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(Por la magnitud de la obra, no la ofrecemos de forma íntegra, sino que hemos realizado una selección de aquellas partes que mejor se refieren a nuestra temática. Estrategia.info)

De la Guerra, ¿En qué consiste la guerra? , El fin y los medios en la guerra , El genio para la guerra , Información y fricciones , Introducción al Arte de la guerra , Sobre la Teoría de la guerra , ¿Arte de la guerra o Ciencia de la guerra? , Elementos de la Estrategia , Ataque y defensa .

 

ELEMENTOS DE LA ESTRATEGIA

 

Las causas que condicionan el uso del encuentro en la es­trategia caben ser divididas convenientemente en elementos de distinta clase, es decir, en elementos morales, físicos, matemáti­cos, geográficos y estadísticos.

La primera clase incluye todo lo que se pone de manifiesto por medio de cualidades y efectos espirituales; la segunda abarca la magnitud de la fuerza militar, su composición, la proporción de armamentos, etc.; la tercera comprende el ángulo de las lí­neas de operación, los movimientos concéntricos y excéntricos, en cuanto su naturaleza geométrica adquiere algún valor en el cálculo; la cuarta considera la influencia del terreno, como son los puntos dominantes, las montañas, los ríos, los bosques, los ca­minos; y, por último, la quinta clase incluye todos los medios de abastecimiento, etc. El hecho de que por el momento considere­mos separadamente estos elementos tiene la ventaja de que acla­ra nuestras ideas y nos ayuda a calcular el valor más alto o más bajo de las diferentes clases a medida que avanzamos. Porque, al considerarlas por separado, muchas de ellas pierden espontánea­mente su importancia. Por ejemplo, vemos con bastante claridad que, si no deseamos considerar más que la posición de la línea operativa, el valor de una base de operaciones, aun incluso bajo esa simple forma; depende mucho menos del elemento geométri­co, del ángulo que esas operaciones constituyen entre sí, que de la naturaleza de los caminos y del país que éstos atraviesan.

Sin embargo, sería una idea de las más desafortunadas tra­tar la estrategia de acuerdo con estos elementos, pues por lo ge­neral son múltiples y están relacionados íntimamente unos con otros en cada operación aislada de la guerra. En tal caso nos per­deríamos en el análisis más deslabazado y, como en una pesadi­lla, en vano buscariamos trazar un arco que relacionara estos fundamentos abstractos con los hechos pertenecientes al mundo real. ¡Que el cielo proteja a todo teórico que intente esta empre­sa! Nosotros nos ocuparemos del mundo de los fenómenos com­plejos, y en cada ocasión no llevaremos nuestro análisis más allá de lo necesario para dar claridad a la idea que deseamos expo­ner; idea que nos hemos formado no mediante una investigación especulativa, sino a través de la impresión surgida de la realidad de la guerra en su totalidad.

LAS FUERZAS MORALES

 

Tenemos que referirnos de nuevo a esta cuestión, que fue tratada ligeramente en el libro II, capítulo III, porque las fuerzas morales constituyen uno de los temas más importantes en la guerra. Son el espíritu que impregna toda el ámbito bélico. Se adhieren más tarde o más temprano, y con conformidad mayor, a la voluntad que activa y guía a toda la masa de fuerzas y, por así decir, se confunden con ella en un todo, porque ella misma es una fuerza moral. Lamentablemente tratan de apartarse de la ciencia libresca, porque no pueden ser ni medidas en números ni agrupadas en clases, mientras que, al mismo tiempo, requie­ren ser vistas y sentidas.

El espíritu y otras cualidades morales de un ejército, de un ge­neral o de un gobierno, la opinión pública en las zonas donde se desarrolla la guerra, el efecto moral de una victoria o de una derrota, son cosas que en sí mismas varían mucho de naturaleza y que pueden ejercer también una influencia muy diferente, según como se planteen con respecto a nuestro objetivo y nuestras relaciones.

Aunque poco o nada cabe encontrar en los libros sobre es­tas cosas, pertenecen sin embargo a la teoría del arte de la gue­rra tanto como todo lo demás que constituye esta última. Porque tenemos que repetir aquí una vez más que nuestra filosofía sería mezquina si, de acuerdo con los viejos moldes, estableciéramos reglas y principios prescindiendo de todas las fuerzas morales, y después, tan pronto como estas fuerzas fueran apareciendo, co­menzáramos a considerar las excepciones, que de tal modo for­mularíamos hasta cierto punto científicamente, o sea, erigiríamos en regla; o si recurriéramos a hacer una llamada al genio, que está por encima de todas las reglas, con lo cual daríamos a en­tender que las reglas no sólo fueron hechas para los necios, sino que en sí mismas tienen que constituir realmente una necedad.

Aun cuando la teoría de la guerra no hiciera en realidad más que recordar estas cosas, mostrando la necesidad de adjudi­car todo su valor a las fuerzas morales y tomándolas siempre en consideración, aun así habría abarcado dentro de sus límites este ámbito de las fuerzas inmateriales y, al adoptar dicho punto de vista, habría condenado de antemano a todo el que hubiera tra­tado de justificarse ante sí mismo apelando a las meras condicio­nes físicas de las fuerzas.

Además, en consideración a todas las otras susodichas reglas, la teoría no puede desterrar a las fuerzas morales de su campo de acción, porque los efectos de las fuerzas físicas y morales están completamente fusionados y no pueden ser separados como una aleación por medio de un proceso químico. En toda regla relacio­nada con las fuerzas físicas, la teoría debe tener presente al mismo tiempo la participación que cabe asignar a las fuerzas morales, si no quiere caer en el error de establecer proposiciones categóricas, que son a veces tan demasiado pobres y limitadas como demasia­do amplias y dogmáticas. Aun las teorías menos espirituales han perdido su rumbo, inconscientemente, dentro de este ámbito de la moral, porque, por ejemplo, los efectos de una victoria nunca pueden ser totalmente explicados sin considerar las impresiones morales. En consecuencia, la mayoría de las cuestiones que exa­minaremos en este libro están compuestas de causas y efectos, mi­tad físicos, mitad morales, y podemos decir que lo físico no es casi nada más que el asa de madera, mientras que lo moral es el metal noble, la verdadera arma, brillantemente pulida.

El valor de las fuerzas morales y la influencia que ejercen, a menudo increíble, se hallan muy bien ejemplificados en la histo­ria. Con respecto a ello, debe tenerse en cuenta que los gérme­nes de la sabiduría, que habrán de producir sus frutos en el pen­samiento, son sembrados no tanto por medio de demostraciones, exámenes críticos y tratados eruditos, sino por medio de senti­mientos, impresiones generales y rasgos de intuición aislados y clarificadores.

Podemos examinar los fenómenos morales más importantes en la guerra y tratar de ver, con todo el esmero de un maestro diligente, lo que podríamos afirmar sobre cada uno, ya fuera al­go bueno o malo. Pero al aplicar tal método caeríamos con mu­cha facilidad en lo vulgar y común, mientras que desaparecería el verdadero espíritu del análisis y, sin saberlo, no haríamos más que repetir las cosas que todo el mundo conoce. Por lo tanto, aquí más que en ninguna otra parte preferimos ser incompletos y permanecer estables, contentándonos con haber atraído la atención sobre la importancia de la cuestión, en un sentido ge­neral, y con haber señalado el espíritu del que han surgido los puntos de vista desarrollados en este libro.

 

LAS PRINCIPALES POTENCIAS MORALES

 

Las principales potencias morales son las siguientes: las ca­pacidades del jefe, las virtudes militares del ejército y su espíritu nacional. Nadie puede determinar de forma general cuál de es tas potencias tiene mayor valor, porque resulta muy difícil aseve­rar algo concerniente a su fuerza y más aún comparar la fuerza de una con la de la otra. Lo mejor es no subestimar a ninguna de ellas, defecto en el que incurre el juicio cuando se inclina, en va­cilación caprichosa, ora a un lado, ora al otro. Es mejor basarse en la historia para poner en evidencia suficiente la eficacia inne­gable de estas tres potencias.

Sin embargo, es cierto que en los tiempos modernos los ejércitos de los estados europeos han alcanzado casi el mismo nivel en relación con la disciplina y el adiestramiento. La conducción de la guerra se ha desarrollado con tal naturalidad, co­mo expresarían los filósofos, que ha pasado a ser una especie de método, común a casi todos los ejércitos, haciendo que ni si­quiera en lo que al jefe se refiere podamos contar con la aplica­ción de planes especiales en el sentido más limitado. En conse­cuencia, no puede negarse que la influencia del espíritu nacional y del hábito de un ejército para la guerra proporciona una mayor capacidad de acción. Una paz prolongada podría alterar de nue­vo las cosas.

El espíritu nacional de un ejército (el entusiasmo, el fervor fanático, la fe, la opinión) se pone de manifiesto sobre todo en la guerra de montaña, donde todo el mundo, hasta el último sol dado, depende de sí mismo. Por esta razón las montañas consti­tuyen los mejores campos de batalla para unas fuerzas popula­res.

La habilidad técnica en un ejército y ese valor bien templa­do que mantiene unida a la tropa, como si hubiera sido fundida en un molde, muestran claramente su ventaja máxima en la lla­nura abierta.

El talento de un general tiene un mayor campo de acción en terrenos quebrados y ondulados. En las montañas surte muy poco efecto sobre las partes separadas, y la dirección de todas ellas desborda su capacidad; en llanuras abiertas resulta ésta muy sencilla y no agota esa capacidad.

Los planes deben ser formulados de conformidad con estas afinidades electivas evidentes.

 

LA AUDACIA

En el capítulo sobre la certidumbre del éxito se ha determi­nado el lugar y el papel que la audacia representa en el sistema dinámico de fuerzas, donde se opone a la previsión y a la prudencia, para mostrar, con ello, que la teoría no tiene derecho a restringirla tomando como pretexto su legislación.

Pero esta excelsa desenvoltura con la que el alma humana se eleva por encima de los peligros más extraordinarios tiene que ser considerada en la guerra como un agente activo aislado. En realidad, ¿en qué terreno de la actividad humana tendría la audacia derecho de ciudadanía si no fuera en la guerra?

