entraña su concepto. Pero no podemos ocuparnos del genio que ha
obtenido su título gracias a un talento superlativo, del genio
propiamente dicho, porque este es un concepto que no presenta unos límites
definidos. Lo que tenemos que hacer es considerar todas las tendencias
combinadas de las fuerzas del espíritu hacia la actividad militar, y considerar
entonces a éstas como la esencia del genio militar. Decimos tendencias
combinadas, porque el genio militar no consiste en una cualidad única para
la guerra, por ejemplo, el valor, al tiempo que pueden faltar otras cualidades
del entendimiento o del carácter, o tomar una dirección inútil para la guerra,
sino que resulta una combinación armoniosa de fuerzas, en la cual puede
predominar una u otra, pero ninguna debe hallarse en oposición.
Si se exigiera que cada
combatiente poseyese en una medida u otra genio militar, probablemente nuestros
ejércitos serían muy débiles, dado que, justamente porque el genio implica una
tendencia especial de las fuerzas del espíritu, sólo se dará en raras
ocasiones, allí donde en un pueblo se presenten y sean adiestradas en aspectos
muy diversos. Pero cuantas menos actividades diferentes ofrezca un pueblo, y
cuanto más predomine en ellas la militar, tanto más predominante será en ese
pueblo el genio militar. Esto, sin embargo, sólo determina su alcance y de
ninguna manera su grado, pues este último depende por lo general del desarrollo
espiritual general del pueblo. Si dirigimos nuestra mirada a un pueblo agreste y
belicoso, comprobaremos que el espíritu guerrero de sus individuos es mucho más
patente que entre los pueblos civilizados, pues en el primero casi todos los
combatientes lo poseen, mientras que en los últimos hay toda una multitud de
personas que han sido movilizadas tan sólo por necesidad, y de ningún modo por
su inclinación interior. En realidad, en los pueblos agrestes nunca
encontraremos a un gran general en jefe, y muy raramente lo que podríamos
denominar un genio militar, porque esto exige un desarrollo de las fuerzas
intelectuales que no puede darse en un pueblo poco civilizado. De más está decir
que incluso los pueblos civilizados pueden presentar también una tendencia y un
desarrollo más o menos belicosos, y, cuanto mayores sean éstos, con mayor
persistencia aparecerá el espíritu militar en los individuos que componen sus
ejércitos. Cuando ello coincide con el más elevado grado de civilización, esos
pueblos proporcionan un brillante cuadro de realizaciones militares, como lo
demostraron los romanos y los franceses. En estos y en el resto de los pueblos
famosos por sus empresas guerreras, los grandes nombres surgen siempre tan sólo
en épocas de elevado nivel de formación.
De aquí podemos
inferir en seguida la importancia de participación que las fuerzas
intelectuales tienen en el genio militar superior. Examinaremos esto con más
atención.
La guerra implica un
peligro, y, en consecuencia, el valor es, por sobre todas las cosas, la primera
cualidad que debe caracterizar a un combatiente. El valor puede ser de dos
clases: en primer lugar, el que hace acto de presencia ante un peligro contra
la persona, y en segundo, el que requiere la existencia de una responsabilidad,
ya sea ante el tribunal de una autoridad externa ya ante el de una autoridad
interna, que es la conciencia. Nos referiremos aquí únicamente a la primera
clase.
El valor ante un
peligro personal comporta también dos clases. En la primera, puede consistir en
una indiferencia hacia el peligro, debida ya sea a la forma en que está
constituido el individuo, ya al desprecio por la muerte o al hábito; en
cualquiera de estos casos el valor debe considerarse como una condición
permanente. En la segunda, el valor puede proceder de motivos positivos, como la
ambición, el patriotismo, el entusiasmo de cualquier naturaleza; en este caso,
el valor es más bien una emoción, un sentimiento, antes que una condición
permanente.
Cabe comprender que
estas dos clases de valor actúan de forma diferente. La primera es más segura,
pues, habiéndose transformado en una segunda naturaleza, nunca abandona al
hombre; la segunda, a menudo lo induce a ir más allá. La primera pertenece más
a la constancia, la intrepidez, a la segunda. La primera procura más sosiego al
entendimiento; la segunda, a veces acrecienta su poder, pero también a menudo
le causa perplejidad. Las dos clases combinadas constituyen la forma más
perfecta del valor.
La guerra implica un
esfuerzo físico y un sufrimiento. Para no verse desbordados por ellos se
necesita cierta fortaleza de cuerpo y de espíritu que, de manera natural o
adquirida, produzca indiferencia ante uno y otro.
Dotado de estas
cualidades, entre las cuales se encuentra el simple sentido común, el hombre
puede constituir un buen instrumento para la guerra, y así es como estas
cualidades se encuentran muy comúnmente entre los pueblos semicultivados y
agrestes. Si ahondamos en las exigencias que la guerra plantea a sus secuaces,
encontraremos que predominan en ellas las cualidades intelectuales. La guerra
implica una incertidumbre; tres cuartas partes de las cosas sobre las que se
basa la acción bélica yacen ofuscadas en la bruma de una incertidumbre más o
menos intensa. Por tanto, aquí se precisa, antes que nada, un entendimiento
fino y penetrante que perciba la verdad con un juicio atinado.
Una inteligencia
normal puede ocasionalmente dar con esta verdad, y por azar, un valor anormal
puede, en ocasiones, enmendar un error; pero en la mayoría de los casos el
promedio de los resultados revelará siempre un entendimiento escaso.
La guerra es el
territorio del azar. En ningún otro ámbito de la actividad humana hay que dejar
tanto margen para ese intruso, porque ninguno esta en contacto tan constante
con él, en todos sus aspectos. El azar aumenta la incertidumbre que preside
todas las circunstancias y llega a trastornar el curso de los acontecimientos.
