Si quiere leerlo con más calma puede descargar desde aquí el documento en formato pdf

(Por la magnitud de la obra, no la ofrecemos de forma íntegra, sino que hemos realizado una selección de aquellas partes que mejor se refieren a nuestra temática. Estrategia.info)

De la Guerra, ¿En qué consiste la guerra? , El fin y los medios en la guerra , El genio para la guerra , Información y fricciones , Introducción al Arte de la guerra , Sobre la Teoría de la guerra , ¿Arte de la guerra o Ciencia de la guerra? , Elementos de la Estrategia , Ataque y defensa .

 

EL FIN Y LOS MEDIOS EN LA GUERRA

Al haber determinado en el capítulo anterior la naturaleza compleja y variable de la guerra, corresponde ahora considerar qué influencia ejerce ésta sobre el fin y los medios de la guerra.

De inquirir, en primer término, cuál es el propósito hacia el cual debe encaminarse la guerra total, de modo que sea el me­dio adecuado para alcanzar el objetivo político, nos encontramos con que aquél es tan variable como lo son el objetivo político y las circunstancias particulares de la guerra.

De comenzar ateniéndonos, una vez más estrictamente, a la teoría pura de la guerra, estamos obligados a decir que el objeti­vo político debe ser situado realmente fuera de la esfera de la guerra. En efecto, siendo la guerra un acto de violencia para obligar al enemigo a acatar nuestra voluntad, entonces, en cada caso, todo dependerá sólo y necesariamente de derrotar al ene­migo, es decir, de desarmarlo. Este objetivo, que se deduce de la teoría pura, pero que cuenta en realidad con muchos casos simi­lares, será examinado ante todo a la luz de esa realidad.

Más adelante, cuando consideremos la planificación de una guerra, abordaremos con mayor detención lo que significa desar­mar a un estado; pero ahora tenemos que diferenciar en princi­pio tres cosas que, como tres objetos generales, incluyen todo lo demás: son las fuerzas militares, el territorio y la voluntad del enemigo.

Las fuerzas militares tienen que ser destruidas, es decir, de­ben ser situadas en un estado tal que no puedan continuar la lu­cha. Aprovechamos la ocasión para aclarar que la expresión «destrucción de las fuerzas militares del enemigo» debe ser siem­pre interpretada únicamente en este sentido.

El territorio debe ser conquistado, porque de un país pue­den extraerse siempre nuevas fuerzas militares.

Pero, a pesar de que se hayan producido estas dos cosas, la guerra, es decir, la tensión hostil y el efecto de las fuerzas hostiles, no puede considerarse como finalizada hasta que la voluntad del enemigo no haya sido sometida. Es decir, hasta que el gobierno y sus aliados hayan sido impelidos a firmar la paz, o hasta que la población haya sido sometida. En efecto, aunque se cuente con una posesión completa del país, el con­flicto puede estallar nuevamente en el interior o mediante la ayuda de los aliados. Sin duda esto puede suceder también des­pués de firmada la paz, pero ello demostrará tan sólo que no todas las guerras admiten una decisión y una componenda completas. Incluso en este caso, la firma de la paz extingue siempre, por su mera eclosión, una serie de chispas que pue­den haber permanecido ocultas, y las tensiones se aflojan por­que el ánimo de aquellos que se sienten abocados a la paz, de los que siempre abundan en todas las naciones y en todas las circunstancias, se aparta por completo de la idea de resistencia. Sea como fuere, hay que considerar siempre que con la paz se llega a un fin, y que con ella la guerra finaliza.

De los tres puntos que hemos enumerado, las fuerzas mili­tares son las destinadas a la defensa del país. El orden natural marca que son ellas las que deben ser destruidas primero; luego habrá que conquistar el territorio, y, como resultado de estos dos triunfos y de la fuerza que entonces se posea, el enemigo será impelido a firmar la paz. Por lo general, la destrucción de las fuerzas militares del adversario se produce de manera gradual y es sucedida de inmediato por la conquista del país en una medi­da pertinente. Estos dos hechos reaccionan por lo común uno respecto del otro, ya que la pérdida de territorio contribuye a de­bilitar a las fuerzas militares. Pero este orden no es en absoluto indispensable y no siempre ocurre así. Las fuerzas enemigas, in­cluso antes de haber sido debilitadas de modo notable, pueden retroceder al extremo opuesto del país, o bien penetrar en terri­torio extranjero. Cuando esto ocurre, por tanto, una gran parte, o incluso todo el país, puede ser conquistado.