Es la más excelsa de las virtudes, el verdadero acero que da al arma su agudeza y brillantez, tanto en el corneta y en el ciu­dadano que sigue al ejército como en el general en jefe.

Admitamos, en efecto, que goza hasta de prerrogativas es­peciales en la guerra. Además del resultado que se obtenga del cálculo del espacio, el tiempo y la magnitud, debemos conceder le cierto porcentaje de participación, que siempre, cuando se muestra superior, se aprovecha de la debilidad de los demás. Constituye, por tanto, una verdadera potencia creadora, lo cual no resulta difícil de demostrar, ni siquiera filosóficamente. Allí donde la audacia encuentre indecisión, las probabilidades de éxito se decantarán necesariamente a su favor, debido a que ese estado de indecisión implica una pérdida de equilibrio. Se en­cuentra únicamente en desventaja, podríamos decir, cuando se enfrenta con una cautelosa previsión, que resulta tan audaz, tan fuerte y poderosa en cada caso como lo es ella misma; pero es­tos casos difícilmente se presentan. Entre los hombres cautelosos hay una considerable mayoría que se muestran sujetos a la timi­dez.

En las grandes masas, la audacia constituye una fuerza cuyo cultivo especial nunca puede ejercerse en detrimento de otras fuerzas, debido a que aquéllas se hallan ligadas a una voluntad superior, a través del armazón y la estructura del orden de batalla y del servicio, y están en consecuencia guiadas por una inteli­gencia ajena. Así, la audacia equivale aquí solamente a un resor­te, que se mantiene bajo presión hasta el momento en que es li­berado.

Mientras más elevado sea el orden jerárquico, mayor será la necesidad de que la audacia vaya acompañada por la reflexión, o sea, que no debería ser la expresión ciega de una pasión sin finalidad, ya que con el aumento de jerarquía se trata cada vez menos de un autosacrificio y cada vez más de la preservación de otros y del bien común de la gran totalidad. Lo que las regula­ciones del servicio prescriben a manera de segunda naturaleza para las grandes masas debe ser prescrito para el general en jefe por la reflexión, y en este caso la audacia individual en actos ais­lados puede convertirse muy fácilmente en un error. De todas maneras, será un estupendo error que no debe ser considerado de la misma forma que cualquier otro. ¡Feliz del ejército en el que se manifieste la audacia con frecuencia, aunque sea de ma­nera inoportuna! Es una floración excesivamente esplendorosa, pero que indica la presencia de un rico suelo. Incluso la temeri­dad, que equivale a la audacia sin objetivo alguno, no tiene que menospreciarse; fundamentalmente, es la misma fuerza de carác­ter, pero usada a modo de pasión sin ninguna participación de las facultades intelectuales. La audacia deberá ser reprimida co­mo un mal peligroso únicamente cuando se rebele contra la obe­diencia del espíritu, cuando se manifieste de manera categórica en contra de una autoridad superior competente; pero habrá de serlo no por ella misma, sino en relación con el acto de desobe­diencia que cometa, ya que nada en la guerra tiene mayor im­portancia que la obediencia.

Decir que, a igual nivel de inteligencia, en la guerra se pier­de mil veces más por causa de la timidez que de la audacia sólo cabe expresarlo para asegurarnos la aprobación de nuestros lec­tores.

Substancialmente, la intervención de un motivo razonable facilitaría la acción de la audacia y, en consecuencia, aminoraría el mérito que puede encerrar; pero en realidad resulta todo lo contrario.

La participación del pensamiento lúcido y, más aún, la su­premacía del espíritu despojan a las fuerzas emotivas de una gran parte de su intensidad. Por esa causa, la audacia pasa a ser menos frecuente, mientras más se asciende en la escala jerárqui­ca, ya que, si bien es posible que la perspicacia y el entendi­miento no aumenten con la jerarquía, también es cierto que las magnitudes objetivas, las circunstancias y las consideraciones se inponen a los jefes en sus distintas fases de tal forma y con tanta fuerza desde el exterior, que el peso que recae sobre ellos por estas causas aumenta en la medida en que disminuye su propia perspicacia. Esto, por lo que a la guerra se refiere, es el funda­mento básico de la verdad que encierra el proverbio francés: Tel brille au second qui s'éclipse au premier.

Casi todos los generales que la historia nos ha presentado como simples mediocridades y como carentes de decisión, mien­tras estaban a cargo del mando supremo, fueron hombres que sobresalieron por su audacia y decisión cuando ocupaban un lu­gar inferior en la escala jerárquica.

Debemos hacer una distinción con los motivos de un com­portamiento audaz que surge bajo la presión de la necesidad. La necesidad presenta diversos grados de intensidad. Si es inmedia­ta, si la persona que actúa en persecución de un objetivo se ve acosado por un grave peligro cuando intenta escapar de otros peligros igualmente grandes, entonces lo único digno de admirar es la determinación, la cual, no obstante, tiene también de por sí su valor. Si un joven salta por encima de un profundo abismo para mostrar su habilidad como jinete, entonces es audaz, pero si da el mismo salto al verse perseguido por un grupo de turcos desaforados, sólo muestra determinación. Pero cuanto más lejana se encuentre la necesidad de acción y mayor sea el número de circunstancias que tenga que considerar el espíritu para realizar­la, tanto mayor será el descrédito de la audacia. Si Federico el Grande consideró, en el año 1756, que la guerra era inevitable y solamente pudo rehuír la destrucción adelantándose a sus ene­migos, tuvo la necesidad de comenzar él la guerra, pero al mis­mo tiempo es evidente que fue muy audaz, ya que muy pocos hombres en su lugar hubieran decidido hacerlo.

Aunque la estrategia pertenece solamente al terreno propio de los comandantes en jefe o de los generales en las posiciones más elevadas, la audacia sigue siendo en todos los demás miem­bros del ejército una cuestión tan indiferente para ellos como lo son las otras virtudes militares. Con un ejército proveniente de un pueblo audaz y en el que siempre se haya alimentado el es­píritu de audacia, todas las cosas pueden ser emprendidas, me­nos aquellas que sean extrañas a esa virtud. Por esta razón es por la que hemos mencionado la audacia en conexión con el ejército. Pero nuestro objetivo se centra en la audacia del coman­dante en jefe y, sin embargo, todavía no hemos manifestado gran cosa sobre ello, después de haber descrito esa virtud militar en un sentido general, de la mejor forma como hemos sabido hacer­lo.

Cuanto más nos elevamos en las posiciones de mando, ma­yor será el predominio del intelecto y de la perspicacia en la ac­tividad de la mente, y, por ello, tanto más será dejada de lado la audacia, que es una propiedad del temperamento. Por esta razón la encontramos tan raramente en las posiciones elevadas, pero es en ellas donde más merecedora es de admiración. La audacia di­rigida por el predominio del espíritu es el signo del héroe: no consiste en ir contra la naturaleza de las cosas, en una clara vio­lación de las leyes de la probabilidad, sino en un enérgico apoyo de esos elevados cálculos que el genio, con su juicio instintivo, realiza con la velocidad del rayo e incluso a medias consciente cuando toma su decisión. Cuanto más preste la audacia alas a la mente y a la perspicacia, mayor altura alcanzarán éstas en su vuelo y mucho más amplia será la visión y mayor la posibilidad de corrección del resultado; pero, evidentemente, sólo en el sen­tido de que a mayores objetivos, mayores serán los peligros. El hombre común, para no hablar del débil y del indeciso, llega a un resultado correcto en la medida en que es posible hacerlo sin una experiencia vivida, y mediante una eficacia concebida en su imaginación, alejado del peligro y de la responsabilidad. En cuanto el peligro y la responsabilidad lo acosen desde todas di­recciones, perderá su perspectiva, y si la mantuviera en cualquier medida debido a la influencia ajena, habría perdido no obstante su poder de decisión, debido a que en este punto no hay quien pueda ayudarle.

Creemos, entonces, que no puede pensarse en un general distinguido carente de audacia, es decir, éste no puede surgir de un hombre que no haya nacido con esta fortaleza de temperamento, que consideramos, en consecuencia, como requisito pun­tual de esa carrera. La segunda cuestión es la de establecer qué grado de fortaleza innata, desarrollada y moldeada por la educa­ción y las circunstancias de la vida le resta al hombre cuando al­canza una elevada posición. Cuanto mayor sea la conservación de este poder, mayor será el vuelo del genio y más altura ganará. El riesgo se hace mayor, pero el objetivo se acrecienta también en concordancia. Que las líneas emanen y adopten su dirección de una necesidad distante, o que converjan hacia la base funda­mental de un edificio que la ambición ha levantado, que sea un Federico el Grande o un Alejandro quienes actúen, es práctica­mente lo mismo desde el punto de vista crítico. Si la última alter­nativa alimenta más la imaginación porque es la más audaz, la anterior satisface más al entendimiento porque contiene en sí misma una mayor necesidad.

Resta, sin embargo, considerar aún una circunstancia muy importante.

En un ejército puede hacer acto de presencia el espíritu de audacia, ya sea porque exista en el pueblo o porque haya surgi­do de una guerra victoriosa conducida por generales audaces. En este último caso habrá que convenir, sin embargo, que faltaba al comienzo.

En nuestros días, difícilmente habrá otro modo de educar el espíritu de un pueblo, a este respecto, como no sea mediante la guerra y bajo una dirección audaz. Únicamente esto puede con­trarrestar ese sentimiento de lasitud y esa inclinación a gozar de las comodidades en que se sumerge un pueblo en condiciones de creciente prosperidad y de floreciente actividad comercial.

Una nación puede confiar en alcanzar una posición firme en el mundo político únicamente si el carácter nacional y el há­bito de la guerra se apoyan uno al otro en una constante acción recíproca.

 

LA PERSEVERANCIA

El lector espera oír hablar de ángulos y de líneas y encuen­tra, en vez de esos integrantes del mundo científico, solamente gente de la vida común, tal como las que ve a diario por la calle. Sin embargo, el autor no puede mostrarse ni un ápice más mate­mático de lo que el tema parece requerirle y no teme el asombro que pueda causar.