Debido a esta
incertidumbre respecto de todas las informaciones y suposiciones, y a esta
continua incursión del azar, el individuo que actúa en la guerra suele
encontrarse con que las
cosas son distintas de lo que esperaba que fueran. Esto no
deja de ejercer influencia sobre su plan, o en todo caso, sobre las esperanzas
cifradas en él. Si esta influencia es tan grande como para desbaratar los planes
prefijados, por regla general deberán substituirse éstos por otros nuevos; pero
a menudo se carece de los datos necesarios para hacerlo al momento, porque, en
el curso de la acción, las circunstancias pueden exigir una decisión inmediata
y no dejar tiempo para una observación del entorno, y, a veces, ni mucho menos
para una atenta consideración. Pero con mayor frecuencia ocurre que la
corrección de las premisas y el conocimiento de los elementos azarosos que se
han entremetido no permiten que se derrumbe nuestro plan, pero sí hacerlo
vacilar. Nuestro conocimiento de las circunstancias ha mejorado, pero nuestra
incertidumbre no ha disminuido por ello, sino que se ha intensificado. La razón
de esto estriba en que no adquirimos tales experiencias de modo simultáneo, sino
por grados, porque nuestras decisiones se ven incesantemente asediadas por ellas
y nuestra mente tiene que permanecer siempre «en armas», por así decir.
Si pretendemos permanecer
a salvo de este continuo conflicto con lo inesperado, son indispensables dos
cualidades: en primer lugar, un entendimiento que, aun en medio de la oscuridad
más intensa, no deje de contar con vestigios de una luz interior que conduzcan
a la verdad y, en segundo lugar, el valor para seguir los trazos de esa tenue
luz. A la primera se la conoce figuradamente por la expresión francesa coup
d'oeil; la segunda es la determinación.
Ya que en la guerra los
encuentros son su rasgo distintivo y a tenor de ello se les prestó una atención
prioritaria, y dado que en los encuentros el tiempo y el espacio son elementos
determinantes, y lo eran más aún en el tiempo en que la caballería, con su
poder de decisión rápida, era el arma principal, la idea de una decisión
correcta y rápida se basó desde el principio en el cálculo de estos dos
elementos, adoptándose para significar esta idea una expresión que se aplica
solamente al correcto juicio visual. Gran número de maestros en el arte de la
guerra le han dado asimismo por ello este sentido limitado. Pero no hay duda de
que todas las decisiones justas tomadas en el momento de la ejecución pronto
pasan a ser sobreentendidas por esa expresión, como, por ejemplo, al reconocer
el momento justo para el ataque, etc. En consecuencia, lo que se entiende por
coup d'oeil se refiere no sólo al aspecto físico, sino, con mayor
frecuencia, al mental. Es lógico que esta expresión, al igual que el hecho en
sí, ocupe siempre una mejor situación en el terreno de la táctica, lo que no la
excluye del de la estrategia, pues también aquí son necesarias a menudo las
decisiones rápidas.
Despojar a este concepto
de los dos elementos figurados y limitados que se le adjudican con tal expresión
equivale simplemente a establecer una verdad no visible para la mente común o
que sólo aparece después de un largo examen y de notable reflexión.
La determinación
constituye un acto de valor desplegado en un caso particular, que si se
transforma en rasgo característico será un hábito mental. Pero aquí no nos
referimos al valor para afrontar el peligro físico, sino al que hace falta para
hacer frente a las responsabilidades, o sea, para encarar, en cierta medida, el
peligro moral. A esto se le ha llamado con frecuencia courage d’esprit,
teniendo en cuenta que surge del intelecto, pero que no por ello es un acto del
intelecto, sino del sentimiento. El simple entendimiento no implica todavía
valor, ya que a menudo se comprueba que la gente más clarividente carece de
determinación. Así, el entendimiento debe despertar primero el sentimiento de
valor que él mismo mantendrá y afirmará, porque en un momento de emergencia el
hombre es dominado más por sus sentimientos que por sus pensamientos.
Hemos asignado a la
determinación la labor de eliminar el tormento de la duda y los peligros de la
indecisión cuando se carece de una orientación suficiente. Es cierto que el
lenguaje familiar no duda en denominar «determinación» a la simple propensión
a la osadía, el arrojo, la intrepidez o la temeridad. Pero cuando un hombre
alberga motivos suficientes, tanto subjetivos como objetivos, tanto verdaderos
como falsos, no hay razón para referirse a su determinación, porque al hacerlo
nos colocaríamos en su lugar y cargaríamos el platillo de la balanza con dudas
de las que carece.
Se trata tan sólo de una
cuestión de fuerza y de debilidad. No caeremos en la pedantería de discutir el
lenguaje familiar que da un mal uso a esta palabra; nuestra observación tiene
únicamente por objeto rehuir las objeciones injustificadas.
Esta determinación; que
supera el eventual estado de duda, sólo puede ser llevada a la práctica por el
entendimiento, y, de hecho, por una dirección de éste totalmente particular.
Sostenemos que la mera unión de un raciocinio superior y de los sentimientos
necesarios no basta para dar lugar a la determinación. Hay personas que poseen
una capacidad muy aguda para percibir los problemas más difíciles y que no
carecen de valor para afrontar graves responsabilidades, y que, sin embargo, en
casos difíciles no saben tomar una determinación. Su valor y su entendimiento
permanecen como ajenos al hecho, no se prestan ayuda mutua, y a causa de ello no
forman una determinación. Esta sólo surge de un acto del raciocinio, que hace
evidente la necesidad de la audacia, y en consecuencia determina la voluntad.
Esta dirección completamente particular del entendimiento, que combate y anula
todos los otros temores del hombre con el temor a la irresolución o a la
vacilación, es la que origina la determinación en las mentalidades fuertes. Por
ello los hombres con escaso raciocinio no pueden distinguirse por su
determinación, de acuerdo con el sentido que le damos a esa palabra. En
situaciones difíciles pueden actuar sin vacilar, pero entonces lo hacen sin
reflexión, y un hombre que actúa sin reflexionar no es atormentado por duda
alguna. Este desarrollo de la acción puede resultar correcto de vez en cuando,
pero consideramos, ahora como antes, que el resultado medio es el que denota la
existencia del genio militar. Si esta afirmación resultara impropia para quien
conozca a muchos oficiales de húsares que se caracterizan por su decisión, pero
que carecen de profundidad de pensamiento, tenemos que recordar que se trata
aquí de una dirección particular del raciocinio y no de una disposición para la
meditación profunda.
Creemos, por tanto,
que la determinación debe su existencia a una dirección particular del
entendimiento, una dirección propia de una mentalidad fuerte, antes que de una
brillante. Para confirmar esta genealogía de la decisión, cabe añadir que han
habido muchos hombres que han demostrado una gran determinación en escalas
inferiores pero que han dejado de tenerla en posiciones más elevadas. Mientras
en una ocasión ven la necesidad de obrar con determinación, en otra comprenden
los peligros que entraña tomar una decisión errónea y, como no están
familiarizados con las cosas que les interesan, su entendimiento pierde la
fuerza original, y se vuelven tanto más tímidos cuanto más conscientes sean del
peligro de la vacilación que los mantiene como petrificados, y cuanto más
sostenida haya sido su costumbre de actuar por impulsos momentáneos.