El desarme del enemigo, como objetivo de la guerra consi­derado en abstracto, y último medio de alcanzar el objetivo polí­tico, en el cual deben englobarse todos los demás, de ningún modo se produce siempre en la práctica, ni es condición necesa­ria para la paz. De ninguna forma, por lo tanto, se le puede teó­ricamente dar la categoría de ley. Existen un sinnúmero de trata­dos de paz que fueron concluidos antes de que cualquiera de los dos bandos pudiera considerarse desarmado, e incluso antes de que el equilibrio de fuerzas hubiese sido alterado de forma más o menos evidente. E incluso la observación de los casos reales nos induce a admitir que en toda una serie de ellos, especial­mente en los que las fuerzas del enemigo son evidentemente más fuertes, la derrota comportaría un juego vano de ideas.

La razón por la cual el objetivo de la guerra, según la teo­ría, no siempre concuerda con la guerra real, reside en la dife­rencia existente entre ambos, a la cual nos hemos referido en el capítulo anterior. Según la teoría pura, una guerra entre Estados de fuerza desigual evidente quedaría abocada a un absurdo y, en consecuencia, no sería posible. La desigualdad en la fuerza física no tendría que ser mayor, todo lo más, que lo neutralizable por la fuerza moral, y esto no significaría mucho en Europa, en nues­tra situación social actual. Por lo tanto, si es un hecho probado que ciertas guerras se producen entre estados de poderío desi­gual, esto se debe a que, en la realidad, la guerra tiende a alejar­se en gran medida de nuestra concepción teórica original.

Existen dos motivos que inducen a firmar la paz, suscepti­bles, en la práctica, de substituir la imposibilidad de ofrecer ma­yor resistencia: el primero es lo aleatorio que pueda resultar el éxito y el segundo, el precio excesivo que haya que pagar por él.

Como se ha explicado en el capítulo anterior, la guerra tie­ne que verse libre, desde el principio hasta el fin, de la ley es­tricta de la necesidad interna, y someterse al cálculo de probabilidades. Ello será tanto más evidente cuanto más se adapte a las circunstancias de las que ha surgido, o sea, mientras menos enti­dad tengan los motivos para ello y para las tensiones existentes. Siendo así, cabe perfectamente concebir que incluso el motivo para firmar la paz puede surgir de un cálculo de probabilidades. En la guerra no es necesario, por lo tanto, luchar hasta que uno de los bandos sea derrotado, y cabe suponer que, cuando las motivaciones y las tensiones son débiles, una ligera probabili­dad, apenas perceptible, es suficiente como para hacer que el bando que se halla en desventaja ceda en sus propósitos.

En caso de que el otro bando estuviera convencido de an­temano de ello, entra en la lógica que se esforzaría tan sólo en inclinar tal probabilidad a su favor, en lugar de preocuparse por obtener la derrota completa del adversario.

La consideración del gasto de fuerzas que se haya hecho y del que todavía se requiera influirá también en la decisión de fir­mar la paz. No siendo la guerra un acto de pasión ciega, sino que está dominada por el objetivo político, la entidad y la impor­tancia de ese objetivo determinan la medida de los sacrificios que hay que realizar para obtenerlo. Lo cual se refiere no sola­mente al alcance de esos sacrificios, sino también a su duración.

En consecuencia, tan pronto como el gasto de fuerzas sea tan grande que el objetivo político no lo compense, ese objetivo ten­derá a ser abandonado y el resultado lógico será la paz.

Vemos, pues, que en las guerras en las que un bando no puede desarmar completamente al otro, los motivos para la paz emergerán y desaparecerán en ambos frentes a tenor de las probabilidades de ulteriores éxitos y del gasto de fuerzas que se re­quiera. Si los motivos son igualmente fuertes en ambos bandos, se harán patentes en medio de sus diferencias políticas. Lo que ganarán en fuerza en un lado lo perderán en el otro. Cuando la suma de su adición sea suficiente, el resultado será la paz, pero, como es lógico, con ventaja para el bando cuyos motivos sean más débiles.

A estas alturas, pasamos adrede por alto la diferencia que indefectiblemente debe originar en la práctica el carácter positivo o negativo del objetivo político. Si bien ello asume la mayor importancia, como mostraremos más adelante, aquí tenemos que atenernos a una consideración más general, porque las intencio­nes políticas originales varían mucho en el transcurso de la gue­rra y al final pueden ser totalmente diferentes, precisamente por­que están condicionadas en parte por los éxitos que se obtienen y sujetas por otra a los resultados aleatorios.