En la guerra, más que en cualquier otra actividad en este mundo, las cosas ocurren en forma distinta de lo que hubiéra­mos esperado, y vistas desde cerca éstas aparecen diferentes de lo que parecían a distancia. ¡Con qué serenidad el arquitecto puede observar la forma gradual en que surge su trabajo y toma la que contiene en sus planos! El médico, aunque situado más a merced de contingencias y aconteceres inexplicables que el ar­quitecto, conoce sin embargo a la perfección las formas y los efectos de sus medios. Por otro lado, en la guerra, el jefe de un gran conjunto se enfrenta al constante embate de datos falsos y verdaderos, de errores que se derivan del temor, de la negligen­cia, de la falta de atención, o de actos de desobediencia a sus ór­denes, cometidos ya sea por apreciaciones erróneas o correctas, por mala voluntad, por un sentido cierto o falso del deber, o por indolencia o agotamiento, por accidentes que no cabe de ningún modo prever. En suma, es víctima de cientos de miles de impre­siones, de las cuales la mayoría tienen una propensión intimida­toria y la minoría alentadora. El instinto, que permite apreciar rá­pidamente el valor de esos incidentes, se adquiere mediante una prolongada experiencia de la guerra; gran valentía y fortaleza de carácter son sus soportes, al igual que las rocas resisten los gol­pes de las olas. El que ceda a esas impresiones nunca llevará a término ninguna de sus empresas, y a este respecto la perseve­rancia en el camino decidido es un necesario contrapeso, en tanto que las razones contrarias más concluyentes no se hagan presentes. Más todavía, difícil resulta que haya empresa gloriosa en la guerra que no sea lograda mediante inagotables esfuerzos, penurias y privaciones; y como aquí la debilidad física y espiri­tual propia de la naturaleza humana está siempre dispuesta a ce­der, sólo una gran fuerza de voluntad, puesta de manifiesto con esa perseverancia admirada ahora y en la posteridad, conducirá a lograr el objetivo propuesto.

 

LA SUPERIORIDAD NUMÉRICA

 

Tanto en la táctica como en la estrategia es este el más ge­neral de los principios de la victoria, y será desde ese punto de vista general como empezaremos a examinarlo. A tal fin nos aventuramos a ofrecer la siguiente exposición.

La estrategia determina el lugar donde habrá de emplearse la fuerza militar en el combate, el tiempo en que ésta será utili­zada y la magnitud que tendrá que adquirir. Esa triple determina­ción asume una influencia fundamental en el resultado del en­cuentro. Así como es la táctica la que ha podido dar lugar al en­cuentro, en cuanto al resultado, sea éste tanto la victoria como la derrota, es guiado por la estrategia como corresponde, de acuer­do con los objetivos finales de la guerra, que son, por naturale­za, muy distantes y se hallan muy raras veces al alcance de la mano.

A ellos se subordinan como medios una serie de otros obje­tivos. Éstos, que son al propio tiempo medios para uno mayor, pueden ser en la práctica de varias clases, e incluso el objetivo final de toda la guerra es casi siempre distinto en cada caso. Nos familiarizaremos con estas cuestiones en cuanto vayamos cono­ciendo los apartados de los que forman parte, de modo que no nos proponemos abarcar aquí todo el tema y dar de él una com­pleta enumeración, aun en el caso de que esto fuera posible. En consecuencia, no consideraremos por ahora el uso de encuentro.

Esas cosas por medio de las cuales la estrategia influye so­bre el resultado del encuentro, dado que son las que lo determi­nan (en cierta medida lo imponen), no son tampoco tan simples como para poder ser abarcadas en una sola investigación. Si es cierto que la estrategia indica el tiempo, el lugar y la magnitud de la fuerza, en la práctica puede hacerlo de muchas formas, ca­da una de las cuales influye en forma diferente, tanto sobre el desenlace como sobre el éxito del encuentro. Por lo tanto, nos familiarizaremos con esto sólo gradualmente, es decir, a través de los temas que la práctica determina de modo más preciso.

Si despojamos al encuentro de todas las modificaciones que puede sufrir, de acuerdo con su finalidad y con las circunstancias de las que procede, si, finalmente, dejamos de lado el valor de las tropas, porque éste se da por sobreentendido, sólo queda la mera concepción del encuentro, o sea, un combate sin forma, del que no distinguimos más que el número de combatientes.

Este número determinará, en consecuencia, la victoria. Aho­ra bien, por la cantidad de abstracciones que hemos tenido que realizar para llegar a este punto, se deduce que la superioridad numérica sólo es uno de los factores que producen la victoria y que, por lo tanto, lejos de haberlo conseguido todo o ni siquiera lo principal mediante esa superioridad, quizá hayamos obtenido muy poco con ella, de acuerdo con lo que varíen las circunstan­cias concurrentes.

Pero esta superioridad numérica presenta diversos grados: puede ser imaginada como doble, triple o cuádruple, y es fácil comprender que, al aumentar de esta forma, debe imponerse a todo lo demás.

En este sentido convenimos en que la superioridad numéri­ca es el factor más importante a la hora de determinar el resulta­do del encuentro; pero debe ser suficientemente grande como para contrapesar todas las demás circunstancias. Consecuencia directa de esto es la conclusión de que en el punto decisivo del encuentro debería ponerse en acción el mayor número posible de tropas.

Sean estas tropas suficientes o insuficientes, se habrá hecho a este respecto todo lo que permitían los medios. Este es el pri­mer principio de la estrategia y, en la forma general en que aquí ha sido formulado, puede ser aplicado tanto a los griegos y los persas o a los ingleses y los hindúes, como a los franceses y los alemanes. Pero dediquemos nuestra atención a las condiciones militares propias de Europa, a fin de llegar a algunas ideas más concretas sobre este asunto.

Aquí encontramos ejércitos que se parecen mucho más a equipos, en organización y habilidad práctica de todo tipo. Sólo cabe distinguir todavía una diferencia momentánea en la virtud militar del ejército y en el talento del general. Si estudiamos la historia de la guerra en la Europa moderna, no encontramos en ella ninguna batalla como la de Maratón.

Federico el Grande, con aproximadamente 30.000 hombres, venció en Leuthen a 80.000 austríacos y en Rossbach, con 25.000, hizo lo propio frente a unos 50.000 de los Aliados. Pero estos son los únicos ejemplos de victorias obtenidas contra un enemigo que contaba con una superioridad numérica doble o aun mayor. No cabe citar con propiedad la batalla que Carlos XII libró en Narva, porque en esa época los rusos apenas podían ser considerados como europeos, y, además, las circunstancias prin­cipales de esta confrontación no son demasiado bien conocidas. Bonaparte contaba en Dresde con 120.000 hombres contra 220.000 y, por lo tanto, la superioridad no llegaba a duplicar su propio número. En Kollin, Federico el Grande, con 30.000 hom­bres, no alcanzó el éxito contra 50.000 austríacos, ni tampoco triunfó Bonaparte en la batalla de Leipzig, donde se encontró lu­chando con 160.000 hombres contra 380.000, siendo por lo tanto la superioridad del enemigo mucho más del doble.

Podemos deducir de esto que, en la Europa actual, resulta muy dificil, incluso para el general más dotado de talento, alcan­zar una victoria sobre un enemigo dos veces más fuerte. Ahora bien, así como vemos que la superioridad numérica doble de­muestra tener un peso de envergadura en la balanza, incluso contra los generales más sobresalientes, podemos estar seguros de que, en los casos comunes, tanto en los encuentros grandes como en los pequeños, por más desventajosas que puedan ser otras circunstancias, para asegurar la victoria será suficiente con disponer de una superioridad numérica importante, sin que ne­cesite ser mayor del doble. Por supuesto podemos concebir el caso de un paso en la montaña, en el que ni siquiera una supe­rioridad diez veces mayor sería suficiente para doblegar al ene­migo, pero entonces no cabría hablar de ningún modo de un en­cuentro.

Por lo tanto, creemos que, en nuestras propias circunstan­cias tanto como en todas las similares, la acumulación de fuerza en el punto decisivo es una cuestión de capital importancia y que, en la mayoría de los casos, resulta categóricamente lo más importante de todo. La fuerza en el punto decisivo depende de la fuerza absoluta del ejército y de la habilidad con que ésta se emplea.

En consecuencia, la primera regla sería adentrarse en el campo de batalla con un ejército lo más fuerte posible. Esto pa­recerá una perogrullada, pero en realidad no lo es.

Para demostrar que durante largo tiempo la magnitud de las fuerzas militares de ningún modo fue considerada como una cuestión vital, sólo necesitamos observar que en la historia de la mayoría de las guerras del siglo XVIII, incluso en las más reseña­das, no se menciona en absoluto la magnitud de los ejércitos, o sólo se hace ocasionalmente, y en ningún caso se le adjudica un valor especial. Tempelhoff, en su historia sobre la guerra de los Siete Años, es el primer escritor que se refiere a ella con regulari­dad, pero sólo lo hace muy superficialmente.

Incluso Messenbach, en sus múltiples observaciones criticas sobre las campañas prusianas de 1793-1794 en los Vosgos, da una amplia referencia de las colinas y los valles, de los caminos y los senderos, pero nunca dice una palabra sobre la fuerza que integraba uno y otro bando.

Otra prueba reside en una idea portentosa que obsesionaba las mentes de muchos críticos, de acuerdo con la cual existía cierta medida que era la mejor para un ejército, una cantidad normal, más allá de la cual las fuerzas excesivas eran más gravo­sas que útiles.[1]

Por último, encontramos cierto número de casos en los que todas las fuerzas disponibles no fueron usadas realmente en la batalla, o en el transcurso de la guerra, porque no se consideró que la superioridad numérica tuviera esa importancia que corres­ponde a la naturaleza de las cosas.

Si estamos convencidos de que por medio de una superio­ridad numérica manifiesta se puede obtener cualquier victoria, no cabe dejar de señalar esa convicción ante los preparativos de la guerra, a fin de que se pueda afrontar la batalla con tantas tro­pas como sea posible y obtener una supremacía o por lo menos contrarrestar la que demuestre poseer el enemigo. Eso basta en cuanto a la potencia absoluta con la que debe conducirse la gue­rra.