El coup d'oeil
y la determinación nos llevan, por lógica, a ocuparnos de su cualidad
hermana, la presencia de ánimo, que debe desempeñar un papel importante
en la guerra, como sede que es de lo inesperado; porque no es, en efecto, más
que el magno ejemplo de la conquista de lo inesperado.
Así como admiramos la
presencia de ánimo manifestada en una réplica oportuna a algo expresado de
manera inesperada, así también la admiramos en la rapidez para echar mano de un
recurso en un momento de peligro inopinado. Ni la réplica ni el recurso
necesitan ser extraordinarios en sí mismos, porque lo que como resultado de una
reflexión madura no sería nada excepcional, incluso pudiéndose tildar de
insignificante, puede complacernos como acto instantáneo del entendimiento. La
expresión «presencia de ánimo» significa de manera muy apropiada la rapidez y
la prontitud de la ayuda prestada por el entendimiento.
De la naturaleza del
caso depende que esta excelsa cualidad de un individuo sea atribuida más a la
calidad particular de su inteligencia que a la firmeza de su equilibrio
emocional, aun que ninguna de las dos puede faltar por completo. Una réplica
certera es más bien propia de un ingenio veloz; un contragolpe que contrarresta
un peligro inopinado entraña más que nada un equilibrio emocional estable.
Si tomamos en su forma
amplia los cuatro componentes del ambiente en que se desarrolla la guerra,
el peligro, el esfuerzo físico, la incertidumbre y el azar, fácil
será comprender que se
re quiere una gran fuerza moral y mental para que avance con seguridad y
posibilidades de éxito en este elemento desconcertante una fuerza que los
historiadores y cronistas de los hechos militares describen como
energía, firmeza, constancia,
fortaleza de espíritu y de carácter,
de acuerdo con las
diferentes modificaciones introducidas por las circunstancias. Todas estas
manifestaciones de la naturaleza heroica pueden ser consideradas como producto
de la fuerza de voluntad y su equivalente, con las modificaciones que dictan las
circunstancias; pero por más relacionadas que estén una con la otra, no son,
sin embargo, idénticas, por lo cual creemos conveniente diferenciar con más
detalle estas cualidades morales y su relación mutua.
En primer lugar, para
fijar nuestras ideas es esencial observar que el peso, la carga, la
resistencia, o como quiera que quiera llamársele, por lo cual se pone de
manifiesto la fuerza espiritual de la persona que actúa, sólo en una mínima
medida tiene que ver con la actividad del enemigo, la resistencia del enemigo,
la acción del enemigo. La actividad del enemigo sólo afecta directamente al
general en jefe, en primer lugar en relación con su persona, sin afectar a su
acción como comandante.
Si el enemigo resiste cuatro horas en lugar de dos, el jefe se hallará en
peligro durante cuatro horas en lugar de dos. Esta es una consideración que cede
en importancia a medida que se eleva la jerarquía de la jefatura. ¿Qué
importancia tiene para el que ocupa la posición de general en jefe? Sin duda,
ninguna.
En segundo lugar, la
resistencia del enemigo surte un efecto directo sobre el jefe, debido a la
pérdida de medios en que incurre cuando aquélla se prolonga y a la
responsabilidad que con trae en relación con esa pérdida. Es precisamente en
este momento, debido a la carga de ansiedad de sus consideraciones, donde se
manifiesta y se pone a prueba su fuerza de voluntad. Afirmamos, sin embargo, que
dista de ser esta la carga más pesada que el jefe debe soportar, pues es algo
que tiene que resolver solo por sí mismo, mientras que todos los otros efectos
de la resistencia del enemigo actúan sobre los combatientes que están bajo su
mando e influyen en él a través de éstos.
Mientras los hombres
henchidos de coraje luchan con ardor guerrero, su jefe raramente tendrá ocasión
de hacer alarde de gran fuerza de voluntad en la prosecución de sus objetivos.
Pero en cuanto surgen las dificultades, y esto nunca deja de ocurrir cuando
tienen que alcanzarse grandes resultados, las cosas dejan de funcionar como una
máquina bien engrasada, sino que esta misma comienza a ofrecer resistencia y,
para superar el trance, el jefe tiene que actuar con gran fuerza de voluntad.
Tal resistencia no debe interpretarse como si se tratara de una desobediencia o
una réplica, aunque éstas se presenten con bastante frecuencia en los
individuos, sino que la lucha que debe librar el jefe en su interior es con la
impresión general de la disolución de todas las fuerzas físicas y morales y el
espectáculo angustioso del sacrificio sangriento, y luego con todos aquellos
que, directa o indirectamente, depositan en él sus impresiones, sus
sentimientos, sus ansiedades y sus esfuerzos. A medida que los individuos, uno
tras otro, van agotando sus fuerzas, y cuando su propia voluntad ya no basta
para alentarlos y mantenerlos, la inercia de toda la masa comienza a descargar
su peso sobre las espaldas del comandante. Será la fuerza de su aliento, la
llama de su espíritu, la firmeza de su propósito las que harán brillar de nuevo
la luz de la esperanza en los otros. Sólo en la medida en que sea capaz de
hacerlo, el jefe dominará a las masas y seguirá comandándolas. Cuando ocurra
un descalabro, y su valor no tenga la fuerza suficiente como para hacer revivir
el valor de los demás, las masas lo arrastrarán consigo hacia el abismo, hacia
las profundas regiones de la más baja animalidad, en las que se rehuye el
peligro y no se concibe vergüenza alguna. Tal es la carga que deben soportar el
valor y la fuerza espiritual de un jefe en la lucha si éste desea realizar algo
extraordinario. Esta carga aumenta en relación con las masas que se hallan bajo
su mando, y, en consecuencia, para que las fuerzas en cuestión continúen
igualando el peso que recae sobre sus hombros, deberán aumentar en proporción
con el rango que ocupe.