Surge ahora el problema de cómo se puede influir sobre la probabilidad de éxito. En primer lugar, se puede conseguir, co­mo es lógico, utilizando los mismos medios aplicados para de­rrotar al enemigo, es decir, la destrucción de sus fuerzas militares y la conquista de su territorio, si bien ninguno de ellos sería igual a este respecto como cuando se utilizaran con este objeti­vo. El ataque a las fuerzas enemigas será algo muy distinto si tra­tamos de reforzar el primer golpe con una sucesión de otros has­ta alcanzar la total destrucción, o bien si nos contentamos con una victoria destinada tan sólo a quebrantar el sentimiento de se­guridad del enemigo, haciéndole percibir nuestra superioridad y suscitando así la desconfianza en su futuro. Si esta es nuestra in­tención, proseguiremos con la destrucción de las fuerzas enemi­gas solamente hasta donde sea necesario para el logro de ese propósito. De manera análoga, la conquista de territorio enemigo resultará una medida diferente, y el objetivo no consistirá en de­rrotar al adversario. Si tal fuera nuestro objetivo, la destrucción de las fuerzas enemigas sería una acción realmente efectiva y la apropiación de sus territorios sería mera consecuencia de ello. El hecho de apoderarse de esos territorios antes de que las fuerzas contrarias hayan sido desmembradas tiene que ser siempre con­siderado sólo como un mal necesario. Por otro lado, si nuestro propósito no fuera el de derrotar por completo a las fuerzas ene­migas y si tenemos la convicción de que el enemigo no busca, sino que incluso teme llevar la lucha a un terreno sangriento, el hecho de apoderarse de una parte de su territorio, parcial o completamente desguarnecido, constituirá en sí mismo una ven­taja. Y si esta ventaja es suficientemente grande como para que el enemigo desconfíe del resultado final, habrá que considerar entonces ésta como una vía más corta hacia la paz.

Veamos ahora otros medios especiales de influir sobre la probabilidad de éxito sin recurrir a la derrota de las fuerzas ene­migas, es decir, aquellas actividades que surten efecto inmediato sobre la política. Si es posible realizar acciones tendentes a des­baratar las alianzas del enemigo o volverlas ineficaces, a atraer nuevos aliados a nuestro bando, a estimular las actividades polí­ticas en nuestro favor, y otras parecidas, resultará fácil concebir entonces que tales actividades pueden acrecentar la probabilidad de éxito y convertirse en una vía mucho más corta para el logro de nuestro objetivo que el que puede implicar la derrota de las fuerzas enemigas.

La segunda cuestión es cómo influir sobre el desgaste de esas fuerzas del enemigo, o sea, cómo hacer más costoso el pre­cio de sus éxitos. El desgaste de las fuerzas enemigas reside en la merma de su poder, o sea, en su destrucción, así como en la pérdida de territorio, por lo tanto, en su conquista por nuestra parte.

Un examen más preciso pondrá de nuevo en evidencia que el significado de cada uno de estos términos tiende a variar, y que cada operación difiere en su carácter según el objetivo que tenga en perspectiva. Aunque estas diferencias sean por regla ge­neral nimias, ello no debe ser motivo de asombro, ya que en la práctica, cuando los motivos carecen de fuerza, resulta a menu­do que los matices diferenciales más insignificantes son decisivos a la hora de escoger tal o cual método de aplicar la fuerza. Por ahora sólo nos interesa mostrar que, bajo ciertas condiciones, existen otras vías posibles para alcanzar nuestro objetivo, no siendo ni contradictorias, ni absurdas, y ni siquiera erróneas.

Además de aquellos dos medios, se pueden también llevar a cabo tres maneras especiales de acrecentar en forma directa el desgaste del enemigo. En primer término aludiremos a la inva­sión, es decir, la ocupación del territorio enemigo, no con el pro­pósito de permanecer en él, sino para exigir una contribución so­bre él o para devastarlo. El objetivo inmediato no es aquí ni la conquista del territorio enemigo ni la derrota de sus fuerzas, sino solamente el de causarle daño en un sentido general. La segunda vía es la que dirige nuestra acción con preferencia hacia allí don­de cabe causar mayores daños al adversario. Nada resulta más fácil que concebir dos direcciones distintas en las que pueden ser empleadas nuestras fuerzas, la primera de las cuales debe ser preferida si nuestro objetivo es derrotar al enemigo, mientras que la otra es más ventajosa si no constituye esa nuestra intención. A tenor de nuestro modo de expresarnos, la primera sería conside­rada como la forma más militar, mientras que la segunda sería la más política. Pero, desde un punto de vista más elevado, ambas son igualmente militares, y cada una resultará efectiva si se adap­ta a las condiciones presentes. La tercera vía, sin duda en mayor grado la más importante, debido al gran número de casos en que se aplica, es el desgaste del enemigo. Elegimos esta expre­sión, no sólo para dar con ella una definición verbal, sino por­que la representa exactamente, y no es tan figurada como de pronto parece. La idea de desgaste en una lucha implica un ago­tamiento gradual del poder físico y de la voluntad del adversario por la prolongada continuidad de acción.

Ahora bien, si por nuestra parte queremos sobrevivir al enemigo en esa continuidad de la lucha, debemos limitarnos a fi­jar objetivos lo más modestos posibles, porque es evidente que un objetivo de altos vuelos exige un gasto de fuerzas mayor que uno pequeño. El objetivo más modesto que podemos plantear­nos, empero, es la resistencia pura, es decir, una lucha sin ningu­na intención positiva. En este caso, por tanto, nuestros medios serán utilizados casi al máximo y la seguridad de éxito será ma­yor. ¿Hasta que punto es posible perseverar en este modo negati­vo de actuar? Evidentemente, no hasta llegar a la pasividad abso­luta, porque un simple aguante cesaría de ser un combate; pero la resistencia es algo activo, y mediante ella es posible que la destrucción causada surta efecto, hasta el punto de lograr que el enemigo abandone su intento. Este será nuestro único propósito en cada caso aislado, y en ello residirá, en rigor, el carácter nega­tivo de nuestra intención.