La medida de esta potencia viene determinada por el go­bierno, y si bien con esta determinación comienza la verdadera actividad militar, si bien forma una parte esencial de la estrategia de la guerra, todavía en la mayoría de los casos el general res­ponsable del mando debe considerar su fuerza absoluta como al­go fijado de antemano, bien porque no hubiera intervenido en su determinación, bien porque las circunstancias hubiesen impe­dido darle una magnitud suficiente.

Por lo tanto, en el caso de que no pudiera lograrse una su­perioridad absoluta, no queda otra cosa que conseguir una relati­va en el punto decisivo, por medio del hábil uso de la que se posea.

El cálculo del espacio y del tiempo aparece entonces como la cuestión más importante. Ello ha inducido a considerar que esta parte de la estrategia abarca casi todo el arte de utilización de las fuerzas militares. En realidad, algunos han ido tan lejos como para atribuir la estrategia y la táctica de los grandes gene­rales a un órgano interno adaptado particularmente a este propó­sito.

Pero aunque la coordinación del tiempo y del espacio resi­de en los fundamentos de la estrategia, y es, por así decir, su sustento diario, sin embargo no constituye ni la más difícil de sus tareas, ni la más decisiva.

Si recorremos con una mirada imparcial la historia de la guerra, veremos que son muy raros los casos en los que los erro­res en dicho cálculo han demostrado ser la causa de pérdidas se­rias, al menos en la estrategia. Pero si el concepto de una corre­lación hábil del tiempo y del espacio hubiera de explicar todos los casos en que un comandante en jefe activo y resuelto vence con el mismo ejército a varios de sus oponentes, por medio de marchas rápidas (Federico el Grande, Bonaparte), entonces no haríamos más que crear una confusión innecesaria con un len­guaje convencional. Para que las ideas sean claras y útiles, es ne­cesario que las cosas sean siempre llamadas por sus justos nom­bres.

La correcta estimación de los oponentes (Daun, Schwarzen­berg), la audacia para hacerles frente con sólo una fuerza peque­ña durante corto tiempo, la energía en emprender marchas pro­longadas, la osadía en ejecutar los ataques repentinos, la activi­dad intensificada de que hacen gala los espíritus selectos en mo­mentos de peligro, estos son los fundamentos de sus victorias. ¿Qué tienen éstos que ver con la capacidad para coordinar co­rrectamente dos cosas tan simples como el tiempo y el espacio?

Pero si queremos ser claros y exactos debemos señalar que sólo rara vez se produce en la historia esa repercusión de fuer­zas, por la cual las victorias en Rossbach y Montmirail determina­ron las victorias en Leuthen y Montereau, y en la que a menudo han confiado grandes generales que se mantenían a la defensiva. La superioridad relativa, o sea, la concentración hábil de fuerzas que devienen superiores en el punto decisivo, se basa con harta frecuencia en la apreciación correcta de tales puntos, en la dirección apropiada que por esos medios se les da a las fuerzas desde un principio y en la decisión requerida, si se ha de sacrificar lo insignificante en favor de lo importante, o sea, si se ha de mantener las fuerzas concentradas en una masa abru­madura. En este sentido son particularmente característicos los logros de Federico el Grande y de Bonaparte.

Con esto creemos haberle asignado a la superioridad numé­rica su debida importancia. Debe ser considerada como la idea fundamental, así como buscada siempre antes que cualquier otra cosa y llevar su investigación tan lejos como sea posible.

Pero designarla por esta razón como una condición necesa­ria para la victoria constituiría una mala interpretación de nuestra exposición. Como conclusión que cabe extraer de todo ello no resta más que el valor que deberíamos asignar a la fuerza numé­rica en el encuentro. Si hacemos que esa fuerza sea lo más gran­de posible, concordará entonces con el principio y sólo el estu­dio de la situación general decidirá si el encuentro habrá o no de ser rehuido por falta de una fuerza suficiente.

LA SORPRESA

El esfuerzo general por lograr una superioridad relativa, que ocupó como tema el capítulo precedente, es seguido de otro esfuerzo que, por ser correlativo, tiene que ser de naturaleza igualmente general: este es la sorpresa que se causa en el enemi­go, la cual constituye, más o menos, la base de todas las iniciati­vas, porque sin ella no cabe concebir que se cree una superiori­dad en el punto decisivo.

La sorpresa deviene, pues, el medio con el cual puede lo­grarse la superioridad numérica; pero también cabe considerarla en sí misma como un principio independiente, a causa del efecto moral que provoca. Cuando la sorpresa consigue alcanzar el éxi­to en alto grado, las consecuencias que acarrea son la confusión y el desaliento en las filas enemigas, y esto multiplica el efecto del éxito, como puede ser mostrado mediante suficientes ejem­plos, tanto grandes como pequeños. No nos referimos ahora a una súbita irrupción, que corresponde al capítulo correspondien­te al ataque, sino al esfuerzo para sorprender al enemigo por medio de medidas generales y, en especial, por la distribución de las fuerzas, que es igualmente concebible en posiciones de defensa y constituye un factor importante, sobre todo cuando se trata de una defensa táctica.

Afirmamos que la sorpresa constituye, sin excepción algu­na, el fundamento básico de todas las iniciativas, sólo que en grados muy diferentes, de acuerdo con la naturaleza de cada ini­ciativa en particular y de otras circunstancias.

Esta diferencia comienza ya con las características tanto del ejército como de su jefe, y hasta con las del gobierno.

El secreto y la rapidez con que se emprende son los dos factores fundamentales de este producto. Ambos presuponen una gran energía por parte del gobierno y del general en jefe, así como un sentido elevado del deber por parte del ejército. Es inú­til contar con la sorpresa cuando se dan elementos de molicie e indicios de relajamiento. Pero por más que este esfuerzo sea general y, todavía más, realmente indispensable, y si bien es ver­dad que nunca será totalmente ineficaz, no es menos cierto que rara vez alcanza el éxito en grado notable, lo que deriva de su naturaleza misma.

Por lo tanto, se formaría un concepto erróneo quien creye­ra que a través de este medio, por encima de todos los demás, se halla en disposición de alcanzar grandes logros en la guerra.

Teóricamente promete mucho; en la práctica, con la fricción se atasca toda la máquina.

En la táctica, la sorpresa se halla mucho más en su elemen­to, en razón de que los tiempos y las distancias son en ella más cortos. Por lo que respecta a la estrategia, ésta será más factible cuanto más se aproximen sus medidas al terreno de la táctica, y más difícil cuanto más se acerquen al de la política.

Los preparativos para la guerra requieren, por lo general, varios meses; la concentración del ejército en sus posiciones principales exige usualmente el establecimiento de depósitos, al­macenes y movimientos considerables, cuya dirección puede ser deducida con bastante presteza.

En consecuencia, muy rara vez un estado sorprende a otro con una guerra o con la dirección general de sus fuerzas. Duran­te los siglos XVII y XVIII, cuando la guerra estaba relacionada principalmente con los asedios, el rodear una fortaleza en forma inesperada constituía un objetivo frecuente y un capítulo bastan­te característico e importante del arte de la guerra, pero aun en estos casos sólo rara vez se alcanzaba el éxito.

Por otro lado, la sorpresa resulta mucho más concebible en cosas que pueden realizarse en uno o dos días. En consecuencia, no es difícil a menudo sorprender a un ejército en marcha y con ello apoderarse de una posición, un punto del territorio, un ca­mino, etc. Pero es evidente que lo que de esta forma gana la sor­presa en fácil ejecución lo pierde en eficacia, al tiempo que esta eficacia aumenta en la parte opuesta. El que busque relacionar los grandes resultados con esas sorpresas en pequeña escala, co­mo, por ejemplo, ganar una batalla puntual, hacerse con un im­portante depósito, etc., parte de algo que, sin duda, es bastante concebible, pero para lo cual no existen testimonios fehacientes en la historia, siendo en general muy pocos los casos en que se ha obtenido algo significativo de esos hechos. Cabe deducir, pues, con justicia, que existen dificultades que son inherentes a la cuestión.

Es evidente que quien recurra a la historia para estudiar es­tos temas no debe depositar su confianza en ciertas obras espectaculares de algunos críticos históricos, muy dados a anunciar sa­bios aforismos y en autocomplacerse pomposamente con la utili­zación de términos técnicos, sino que debe encarar los hechos con toda buena fe. Por ejemplo, existe cierta jornada en la cam­paña de Silesia, en 1761, que, en este sentido, ha alcanzado una especial notoriedad. Es el 22 de julio, el día en que Federico el Grande sorprendió la marcha de Laudon hacia Nossen, cerca del Neisse, con lo cual, como se afirma, fue abortada la unión de los ejércitos austríaco y ruso en la Alta Silesia. Con ello el rey prusia­no ganó un período de cuatro semanas. Quienquiera que lea cuidadosamente en las principales historias todo lo referente a este acontecimiento y lo considere de modo imparcial, no acaba­rá de encontrar este significado en la marcha del 22 de julio; por lo general, en todas las argumentaciones en torno a esta cuestión no verá nada más que contradicciones, puesto que tenderá a ob­servar en las acciones de Laudon, durante este famoso período, decisiones sin objeto. ¿Cómo podrá aceptar tal evidencia históri­ca quien anhele adquirir una convicción clara y conocer la ver­dad?

Cuando esperamos grandes efectos del principio de sorpre­sa en el curso de una campaña, pensamos que los medios para producirla son una gran actividad, resoluciones rápidas y mar­chas forzadas. Sin embargo, aun cuando estos elementos estén presentes en alto grado, no siempre causarán el efecto deseado. Ello puede verse en sendos ejemplos que afectan a Federico el Grande y a Bonaparte, quienes pueden ser considerados como los generales que usaron esos medios con mayor despliegue de talento. Cuando Federico el Grande se precipitó desde Bauzen sobre Lascy, en julio de 1760, y atacó luego Dresde, no ganó ningún terreno en todo ese intervalo, sino que más bien empeo­ró su situación de forma notable, ya que, mientras tanto, la forta­leza de Glatz cayó en manos del enemigo[2]. Por su parte, cuando Bonaparte se abalanzó en 1813 por dos veces repentinamente desde Dresde contra Blücher, para no mencionar la invasión de Bohemia desde la Alta Lusacia, en ninguna de las dos ocasiones alcanzó el objetivo deseado. Fueron golpes en el aire, que sólo le costaron tiempo y potencia y podrían haberlo colocado en el mismo Dresde en una posición peligrosa.