La energía en la
acción expresa la fuerza de la motivación por la cual la acción se pone de
manifiesto, ya tenga el móvil su origen en una convicción propia del
entendimiento, ya en un impulso de los sentimientos. Este último difícilmente
puede estar ausente cuando haya que hacer una gran demostración de fuerza.
Debemos admitir que, de todos los excelsos sentimientos que colman el pecho
humano en ––el esfuerzo cruel de la lucha, no hay ninguno tan poderoso y
constante como el de la sed de honores y de fama, a los que tan injustamente
trata el idioma alemán, que no se recata en menospreciarlos con dos indignas
asociaciones: Ehrgeiz (codicia de honores) y Ruhmsucht (búsqueda
de gloria). Sin duda, el mal uso de estas gallardas aspiraciones del espíritu
produjo, especialmente en la guerra, más de una insoportable injusticia para la
especie humana, pero por su origen estos sentimientos deben ser considerados
entre los más nobles de nuestra naturaleza, y en la guerra constituyen el
verdadero soplo de vida que anima a ese cuerpo gigantesco. Aunque otros
sentimientos pueden ejercer una influencia más general, y muchos de ellos, como
el amor a la patria, la sujeción fanática a una idea, la venganza, el entusiasmo
de cualquier índole, etc., parecería que ocuparan una posición más elevada, no
convierten en superfluas la ambición y la búsqueda de la fama. Esos otros
sentimientos pueden animar en general a grandes masas, e inspirarles
sentimientos sublimes, pero no producen en el jefe el deseo de descollar entre
sus compañeros, lo cual constituye el requisito esencial de su posición, si es
que se propone lograr algo digno de mención. A diferencia de la ambición, estos
sentimientos no convierten al acto militar individual en una propiedad
particular del jefe, quien se esfuerza luego en utilizarlos para sacar una
mayor ventaja, labrando trabajosamente y sembrando con cuidado para poder
recoger una abundante cosecha. Estas aspiraciones, compartidas por todos los
jefes, desde el de mayor graduación hasta el menos importante, esta especie de
diligencia, este espíritu de emulación, este acicate, son los que determinan en
particular la eficiencia de un ejército y lo hacen triunfar. Y en lo que
respecta a los hombres de vértice, preguntamos: ¿ha habido alguna vez un gran
general en jefe desprovisto de ambición, o puede siquiera concebirse tal
circunstancia?
La firmeza
denota la capacidad de
resistencia de la voluntad frente a la dureza de un choque, la constancia
en relación con la duración. A pesar de la analogía existente entre ambas, así
como de la frecuencia con que una es usada en vez de la otra, existe sin embargo
una diferencia notable entre ellas que no se presta a confusión, puesto que la
firmeza frente a una impresión poderosa puede tener su raíz en la simple
intensidad de su experimentación, pero la constancia debe estar más bien
sostenida por el raciocinio, ya que con la duración de una acción se acrecienta
su regularidad, y la constancia extrae en cierto modo de ello su fuerza.
Examinemos ahora lo que
entendemos por fortaleza de espíritu y de ánimo.
Es evidente que no se
trata de la intensidad en la expresión del sentimiento o de la emotividad,
porque esto se opondría a todos los usos del idioma, sino del poder de obedecer
al raciocinio, incluso en medio de la excitación más intensa, en medio de la
tormenta de las más enconadas emociones. ¿Dependerá este poder únicamente de la
fuerza del raciocinio? Es dudoso. El hecho de que haya hombres de inteligencia
sobresaliente que no saben controlarse a sí mismos no prueba lo contrario, pues
cabe decir que esto tal vez requiera una inteligencia más bien de índole fuerte
que de un carácter comprensivo; pero tal vez nos acercamos más a la verdad si
suponemos que, incluso en los momentos de la expresión más intensa de los
sentimientos, la fuerza, para someterse al control del raciocinio, que llamamos
dominio sobre uno mismo, hinca sus raíces en el espíritu. Se trata en
realidad de otro sentimiento que, en los hombres de espíritu fuerte, equilibra
la emotividad desaforada sin destruirla, y sólo gracias a este equilibrio queda
asegurado el dominio del raciocinio. Como contrapartida no existe nada más que
el sentimiento de dignidad del hombre, ese orgullo excelso, esa necesidad
oculta del alma, que actúa siempre como un ser dotado de juicio y capacidad de
raciocinio. En consecuencia, puede decirse que un espíritu fuerte es aquel que
no pierde su equilibrio ni aun por el impulso de los estímulos más intensos.
Si tendemos una mirada a
la gran diversidad existente entre los hombres, desde el punto de vista
sentimental, encontramos en primer término personas que muestran escasa
capacidad de excitación, a las que se las llama flemáticas o indolentes; en
segundo lugar, otras personas son muy excitables, con unos sentimientos, sin
embargo, que no exceden nunca de cierto límite, y en este caso se conocen como
sensibles, pero calmosas; en tercer lugar, otras se excitan con facilidad, y
sus sentimientos se inflaman con la rapidez y la intensidad de la pólvora, pero
sin perdurar; en cuarto lugar, finalmente, existen quienes no se conmueven por
causas pequeñas, y que por lo general entran en acción de forma gradual y no
súbitamente, demostrando unos sentimientos que llegan a ser muy poderosos y
mucho más duraderos, personas con pasiones fuertes, ocultas en lo más profundo
de su ser.
Esta diferencia entre los
hombres en relación con su constitución emocional linda con las fuerzas físicas
que actúan en el organismo humano, y pertenece a esa organización dual que
llamamos sistema nervioso, relacionado por un lado con la materia y por el otro
con el espíritu. Nuestra frágil filosofía no pretende buscar nada más en este
ámbito de penumbra; pero conviene a nuestros planteamientos dedicar un momento a
calibrar el efecto que estas diferencias producen sobre la acción en la guerra y
hasta qué punto cabe esperar de ellas una gran fortaleza de carácter.
A los hombres indolentes
no se les saca de sus casillas con facilidad, pero indudablemente no puede
decirse que existe fortaleza de carácter donde hay una ausencia total de
manifestación de fuerza. No obstante, tampoco cabe negar que tales hombres
muestran cierta eficacia, siquiera parcial en la guerra, justamente debido a su
inmutable equilibrio. Con frecuencia carecen de motivos positivos para la
acción, o sea, de fuerza impulsora, y, por tanto, de actividad; pero no
acostumbran a echar a perder nada.
