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(Por la magnitud de la obra,
no la ofrecemos de forma íntegra, sino que hemos realizado una selección de
aquellas partes que mejor se refieren a nuestra temática. Estrategia.info)
De la Guerra, ¿En qué
consiste la guerra? , El fin y los medios en la
guerra , El genio para la guerra ,
Información y fricciones ,
Introducción al Arte de la guerra ,
Sobre la Teoría de la guerra ,
¿Arte de la guerra o Ciencia de la guerra? ,
Elementos de la Estrategia ,
Ataque y defensa .
¿EN QUÉ
CONSISTE LA GUERRA?
-
Introducción
Nos proponemos
considerar, en primer lugar, los distintos elementos que conforman nuestro tema;
luego las diversas partes o miembros que los componen y, finalmente, el todo en
su íntima conexión. Es decir, iremos avanzando de lo simple a lo complejo.
Pero en la cuestión que nos ocupa, más que en ninguna otra, será preciso
comenzar con una referencia a la naturaleza del todo, ya que aquí, más que en
otro lado, cuando se piensa en la parte debe pensarse simultáneamente en el
todo.
2. Definición
No queremos comenzar con
una definición altisonante y grave de la guerra, sino limitarnos a su esencia,
el duelo. La guerra no es más que un duelo en una escala más amplia. Si
quisiéramos concebir como una unidad los innumerables duelos residuales que la
integran, podríamos representárnosla como dos luchadores, cada uno de los
cuales trata de imponer al otro su voluntad por medio de la fuerza física; su
propósito siguiente es abatir al adversario e incapacitarlo para que no pueda
proseguir con su resistencia.
La guerra constituye,
por tanto, un acto de fuerza que se lleva a cabo para obligar al adversario a
acatar nuestra voluntad.
La fuerza, para
enfrentarse a la fuerza, recurre a las creaciones del arte y de la ciencia. Se
acompañan éstas de restricciones insignificantes, que apenas merecen ser
mencionadas, las cuales se imponen por sí mismas bajo el nombre de usos del
derecho de gentes, pero que en realidad no debilitan su poder. La fuerza, es
decir, la fuerza física (porque no existe una fuerza moral fuera de los
conceptos de ley y de Estado) constituye así el medio; imponer nuestra
voluntad al enemigo es el objetivo. Para estar seguros de alcanzar este
objetivo tenemos que desarmar al enemigo, y este desarme constituye, por
definición, el propósito específico de la acción militar: reemplaza al objetivo
y en cierto sentido prescinde de él como si no formara parte de la propia
guerra.
3. Caso extremo del uso de la fuerza
Muchos espíritus dados a
la filantropía podrían fácilmente imaginar que existe una manera artística de
desarmar o abatir al adversario sin un excesivo derramamiento de sangre, y que
esto sería la verdadera tendencia del arte de la guerra. Se trata de una
concepción falsa que debe ser rechazada, pese a todo lo agradable que pueda
resultar. En temas tan peligrosos como es el de la guerra, las falsas ideas
surgidas del sentimentalismo son precisamente las peores. Siendo así que el uso
de la fuerza física en su máxima extensión no excluye en modo alguno la
cooperación de la inteligencia, el que se sirva de esta fuerza sin miramiento ni
recato ante el derramamiento de sangre habrá de obtener ventaja sobre el
adversario, siempre que éste no actúe del mismo modo. Así, cada uno justifica al
adversario y cada cual impulsa al otro a adoptar medidas extremas, cuyo límite
no es otro que el contrapeso de la resistencia que le oponga el contrario.
Forzosamente tenemos que
darle al tema este enfoque, ya que tratar de ignorar como elemento constitutivo
la brutalidad porque despierta repugnancia significaría una tentativa inútil o
algo peor.
Si las guerras entre
naciones civilizadas son presuntamente menos crueles y destructoras que las que
enfrentan a unas no civilizadas, la razón estriba en la condición social de los
Estados considerados en sí mismos y en sus relaciones recíprocas. La guerra
estalla, adquiere sus rasgos y limitaciones y se modifica de acuerdo con esa
condición y sus circunstancias. Pero tales elementos no constituyen una parte de
la guerra, sino que existen por sí mismos. En la filosofía de la guerra no se
puede introducir en absoluto un principio modificador sin acabar cayendo en el
absurdo.
En las luchas entre los
hombres intervienen en realidad dos elementos dispares: el sentimiento hostil y
la intención hostil. Hemos elegido el último de ellos como rasgo distintivo de
nuestra definición porque es el más general. Es inconcebible que un odio
salvaje, casi instintivo, exista sin una intención hostil, mientras que se dan
casos de intenciones hostiles que no van acompañados de ninguna hostilidad o,
por lo menos, de ningún sentimiento hostil que predomine. Entre los seres
salvajes prevalecen las intenciones de origen emocional; entre los pueblos
civilizados, las determinadas por la inteligencia. Pero tal diferencia no
reside en la naturaleza intrínseca del salvajismo o de la civilización, sino en
las circunstancias en que están inmersos, sus instituciones, etc. Por lo tanto,
no existe indefectiblemente en todos los casos, pero prevalece en la mayoría de
ellos. En una palabra, hasta las naciones más civilizadas pueden inflamarse con
pasión en un odio recíproco.
Vemos, pues, cuán lejos
nos hallaríamos de la verdad si atribuyéramos la guerra entre hombres
civilizados a actos puramente racionales de sus gobiernos, y si concibiésemos
aquélla como un acto libre de todo apasionamiento, de tal modo que en definitiva
no tendría que ser necesaria la existencia física de los ejércitos, sino que
bastaría una relación teórica entre ellos, o lo que podría ser una especie de
álgebra de la acción.
La teoría empezaba a
orientarse en esta dirección cuando los acontecimientos de la última guerra nos
hicieron ver un camino mejor.
Si la guerra constituye un acto de fuerza, las emociones están necesariamente
implicadas en ella. Si las emociones no son las que dan origen a la guerra, ésta
ejerce, sin embargo, una acción de carácter mayor o menor sobre ellas, y la
intensidad de la reacción depende no del estado de la civilización, sino de la
importancia y la permanencia de los intereses hostiles.