Sin duda la intención negativa, en su acción aislada, no tie­ne la misma eficacia que una acción positiva realizada en el mis­mo sentido, siempre, por descontado, que esta última sea victoriosa; pero precisamente la diferencia en su favor es la de lograr el éxito con mayor facilidad que la positiva, y, en consecuencia, ofrecer mayor seguridad. Lo que pierde en eficacia en su acción aislada puede ser recuperado con el tiempo, esto es, con la con­tinuidad de la lucha; por tanto, esa intención negativa, que cons­tituye la esencia de la resistencia pura, es también el medio natu­ral de sobrevivir al enemigo en la continuación de la lucha, o sea, de rendirlo por cansancio.

En ello reside el origen de la diferencia entre ofensiva y de­fensiva, tema dominante en todo el ámbito de la guerra. Sin em­bargo, en su análisis no cabe ir aquí más allá de la observación de que esa intención negativa encierra todas las ventajas y las formas más potentes de combate que aparecen como propias de la defensiva, en las cuales queda englobada esa ley filosófico––di­námica que establece una relación constante entre la magnitud y la seguridad del éxito. Más adelante procederemos a resumir es­tas consideraciones.

Por tanto, si la intención negativa, o sea, la concentración de todos los medios en una resistencia pura, permite alcanzar una superioridad en el combate, y si esto resulta suficiente para equilibrar cualquier ventaja que pueda haber adquirido el ene­migo, entonces la simple continuidad del combate será suficien­te para conseguir, de forma gradual, que la pérdida de fuerzas sufrida por el enemigo llegue a un punto en que su objetivo po­lítico no tenga una adecuada compensación, y en este punto ten­derá por tanto a abandonar la lucha. Este método de agotar al enemigo es el que caracteriza el gran número de casos en los que el más débil se impone ofrecer resistencia al más fuerte.

Federico el Grande nunca habría podido derrotar a la mo­narquía austríaca, en la guerra de los Siete Años, y de haber in­tentado llevarlo a cabo a la manera de Carlos XII habría termina do inevitablemente en el desastre; pero la inteligente destreza con la que economizó sus fuerzas, durante siete años, hizo ver a las potencias aliadas que se le oponían que el gasto de fuerzas que estaban realizando superaba en gran medida el nivel que se habían fijado al comienzo, y firmaron la paz. Vemos, pues, que en la guerra existe más de una vía para alcanzar nuestros objeti­vos; que en ello no siempre está necesariamente implicada la de­rrota del enemigo; que la destrucción de las fuerzas del adversa­rio, la conquista de sus territorios, su simple ocupación, o inva­sión, las acciones dirigidas directamente a afectar las relaciones políticas y, finalmente, la espera pasiva del ataque enemigo, son todos ellos medios, cada uno en particular, que cabe utilizar para doblegar la voluntad del adversario, de acuerdo con las circuns­tancias especiales que concurren, al tiempo que nos permiten es­perar más de uno que del otro. A ello todavía cabe agregar toda una serie de objetivos, a modo de medios más breves de lograr nuestro propósito, que podríamos denominar argumentos ad bo­minem. ¿En qué momento del curso de la vida humana no dejan de aparecer estos destellos de personalidad, que superan todas las circunstancias materiales? Y a buen seguro no pueden dejar de aparecer en la guerra, donde la personalidad de los comba­tientes desempeña un papel tan significativo, ya sea en los des­pachos como en el campo de batalla. Sólo nos limitamos a seña­larlo, pues nos parecería una pedantería tratar de clasificarlo. Con la inclusión de éstos, puede afirmarse que la cantidad de vías que cabe emprender para alcanzar el objetivo deseado se eleva al infinito.

Con el fin de no subestimar el valor que entrañan esas di­versas vías más cortas para la consecución de nuestros fines, ya sea por considerarlas simplemente como raras excepciones, ya por sostener que los cambios que ocasionan en la dirección de la guerra son insignificantes, sólo debemos tener en cuenta la di­versidad de objetivos políticos que pueden ser causa de una guerra, o medir la distancia que separa una lucha a muerte por la existencia política, de una guerra en que una alianza forzada o dudosa la convierte en un deber desdeñable. En la práctica, en­tre ambas pueden existir un gran número de gradaciones. Si re­chazamos una de éstas, con el mismo derecho podemos recha­zarlas todas, es decir, podemos dejar de ver por completo el mundo real.