En consecuencia, una sorpresa que alcance un elevado gra­do de éxito tampoco proviene, en este terreno, de la mera activi­dad, la energía y la resolución del comandante en jefe. Debe ver­se favorecida por otras circunstancias. En forma alguna negamos que pueda tener éxito; sólo deseamos relacionarla con la necesi­dad de que concurran circunstancias favorables, que, por su­puesto, no se presentan con demasiada frecuencia, y que rara vez pueden ser producidas por el comandante en jefe.

Los mismos generales que hemos mencionado nos propor­cionan un ejemplo extraordinario sobre ello. Consideraremos pri­mero a Bonaparte en su famosa acción contra el ejército de Blü­cher, en 1814, cuando, separado del ejército principal, éste se di­rigía a lo largo del Marne río abajo. Una marcha de dos días para sorprender al enemigo difícilmente podría haber dado mejores resultados. El ejército de Blücher, desplegado sobre un terreno equivalente a la distancia recorrida en una marcha de tres días, fue derrotado parte a parte, y sufrió una pérdida igual a la que provoca la derrota en una batalla más importante. Esto fue debi­do, por completo, al efecto de la sorpresa, porque, si Blücher hubiera imaginado que la posibilidad de un ataque de Bonaparte se hallaba tan cercana, habría organizado su marcha de forma completamente diferente. El resultado debe ser atribuido al error en que cayó Blücher. Por supuesto, Bonaparte desconocía estas circunstancias, por lo que, en lo que a él respecta, el éxito tiene que achacarse a la intervención de la buena fortuna.

Algo semejante ocurrió en la batalla de Liegnitz, en 1760. Federico el Grande alcanzó esta victoria admirable al cambiar, durante la noche, la posición que había conquistado justamente un momento antes. Con esto Laudon fue tomado completamente por sorpresa, y el resultado fue la pérdida en sus filas de setenta piezas de artillería y 10.000 hombres. Aunque Federico el Gran­de había adoptado en esa época el principio de avanzar y retro­ceder, para impedir con ello el planteamiento de una batalla, o por lo menos para desconcertar al enemigo, sin embargo, los cambios introducidos en la noche del 14-15 no fueron realizados exactamente con esa intención, sino porque la posición del 14 no le satisfacía, como declaró el mismo rey. Por lo tanto, aquí también el azar desempeñó un gran papel. El resultado no ha­bría sido el mismo sin la feliz coincidencia del ataque y del cam­bio de posición durante la noche.

También en el terreno supremo de la estrategia existen al­gunos ejemplos de sorpresas que han dado lugar a importantes resultados. Citaremos solamente las brillantes marchas del Gran Elector contra los suecos, desde Franconia hasta Pomerania y desde el Mark (Brandeburgo) hasta el Pregel, en la campaña de 1757. Y el famoso paso de los Alpes efectuado por Bonaparte en 1800. En este último caso, un ejército entero capituló dejando atrás todo su equipo de guerra; y en 1757, otro ejército estuvo a punto de abandonar todos sus pertrechos y darse por vencido. Por último, como ejemplo de acción totalmente inesperada, po­demos citar la invasión de Silesia por Federico el Grande. Culmi­nantes y arrolladores fueron los éxitos en todos estos casos, pero estos acontecimientos no son corrientes en la historia, si no in­cluimos en ellos los casos en que un Estado, por falta de activi­dad y energía (Sajonia en 1756 y Rusia en 1812), no completó a tiempo sus preparativos.

Todavía resta una observación a hacer referente a la esen­cia de la cuestión.

La sorpresa sólo puede ser efectuada por la parte que dicta la ley a la otra; y el que realiza la acción justa dicta esta ley. Si sorprendemos al enemigo con un despliegue erróneo, entonces, en lugar de obtener un buen resultado, podriamos tener que so­portar un fuerte contrataque. En todo caso, el adversario no pre­cisará prestar mucha atención a nuestra sorpresa, porque habría encontrado en nuestro mismo error el medio de evitar la acción adversa. Como la ofensiva contiene una acción positiva mucho mayor que la defensiva, la sorpresa encontrará por lo tanto un lugar más idóneo en el ataque, pero de ninguna manera de for­ma exclusiva, como veremos más adelante. Pueden producirse sorpresas mutuas tanto en la ofensiva como en la defensiva, y entonces el que sepa acertar será el que triunfe.

Esto debería ser así, pero la vida práctica no sigue exacta­mente esta línea, por una razón muy simple. Los efectos morales que acarrea la sorpresa transforman a menudo el peor de los ca­sos en uno favorable para el lado que disfruta de su asistencia, y no permiten al otro tomar la decisión adecuada. Aquí, más que en ninguna otra parte, tenemos en cuenta no sólo al comandante en jefe principal, sino a cada uno de los individuos, porque la sorpresa surte el efecto muy peculiar de desatar violentamente el vínculo de unión, de modo que aflora rápidamente la individua­lidad de cada jefe por separado.

En gran medida depende el resultado de la relación general que las dos partes guardan entre sí. Si uno de los bandos, gracias a una superioridad moral de conjunto, es capaz de intimidar e imponerse al otro, entonces podrá usar la sorpresa con mayor éxito, y hasta logrará buenos resultados allí donde en realidad le acechaba el desastre.

 

LA ESTRATAGEMA

 

La estratagema presupone una intención oculta y, por lo tanto, es opuesta al modo de obrar recto, simple y directo, del mismo modo que la respuesta ingeniosa se opone a la argumen­tación directa. Por lo tanto, no tiene nada en común con los me­dios de persuasión, del interés y de la vehemencia, pero tiene mucho que ver con el engaño, porque éste también oculta su in­tención. Incluso es un engaño en sí misma, pero sin embargo di­fiere de lo que comúnmente se considera como tal, por la razón de que no constituye una directa violación de una promesa. Quien emplee la estratagema deja que la persona a la que desea engañar cometa por sí misma los errores del entendimiento que, al final, confluyendo en un efecto, modifican de pronto la natu­raleza de las cosas ante sus ojos. Por lo tanto, podemos decir que así como la respuesta ingeniosa es una prestidigitación basa­da en las ideas y los conceptos, del mismo modo la estratagema es una prestidigitación con los modos de obrar.

A primera vista parece como si, no sin justificación, la estra­tegia hubiera derivado su nombre de la estratagema y que, pese a todos los cambios aparentes y reales que ha sufrido la guerra desde la época de los griegos, este término indicara todavía su verdadera naturaleza. Si confiamos a la táctica la tarea de asestar realmente el golpe, el encuentro propiamente dicho, considera­remos a la estrategia como el arte de usar con habilidad los me­dios concernientes a ello. Así, además de las fuerzas del espíritu, tales como una ambición que suele actuar como un resorte, o la voluntad enérgica, que se somete con dificultad, etc., no parece existir otro don subjetivo de la naturaleza que sea tan apropiado como la estratagema para guiar e inspirar la acción estratégica. La tendencia general a la sorpresa, tratada en el capítulo anterior, lleva a esta conclusión, porque existe un grado en la estratage­ma, aunque sea muy pequeño, que se encuentra en el funda­mento de todo intento de sorpresa.

Pero por más que deseemos ver que los que actúan en la guerra se eclipsen mutuamente en su astucia, habilidad y capacidad de estratagema, tenemos que admitir, sin embargo, que tales cualidades se ponen muy poco de manifiesto en la historia, y ra­ramente han logrado abrirse camino entre el cúmulo de aconte­cimientos y circunstancias.

La razón de ello puede percibirse con bastante facilidad y resulta casi idéntica a la del tema del capítulo precedente.

La estrategia no conoce otra actividad que los preparativos para el encuentro, junto con las medidas que se relacionan con ellos. A diferencia de la vida común, no se ocupa de acciones que consisten simplemente en palabras, es decir, declaraciones, enunciados, etc. Pero es con estos medios, nada difíciles de ob­tener, con los que la persona que echa mano de la estratagema suele embaucar a la gente.

Lo que en la guerra cabe considerar como similar, como son los planes y las órdenes enunciadas sólo para salvar las apa­riencias, los falsos informes divulgados a propósito para que lle­guen a oídos del enemigo, etc., tiene por lo general un efecto tan pequeño en el campo de la estrategia, que sólo se recurre a ello en casos particulares, surgidos de manera espontánea. Por lo tanto, no puede ser considerado como una actividad libre ema­nada de la persona que actúa.

Pero representaría un gasto considerable de tiempo y de fuerzas llevar a cabo ciertas medidas, como son los preparativos para un encuentro, hasta un grado tal que pudiera producir una impresión sobre el enemigo; por supuesto, cuanto mayor tuviera que ser la impresión, mayor sería el gasto. Pero como casi nunca estamos dispuestos a realizar el sacrificio requerido, muy pocas de las llamadas demostraciones producen en la estrategia el efec­to deseado. En realidad, resulta peligroso usar fuerzas considera­bles durante cualquier lapso de tiempo sólo como apariencia, porque siempre existe el riesgo de que esto sea efectuado en va­no, y que entonces estas fuerzas puedan estar faltando en el punto decisivo.

La persona que actúa en la guerra conoce siempre esta pro­saica verdad y, por lo tanto, no está interesada en participar en este juego de ágil astucia. La amarga seriedad que entraña la ne­cesidad obliga generalmente a la acción directa, de modo que no hay lugar para ese juego. En una palabra, las piezas que se en­cuentran sobre el tablero de ajedrez estratégico carecen de esa agilidad que constituye uno de los elementos de la astucia y la estratagema.