Por lo tanto, si
constatamos que los pueblos civilizados no liquidan a sus prisioneros, no
saquean las ciudades ni arrasan los campos, ello se debe a que la inteligencia
desempeña un papel importante en la conducción de la guerra, y les ha enseñado a
aquéllos a aplicar su fuerza recurriendo a medios más eficaces que los que
pueden representar esas brutales manifestaciones del instinto.
La invención de la
pólvora y el perfeccionamiento constante de las armas de fuego muestran por sí
mismos, de manera suficientemente explícita, que la necesidad inherente al
concepto teórico de la guerra, la destrucción del adversario, no se ha visto en
modo alguno debilitada o desviada por el avance de la civilización. Reiteramos,
pues, nuestra afirmación: la guerra es un acto de fuerza, y no hay un límite
para su aplicación. Los adversarios se justifican uno al otro, y esto redunda en
acciones recíprocas llevadas por principio a su extremo. Es esta la primera
acción recíproca que se nos presenta y el primer caso extremo con
que nos encontramos.
4. El objetivo es
desarmar al enemigo
Hemos afirmado que el
desarme del enemigo es el propósito de la acción militar, y ahora conviene
mostrar que esto es necesariamente así, por lo menos en teoría. Para que al
oponente se so meta a nuestra voluntad, debemos colocarlo en una tesitura más
desventajosa que la que supone el sacrificio que le exigimos. Las desventajas de
tal posición no tendrán que ser naturalmente transitorias, o al menos no
tendrán que parecerlo, pues de lo contrario el oponente tendería a esperar
momentos más favorables y se mostraría remiso a rendirse. Como resultado de la
persistencia de la acción militar, toda modificación de su posición tiene que
conducirlo, por lo menos teóricamente, a posiciones todavía menos ventajosas.
La peor posición a la que puede ser conducido un beligerante es la del desarme
completo. Por lo tanto, si hemos de obligar por medio de la acción militar al
oponente a cumplir con nuestra voluntad, tenemos o bien que desarmarlo de hecho,
o bien colocarlo en tal posición que se sienta amenazado por la posibilidad de
que lo logremos. De ahí se desprende que el desarme o la destrucción del
adversario (sea cual fuere la expresión que escojamos) debe consistir siempre
el objetivo de la acción militar.
Pero no cabe considerar
la fuerza como la acción de una fuerza viva sobre una masa inerte (el aguante
absoluto no sería guerra en modo alguno), sino que es siempre el choque entre
dos fuerzas vivas. En ese sentido, lo que hemos afirmado sobre el objetivo
último de la acción militar es aplicable a uno y otro bando. De nuevo nos
hallamos aquí ante una acción recíproca. Mientras no haya derrotado a mi
oponente, tengo que albergar el temor de que sea él quien pueda derrotarme. Por
tanto, no soy ya dueño de mí mismo, sino que aquél me justifica, al tiempo que
yo lo justifico a él. Es esta la segunda acción recíproca que conduce a
un segundo caso extremo.
5. Caso extremo de la
aplicación de las fuerzas
Si queremos abatir a
nuestro oponente, tenemos que regular nuestro esfuerzo de acuerdo con su poder
de resistencia. Tal poder se pone de manifiesto como producto de dos factores
indisolubles: la magnitud de los medios con que el oponente cuenta y la
fuerza de su voluntad. Será posible calcular la magnitud de los medios de
que dispone, ya que ésta se basa en números (aunque no del todo); pero la fuerza
de la voluntad no se deja medir tan fácilmente y sólo en forma aproximada, por
la fortaleza del motivo que la impulsa. Si mediante esta apreciación
lográramos calcular de manera razonablemente aproximada el poder de resistencia
de nuestro oponente, podríamos regular nuestros esfuerzos de acuerdo con dicho
cálculo y estar en disposición de intensificarlos para obtener una ventaja o
bien extraer de ellos el máximo resultado posible, en caso de que nuestros
medios no fueran suficientes como para asegurarnos esa ventaja. Pero nuestro
oponente procederá del mismo modo, y a tenor de ello se produce entre nosotros
una nueva puja que, desde el punto de vista de la teoría pura, nos conduce una
vez más a un punto extremo. Es la tercera acción recíproca que se
presenta, y el tercer caso extremo con el que nos encontramos.
6. Modificaciones en
la práctica
En el ámbito abstracto de
las concepciones puras, el pensamiento reflexivo no descansa hasta alcanzar el
punto extremo, porque es con casos extremos con los que tiene que enfrentarse,
con un conflicto de fuerzas libradas a sí mismas y que no obedecen a otra ley
que la propia. Por lo tanto, si pretendemos deducir de la concepción puramente
teórica de la guerra un propósito absoluto, que podamos tener presente, así como
los medios a poner en uso, estas acciones recíprocas mantenidas de forma
continua nos conducirán a extremos que no serán más que un juego de la
imaginación elaborado por el encadenamiento apenas entrevisto de sutilezas de la
lógica. Si, al ceñirnos estrechamente a lo absoluto, pretendemos librarnos de
una tacada de la totalidad de las dificultades, y con rigor lógico insistimos
en estar preparados para ofrecer en toda ocasión el máximo de resistencia y
aportar el máximo de esfuerzo, esa intención derivará en una simple norma
carente de valor y sin aplicación en la práctica.
Asimismo, en el supuesto
también de que ese máximo de esfuerzo sea una cantidad absoluta, fácilmente
determinable, habremos de admitir no obstante que no resulta fácil que la mente
humana se someta al dominio de esas elucubraciones. En muchos casos, el
resultado redundaría en un derroche inútil de fuerza que se vería limitado por
otros principios del arte de gobernar. Esto requeriría un esfuerzo
desproporcionado en relación con el objetivo a fijar, devenido de imposible
realización. Efectivamente, la voluntad del hombre no extrae nunca su fuerza de
las sutilezas lógicas.
Todo cambia de aspecto,
empero, al pasar del mundo abstracto a la realidad. En la abstracción, todo
permanecía supeditado al optimismo; era preciso concebir que ambos campos no
sólo se inclinarían por la perfección, sino también por lograr conseguirla.