En general, tal es la sustancia del fin a perseguir en una guerra. Dediquemos ahora nuestra atención a los medios. Uno solo es el que existe: es el combate. Cuales fueren las diferencias que presente en su forma, cuan lejos se mantenga de la explo­sión de odio y de animosidad propia del encuentro cuerpo a cuerpo, cualesquiera que sean los factores que se le agreguen y que no sean en realidad formas del combate mismo, en la con­cepción de la guerra resulta siempre implícito que todos los efectos que en ella puedan manifestarse tienen su origen en el combate.

Que esto será siempre así, a pesar de la diversidad y com­plicación que ofrece la realidad, es algo que puede ser probado por una vía muy sencilla. Todo cuanto ocurre en la guerra, lo ha­ce mediante las fuerzas militares; allí donde se emplea una fuer­za, es decir, hombres armados, la idea del combate tiene que prevalecer necesariamente por encima de todo.

Por tanto, todo cuanto se relaciona con las fuerzas militares y, en consecuencia, todo lo que pertenece a su creación, mante­nimiento y empleo, es propio de la actividad de la guerra.

La creación y el mantenimiento constituyen, evidentemente, sólo los medios, mientras que el empleo corresponde al objetivo a perseguir.

En la guerra, el combate no es una lucha de individuos contra individuos, sino un todo organizado que integran muchas partes. En este gran conjunto tienen que diferenciarse unidades de dos tipos: una, la determinada por el sujeto, la otra, por el objeto. En un ejército, las masas de combatientes constituyen siempre nuevas unidades, cuyos miembros forman una ordena­ción superior. El combate que llevan a cabo cada uno de esos miembros da lugar, en consecuencia, a unidades más o menos diferenciadas. Además, el propósito del combate ––y por lo tan­to, su objetivo–– convierte a éste en una unidad.

Cada una de estas unidades que se diferencian en el com­bate se distinguen con el nombre de un encuentro.

Siendo así que la idea de combate tiene como fundamento el empleo de fuerzas armadas, entonces el empleo en general de estas fuerzas no es otra cosa que la determinación y la ordena­ción de cierto número de encuentros.

De modo que toda actividad militar se refiere necesaria­mente a los encuentros, ya sea en forma directa como indirecta. El soldado es reclutado, vestido, armado, adiestrado, se le hace dormir, comer, beber y marchar, solamente para combatir en el lugar indicado y en el momento oportuno.

En consecuencia, si todos los hilos de la actividad finalizan en el encuentro, podremos también aferrarlos todos cuando dis­pongamos los preparativos de los encuentros; los efectos provie­nen solamente de estos preparativos y de su ejecución, y nunca proceden en forma directa de las condiciones que los han moti­vado. Ahora bien, en el encuentro, toda actividad está dirigida a destruir al enemigo, o, más bien, de privarle de su capacidad de luchar, ya que esto es inherente a su concepción. La destrucción de las fuerzas contrarias constituye siempre, en consecuencia, el medio de alcanzar el objetivo que busca el encuentro.

Tal objetivo puede ser asimismo la simple destrucción de las fuerzas del enemigo; pero esto no es, de ningún modo, nece­sario, y puede adoptar también una forma bastante diferente. Ya que, por ejemplo, como hemos señalado, la derrota del enemigo no constituye el único medio de alcanzar el objetivo político, pues hay otras cosas que pueden conformar el objetivo de la guerra, se desprende de ello que esas cosas pueden convertirse en objetivos de actos bélicos aislados, y, por tanto, en objetivos también de esos encuentros.

Pero ni siquiera esos encuentros, que, como actos subordi­nados, están destinados, en el estricto sentido de la palabra, a la derrota de las fuerzas enemigas, precisan tener como objetivo in­mediato la destrucción de éstas.

Si tomamos en consideración la compleja organización que entraña una gran fuerza armada, y la cantidad de detalles que entran en acción en cuanto se la emplea, percibiremos que el combate de una fuerza tal tiene que corresponder también a una organización compleja, con partes subordinadas las unas a las otras y que actúan correlativamente. Es posible que surja, y tiene que surgir, cierto número de objetivos aislados que en sí mismos no persiguen la destrucción de las fuerzas del enemigo y, que, aun cuando contribuyan sin duda a esa destrucción, no lo harán más que indirectamente. Si, por ejemplo, se ordena a un batallón desalojar al enemigo de una cota o de un puente, la ocupación de esa posición es, por norma, el objetivo real, y la destrucción del enemigo apostado en ella será una cuestión de nivel secun­dario. El objetivo se alcanza de igual manera si el enemigo pue­de ser desalojado mediante una simple escaramuza, pero esa co­ta o ese puente serán ocupados únicamente con el propósito de causar más tarde una destrucción mayor a las fuerzas del enemi­go. Si así es como se presenta en el campo de batalla, debe ocu­rrir en mayor medida en todo el ámbito de la guerra, en donde no se trata solamente de la oposición de un ejército contra otro, sino de la pugna entre un estado, una nación o un país contra otro. Entonces habrá que multiplicar notablemente el número de relaciones posibles, y, en consecuencia, el de combinaciones. La diversidad de los preparativos se verá aumentada y, por la mis­ma graduación de los objetivos, cada uno subordinado al otro, el medio original se alejará todavía más del objetivo final.