La conclusión a extraer es que, para el general en jefe, el discernimiento correcto y penetrante constituye una cualidad mucho más necesaria y útil que la estratagema, aunque ésta no sea nociva mientras no se lleve a cabo a expensas de las cualida­des del espíritu, cosa que se produce demasiado a menudo.

Pero cuanto más se debiliten las fuerzas que gobiernan la estrategia, tanto más se adaptarán para la estratagema, de modo que ésta se ofrece como último recurso para las fuerzas muy dé­biles y pequeñas, en momentos en que ni la prudencia ni la sa­gacidad llegan a bastarles y todas las artes parecen abandonarlas. Cuanto más desesperada sea la situación y más se concentre to­do en un golpe temerario, tanto más dispuesta estará la estrata­gema en secundar a la audacia. Desprovistas de todo cálculo ul­terior, liberadas de toda retribución subsiguiente, la audacia y la estratagema podrán reforzarse mutuamente y concentrar en un solo punto un rayo imperceptible que pueda servir de destello para prender una llama.

 

CONCENTRACIÓN DE FUERZAS EN EL ESPACIO

 

La mejor estrategia consiste en ser siempre muy fuerte, pri­mero en un sentido general, y luego en el punto decisivo. Por lo tanto, aparte del esfuerzo en crear las fuerzas suficientes y que no siempre corresponde al general en jefe, no hay ley más sim­ple y más imperativa para la estrategia que la de mantener con­centradas las fuerzas. Nada tiene que ser separado del conjunto principal, a menos que lo exija algún objetivo perentorio. Nos mantenemos firmes en este criterio y lo consideramos como guía en la que se puede y se debe confiar. Veremos muy pronto sobre qué bases razonables puede ser realizada la separación de fuer­zas. Comprobaremos entonces que este principio no puede pro­ducir en todas las guerras los mismos resultados generales, sino que éstos difieren de acuerdo con los medios y el fin.

Parece increíble, y sin embargo ha sucedido cientos de ve­ces, que unas fuerzas puedan haber sido divididas y separadas solamente a causa de una adhesión nebulosa a ciertas costumbres tradicionales, sin que se supiera claramente la razón por la cual se actuaba de esa forma.

Si se reconoce como norma la concentración de toda la fuerza, y toda división y separación como la excepción que tiene que ser justificada, no sólo se evitará por completo ese desatino, sino que también serán eliminadas muchas de las razones erró­neas que conducen a separar a las fuerzas.

CONCENTRACIÓN DE FUERZAS EN EL TIEMPO

 

Abordaremos aquí una concepción que, cuando se aplica a la vida activa, contribuye a crear una serie de ilusiones engaño­sas. Por lo tanto, consideramos que es necesario formular una definición clara de la idea y de su desarrollo, y confiamos en que nos sea permitido efectuar otro breve análisis.

La guerra es el choque de unas fuerzas opuestas entre sí, de lo que resulta, en consecuencia, que la más fuerte no sólo destruye a la otra, sino que la arrastra en su movimiento. Básica­mente, esto no admite la acción sucesiva de fuerzas, sino que es­tablece como ley principal de la guerra la aplicación simultánea de todas las fuerzas destinadas a intervenir en el choque.

Esto es así en la realidad, pero sólo en la medida en que la lucha tenga también una semejanza real a un choque mecánico. Siempre que consista en una duradera acción recíproca de fuer­zas destructivas podremos imaginar por supuesto la acción suce­siva de esas fuerzas. Este es el caso en la táctica, principalmente porque las armas de fuego forman la base de toda táctica, pero también por otras razones. Si en un encuentro con armas de fue­go se utilizan 1.000 hombres contra 500, entonces el total de las pérdidas será la suma de las sufridas por las fuerzas enemigas y por las nuestras. Mil hombres disparan dos veces más tiros que quinientos hombres, pero los disparos alcanzarán más a los 1.000 que a los 500, porque hemos de suponer que permanecen en un orden más cerrado que estos últimos. Si supusiéramos que el número de impactos es doble, entonces las pérdidas en cada bando serían iguales. De los 500 habría, por ejemplo, 200 heri­dos, y de los 1.000 habría la misma cantidad; ahora bien, si los 500 han mantenido otro cuerpo de igual número en reserva, completamente alejado del fuego, entonces ambos bandos ten­drían 800 hombres disponibles; pero de éstos, por un lado per­manecerían 500 frescos, completamente equipados con municio­nes y en posesión de su fuerza y de su vigor; por el otro lado habría sólo 800, todos igualmente desorganizados, sin municiones suficientes y con su fuerza física debilitada. La suposición de que 1.000 hombres, sólo debido a que su número fuera mayor sufriesen pérdidas dos veces mayores que las que en su lugar habrían experimentado 500 no es por supuesto correcta; en con­secuencia, tiene que ser considerada como una desventaja la pérdida mayor que sufre el bando que ha mantenido en reserva la mitad de su fuerza. Además, ha de admitirse que, en la mayo­ría de los casos, los 1.000 hombres podrían obtener al pronto la ventaja de hacer abandonar su posición al adversario y obligarlo a retirarse. Pero si estas dos ventajas son equivalentes o no a la desventaja de encontrarse con 800 hombres desorganizados en cierta medida por el encuentro, que se oponen a un enemigo que al menos es materialmente más débil en número y que cuenta con 500 hombres completamente frescos, es una cuestión que no podrá ser decidida por medio de nuevos análisis. Debe­mos aquí confiar en la experiencia, y será raro encontrar un ofi­cial con un cierto historial bélico que, en la mayoría de los ca­sos, no conceda la ventaja al bando que cuenta con las tropas frescas.

De esta forma se hace evidente cómo puede ser desventa­joso el empleo de demasiadas fuerzas en un encuentro; porque, sean cuales fueren las ventajas que en el primer momento pueda proporcionar la superioridad, luego se tendrá que pagar caro por ello.

Pero este peligro llega sólo hasta donde alcanzan el desor­den, el estado de desintegración y la debilidad, en una palabra, hasta la crisis que todo encuentro acarrea, incluso para el vence­dor. Mientras dure ese estado de debilidad será decisiva la apari­ción de cierto número adecuado de tropas frescas.

Pero donde termina este efecto desintegrante de la victoria, y por lo tanto sólo resta la superioridad moral que esa misma proporciona, ya no es posible que las tropas frescas subsanen esas pérdidas, pues se verían arrastradas por el movimiento ge­neral. Un ejército derrotado no puede ser conducido de improvi­so a la victoria mediante la aportación de fuertes reservas. Nos encontramos aquí en el origen de la diferencia más esencial en­tre táctica y estrategia.

Los resultados tácticos, obtenidos durante el encuentro, y antes de su culminación, se encuentran en su mayor parte dentro de los límites de ese período de desintegración y debilidad. Pero el resultado estratégico, es decir, el resultado del encuentro con­siderado en su conjunto, el resultado de la victoria alcanzada, ya sea grande o pequeña, se halla fuera de los límites de ese perío­do. Solamente cuando los resultados de los encuentros parciales se han combinado en un todo independiente se logra el éxito es­tratégico, pero entonces el estado de crisis ha terminado, las fuerzas han recobrado su forma original y sólo han sido debilita­das en la medida de las pérdidas reales que hayan sufrido.

La consecuencia de esta diferencia es que la táctica puede usar las fuerzas de forma sucesiva, mientras que la estrategia lo hace de modo simultáneo.

Si, en la táctica, no puedo decidir todo por el primer éxito obtenido, si he de temer el momento próximo, resulta lógico que emplee mi fuerza sólo lo necesario para obtener el éxito del pri­mer momento y que mantenga el resto fuera de los efectos de la lucha, tanto por las armas como en el cuerpo a cuerpo, para po­der oponer tropas frescas a las tropas frescas del enemigo o ven­cer con ellas a las que están debilitadas. Pero no sucede así en la estrategia. En parte, como acabamos de demostrar, porque no tiene tantos motivos para temer una reacción después de haber logrado el éxito, ya que con ese éxito la crisis llega a su fin; y en parte porque no resulta indefectible que todas las fuerzas em­pleadas estratégicamente estén debilitadas. Sólo lo están por la estrategia las que tácticamente hayan entrado en conflicto con la fuerza del enemigo, o sea, las que hayan intervenido en un en­cuentro parcial. En consecuencia, a menos que la táctica las haya gastado inútilmente, sólo se debilitan en la medida en que es inevitablemente necesario, pero de ningún modo todas las que estratégicamente se hallen en conflicto con el enemigo. Muchas unidades que debido a su superioridad numérica general han in­tervenido muy poco o nada en la lucha, cuya mera presencia ha contribuido a determinar una decisión, después de ésta se en­contrarán tal como estaban con anterioridad y se hallarán tan preparadas para intervenir en nuevas iniciativas como si hubie­ran permanecido completamente inactivas. Resulta de por sí evi­dente en qué gran medida estas unidades, que constituyen nues­tra superioridad, pueden contribuir a alcanzar el éxito total; en realidad, es fácil ver que incluso pueden hacer que disminuya considerablemente la pérdida de fuerzas de nuestro bando, com­prometido en el conflicto táctico.

Por lo tanto, si en la estrategia la pérdida no se acrecienta con el número de tropas empleadas, sino que, por el contrario, a menudo incluso disminuye, y si, como resultado lógico, la deci­sión a nuestro favor es más segura por ese medio, se deducirá, naturalmente, que nunca serán demasiadas las fuerzas que poda­mos emplear y que, en consecuencia, las que se encuentran disponibles para la acción deberán ser utilizadas de forma simultá­nea.

Pero deberemos justificar esta proposición sobre otra base. Hasta aquí sólo nos hemos referido al combate mismo, que es la actividad realmente propia de la guerra. Pero también deben ser tenidos en cuenta los hombres, el tiempo y el espacio, que apa­recen como agentes de esa actividad, e igualmente han de ser considerados los efectos de su influencia.