¿Sucede esto siempre en la práctica? Las condiciones para ello tendrían que ser
las siguientes:
1. Que la guerra fuera un
hecho totalmente aislado; que se produjera de improviso, y sin conexión con la
previa vida política.
2. Que el conflicto
bélico dependiera de una decisión única o de varias decisiones simultáneas.
3. Que su decisión fuera
definitiva y que la consecuente situación política no fuera tenida en cuenta ni
influyera sobre ella.
7. La guerra nunca
constituye un hecho aislado
Al referirnos al primero
de estos puntos hemos de recordar que ninguno de los dos oponentes es para el
otro un ente abstracto, ni aun considerándolo como factor de la capacidad de
resistencia, que no depende de algo externo, o sea, de la voluntad. Tal
voluntad no constituye un hecho totalmente desconocido; lo que ha sido hasta hoy
nos indica lo que puede ser mañana. La guerra nunca estalla de improviso ni su
preparación tiene lugar en un instante. De ese modo, cada uno de los oponentes
puede, en buena medida, formarse una opinión del otro por lo que éste realmente
es y hace, y no por lo que teóricamente debería ser y hacer. Sin embargo, debido
a su imperfecta organización, el hombre suele mantenerse por debajo del nivel de
la perfección absoluta, y así estas deficiencias, inherentes a ambos bandos, se
convierten en un principio reductor.
8. La guerra no
consiste en un golpe insostenido
El segundo de los tres
puntos enumerados nos sugiere las observaciones que siguen.
Si el resultado de la
guerra dependiera de una decisión única, o de varias decisiones tomadas
simultáneamente, los preparativos para esa decisión o para esas decisiones
diversas deberían ser llevados hasta el último extremo. Nunca podría recuperarse
una oportunidad perdida; la sola norma que podría aportarnos el mundo real para
los preparativos a efectuar sería, en el mejor de los casos, la medida de los
preparativos que lleva a cabo nuestro oponente, o lo que de ellos alcanzáramos a
conocer, y todo lo demás tendría que quedar de nuevo relegado al terreno de la
abstracción. Si la decisión consistiera en varios actos sucesivos, cada uno de
éstos, con las circunstancias que lo acompañan, podría suministrar una norma
para los siguientes y, así, el mundo real ocuparía el lugar del mundo abstracto,
modificando, de acuerdo con ello, la tendencia hacia el extremo.
Sin embargo, si toda
guerra tuviese que limitarse indefectiblemente a una decisión única o a una
serie de decisiones simultáneas, si los medios disponibles para la beligerancia
fueran puestos en acción a un tiempo o pudieran serlo de este modo, una
decisión adversa tendería a reducir estos medios, y, de haber sido éstos todos
empleados o agotados en la primera decisión, no habría porqué pensar en que se
produjera una segunda. Todas las acciones bélicas que pudieran producirse
después formarían, en esencia, parte de la primera, y sólo constituirían su
persistencia.
Pero tal como hemos
visto, en los preparativos para la guerra el mundo real ocupa el lugar de la
idea abstracta, y una medida real el lugar de un caso extremo hipotético. Cada
uno de los oponentes, aunque no fuera por otra razón, se detendrá por tanto, en
su acción recíproca, alejado del esfuerzo máximo y no pondrá en juego al mismo
tiempo la totalidad de sus recursos.
Sin embargo, la
naturaleza misma de tales recursos, y de su mismo empleo, torna imposible su
entrada en acción simultánea. Estos recursos comprenden las fuerzas militares
propiamente dichas, el país, con su superficie y su población, y los
aliados.
El país, con su
superficie y su población, no sólo constituye la fuente de las fuerzas militares
propiamente dichas, sino que es, en sí mismo, también una parte integrante de
los factores que actúan en la guerra, aunque sólo sea aquel que proporciona el
teatro de operaciones o tiene marcada influencia sobre él.
Ahora bien, los recursos
militares móviles pueden ser puestos en funcionamiento simultáneamente, pero
esto no concierne a las fortalezas, los ríos, las montañas, los habitantes,
etc., en una palabra, al país entero, a menos que éste sea tan pequeño que la
primera acción bélica lo afecte totalmente. Además, la cooperación de los
aliados no es algo que depende de la voluntad de los beligerantes, y con
frecuencia resulta, por la misma naturaleza de las relaciones políticas, que no
se hace efectiva sino con posterioridad, cuando de lo que se trata es
restablecer el equilibrio de fuerzas alterado.
Más adelante intentaremos
explicar con todo detalle que esta parte de los medios de resistencia que no
puede ser puesta en acción a un tiempo es, en muchos casos, una parte del total
mucho más grande de lo que podría pensarse y que, por lo tanto, es capaz de
restablecer el equilibrio de fuerzas, aun cuando la primera decisión se haya
producido con gran violencia y aquél haya sido alterado seriamente. Por ahora
bastará con dejar sentado que resulta contrario a la naturaleza de la guerra el
que todos los recursos entren en juego al mismo tiempo. Esto, en sí mismo, no
tendrá que ser motivo para disminuir la intensidad de los esfuerzos en la toma
de decisión de las acciones iniciales. Ya que un comienzo desfavorable significa
una desventaja a la cual nadie querría exponerse por propia voluntad, dado que,
si bien la primera decisión es seguida por otras, mientras más decisiva resulte
aquélla, mayor será su influencia sobre las que la sigan. Pero el hombre suele
eludir el esfuerzo excesivo amparándose en la posibilidad de que se produzca una
decisión subsiguiente y, por lo tanto, no concreta ni pone en acción todos sus
recursos a efectos de la primera decisión, en la medida en que hubiera podido
hacerlo de no mediar aquella circunstancia. Lo que uno de los oponentes no hace
por debilidad se convierte para el otro en base real y motivo para reducir sus
propios esfuerzos y, así, de resultas de esta acción recíproca, la tendencia
hacia el caso extremo conduce una vez más a efectuar un esfuerzo limitado.
9. La guerra, con su
resultado, no es nunca algo absoluto
Finalmente, tengamos en
cuenta que la decisión final de una guerra no siempre es considerada como
absoluta, sino que el estado derrotado a menudo ve en ese final un mal
transitorio al que cabe encontrar remedio en las circunstancias políticas
posteriores. Es evidente que también esto minora, en gran medida, la violencia
de la tensión y la intensidad del esfuerzo.