La peculiaridad del
segundo tipo, como se ha dicho, es la de excitarse con facilidad ante asuntos
insignificantes, pero frente a cuestiones relevantes se quedan también en
suspenso. Los hombres de este tipo muestran una gran actividad cuando se trata
de ayudar a un semejante en desgracia, pero el peligro que amenaza a una nación
no hace más que deprimirlos en lugar de animarlos a la acción.
En la guerra, tales
hombres no dejarán de mostrarse activos ni carentes de equilibrio, pero no
realizarán nada de envergadura, a menos que un planteamiento inteligente muy
poderoso les procure los motivos para ello. Pero muy raramente tales
temperamentos van ligados a una inteligencia muy fuerte e independiente.
Los sentimientos
excitables e inflamables no suelen adaptarse a la vida práctica, y, por tanto,
no son muy apropiados para la guerra. Es cierto que cuentan con la ventaja de
promover impulsos fuertes pero éstos no duran. No obstante, si la vitalidad de
tales hombres se inclina por el valor y la ambición, pueden llegar a ser muy
útiles en la guerra cuando ocupan posiciones inferiores, simplemente porque en
la acción bélica que controlan los jefes situados en una escala inferior tiene
por lo general una duración más corta. A veces bastará con una decisión
valerosa, una expansión de las fuerzas del espíritu. Un ataque intrépido, un
fuerte embate son cuestiones de pocos minutos, mientras que la valerosa lucha en
el campo de batalla puede desarrollarse durante todo un día, y una campaña
abarcar como tarea todo un año.
Debido a la rápida
evolución de sus sentimientos, resulta doblemente difícil para los hombres que
hemos descrito mantener el equilibrio emocional, y pierden por ello con
frecuencia la cabeza. Es este, por tanto, el peor de sus defectos respecto de su
capacidad para la conducción de la guerra. Pero sería ir en contra de la
experiencia afirmar que los hombres de temperamento explosivo no son nunca
fuertes, es decir, que no son capaces de mantener su equilibrio bajo el efecto
de un estímulo poderoso. ¿Por qué no habría de existir en ellos el sentimiento
de su propia dignidad, ya que por lo general son de naturaleza noble? Tal
sentimiento raramente falta en ellos, pero lo que ocurre es que no tiene tiempo
de manifestarse. En su mayoría, después de un arranque son presa de un
sentimiento de humillación.
Si gracias a la educación, a la
vigilancia de sus propios actos y a la experiencia aprenden tarde o temprano a
defenderse de sí mismos, y en momentos de excitación desatada alcanzan con
rapidez a tener conciencia del choque de sus fuerzas interiores, pueden
también llegar a ser capaces de dar fe de una gran fortaleza de espíritu.
Por último,
encontramos a hombres que difícilmente se conmueven, pero que por esa misma
razón tienden a hacerlo en profundidad; hombres que con respecto a los
precedentes están en la misma relación que el calor con la llama. Son los más
indicados para poner en movimiento, haciendo uso de su fuerza titánica, masas
ingentes, entre las cuales caben ser representadas figurativamente las
dificultades que entraña la acción en la guerra. El efecto de sus sentimientos
se equipara al movimiento de grandes masas, que, aunque más lento, resulta sin
embargo avasallador.
Aunque tales hombres
no se ven tan desbordados por sus sentimientos ni tan arrastrados por la propia
vergüenza como los anteriores, sería también contrario a la experiencia creer
que no pueden perder nunca el equilibrio o que nunca pueden ser objeto de una
pasión ciega. Por el contrario, esto ocurrirá tan pronto como falte el noble
orgullo del dominio de uno mismo o cuando éste no tenga un peso suficiente. Muy
a menudo nos lo demuestran hombres eminentes pertenecientes a pueblos agrestes,
en los que el escaso cultivo de la inteligencia favorece el predominio de la
pasión. Pero, incluso entre las clases más elevadas de los pueblos cultivados,
la vida rebosa de este tipo de ejemplos, de hombres obnubilados por la violencia
de sus pasiones, del mismo modo que el cazador furtivo de la Edad Media, atraído
por el venado, se sentía arrastrado a internarse en la floresta.
Repetimos, pues, que
un espíritu fuerte no es simplemente aquel que se muestra capaz de sentir
emociones fuertes, sino el que mantiene su equilibrio incluso bajo el peso de
las emociones más intensas, de modo que, a pesar de las tormentas que se libran
en su interior, la convicción y el entendimiento pueden actuar con perfecta
libertad, como la aguja de la brújula en un barco sacudido por la tormenta.
La expresión
fortaleza de
carácter,
o simplemente carácter, significa una tenaz convicción, ya sea ésta el
resultado de nuestro propio juicio o el de otros, ya esté basada en principios,
opiniones, inspiraciones momentáneas o cualquier otro producto del
entendimiento. Pero es bien cierto que esta clase de firmeza no puede
manifestarse si los mismos juicios están sujetos a cambios frecuentes. Esta
variabilidad no necesita ser el resultado de alguna influencia exterior. Puede
surgir de la actividad continua de nuestro propio entendimiento, pero, en ese
caso, indica sin duda una inestabilidad peculiar de la inteligencia. No
afirmaremos en verdad que un hombre tiene carácter cuando cambia de opinión a
cada momento, por mucho que este cambio pueda provenir de su interior. Por
tanto, sólo diremos que posee esta cualidad aquel que ponga de manifiesto una
convicción muy constante, ya sea porque esté arraigada profundamente, y poco
expuesta por sí misma a sufrir cambios, ya porque escasea la actividad mental,
como es el caso de las personas indolentes, y por ello se carezca de motivos
para el cambio o, por último, porque un acto explícito de la voluntad,
proveniente de un principio imperioso del entendimiento, rechaza cualquier
cambio de opinión.
En la guerra, más que
en ninguna otra actividad humana, ocurren acontecimientos que pueden desviar a
un hombre del camino que se ha trazado, haciéndole dudar de sí mismo y de los
demás, a causa de las muchas y poderosas impresiones que acosan al espíritu y de
la incertidumbre en que se ve envuelto el entendimiento.