Es muy posible, por tanto, que, por muchas razones, el ob­jetivo de un encuentro no se ciña a la destrucción de las fuerzas enemigas o de aquéllas que se nos oponen directamente, sino que esto se ofrezca sólo como un medio. En tales casos, no se tratará de lograr una destrucción completa, puesto que el en­cuentro no será entonces más que una prueba de fuerza. La des­trucción no tiene valor en sí misma, sino por sus resultados, es decir, por la decisión que entraña.

Pero en los casos en que las fuerzas sean muy desiguales, unas y otras pueden ser medidas por simple cálculo. Entonces cabe que no haya encuentro, y la fuerza más débil se dará inme­diatamente por vencida.

Si el objetivo de un encuentro no busca siempre la destruc­ción de las fuerzas enemigas en combate y si es posible alcanzar aquél sin que el encuentro se produzca, por el simple cálculo de sus resultados y de las circunstancias que podrían llegar a concu­rrir, será dado comprender cómo pueden emprenderse campañas enteras sin que en ellas desempeñe el encuentro real un papel significativo.

Cientos de ejemplos en la historia, de la guerra demuestran que así puede ocurrir. No nos detendremos a considerar cuántos han sido los casos en que se produjo una decisión incruenta justificada, es decir, que no encerraron una contradicción manifies­ta, y dedicaremos nuestra atención a determinar si algunas de las imputaciones fundamentadas resisten la crítica, ya que todo cuanto nos interesa ahora es establecer la posibilidad de que ocurra un semejante tipo de desarrollo bélico.

En la guerra se dispone de un solo medio: el encuentro. Pero este medio, debido a las múltiples vías por las que puede ser empleado, nos conduce a esa diversidad de senderos que da lugar a la multiplicidad de objetivos, hasta tal punto que parece­ría que no hubiéramos ganado nada. Pero no es este el caso, ya que de esta unidad de medios proviene un hilo que podemos observar en su recorrido por toda la trama de la actividad bélica y que es la que la mantiene realmente unida.

Anteriormente hemos considerado la destrucción de las fuerzas enemigas como uno de los objetivos que cabe buscar en la guerra; pero no hemos hablado de la importancia que debe asignárseles en relación con los otros objetivos. En casos deter­minados, esto dependerá de las circunstancias y es por un prin­cipio general por lo que hemos dejado sin determinar su valor. Ahora nos referiremos de nuevo a este tema y analizaremos el valor que forzosamente hay que atribuirle.

En la guerra, el encuentro es la única actividad efectiva; en él, la destrucción de las fuerzas oponentes es el medio para al­canzar el fin. Esto es así, aun cuando en realidad no llegue a producirse el encuentro, ya que, sea como fuere, en la raíz de la decisión yace el supuesto de que tal destrucción debe ser llevada a cabo sin paliativos. Así, la destrucción de las fuerzas del ene­migo constituye la piedra fundamental de todas las combinacio­nes que descansan sobré la actividad bélica, al igual que el arco descansa sobre sus pilares. En consecuencia, todas las acciones se llevan a cabo sobre la base de que, si la decisión por la fuerza de las armas hubiera de tener una traducción en los hechos, ha­bría de ser una decisión favorable. En la guerra, la decisión por las armas equivale, tanto en las operaciones grandes como en las pequeñas, al pago al contado en las transacciones comerciales. Por remotas que sean estas relaciones, por más que las liquida­ciones rara vez se produzcan, al final tienen que realizarse.

Si la decisión por la fuerza de las armas se halla en la base de todas las combinaciones posibles, resulta que nuestro opo­nente podrá hacer impracticable cualquiera de ellas, no sólo me­diante una decisión semejante a la que atañe directamente a nuestra combinación, sino también a través de cualquier otra, siempre que ésta tenga suficiente entidad. Pues toda decisión ar­mada significativa, vale decir, la destrucción de las fuerzas del enemigo, reacciona respecto de todas las que la precedieron, puesto que, como si de un líquido se tratara, tiende a alcanzar su nivel.

Así se presenta la destrucción de las fuerzas enemigas siem­pre como el medio superlativo y más eficaz, al que deben ceder paso todos los demás.

Sin embargo, sólo cabe asignar una superior eficacia a la destrucción de las fuerzas oponentes cuando exista una supuesta igualdad en las demás condiciones. Sería, por lo tanto, un grave error concluir que un ataque a ciegas tendría que imponerse in­variablemente a la destreza prudente. Atacar sin ton ni son con­duciría no a la destrucción de las fuerzas enemigas, sino a la de las nuestras, lo cual no puede ser nunca nuestro propósito. La eficacia mayor corresponde no al medio, sino al fin, y al decir esto sólo comparamos el efecto de un fin alcanzado con el otro.