10. Las probabilidades
de la vida real ocupan el lugar de lo extremo y absoluto de la teoría
Así, todo el acto de la
guerra deja de estar sujeto a la ley estricta de las fuerzas impulsadas hacia el
punto extremo. Dado que no se teme ni se busca ya el caso extremo, se deja que
la razón determine en vez de ello los límites del esfuerzo, y esto sólo puede
ser llevado a cabo de acuerdo con la ley de las probabilidades, por
deducción de los datos que suministran los fenómenos del mundo real. Si los dos
oponentes no son ya abstracciones puras sino estados o gobiernos individuales,
y si la guerra no es ya un desarrollo ideal de los acontecimientos, sino uno
determinado de acuerdo con sus propias leyes, entonces la situación real
suministra suficientes datos como para determinar lo que se espera, la incógnita
que tiene que ser despejada.
De acuerdo con las leyes
de la probabilidad, por el carácter, las instituciones, la situación y las
circunstancias que definen al oponente, cada bando extraerá sus conclusiones
respecto de cuál será la acción del contrario y, a tenor de ello, determinará la
suya propia.
11. El objetivo
político asume de nuevo el primer plano
Requiere ahora de nuevo
nuestra atención un tema que habíamos obviado, o sea, el que se refiere al
objetivo político de la guerra. Hasta ahora, esto había sido absorbido, por
así decir, por la ley del caso extremo, por el intento de desarmar y abatir al
enemigo. El objetivo político de la guerra debe aflorar nuevamente a un primer
plano a medida que la ley pierde su vigor y la posibilidad de realizar aquel
intento se aleja. Si toda la consideración es un cálculo de probabilidades
tomando como base unas personas y unas circunstancias determinadas, el objetivo
político, como causa original, tiene que asumir el papel de factor esencial en
este proceso. Cuanto menor sea el sacrificio que exijamos de nuestro oponente,
debemos esperar que sean tanto más débiles los esfuerzos que haga para realizar
ese sacrificio. Sin embargo, cuanto más débil sea su esfuerzo, tanto menor
podría ser el nuestro. Por añadidura, cuanto menor sea nuestro objetivo
político, tanto menor será el valor que le asignaremos y tanto más pronto
estaremos dispuestos a dejarlo a su arbitrio. Por ello, también por ello
nuestros propios esfuerzos serán más débiles.
Así, el objetivo
político, como causa original de la guerra, será la medida tanto para el
propósito a alcanzar mediante la acción militar como para los esfuerzos
necesarios para cumplir con ese propósito. En sí misma, esa medida no puede ser
absoluta, pero, ya que estamos tratando de cosas reales y no de simples ideas,
lo será en relación con los dos Estados oponentes. Un mismo objetivo
político puede originar reacciones diferentes, en diferentes naciones e incluso
en una misma nación, en diferentes épocas. Por lo tanto, cabe dejar que el
objetivo político actúe como medida, siempre que no olvidemos su influencia
sobre las masas a las que afecta. Corresponde considerar, por tanto, también la
naturaleza de estas masas. Será fácil comprobar que las consecuencias pueden
variar en gran medida según que la acción resulte fortalecida o debilitada por
el sentimiento de las masas. En dos naciones y estados pueden producirse tales
tensiones y tal cúmulo de sentimientos hostiles que un motivo para la guerra,
insignificante en sí mismo, puede originar, no obstante, un efecto totalmente
desproporcionado con su naturaleza, como es el de una verdadera explosión.
Esto resulta cierto en
relación con los esfuerzos que el objetivo político pueda exigir en uno y otro
estado y en relación con el fin que pueda asignarse a la acción militar. Algunas
veces puede convertirse en ese fin, por ejemplo, cuando se trata de la
conquista de cierto territorio. Otras, el objetivo político no se ajustará a la
necesidad de proporcionar un fin para la acción militar y en tales casos
tendremos que recurrir a una elección de ese tipo, capaz de servir de
equivalente y de ocupar su lugar para firmar la paz. Pero también en estos
casos siempre se presupone que tiene que guardarse la consideración debida al
carácter de los estados interesados. Hay circunstancias en las que el
equivalente debe tener mucha más importancia que el objetivo político, si es que
éste ha de ser alcanzado por su mediación. Cuanto mayor sea la indiferencia
presente en las masas y menos grave la tensión que se produzca en otros terrenos
tanto de los dos estados como en sus relaciones, mayor será el objetivo
político, como norma y por su propio carácter decisorio. Hay casos en los que,
casi por sí mismo, constituye el factor determinante.
Si el fin de la acción
militar se erige en equivalente del objetivo político, aquélla disminuirá, en
general, en la medida en que lo haga el objetivo político. Más evidente
resultará esto mientras más claro aparezca el objetivo. Así se explica por qué
razón, sin que exista contradicción interna, pueden producirse guerras de todos
los grados en importancia e intensidad, desde la de exterminio a la simple
vigilancia armada. Pero ello nos conduce a una cuestión de otro tipo, que
deberemos analizar y explicitar.
12. La suspensión de
la acción militar no se ha explicado hasta ahora
¿Es posible que una
acción militar pueda ser suspendida, aun por un momento, sea cual fuere el
carácter y la medida de las reclamaciones políticas hechas por cualquiera de los
dos bandos, sea cual fuere la debilidad de los medios puestos a disposición, o
sea cual fuere la futileza del fin perseguido por esa misma acción? Es esta una
pregunta que atañe a la esencia misma del tema.
Cada acción requiere para
su realización cierto tiempo, que es lo que llamamos persistencia. Esta puede
ser más larga o más corta, según quienes actúen en ella se muestren más o menos
rápidos en sus movimientos.
No vamos a detenernos
aquí en esto. Cada cual realiza las cosas a su manera, pero lo cierto es que la
persona lenta no actúa lentamente porque quiera emplear más tiempo, sino
porque, debido a su propia naturaleza, necesita más tiempo, y si hubiera de
hacerlo con mayor rapidez no lo haría tan bien. En consecuencia, ese tiempo
depende de las causas subjetivas, o queda reflejado en la duración real de la
acción.