La fatiga, el esfuerzo y las privaciones constituyen en la guerra un agente especial de destrucción, que no pertenece esencialmente al combate, pero que está ligado con él en forma más o menos inseparable y que, por supuesto, corresponde de modo especial a la estrategia. Sin duda existen también en la tác­tica, y tal vez en grado más elevado; pero desde el momento en que la duración de las acciones tácticas es más corta, los efectos del esfuerzo y de la penuria no podrán ser tomados en cuenta. Por el contrario, en la estrategia, donde el tiempo y el espacio asumen una escala mayor, su influencia no sólo es siempre digna de atención, sino que muy a menudo resulta completamente de­cisiva. El hecho de que un ejército victorioso pierda muchos más hombres por enfermedad que en el campo de batalla no es de ningún modo excepcional.

Por lo tanto, si en la estrategia consideramos este ámbito de destrucción en la misma forma en que hemos tenido en cuenta la lucha por las armas y cuerpo a cuerpo en la táctica, podremos entonces imaginar perfectamente que todo lo que se exponga a ese nivel de destrucción habrá de ser debilitado, al final de la campaña o en cualquier otro período estratégico, lo que torna decisiva la llegada de fuerzas nuevas. En consecuencia, podemos deducir que existe un motivo, tanto en el primer caso como en el segundo, para esforzarse en obtener el primer éxito con las menores fuerzas posibles, y poder así reservar esta nueva fuerza para intentar alcanzar el éxito final.

Para determinar exactamente el valor de esta conclusión, que en numerosos casos de la vida real tendrá grandes visos de verdad, debemos dirigir nuestra atención a las ideas aisladas que contiene. En primer lugar, no debemos confundir la idea de un simple refuerzo con la de unas tropas frescas no utilizadas. Exis­ten pocas campañas en cuyo tramo final no sería sumamente de­seable cierto aumento de las fuerzas, tanto para un bando como para el otro, y en realidad parecería decisivo; pero este no es el caso aquí, porque ese aumento no sería necesario si la fuerza hubiera sido suficientemente grande al comienzo del encuentro.

Sin embargo, sería ir en contra de toda experiencia suponer que un ejército recién llegado al campo de batalla haya de ser tenido en más alta estima, desde el punto de vista del valor mo­ral, que el ejército que se encontraba ya en aquél, como si una reserva táctica tuviera que ser más valorada que un cuerpo de tropas baqueteado en el encuentro. Así como una campaña in­fortunada afecta al valor y a la fuerza moral del ejército, del mis­mo modo una campaña victoriosa acrecienta ese valor. Por lo tanto, en la mayoría de los casos, estas influencias se equilibran entre sí, y entonces queda el hábito para la guerra como ganan­cia adicional. Además, debemos considerar aquí antes las campa­ñas con un resultado favorable que las que no lo ofrecen, por­que, si bien el curso de estas últimas puede ser previsto con ma­yor probabilidad, las fuerzas faltarán ya de todos modos y, por lo tanto, no puede pensarse en reservar parte de ellas para su uso ulterior.

Habiendo dejado establecido este punto, queda todavía la siguiente cuestión: ¿las pérdidas que sufre una fuerza por la fati­ga y las penurias se acrecientan en proporción a la magnitud de esa fuerza, como sucede en el encuentro? A esto tenemos que contestar negativamente.

La fatiga proviene en mayor grado de los peligros que en todo momento acechan y se hacen más o menos presentes en el acto de la guerra. Enfrentarse con estos peligros en todos los puntos, avanzar con seguridad en el camino trazado, es el objeto de gran número de actividades que constituyen el dispositivo táctico y estratégico del ejército. Este dispositivo encierra tanta más dificultad cuanto más débil sea el ejército, y resulta más fácil a medida que aumenta la superioridad numérica sobre la del enemigo. ¿Quién dudará de ello? La campaña contra un enemigo mucho más débil costará menos fatiga, por lo tanto, que contra un enemigo igualmente fuerte o mucho más fuerte.

Esto basta en cuanto a la fatiga. Sucede algo diferente con las penurias. Estas consisten principalmente en dos cosas: falta de alimento y falta de refugio para las tropas, ya sea por aloja­miento en cuarteles o en campamentos adecuados. Por supuesto, cuanto mayor sea el número de hombres que se encuentran en un lugar, mayores podrán ser estas deficiencias. Pero, ¿no pro­porciona también la superioridad numérica mejores medios para ocupar más lugar y, por lo tanto, para conseguir más medios de subsistencia y de cobijo?

Si en su avance hacia el interior de Rusia, en 1812, Bona­parte concentró su ejército en grandes masas en un único desplazamiento, de forma nunca vista hasta entonces, y de este mo­do produjo una penuria igualmente única, debemos atribuirlo a la aplicación de su principio de que, por fuerte que sea el ejérci­to en el punto decisivo, nunca lo es demasiado. Estaría fuera de lugar decidir aquí si en ese caso no extremó demasiado el alcan­ce de ese principio. Pero es evidente que si se hubiera propues­to evitar las penalidades así causadas sólo habría tenido que avanzar en un frente más amplio. No era precisamente lugar pa­ra este fin lo que faltaba en Rusia, y en muy pocos casos sería escaso en cualquier otra parte. Por lo tanto, ello no puede servir como prueba de que el empleo simultáneo de fuerzas muy supe­riores produzca obligadamente una mayor debilidad. Pero su­pongamos ahora que el viento, el estado del tiempo y las fatigas inevitables de la guerra hubieran producido pérdidas incluso en esa parte del ejército que, como fuerza suplementaria, pudiese haberse reservado para un uso ulterior en cualquier caso. Enton­ces, pese a la eventual ayuda que podía proporcionar al conjun­to dicha fuerza, nos vemos obligados, no obstante, a examinar de forma amplia y general toda la situación, y por lo tanto, pre­guntarnos: ¿afectará esa disminución a la compensación de fuer­zas que tenemos que ser capaces de lograr a través de más de un medio, gracias a nuestra superioridad numérica?

Pero todavía queda por hacer mención de uno de los pun­tos más importantes. En un encuentro limitado, cabe determinar aproximadamente, sin mucha dificultad, la fuerza necesaria para obtener el resultado que ha sido planeado, y, en consecuencia, del mismo modo determinaremos la que sería superflua. En la estrategia esto es prácticamente imposible, porque el éxito estra­tégico no tiene unos objetivos tan bien definidos ni unos límites tan circunscritos como el táctico. Así, lo que en la táctica puede considerarse como exceso de fuerzas, en la estrategia tiene que adoptarse como un medio de ampliar el éxito, si se presenta la oportunidad. Con la magnitud de ese éxito aumenta al mismo tiempo el porcentaje de ganancia, y de esta forma la superiori­dad numérica pronto alcanzaría un punto que nunca hubiera proporcionado la más esmerada economía de fuerzas.

De resultas de su enorme superioridad numérica, Bonapar­te pudo llegar hasta Moscú en 1812 y apoderarse de esa capital. Si, además de esto, por medio de su superioridad hubiera logra­do aniquilar completamente al ejército ruso, con toda probabili­dad habría podido imponer en Moscú una paz que hubiese sido mucho menos posible por cualquier otra vía. Este ejemplo sirve sólo para explicar la idea, no para probarla, ya que ello requeri­ría su demostración circunstancial, y no es este el lugar adecua­do para efectuarla.

Todas estas reflexiones se refieren tan sólo a la idea del empleo sucesivo de fuerzas y no a la concepción de la reserva propiamente dicha, que aquéllas en realidad contemplan, pero que está relacionada con otras ideas, como veremos en el capítu­lo siguiente.

Lo que deseamos dejar aquí sentado es que, mientras en la táctica la fuerza militar sufre, por la simple duración de su em­pleo real, una disminución de poder, y, por lo tanto, el tiempo aparece como un factor determinante en el resultado, no es este básicamente el caso de la estrategia. Los efectos destructivos, que también produce el tiempo sobre las fuerzas de la estrategia, disminuyen en parte por el volumen de esas fuerzas, y en parte mejoran en otro sentido. En la estrategia, por lo tanto, el objetivo no puede consistir en convertir el tiempo en un aliado a favor, al hacer entrar a las tropas en acción de manera sucesiva.

Decimos «a favor» porque, a causa de otras circunstancias que también produce, pero que son diferentes, el valor que el tiempo pueda tener, o más bien el que debe tener necesariamen­te para una de las partes, puede variar en cada caso, pero nunca será insignificante o irrelevante. Esto es una cuestión que consi­deraremos más adelante.

Por lo tanto, la ley que estamos tratando de establecer es la de que todas las fuerzas que se disponen y destinan para alcan­zar un objetivo estratégico deberían ser aplicadas a él de modo simultáneo. Y esta aplicación será tanto más completa cuanto más concentrado esté todo en un acto único y en un solo mo­mento.

Pero en la estrategia se produce, sin embargo, una presión posterior y una acción sucesiva que obligan a descuidar lo me­nos posible el que se erige en el medio esencial para alcanzar el éxito final. Nos referimos al desarrollo continuo de nuevas fuer­zas. También esto constituye el tema de otro capítulo, y sólo alu­dimos aquí a ello para salir al paso de la impresión que pueda producir en el lector el hecho de no mencionarlo.

Consideraremos ahora un punto que se relaciona muy es­trechamente con lo que hemos estado tratando y cuyo conoci­miento arrojará completa luz sobre el conjunto: se trata de las re­servas estratégicas,

LAS RESERVAS ESTRATÉGICAS

 

Las reservas tienen dos objetivos que se diferencian clara­mente uno del otro; o sea, en primer lugar renovar y prolongar el combate, y en segundo ser usadas en caso de cualquier acontecimiento imprevisto. El primer objetivo implica la utilidad de la aplicación sucesiva de fuerzas y, a causa de ello, no puede apa­recer en la estrategia. Los casos en los que un cuerpo de ejército es enviado a cierto lugar que está a punto de ser conquistado tienen que ser incluidos, evidentemente, en la categoría del se­gundo objetivo, ya que la resistencia que cabe encontrar en él pudo no haber sido suficientemente prevista. Sin embargo, un cuerpo de ejército que sólo tuviera por objeto prolongar el com­bate, y que con ese propósito se mantuviera en la retaguardia, estaría situado fuera del alcance del fuego, pero permanecería en el encuentro bajo el mando y a disposición del comandante en jefe y, por consiguiente, constituiría una reserva táctica y no es­tratégica.