Al referirnos a la destrucción de las fuerzas enemigas tene­mos que dejar expresamente indicado que no se está obligado a ceñir esta idea a la simple fuerza física. Por el contrario, la fuerza moral resulta del mismo modo necesariamente implícita, debido a que, en efecto, ambas están entrelazadas hasta en los menores detalles y, por tanto, no pueden ser realmente separadas. En re­lación con el efecto inevitable sobre las otras decisiones por las armas, al que nos hemos referido al mencionar un gran acto de destrucción (una gran victoria), es precisamente el elemento mo­ral el que presenta mayor fluidez, si es que cabe usar esta expre­sión, y el que se distribuye con mayor facilidad por todas las de­más partes. En oposición al valor superior que tiene la destruc­ción de las fuerzas enemigas respecto de todos los demás me­dios se encuentran el gasto y el riesgo que éste implica, provo­cando el empleo de otros métodos sólo con el propósito de evi­tarlo.

Es razonable que los medios en cuestión tengan que ser los más costosos, ya que, si bien otras cosas son equiparables, el gasto de nuestras fuerzas será siempre mayor cuanto mayor sea el propósito de destruir las del enemigo. El riesgo de este medio reside empero en el hecho de que, cuanto mayor sea la eficacia que se busque, si fracasamos se volverá contra nosotros, lo cual representa una gran desventaja. Otros medios serán, por lo tanto, menos costosos cuando determinen el éxito y menos arriesgados cuando conduzcan al fracaso; pero esto implica necesariamente la condición de que deben oponérseles otros semejantes, es de­cir, que el enemigo emplee los mismos métodos. Porque si éste resolviera adoptar el método de tomar una gran decisión por las armas, bastaría ese solo hecho para que tuviéramos que cambiar nuestro propio método, incluso contra nuestra voluntad, por uno similar. Todo depende, pues, del resultado del acto de des­trucción. Es evidente que, siendo otras cosas equiparables, en es­te caso estaremos en desventaja en todos los aspectos, porque nuestras intenciones y nuestros métodos han tenido que ser diri­gidos parcialmente hacia otras cosas, lo que no ha ocurrido en el caso del enemigo. Dos objetivos diferentes, de los cuales uno no forma parte del otro, se excluyen entre sí, y, de ese modo, la fuerza aplicada a alcanzar uno de esos objetivos no puede servir al mismo tiempo para el otro. Por lo tanto, si uno de los beligeran­tes está decidido a adoptar una gran decisión por las armas, cuen­ta con muchas posibilidades de obtener éxito tan pronto como tenga la certeza de que el otro no quiere seguir ese camino, sino que busca alcanzar un objetivo diferente. Y, cualquiera que se de­cida por ese otro objetivo, sólo podrá hacerlo razonablemente en el supuesto de que su adversario tenga tan pocas intenciones co­mo él mismo de adoptar una gran decisión por las armas.

Pero la mención que hasta ahora hemos hecho sobre otra dirección de las intenciones y las fuerzas sólo se refiere a otros objetivos positivos que, aparte del de la destrucción de las fuerzas oponentes, pudiéramos proponernos en la guerra, y de ninguna manera a la resistencia pura, que puede adoptarse con el fin de agotar las fuerzas del enemigo. En la resistencia pura falta la in­tención positiva, y, por lo tanto, en este caso nuestras fuerzas no pueden ser dirigidas hacia otros objetivos, sino que deben limi­tarse a hacer fracasar las intenciones del enemigo.

Ahora corresponde considerar el lado negativo de la des­trucción de las fuerzas enemigas, o sea, la conservación de las nuestras. Estos dos esfuerzos siempre van juntos, puesto que re accionan uno respecto del otro; son partes integrantes de una idéntica intención y sólo habrá que examinar los efectos produ­cidos por el predominio de uno o de otro. El esfuerzo destinado a destruir las fuerzas enemigas tiene un objetivo positivo y con­duce a resultados positivos, cuyo propósito final sería la derrota del adversario. La conservación de nuestras propias fuerzas tiene un objetivo negativo, y consiste en intentar desbaratar las inten­ciones del enemigo, es decir, conduce a la resistencia pura, cuyo propósito último no puede ser otro que el de prolongar la dura­ción de la contienda, para que el enemigo agote sus propias fuerzas.

El esfuerzo con objetivo positivo da por resultado el acto de destrucción; el esfuerzo con objetivo negativo permanece a su espera.