Si a cada acción de la
guerra se le reconoce una duración, tenemos que admitir, por lo menos al pronto,
que todo gasto de tiempo más allá de esa duración, o, lo que es lo mismo,
cualquier suspensión de la acción militar, parece ser absurda. En relación con
ello, tendremos que recordar siempre que la cuestión no se centra en el progreso
de uno u otro de los oponentes, sino en el progreso de la acción militar como un
todo.
13. Existe únicamente
una causa que puede suspender la acción, y esto parece ocurrir siempre
tan sólo en un solo bando
Si dos bandos se han
armado para la lucha, tiene que existir un motivo hostil que los haya impulsado
a hacerlo. Así, pues, mientras se mantengan en pie de guerra, es decir, mientras
no hagan la paz, este motivo permanecerá presente y sólo dejará de actuar en
cualquiera de los dos oponentes por una sola razón, la de que se prefiere
esperar un momento más favorable para la acción. Obviamente esta razón sólo
puede surgir en uno de los dos bandos, debido a que, por su propia naturaleza,
se opone diametralmente a la del otro. Si a uno de los que ejercen la jefatura
le conviene actuar, al otro le convendrá esperar.
Un equilibrio cabal de
fuerzas no puede producir jamás una interrupción de la acción, porque una tal
suspensión supondría necesariamente la minoración de iniciativa del que tenga
el propósito positivo, es decir, el atacante.
Pero de concebir un
equilibrio en el que quien asume la finalidad positiva, y por tanto el motivo
más poderoso, es al mismo tiempo quien dispone de menor número de fuerzas, de
manera que la ecuación surgiría del producto de las fuerzas y de los motivos,
aun así tendríamos que afirmar que si no se vislumbra un cambio en este estado
de equilibrio, ambos bandos tienen que firmar la paz. Pero de vislumbrar un
cambio, éste redundaría en favor de uno de los bandos solamente y, por la misma
razón, el otro se vería obligado a actuar. Constatamos, por tanto, que la idea
de un equilibrio no puede justificar una suspensión de las hostilidades, pero
sirve para fundamentar la espera de un momento más favorable. Por ejemplo,
supongamos que uno de los dos estados oponentes tiene un propósito positivo, o
sea, el de conquistar un territorio del adversario que podría ser usado como
moneda de cambio en la negociación de la paz. Lograda esa conquista, se ha
alcanzado el objetivo político; la acción ya no resulta necesaria y cabe tomarse
un descanso. Si el oponente acepta el resultado, deberá firmar la paz; en caso
contrario, debe actuar. Si en ese momento cree que en un período de tiempo
determinado se encontrará en mejores condiciones para hacerlo, entonces cuenta
con razones suficientes como para posponer su acción.
Pero desde ese momento,
la necesidad de actuar parece por lógica recaer en su oponente, a fin de no
darle tiempo al que se halla en desventaja para que se prepare para la acción.
Todo ello, por descontado, en el supuesto de que tanto uno como otro bando
tengan un conocimiento cabal de las circunstancias.
14. La acción militar
tendría de este modo una continuidad que de nuevo impulsaría todo hacia una
situación extrema
Si la acción militar
estuviera realmente dotada de esa continuidad, todo sería empujado de nuevo
hacia el caso extremo. Porque, además de que tal actividad sostenida enconaría
aún más los sentimientos e impregnaría al todo de un mayor apasionamiento y un
mayor grado de fuerza elemental, también haría surgir, en la continuidad de la
acción, un encadenamiento aún más fuerte de acontecimientos y una conexión
causal más consecuente entre ellos. En consecuencia, cada acción llegaría a ser
más importante y, por lo tanto, más peligrosa.
Pero la experiencia nos
dice que la acción militar rara vez, o nunca, presenta esta continuidad, y que
en muchas guerras la acción asume la menor parte del tiempo, mientras que la
inactividad ocupa el resto. Esto quizá no siempre constituya una anomalía. La
suspensión de la acción militar debe ser posible, es decir, no implica una
contradicción. Que esto es así y por qué ocurre así, lo mostraremos a
continuación.
15. Surge aquí por
tanto la evidencia de un principio de polaridad
Al suponer que los
intereses de uno de los que ejercen la jefatura son siempre diametralmente
opuestos a los del otro, dejamos sentada la existencia de una verdadera
polaridad. Más adelante dedicaremos todo un capítulo a este principio, pero
mientras tanto nos parece oportuno hacer una observación con referencia a ello.
El principio de polaridad
sólo es válido si, como tal, es la misma cosa, en la que lo positivo y su
contrario, lo negativo, se destruyen mutuamente. En una batalla, cada uno de los
bandos oponentes desea vencer, lo que constituye una verdadera polaridad,
porque la victoria del uno resulta la derrota del otro. Pero si nos referimos a
dos cosas diferentes entre las que exista una relación común objetiva, no serán
las cosas, sino sus relaciones, las que posean polaridad.
16. El ataque y la
defensa son cosas de clase distinta y de fuerza desigual. Debido a ello no
pueden ser objeto de polaridad
Si sólo existiera una
forma de guerra, digamos la que corresponde al ataque del enemigo, no habría
defensa; ello es tanto como decir que si hubiera de distinguirse al ataque de
la defensa sólo por el motivo positivo que el uno posee y del que la otra
carece, si los métodos de lucha fueran siempre invariablemente los mismos, en
tal empeño, cualquier ventaja de un bando tendría que representar una
desventaja equivalente para el otro, existiendo entonces una verdadera
polaridad.
Pero la acción militar
adopta dos formas distintas, la de ataque y la de defensa, que son muy
diferentes y de fuerza desigual, como mostraremos más adelante con detalle. La
polaridad reside, pues, en que ambos bandos guardan una relación, como es la
decisión, pero no en el ataque o en la defensa mismos. Si uno de los
comandantes en jefe deseara posponer la decisión, el otro debería desear
acelerarla, pero, por supuesto, solamente en la misma forma de conflicto. Si a A
le interesara no atacar a su oponente inmediatamente, sino cuatro semanas más
tarde, el interés de B se centraría en ser atacado inmediatamente y no cuatro
semanas más tarde. Se trata de una oposición directa; pero no se desprende
necesariamente de ello que a B le beneficie atacar a A de inmediato.