El espectáculo
desgarrador del peligro y del sufrimiento
conduce fácilmente a
sentimientos que ganan ascendiente sobre la convicción del entendimiento, y, en
medio de las tinieblas que ofuscan todo a su alrededor, la claridad de juicio
profundo resulta tan problemático que provoca que el cambio sea más
comprensible y disculpable. Se tiene que actuar siempre con conjeturas y
suposiciones sobre la verdad. Por esta razón, en ningún otro lugar son tan
grandes como en la guerra las diferencias de opinión, y en ella no cesa de fluir
la corriente de impresiones que van en contra de nuestras propias convicciones.
Ni siquiera la flema del intelecto más intensa sirve para defenderse de ellas,
porque tales impresiones son demasiado fuertes y vívidas, y siempre al mismo
tiempo contrarias al temperamento.
Sólo los principios
generales y modos de ver las cosas que gobiernan la actividad desde el punto de
vista más elevado pueden ser el fruto de un claro y profundo juicio, y en ellos
descansa, a manera de pivote, la opinión que se forme respecto de un caso
particular considerado de manera inmediata. Sin embargo, la dificultad reside
precisamente en afirmarse en estos resultados de reflexión previa, en oposición
a la corriente de opiniones y fenómenos que aporta el presente. Entre el caso
particular y el principio se crea a menudo una larga distancia, que no siempre
puede ser recorrida mediante una cadena visible de conclusiones, y en la que es
necesaria cierta confianza en uno mismo y es útil cierta dosis de escepticismo.
Con frecuencia, poca ayuda se encuentra aquí fuera del principio imperioso que,
independiente de la reflexión, la controla; es un principio que, en todos los
casos dudosos, tiene que avenirse a nuestra primera opinión y no abandonarla
hasta que se esté convencido de la necesidad de hacerlo. Se tiene que estar
firmemente convencido de la autoridad superior que entrañan los principios
contrastados, y no permitir que el brillo de las apariencias momentáneas nos
lleve a olvidar que su verdad siempre pertenece a un nivel inferior. Nuestras
acciones adquirirán esa estabilidad y consistencia que llamamos carácter, por
esta preferencia que otorgamos, en casos dudosos, a nuestras convicciones
previas, y por la avenencia que les atribuimos.
Fácilmente vemos cómo un
temperamento bien equilibrado estimula en gran medida la fortaleza de carácter;
es por eso, también, por lo que hombres de gran fortaleza espiritual tienen por
lo general mucho carácter.
La fortaleza de carácter
nos conduce a una de sus formas degeneradas: la obstinación.
En ciertos casos resulta
a menudo muy difícil dilucidar cuándo termina una y cuándo empieza la otra; en
el terreno abstracto, por contra, no parece difícil determinar la diferencia
entre ellas.
La obstinación no es un
defecto del entendimiento. Usamos ese término para significar la resistencia a
un juicio mejor, y ésta no puede, sin implicar una contradicción en sí misma,
emplazarse en el intelecto, que es precisamente la capacidad de juzgar. La
obstinación constituye un defecto del temperamento. Este carácter
inflexible de la voluntad, ese encono en oponerse a réplicas ajenas tienen su
fundamento simplemente en un tipo particular de egolatría, que sitúa por encima
de cualquier otro placer el de gobernarse a sí mismo y a los demás, únicamente
por el propio capricho. Podríamos denominar esto una forma de vanidad, si no
fuera, por supuesto, algo mejor; la vanidad encuentra satisfacción en la
apariencia, pero la obstinación descansa sobre el deleite de la circunstancia.
Afirmamos, por tanto, que
la fortaleza de carácter se convierte en obstinación tan pronto como la
resistencia a un juicio ajeno proviene de un sentimiento de oposición y no de
una convicción mejor o de la confianza en un principio más elevado. Si bien esta
definición, como ya hemos admitido, poca ayuda presta en la práctica, impide,
no obstante, que la obstinación sea considerada meramente como la
intensificación de la fuerza de carácter, siendo así que es algo esencialmente
diferente, algo que, si bien es verdad que se le acerca hasta lindar con ella,
al mismo tiempo se halla tan alejado de una forma más intensa, que hay hombres
muy obstinados que, por falta de entendimiento, se muestran dotados de poca
fortaleza de carácter.
En nuestro análisis de
los elevados atributos que caracterizan a un gran conductor hemos considerado
como corrientes aquellas cualidades en las cuales participan el intelecto y el
temperamento. Nos hallamos ahora ante una peculiaridad de la actividad militar
que cabe estimar quizá como la más influyente, aunque no sea la más importante,
y que sólo exige una cierta capacidad mental, a despecho de las cualidades
temperamentales. Se trata de la relación que existe entre la guerra y el lugar y
el terreno.
En primer lugar, esta
relación se encuentra presente de manera constante, haciendo por completo
inconcebible que una acción bélica por parte de nuestro ejército en formación
se produzca de otro modo que no sea en un espacio definido; en segundo lugar,
tal relación asume una importancia muy decisiva porque modifica, y a veces la
altera por entero, la acción de todas las fuerzas; y, en tercer lugar, mientras
que por un lado puede alcanzar a los detalles más nimios de la localidad, por
otro puede abarcar los más amplios espacios.
Así, la relación que
existe entre la guerra y el terreno y el lugar otorga a la acción de aquélla un
carácter muy particular. Si hiciéramos mención de otras actividades humanas que
guardan relación con estos elementos (la horticultura, la agricultura, la
construcción, las obras hidráulicas, la minería, la caza, la silvicultura,
etc.), veríamos que todas ellas se efectúan en espacios ciertamente limitados,
que pueden ser explorados y determinados con exactitud suficiente. Pero el jefe
en la guerra tiene que ceñir la tarea en que está empeñado dentro de un espacio
que le obliga a limitarse, que sus ojos no pueden abarcar, que el celo más
aguzado no puede explorar siempre y con el cual rara vez puede familiarizarse
adecuadamente, a causa de los cambios constantes que se producen. Es cierto que
el oponente se encuentra por lo general en la misma situación; sin embargo, en
primer lugar, la dificultad, aunque sea común a ambos, no deja de constituir por
ello una dificultad, y el que la domine con su talento y su experiencia
adquirirá una gran ventaja; en segundo lugar, esta igualdad en las dificultades
se produce sólo de modo general y no necesariamente en un caso particular, en el
cual, como norma, uno de los dos combatientes (el defensor) suele tener un mayor
conocimiento del lugar que el otro.
Esta dificultad tan
peculiar debe ser superada mediante un tipo especial de capacidad mental,
llamado sentido del lugar, que no deja de ser un término muy restringido.