Cuando nos ocupemos ampliamente de la teoría del ataque y de la defensa, en cuyo origen aún nos encontramos, considera­remos con mayor detalle cuál tendrá que ser la duración de esa espera y hasta dónde podrá llevarse a cabo. Por ahora tenemos que limitarnos a decir que la espera no debe ser un simple aguante pasivo, y que la acción ligada a ella para la destrucción de las fuerzas enemigas involucradas en el conflicto puede ser uno de los propósitos, tanto como cualquier otro. Sería un grave error relativo a los principios fundamentales suponer que el es­fuerzo negativo tiene como consecuencia impedirnos elegir co­mo objetivo la destrucción de las fuerzas del enemigo, viéndo­nos obligados a preferir una decisión incruenta. Sin duda el ma­yor peso del esfuerzo negativo puede conducir a esto, pero sola­mente a riesgo de que no sea el método más conveniente, cues­tión esta que depende de condiciones totalmente diferentes, que yacen no en nosotros mismos, sino en nuestro oponente. Esta otra vía, la incruenta, no puede, por lo tanto, ser considerada de ninguna manera como el medio natural de satisfacer la creciente necesidad de conservar nuestras propias fuerzas. Por el contra­rio, en los casos en que esa vía no fuera la adecuada a las cir­cunstancias imperantes, lo más probable sería que condujera a una ruina total. Gran número de generales en jefe han cometido este error y se han visto arrastrados al fracaso por él. La demora en tomar una decisión es el único efecto que necesariamente re­sulta de ese mayor peso que corresponde al esfuerzo negativo, de modo que el defensor se refugia, por así decir, en la espera del momento decisivo. Por lo general, esto tiene como conse­cuencia el retraso de la acción en el tiempo y también en el es­pacio, hasta donde éste está relacionado con ello, tanto como lo permitan las circunstancias. Si ha llegado el momento en que ya no es posible seguir haciendo esto sin caer en una aplastante desventaja, debe considerarse que la ventaja del esfuerzo negati­vo se ha esfumado, y entonces surge inalterado el esfuerzo enca­minado a destruir las fuerzas del enemigo, reservado como con­trapeso, y nunca descartado.

Las consideraciones anteriores nos han hecho ver que en la guerra existen muchas vías para alcanzar su propósito, es decir, para cumplir con el objetivo político; se ha comprobado, sin embargo, que el encuentro es el único medio y que, por tanto, todo debe estar sometido a una ley suprema: la decisión por las ar­mas; que, cuando la acción del enemigo exige esta decisión, ese recurso no puede ser rechazado, y que, por lo tanto, cuando uno de los bandos beligerantes se propone tomar otra vía, debe estar seguro de que su oponente no echará mano de ese recur­so, a no ser que quiera correr el riesgo de perder su caso ante ese tribunal supremo. Vemos, pues, en suma, que la destrucción de las fuerzas enemigas se presenta siempre como el objetivo primordial entre todos los otros que puedan perseguirse en la guerra.

Más adelante, pero sólo de manera gradual, nos será dado definir lo que es posible lograr en la guerra mediante combina­ciones de otra naturaleza. Aquí nos limitaremos a reconocer, en términos generales, su posibilidad como algo que refleja la des­viación de la práctica respecto del concepto que otorga jurisdic­ción a las circunstancias particulares. Pero no podemos dejar de señalar, ya aquí, que cabe atribuir a la solución sangrienta de la crisis, el esfuerzo por destruir las fuerzas del enemigo, el carácter y la condición de hijo primogénito de la guerra. Es posible que ante unos objetivos políticos carentes de relevancia, ante motiva­ciones débiles y reducida tensión de las fuerzas, un general en jefe cuya característica sea la prudencia intente otras vías por las cuales, sin caer en grandes crisis ni soluciones sangrientas, pue­de inclinarse la balanza hacia la paz, tomando por base las debi­lidades características de su contrario, tanto en los despachos co­mo en el campo de batalla. No tendríamos derecho a vituperarlo si sus suposiciones contaran con un buen fundamento y fueran susceptibles de alcanzar el éxito, pero deberemos exigirle, no obstante, que sea consciente de que está recorriendo caminos si­nuosos en los que el dios de la guerra puede sorprenderlo, y que debe vigilar constantemente al enemigo, a fin de que cuan­do éste empuñe una afilada espada, él no tenga que defenderse con un espadín.

En nuestras consideraciones futuras, debemos observar y tener siempre presentes las consecuencias que entraña la natura­leza de la guerra, la forma como actúan en ella los medios y los fines, la manera como las desviaciones de la práctica hacen que la guerra se aparte, unas veces más y otras menos, de su estricta concepción original, sus fluctuaciones tanto hacia adelante como hacia atrás, a la vez que su constante permanencia bajo esa con­cepción estricta, a modo de ley suprema, si es que deseamos ajustarnos a una correcta comprensión de sus relaciones verda­deras y de su cabal importancia, para no vernos envueltos en evidentes contradicciones con la realidad y, en definitiva, con nosotros mismos.

     

Si nuestra página y nuestra labor te gustan... Colabora !!!

Colabora y haz una donación