Pero también puede surgir en la estrategia la necesidad de disponer de una fuerza para hacer frente a un acontecimiento imprevisto y, en consecuencia, también pueden existir reservas estratégicas, pero sólo allí donde se conciba la posibilidad de un acontecimiento de esa naturaleza. En la táctica, donde las medi­das que haya tomado el enemigo generalmente se descubren só­lo de forma visual directa y pueden ser encubiertas por bosques o valles en terrenos ondulados, siempre habremos de estar pre­parados de algún modo para afrontar la posibilidad de que se produzcan acontecimientos imprevistos, a fin de poder fortalecer los puntos que se hayan debilitado y modificar, de hecho, la dis­posición de nuestras tropas, de manera que su emplazamiento corresponda mejor al que hayan adoptado las enemigas.

Tales casos se producirán asimismo en la estrategia, porque el acto estratégico se halla directamente ligado al acto táctico. En la estrategia se adoptan también muchas medidas como consecuencia de la comprobación visual, por los informes inciertos que llegan de día en día o aun de hora en hora y, en último ex­tremo, por los resultados reales de los encuentros. Por lo tanto, una condición esencial del mando estratégico es que las fuerzas deben ser mantenidas en reserva para ser usadas más tarde, de acuerdo con el grado de incertidumbre existente.

Como es sabido, esto es algo que se presenta constante­mente en la defensa en general, pero en particular en la defensa de ciertas partes del terreno, como son los ríos, las colinas, etc.

Pero esta incertidumbre disminuye proporcionalmente a medida que la actividad estratégica se aparta de la táctica y cesa casi por completo allí donde limita con la política.

La dirección en que el enemigo conduce sus columnas al campo de batalla sólo puede ser percibida por la visión directa. Por algunos preparativos que son revelados poco tiempo antes sabemos en qué punto el enemigo intentará cruzar el río; la par­te desde la cual invadirá nuestro país es anunciada generalmente por todos los periódicos antes de que se haya disparado un solo tiro. Cuanto más grande es la magnitud de la medida, menos po­sible será producir una sorpresa con ella. El tiempo y el espacio son tan considerables, las circunstancias que determinan la ac­ción son tan públicas y están tan poco sujetas a cambios, que el resultado, o bien es conocido a tiempo, o bien puede ser descu­bierto con toda certeza.

Por otro lado, el uso de reservas en este campo de la estra­tegia, en el caso de que una estrategia fuera realmente posible, será también siempre menos eficaz cuanto más general tienda a ser la naturaleza de la medida.

Hemos visto que la decisión de un encuentro parcial ape­nas implica algo en sí misma, pero que todos los encuentros par­ciales sólo encuentran su solución completa en la decisión del encuentro total.

Pero incluso esta decisión del encuentro total sólo tiene una importancia relativa, con gradaciones muy diferentes, según que la fuerza sobre la que ha sido obtenida la victoria constituya una parte más o menos amplia e importante del todo. La pérdida de una batalla por un cuerpo de ejército puede ser subsanada con la victoria de un ejército en su conjunto. Incluso la pérdida de una batalla por un ejército puede ser contrarrestada no sólo por una victoria obtenida en una batalla más importante, sino que podría ser transformada en un acontecimiento afortunado (los dos días de Kulm, el 29 y 30 de agosto de 1813). Nadie pue­de ponerlo en duda; pero es completamente evidente que el pe­so de cada victoria (el resultado afortunado de cada encuentro total) es tanto más independiente cuanto más importante resulte la parte conquistada y que, en consecuencia, disminuye en la misma proporción la posibilidad de remediar la pérdida por los acontecimientos subsecuentes. Tendremos que examinar esto con más detalle en otro lugar, pero por el momento bastará con haber llamado la atención sobre la existencia incuestionable de esta progresión.

Por último, si añadimos a estas dos consideraciones la ter­cera, o sea, si en la táctica el uso sucesivo de las fuerzas siempre traslada la decisión principal hacia el final de toda la acción, por el contrario, en la estrategia, la ley del uso simultáneo de las fuerzas invita a dejar que la decisión principal (que no necesita ser la final) tenga lugar casi siempre al principio de la acción principal.

Con estas tres conclusiones contamos, pues, con un funda­mento suficiente para considerar que las reservas estratégicas son tanto más superfluas, inútiles y peligrosas cuanto más general sea su propósito.

No resulta difícil determinar el punto donde comienza a ha­cerse insostenible la idea de las reservas estratégicas: ese punto es la decisión principal. Todas las fuerzas tienen que ceñirse a la decisión principal y es absurda cualquier reserva (fuerzas activas disponibles) que sólo esté destinada a ser usada después de esa decisión.

Por lo tanto, así como la táctica dispone en sus reservas no sólo de un medio para enfrentar disposiciones imprevistas de parte del enemigo, sino también para subsanar las que nunca pueden ser previstas, o sea, el resultado del encuentro, en caso de ser éste desfavorable, la estrategia, por el contrario, al menos en lo que al fin principal se refiere, debe renunciar al uso de es­tos medios. Como regla general, sólo en algunos casos, por me­dio del movimiento de tropas de un lugar a otro, la estrategia puede remediar las pérdidas sufridas en cierto punto por venta­jas adquiridas en otro. La idea de prepararse de antemano para esos reveses, manteniendo las fuerzas en reserva, no debe nunca ser tomada en consideración en la estrategia.

Hemos señalado como absurda la idea de una existencia de reservas estratégicas que no estén en disposición de cooperar en la decisión principal. Como esto está tan fuera de duda, no habríamos sido conducidos al análisis que hemos hecho en estos dos capítulos si no fuera porque esa idea aparece con frecuencia enmascarada por otros conceptos y parece entonces tener una apariencia mejor.

Una persona la considera el colmo de la sagacidad y la cau­tela estratégicas; otra la rechaza y con ello la idea de cualquier clase de reservas, aun las de carácter táctico. Esta confusión de ideas se traslada a la vida real, y para demostrarlo sólo tenemos que recordar que Prusia, en 1806, dejó una reserva de 20.000 hombres acuartelada en el Mark (Brandeburgo), bajo el mando del príncipe Eugenio de Württemberg, que no pudo llegar al Saale a tiempo para prestar su colaboración, y que otra fuerza de 25.000 hombres, perteneciente al mismo poder militar, permane­ció en el este y el sur del país, a la espera de ser puesta en pie de guerra como reserva.

Estos dos ejemplos bastarían para rechazar la acusación de haber estado pugnando con molinos de viento.

 

ECONOMÍA DE FUERZAS

 

El hilo de la razón, como ya hemos dicho, rara vez admite ser reducido por principios y opiniones a una mera línea. Siem­pre queda cierto margen. Es lo que sucede en todas las artes prácticas de la vida. Para las líneas de la belleza no existen absci­sas y ordenadas; los círculos y las elipses no se producen por medio de sus fórmulas algebraicas. Por lo tanto, la persona que actúa en la guerra debe confiar en un momento dado en el juicio instintivo y sutil que, fundado en la sagacidad natural y formado en la reflexión, encuentra la vía justa casi de manera inconscien­te; en otro momento debe simplificar la ley, reduciéndola a ras­gos distintivos sobresalientes que constituyen su regla, y, aun en otro, la rutina establecida debe pasar a ser la norma a la que ca­be adherirse.

Consideremos el principio de procurar continuamente la cooperación de todas las fuerzas o; en otras palabras, de cuidar constantemente que ninguna parte de ellas permanezca ociosa, como uno de esos rasgos distintivos simplificados o como un asidero para el espíritu. Será un mal administrador de sus fuerzas quienquiera que las mantenga en lugares donde su adaptación a las actuaciones del enemigo no les dé suficiente destinación, quien tenga parte de sus fuerzas sin ningún uso ––es decir, que les permita estar ociosas––, mientras que las del enemigo perma­necen en pie de guerra. En este caso existe un derroche de fuer­zas que es peor que su uso inapropiado. Si tiene que producirse una acción, la primera necesidad, entonces, sería que actuaran todas las partes, porque incluso la actividad más inadecuada ocupa y contrarresta una parte de las fuerzas del enemigo, mien­tras que las tropas completamente inactivas son neutralizadas en todo momento de forma total.

Es evidente que esta idea guarda relación con los principios contenidos en los tres últimos capítulos. Es la misma verdad, pe­ro considerada desde un punto de vista algo más amplio y resu­mida en una sola concepción.

 

TENSIÓN Y REPOSO

La ley dinámica de la guerra

En el capítulo XVI de este libro hemos visto que, en la ma­yoría de las campañas, se solía pasar mucho más tiempo en sus­pensión e inactividad que en acción. Ahora bien, aunque, como hemos observado en el capítulo anterior, la forma actual de la guerra tiene un carácter bastante diferente, sin embargo es indu­dable que la acción real quedará siempre interrumpida por pau­sas más o menos largas, y esto conduce a la necesidad de exami­nar más detalladamente la naturaleza de estas dos fases bélicas.

Si en la guerra hay una suspensión de la acción, es decir, si ningún bando aspira a algo positivo, habrá reposo y, en conse­cuencia, equilibrio; pero, por supuesto, un equilibrio en el senti­do más amplio, en el que se toman en consideración no sólo las fuerzas militares, morales y físicas, sino todas las circunstancias e intereses concurrentes. Tan pronto como uno de los oponentes se propone un objetivo positivo y da los pasos necesarios para lograrlo, aunque sólo sea por medio de preparativos, y en cuan­to el adversario se opone a esto, se creará una tensión de fuer­zas. Esto perdurará hasta que se produzca la decisión, o sea, has­ta que un bando abandone su objetivo o bien el otro le permita alcanzarlo.

Esta decisión ––cuya base siempre reside en la eficacia de las combinaciones de encuentros que se originan en ambos ban­dos–– es seguida por un movimiento en una u otra dirección.

Cuando este movimiento se haya agotado, ya sea por las dificultades