Evidentemente, es algo muy distinto.
17. El efecto de la
polaridad es anulado a menudo por la superioridad que muestra la defensa sobre
el ataque. Ello explica la suspensión de la acción militar
Si la forma de defensa se
muestra más fuerte que la de ataque, como vamos a demostrar, se plantea la
cuestión de saber si la ventaja de una decisión diferida es tan grande
para el bando que se apresta a atacar como la de la defensa lo es para el
otro. Cuando no lo es, no puede esa ventaja, mediante su contrario, superar éste
e influir de ese modo en el curso de la acción militar. Comprobamos, por lo
tanto, que la fuerza impulsiva inherente a la polaridad de intereses puede ser
anulada por la diferencia existente entre la fuerza del ataque y la de la
defensa, y dejar así de tener eficacia.
Por lo tanto, si el bando
para el cual el momento presente es favorable se muestra demasiado débil hasta
el punto de renunciar a la ventaja de permanecer a la defensiva, debe resignar
se a afrontar un futuro menos favorable. Porque puede ser mejor librar un
combate defensivo en un futuro desfavorable que uno defensivo en el momento
presente, o que entablar la paz. Al estar convencidos de que la superioridad de
la defensa (correctamente entendida) es muy grande, mucho más de lo que al
pronto podría parecer, se explica la notable proporción que ocupan en la guerra
los períodos carentes de acción, sin que esto implique necesariamente una
contradicción. Cuanto más débiles sean los motivos para la acción, tanto más
serán neutralizados por esa diferencia entre el ataque y la defensa. Por lo
tanto, la acción militar será impulsada con harta frecuencia a una pausa, que
es en realidad lo que nos muestra la experiencia.
18. Una segunda causa
reside en el conocimiento imperfecto de la situación
Todavía existe otra causa
que puede suspender la acción militar, y es la del conocimiento imperfecto de la
situación. Cada comandante en jefe sólo tiene un conocimiento personal exacto de
su propia posición y no conoce la de su adversario más que por informes
inciertos. Puede cometer errores de interpretación y, como consecuencia de ello,
puede llegar a creer que la iniciativa corresponde a su oponente, cuando en
realidad le corresponde a él mismo. Esta merma de conocimientos podría, en
verdad, dar lugar tanto a acciones inoportunas como a inoportunas inacciones, y
contribuir por sí misma a causar tanto retrasos como aceleramientos en la
acción militar. Pero siempre deberá ser considerada como una de las causas
naturales que, sin que implique una contradicción subjetiva, puede llevar a la
acción militar a un estancamiento. Así como consideramos, sin embargo, que por
lo general nos sentimos más inclinados e inducidos a deducir que la fuerza de
nuestro oponente es demasiado grande antes que demasiado pequeña, ya que hacerlo
así es propio de la naturaleza humana, tendremos que admitir también que el
conocimiento imperfecto de la situación en general deberá contribuir
sensiblemente a detener la acción militar y a perturbar los principios en que se
basa su dirección.
La posibilidad de una
pausa introduce una nueva reducción en la acción militar, diluyéndola, por así
decir, en el factor tiempo, lo que corta el avance del peligro y aumenta la
capacidad de restablecer el equilibrio de fuerzas. Cuanto más grandes sean las
tensiones que han determinado la explosión de la guerra y cuanto mayor sea, en
consecuencia, la energía que se imprime a esta última, más breves serán los
períodos de inacción; cuanto más débil sea el sentimiento hostil, más largos
serán aquéllos. En efecto, los motivos más poderosos acrecientan nuestra fuerza
de voluntad y ésta, como se sabe, constituye siempre un factor, un producto de
nuestras fuerzas.
19. Los períodos
frecuentes de inacción alejan aún más a la guerra del ámbito de la teoría
absoluta y la convierten todavía más en un cálculo de probabilidades
Cuanto mayor sea la
lentitud con que se desarrolle la acción militar y cuanto más largos y
frecuentes sean los períodos de inacción, tanto más fácilmente se podrá
rectificar un error. El comandante en jefe se aventurará a ampliar sus
suposiciones y al propio tiempo se mantendrá con mayor holgura por debajo del
punto extremo que preconiza la teoría, y basará todas sus deducciones en la
probabilidad y la conjetura. En consecuencia, el curso más o menos pausado de
la acción militar dejará más o menos tiempo para aquello que la naturaleza de
la situación concreta reclame por sí misma, es decir, un cálculo de
probabilidades acorde con las circunstancias que concurran en el caso.
20. El azar es el
único elemento que falta para hacer de la guerra un juego, y es de este elemento
del que menos carece
Lo que se ha expuesto
hasta aquí nos ha mostrado cómo la naturaleza objetiva de la guerra hace de ella
un cálculo de probabilidades. Ahora sólo se requiere un elemento más para
considerarla como un juego, y ciertamente ese elemento no le falta en absoluto:
es el azar. Ninguna actividad humana guarda una relación más universal y
constante con el azar como la guerra. El azar, juntamente con lo accidental y la
buena suerte, desempeña un gran papel en la guerra.
21. Tanto por su
naturaleza subjetiva como por su naturaleza objetiva, la guerra se convierte en
un juego
Si reparamos ahora en la
naturaleza subjetiva de la guerra, o sea, en las fuerzas
necesarias para llevarla a cabo, se nos mostrará todavía más como un juego. El
elemento dentro del cual se mueve la acción bélica es el peligro; pero ¿cuál es,
en el peligro, la cualidad moral que predomina? El valor. Este es por
cierto compatible con el cálculo prudente, pero el valor y el cálculo son
distintos por naturaleza y pertenecen a ámbitos dispares del espíritu. Por otro
lado, la osadía, la confianza en la buena fortuna, la intrepidez y la temeridad
son todas manifestaciones del valor, y tales esfuerzos del espíritu tienden
hacia lo accidental, porque es su propio elemento.