Consiste en la capacidad para formarse con rapidez una representación
geométrica correcta de cualquier porción de territorio y, en consecuencia,
para encontrar en cualquier momento, de modo ajustado y fácil, una posición en
él. Esto constituye, evidentemente, un acto de la imaginación. La percepción
está formada, sin duda, en parte por la apreciación visual y en parte por la del
intelecto, el cual, por medio de juicios derivados del conocimiento de la
ciencia y de la experiencia, proporciona los datos que faltan y forma un todo
con los fragmentos visibles para el ojo. Pero, para que este todo se presente
vívidamente a nuestra mente, y se convierta en una imagen en el mapa dibujado en
el cerebro, para que esta imagen sea permanente y los detalles no se dispersen
de nuevo, todo esto sólo puede efectuarse por medio de la facultad mental que
llamamos imaginación. Si algún poeta o pintor se sintiera herido porque
atribuimos a su diosa una tarea semejante, si se encoge de hombros ante la idea
de que a un hábil guardabosque se le tiene que reconocer, por ese motivo, una
imaginación de primer orden, admitiremos de buena gana que en ese caso nos
referimos sólo a una aplicación muy limitada del término, y a su uso en una
tarea realmente inferior. Pero, por pequeño que sea su servicio, tiene que ser,
no obstante, obra de ese don natural, porque si éste faltara, sería difícil
formarse una idea clara y coherente de las cosas, como si las tuviéramos
delante de los ojos. Admitimos sin vacilar que una buena memoria resulta una
gran ayuda para ello, pero tenemos que dejar pendiente de decisión si la memoria
ha de ser considerada como una facultad independiente de la mente, o si se
trata tan sólo de una capacidad para formar imágenes que fijan mejor estas
cosas en la mente; en efecto, resulta realmente difícil pensar en estas dos
facultades mentales separadas una de la otra.
No negamos que la
práctica y una conclusión inteligente tienen mucho que ver con el sentido del
lugar. Puysegur, el administrador militar del famoso general Luxemburg, solía
afirmar que al principio tenía poca confianza en sí mismo a este respecto
porque había notado que, si tenía que dar la contraseña a distancia, siempre se
desviaba del camino.
El ámbito para la
aplicación de este talento aumenta, naturalmente, cuanto más nos elevamos en la
jerarquía. Así como el húsar o el cazador al mando de una patrulla tienen que
ser capaces de localizar fácilmente su posición en veredas y atajos apartados,
necesitando para este propósito pocas señales y sólo un don limitado de
observación e imaginación, el general en jefe, por su parte, que se ve obligado
a poseer un conocimiento de los rasgos geográficos generales de una región o de
un país, ha de tener siempre vívidamente ante sus ojos la dirección de los
caminos, de los ríos y de las montañas, pudiendo prescindir, al mismo tiempo,
del sentido limitado del lugar. Sin duda, en líneas generales constituirán una
gran ayuda las informaciones de toda clase que pueda poseer, mapas, libros o
memorias, y, para los detalles, la colaboración de su entorno; sin embargo, es
evidente que la posesión de un talento capaz de comprender rápida y claramente
las características de un terreno presta a su acción un desarrollo más fácil y
más firme, lo libra de cierta orfandad mental y lo convierte en menos
dependiente de los demás.
Si esta capacidad es
atribuida en definitiva a la imaginación, será casi el único servicio que la
actividad militar exige de esa diosa excéntrica, cuya influencia resulta más
dañina que útil.
Creemos haber pasado
revista a aquellas manifestaciones de las fuerzas de la mente y del espíritu que
la actividad militar exige de la naturaleza humana. En todas las cuestiones, el
entendimiento aparece como una fuerza cooperadora primordial, y por ello
podemos comprender porqué la tarea de la guerra, aunque parece simple y
sencilla, no puede ser nunca dirigida con éxito por personas que no posean una
capacidad intelectual sobresaliente.
Desde este punto de
vista, no precisamos considerar como el resultado de un gran esfuerzo mental
algo tan natural como conseguir un cambio de posición del enemigo, lo cual ha
sido realizado mil veces, u otras cien acciones como ésa.
Evidentemente estamos
acostumbrados a ver en el soldado simple y eficiente algo opuesto a las mentes
reflexivas, a esos hombres que rebosan de capacidad de invención y de ideas,
esos espíritus esplendentes que nos deslumbran con su prodigalidad intelectual.
Tal antítesis no está en modo alguno reñida con la realidad, pero no nos dice
que la eficiencia del soldado consista simplemente en su valor ni que no exija
asimismo una cierta energía especial y una eficiencia mental para ser algo más
que lo que se llama un buen espada. Tenemos que insistir una y otra vez en que
no hay nada más común que la existencia de hombres que pierden su capacidad de
acción al ser promocionados a una posición superior, para la cual sus facultades
ya no obran de la misma manera. Pero tenemos que recordar también que estamos
hablando de hazañas notables, que dan lustre a la rama de la profesión a la que
pertenecen. Cada grado de mando en la guerra crea, pues, su propio tipo de
cualidades necesarias del espíritu, su honor y su fama.
Existe un inmenso abismo
entre un general en jefe, es decir, un general que asume el mando supremo de
toda una guerra o del teatro de la guerra, y su segundo en el escalafón, por la
simple razón de que este último está sometido a una dirección y supervisión
mucho más detallada y está limitado, en consecuencia, a un ámbito mucho menor
de actividad mental independiente. Es por ese motivo por el cual la opinión
corriente no aprecia que se requiera una actividad intelectual notable, excepto
en las posiciones superiores, y piensa que basta una inteligencia ordinaria
para ocupar las inferiores; es por eso también por lo que la gente común se
siente inclinada a otorgar un punto de incapacidad a un jefe subalterno que ha
envejecido en el servicio y cuyas actividades exclusivas han producido en él un
evidente empobrecimiento del espíritu, y, con todo respeto hacia su valentía,
se mofan de su simplicidad. No constituye nuestro objetivo intentar conseguir
para esta brava gente una mejor distinción; ello no contribuiría en nada a su
eficiencia y muy poco a su felicidad. Deseamos únicamente presentar las cosas
tal como son y apercibir contra el error de suponer que un simple valentón
desprovisto de entendimiento puede prestar servicios remarcables en la guerra.
Si consideramos que,
incluso, en las posiciones más inferiores, el jefe llamado a sobresalir debe
poseer cualidades espirituales notables y que, cuanto más elevado sea su rango,
más eleva das habrán de ser sus capacidades, se deduce por sí mismo que tenemos
formada una opinión por completo distinta respecto de aquellos que ocupan
debidamente la posición de segundos en el mando de un ejército; y que su
aparente simplicidad, en comparación con un polígrafo universal, o con un
poderoso hombre de negocios dado a la pluma, o con un estadista conferenciante,
no debería llamarnos a engaño sobre su inteligencia práctica. Sucede a veces
que los hombres llevan consigo, al acceder a una posición más elevada, la
reputación que han alcanzado en una inferior, y no se hacen merecedores de ella
en la posición más alta. Si entonces no son muy utilizados y por tanto no
corren el riesgo de ponerse de manifiesto, el juicio no distingue tan
claramente qué clase de mérito se les tiene que reconocer. Tales hombres
constituyen a menudo la causa de que se forme una opinión pobre sobre su
personalidad, la cual en ciertas posiciones puede, sin embargo, brillar con
todo merecimiento.
Se requiere un genio
particular en cada rango, desde el más bajo hasta el más alto, para poder
prestar servicios notables en la guerra. Sin embargo, la historia y el juicio de
la posteridad confieren por lo general el título de genio sólo a aquellos
hombres que han desempeñado con gran brillantez la función de general en jefe.
La razón reside en que para ello, en efecto, se requiere una aportación mucho
mayor de cualidades mentales y morales. Dirigir la guerra o sus grandes
acciones, llamadas campañas, hasta un fin brillante, demanda una aguda
perspicacia para comprender la política de Estado en sus relaciones más
encumbradas. Coinciden aquí la conducción de la guerra y la política de Estado,
y el general se convierte al mismo tiempo en estadista. Se le niega a Carlos XII
de Suecia el título de genio porque no pudo poner el poder de su espada al
servicio de un juicio superior, y la sabiduría no pudo alcanzar, por su
intermedio, un objetivo glorioso. Se niega ese título a Enrique IV de Francia
porque no vivió lo suficiente como para influir con sus proezas en el
desarrollo histórico de varios estados, y adquirir experiencia en ese ámbito en
el cual los sentimientos nobles y el carácter caballeresco son menos eficaces
para dominar a un enemigo que para superar un conflicto interno.
Si se desea corroborar
todo lo que un general en jefe tiene que comprender y prever correctamente de
una sola mirada, remitimos al lector al capítulo primero. Afirmamos que ese
general se convierte en estadista, pero que no debe dejar de ser lo primero.
Por un lado debe ser capaz de captar todas las relaciones de Estado; por el
otro, conocer exactamente lo que puede hacer con los medios que están en su
mano.
La diversidad y los
límites indefinidos de todas las relaciones existentes en la guerra ponen en
evidencia un gran número de factores. Dado que muchos de ellos pueden ser
calculados apelando a las leyes de la probabilidad, y si, en consecuencia, la
persona que actúa no percibiera las cosas con el brillo de una mente capaz de
inquirir intuitivamente la verdad en todas las circunstancias, se produciría
una confusión tal de opiniones y consideraciones que daría como resultado que
su juicio ya no sabría encontrar una salida. En este sentido, a Napoleón le
asistía por completo la razón cuando afirmaba que muchas de las decisiones que
tiene que tomar un general constituyen un problema de cálculo matemático, digno
del talento de un Newton o de un Euler.
De entre las fuerzas
superiores de la mente, las que aquí se exigen son un sentido de la unidad y el
juicio, elevado hasta un extremo maravilloso de visión mental, que en su ámbito
de actividad elabore rápidamente y aparte miles de ideas confusas, que un
entendimiento normal no descubre si no es con gran esfuerzo y desgaste hasta el
agotamiento. Pero estas actividades superiores de la mente, ese alarde de
genialidad, no adquieren una trascendencia histórica a menos que estén
sostenidas por aquellas cualidades de temperamento y carácter a las que nos
hemos referido.
La verdad sola no resulta
más que un motivo muy débil en el hombre, y por esta razón existe siempre una
gran diferencia entre el conocimiento y el acto de voluntad, entre saber qué
hacer y la capacidad para hacerlo. El hombre adquiere en cada momento el
estímulo más fuerte para la acción a través de sus emociones, y consigue su
apoyo más poderoso, si se nos permite la expresión, de esa aleación entre
temperamento e inteligencia que hemos identificado como decisión, firmeza,
constancia y fortaleza de carácter.
Sin embargo, si esta
actividad exaltada del corazón y del cerebro en el general en jefe no tuviera
una traducción práctica en el éxito final de su empeño y fuera aceptada
solamente a título gratuito, rara vez llegaría a adquirir una trascendencia
histórica.
Todo cuanto llega a
percibirse en la guerra sobre el curso de los acontecimientos es, por lo
general, muy simple y presenta en apariencia una gran uniformidad. Por la simple
narración de estos acontecimientos, nadie puede apreciar toda la dificultad que
ofrecen y que debe ser vencida. Solamente en alguna ocasión, en las memorias de
los generales o de aquellos que gozaban de su confianza, o en el caso de que se
someta un acontecimiento a una investigación histórica especial, se descubre
una parte de los muchos hilos que componen la trama. La mayoría de las
reflexiones y de las pugnas mentales que preceden a la ejecución de un gran plan
son ocultadas a propósito, porque afectan a intereses políticos o porque su
recuerdo se ha perdido accidentalmente, por ser consideradas como un simple
andamiaje que tiene que ser retirado cuando se haya culminado la construcción
del edificio.
Como conclusión, si bien
obviamos dar una definición más ajustada de las fuerzas superiores del espíritu,
tenemos que admitir, sin embargo, una distinción en la facultad intelectual
misma, de acuerdo con las interpretaciones fijadas en el idioma. En este
sentido, si se plantea la pregunta sobre cuál es la clase de intelecto que se
halla más íntimamente asociado con el genio militar, una visión general sobre
este tema, tanto como la experiencia, nos muestra que en tiempos de guerra
preferiríamos confiar el bienestar de nuestros hermanos y nuestros hijos y el
honor y la seguridad de nuestro país antes a una mente inquisidora que a una
creadora, más a una mente generalizadora que a la que se empecina en una sola
dirección, más a una cabeza fría que a una ardorosa.
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