Vemos, pues, que, desde
el principio, el factor absoluto, el llamado matemático, no cuenta con ninguna
base segura en los cálculos del arte de la guerra. De entrada nos hallamos ante
un juego de posibilidades y de probabilidades, de buena y de mala suerte, que
hace acto de presencia en todos los hilos, grandes o pequeños, de su trama y es
el responsable de que, de todas las ramas de la actividad humana, sea la guerra
la que más se parece a un juego de cartas.
22. Cómo esto
concuerda mejor, en general, con el espíritu humano
Aunque nuestro
entendimiento se siente por lo general inclinado a asentarse en la certeza y la
claridad, nuestro espíritu es preso a menudo de la incertidumbre. En lugar de
abrirse camino de la mano de la inteligencia por el estrecho sendero de la
investigación filosófica y de la deducción lógica, prefiere moverse con
lentitud, con la imaginación puesta en el dominio del azar y de la suerte, a fin
de llegar, casi de modo inconsciente, a un terreno donde se siente extraño y
donde todos los objetos que le son familiares parecen abandonarlo. En lugar de
sentirse aprisionado, como en el primer caso, por la necesidad elemental, goza
ahora de toda una gama de posibilidades. Extasiado, el valor alza el vuelo, y
la osadía y el peligro se convierten en el elemento al que aquél se precipita,
del mismo modo que un nadador audaz se arroja a la corriente.
¿Tiene la teoría que
abandonar aquí ese punto y seguir satisfecha hasta establecer reglas y
conclusiones absolutas? Si es así no tiene una aplicación práctica. La teoría
debe tener en cuenta el elemento humano y destinar el lugar que les corresponde
al valor, al arrojo e incluso a la temeridad. El arte de la guerra tiene que
vérselas con fuerzas vivas y morales, de donde se deriva que lo absoluto y lo
seguro le resultan inaccesibles; siempre queda un margen para lo accidental,
tanto en las cosas grandes como en las pequeñas. Así como por un lado aparece
ese elemento accidental, por el otro el valor y la confianza en uno mismo deben
hacer acto de presencia y llenar el hueco abierto. Cuanto mayor sea el valor y
la confianza en uno mismo, más grande será el margen que cabe dejar para lo
accidental. Por lo tanto, el valor y la confianza en uno mismo son elementos
absolutamente esenciales para la guerra. Y en consecuencia, la teoría sólo debe
formular aquellas reglas que ofrezcan un libre campo de acción para esas
virtudes militares más necesarias y esclarecidas, en todos sus grados y
variaciones. Hasta en la osadía hay sabiduría y prudencia, pero su apreciación
responde a una escala diferente de valores.
23. La guerra sigue
siendo todavía un medio serio para alcanzar un objetivo serio
Así es la guerra, así el
jefe que la dirige y así la teoría que le atañe. Pero la guerra no constituye un
pasatiempo, ni una simple pasión por la osadía y el triunfo, ni el fruto de un
entusiasmo sin límites; es un medio serio para alcanzar un fin serio. Todo el
encanto del azar que exhibe, todos los estremecimientos de pasión, valor,
imaginación y entusiasmo que acumula, son tan sólo propiedades particulares de
ese medio.
La guerra entablada por
una comunidad ––la guerra entre naciones enteras––, y particularmente entre
naciones civilizadas, surge siempre de una circunstancia política, y no tiene su
manifestación más que por un motivo político. Es, pues, un acto político.
Ahora bien, si en sí misma fuera un acto completo e inalterable, una
manifestación absoluta de violencia, como hubo que deducir considerándola en su
concepción pura, en cuanto se pusiera de manifiesto por medio de la política
ocuparía el lugar de ésta y, como algo completamente independiente de ella, la
descartaría y sólo se regiría por sus propias leyes. Algo parecido a lo que
ocurre cuando se acciona una mina y no puede variarse su rumbo hacia otra
dirección como no sea la marcada en el ajuste previo. Hasta ahora, también en la
práctica esto ha sido considerado de esta forma, siempre que la carencia de
armonía entre la política y la conducción de la guerra ha llevado a distinciones
teóricas de esta naturaleza. Pero tal idea es básicamente falsa. Como hemos
visto, la guerra, en el mundo real, no es un acto extremo que libera su tensión
mediante una sola descarga; es una acción de fuerzas que no se desarrollan en
todos los casos de la misma forma y en la misma proporción, pero que en un
momento preciso llegan a un extremo suficiente como para vencer la resistencia
que les oponen la inercia y la fricción, mientras que a la par son demasiado
débiles para producir efecto alguno. La guerra constituye, por así decir, un
embate regular de violencia, de mayor o menor intensidad y vehemencia, y que, a
consecuencia de ello, libera las tensiones y agota las fuerzas de una forma más
o menos rápida o, en otras palabras, conduce al objetivo propuesto con mayor o
menor rapidez. Pero siempre tiene una duración suficiente como para ejercer,
durante su transcurso, una influencia sobre ese objetivo, de modo que puede
hacerlo cambiar en uno u otro sentido. En definitiva, puede durar lo suficiente
como para estar sujeta a la voluntad de una inteligencia directora. Si es cierto
que la guerra tiene su origen en un objetivo político, resulta que ese primer
motivo, que es el que la promueve, constituye, de modo natural, la primera y
más importante de las consideraciones que deben ser tenidas en cuenta en la
conducción de la guerra. Pero el objetivo político no se convierte, por ello,
en una regla despótica. Debe adaptarse a la naturaleza de los medios a su
disposición, y, de ese modo, cambiará a menudo por completo. Pero siempre deberá
ser considerado en primer término. La política, por lo tanto, asumirá un papel
en la acción total de la guerra, y ejercerá una influencia continua sobre ella,
hasta donde lo permita la naturaleza de las fuerzas explosivas que contiene.
24. La guerra es una
mera continuación de la política por otros medios
Vemos, pues, que la
guerra no constituye simplemente un acto político, sino un verdadero instrumento
político, una continuación de la actividad política, una realización de ésta
por otros medios. Lo que resta de peculiar en la guerra guarda relación con el
carácter igualmente peculiar de los medios que utiliza. El arte de la guerra en
general, y el jefe que la conduce en cada caso particular, pueden determinar
que las tendencias y los planes políticos no encierren ninguna compatibilidad
con estos medios. Esta exigencia no resulta baladí; pero, por más que se imponga
poderosamente en casos particulares sobre los designios políticos, debe
considerársela siempre sólo como una modificación de esos designios, ya que el
propósito político es el objetivo, mientras que la guerra constituye el medio,
y nunca el medio cabe ser pensado como desposeído de objetivo.
25. Naturaleza diversa
de las guerras
Cuanto más intensos y
poderosos sean los motivos y las tensiones que justifiquen la guerra, más
estrecha relación guardará ésta con su concepción abstracta. Cuanto más
encaminada se halle en la destrucción del enemigo, tanto más coincidirán el
propósito militar y el objetivo político, y la guerra aparecerá más como
puramente militar y menos como política. Pero cuanto más débiles sean las
motivaciones y las tensiones, la tendencia natural del elemento militar, o sea
la tendencia a la violencia, coincidirá menos con las directrices políticas;
por tanto, cuanto más se aparte la guerra de su trascendencia natural, mayor
será la diferencia que separa el objetivo político del propósito de una guerra
ideal, y mayor apariencia tendrá la guerra de ser política.
Pero con el fin de
impedir que el lector llegue a conclusiones erróneas, es preciso hacer notar
que por esa tendencia natural de la guerra entendemos solamente la tendencia
filosófica, estrictamente lógica, y de ningún modo la de las fuerzas que
realmente intervienen en el conflicto, hasta el punto de que, por ejemplo,
deberíamos incluir todas las emociones y pasiones de los combatientes. Es cierto
que éstas pueden, en muchos casos, ser avivadas hasta tal extremo que sólo con
dificultad cabrá mantenerlas reducidas al campo político; pero por lo general
no se plantea esta contradicción, porque la existencia de emociones tan fuertes
implica también la elaboración de un gran plan que las englobe. Si este plan se
dirige tan sólo hacia un objetivo vano, la agitación emotiva de las masas será
tan débil, que en todo caso necesitará ser alentada antes que contenida.
26. Todas las guerras
tienen que ser consideradas como actos políticos
En relación con nuestro
tema principal, podemos apreciar que, si bien es verdad que en cierta clase de
guerras la política parece haber desaparecido por completo, mientras que en
otras aparece de forma bien definida, cabe afirmar, sin embargo, que unas son
tan políticas como las otras. Efectivamente, si consideramos la política como
la inteligencia del Estado personificado, entre las combinaciones de
circunstancias que deben ser tenidas en cuenta en los cálculos debemos incluir
aquella en que la naturaleza de las circunstancias provoca una guerra de la
primera clase. Pero si el término política no es entendido como un conocimiento
amplio de la situación, sino como la idea convencional de una añagaza cautelosa,
astuta y hasta deshonesta, contraria a la violencia, es en este caso cuando el
último tipo de guerra correspondería, más que el primero, a la política.
27. Consecuencias de
este punto de vista para la comprensión de la historia de la guerra y para los
fundamentos de la teoría
En primer lugar vemos,
pues, que en toda circunstancia tiene que considerarse a la guerra no como algo
independiente, sino como un instrumento político. Tan sólo si adoptamos este
punto de vista podremos evitar caer en contradicción con toda la historia de la
guerra y hacer una apreciación inteligente de su totalidad. En segundo lugar,
este mismo punto de vista nos muestra cómo pueden variar las guerras de acuerdo
con la naturaleza de las motivaciones y de las circunstancias de las cuales
aquéllas surgen.
El primer acto de
discernimiento, el mayor y el más decisivo que llevan a cabo un estadista y un
jefe militar, es el de establecer correctamente la clase de guerra en la que
están empeña dos y no tomarla o convertirla en algo diferente de lo que dicte la
naturaleza de las circunstancias. Este es, por lo tanto, el primero y el más
amplio de todos los problemas estratégicos. Más adelante, en el capítulo
referente a la planificación de la guerra, procederemos a examinarlo con mayor
detención.
Contentémonos por ahora
con haber expuesto el tema y establecido, al hacerlo, el punto de vista
principal desde el cual deben ser examinadas tanto la guerra como su teoría.
28. Conclusión para la
teoría
La guerra no es, pues, no
sólo un verdadero camaleón, por el hecho de que en cada caso concreto cambia de
carácter, sino que constituye también una singular trinidad, si se la considera
como un todo, en relación con las tendencias que predominan en ella. Esta
trinidad está integrada tanto por el odio, la enemistad y la violencia
primigenia de su esencia, elementos que deben ser considerados como un ciego
impulso natural, como por el juego del azar y de las probabilidades, que hacen
de ella una actividad desprovista de emociones, y por el carácter subordinado
de instrumento político, que la inducen a pertenecer al ámbito del mero
entendimiento.
El primero de estos tres
aspectos interesa especialmente al pueblo; el segundo, al comandante en jefe y a
su ejército, y el tercero, solamente al gobierno. Las pasiones que deben prender
en la guerra tienen que existir ya en los pueblos afectados por ella; el alcance
que lograrán el juego del talento y del valor en el dominio de las
probabilidades del azar dependerá del carácter del comandante en jefe y del
ejército; los objetivos políticos, sin embargo, incumbirán solamente al
gobierno.
Estas tres tendencias,
que se ponen de manifiesto al igual que lo hacen muchas diferentes
legislaciones, se asientan profundamente en la naturaleza de la cuestión y, al
mismo tiempo, varían en magnitud. Una teoría que rehuyera tomar en cuenta
cualquiera de ellas o fijara una relación arbitraria entre ellas incurriría en
tal contradicción con la realidad que por este solo hecho debería ser
considerada como nula.
El problema consiste,
pues, en mantener a la teoría en equilibrio entre estas tres tendencias, como si
fueran éstas tres polos de atracción.
En el libro que trata
sobre la teoría de la guerra nos proponemos investigar la manera de resolver
tal problema del modo más concluyente. Esa definición del concepto de la guerra
se convierte para nosotros en el primer rayo de luz que ilumina los fundamentos
de la teoría, que evidenciará por vez primera sus rasgos principales y nos
permitirá distinguirlos.
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