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(Por la magnitud de la obra,
no la ofrecemos de forma íntegra, sino que hemos realizado una selección de
aquellas partes que mejor se refieren a nuestra temática. Estrategia.info)
De la Guerra, ¿En qué
consiste la guerra? , El fin y los medios en la
guerra , El genio para la guerra ,
Información y fricciones ,
Introducción al Arte de la guerra ,
Sobre la Teoría de la guerra ,
¿Arte de la guerra o Ciencia de la guerra? ,
Elementos de la Estrategia ,
Ataque y defensa .
ATAQUE
Y DEFENSA
1. Concepto de la
defensa
¿Qué concepto define a la
defensa? La detención de un golpe. ¿Cuál es, entonces, su signo característico?
La espera de ese golpe. Este es el rasgo que hace de cualquier acto un acto
defen sivo, y sólo mediante él la defensa puede distinguirse, en la guerra, del
ataque. Pero debido a que la defensa absoluta contradice por completo el
concepto sobre la guerra, pues entonces sólo un bando llevaría a cabo la lucha,
síguese que en la guerra la defensa sólo puede ser relativa, y el signo
característico mencionado sólo debe aplicarse, por lo tanto, al concepto
considerado como un todo; no debe extenderse a todas sus partes. Un encuentro
parcial es defensivo si esperamos la acometida, la carga del enemigo; una
batalla es defensiva si esperamos el ataque, o sea, la aparición del enemigo
ante nuestra posición, de tal modo que se ponga al alcance de nuestro fuego; la
campaña es defensiva si esperamos que el enemigo entre en nuestro teatro de
guerra. En todos estos casos, el signo de esperar y de detener el golpe
corresponde a la concepción general, sin que surja contradicción alguna con la
concepción sobre la guerra, porque puede constituir una ventaja para nosotros
esperar la carga contra nuestras bayonetas o el ataque a nuestra posición y a
nuestro teatro de guerra. Pero, puesto que estamos obligados a devolver los
golpes del enemigo si hemos de librar realmente la guerra en nuestro lado,
esta acción ofensiva en la guerra defensiva hay que definirla, pues, en cierto
sentido, con el título de defensa, es decir, que la ofensiva, de la que hacemos
uso, se adscribe al concepto de posición o teatro de la guerra. Por lo tanto,
podemos guerrear atacando en una campaña defensiva; en ella podemos usar
algunas fuerzas con propósitos ofensivos, y, por último, mientras permanecemos
simplemente en posición, aguardando la acometida del enemigo, podemos
enfrentarnos con él, atacando sus filas con nuestro fuego de fusilería. En
consecuencia, en la guerra, la forma defensiva no es un simple escudo, sino un
escudo que va acompañado de golpes asestados con habilidad.
2. Ventajas de la
defensa
¿Cuál es el objetivo de
la defensa? La preservación. Preservar es más fácil que ganar, de donde
se deduce que, si se supone que los medios en ambos bandos son iguales, la
defensa será más fácil que el ataque. ¿Pero en qué reside la facilidad mayor de
la preservación y la protección? En que todo plazo de tiempo que transcurre sin
actividad pesa en la balanza en favor del defensor. El defensor cosecha donde
no ha sembrado. Toda tregua en el ataque, ya sea debida a puntos de vista
erróneos, al temor o a la negligencia, favorece al defensor. Así se salvó más de
una vez de la ruina el estado de Prusia en la guerra de los Siete Años. Derivada
de la concepción y del objetivo de la defensa, esa ventaja se encuentra en la
naturaleza de toda defensa, tanto como en otros ámbitos de la vida. En los
asuntos legales, que muestran tanta semejanza con la guerra, está expresada por
el proverbio latino beati sunt possidentes. También surge de la
naturaleza de la guerra la ventaja que proporciona la composición del terreno,
de la que la defensa hace un uso preferente.
Una vez establecidos
estos conceptos generales, volveremos a considerar la cuestión de forma más
directa.
En la táctica, todo
encuentro, grande o pequeño, resulta un encuentro defensivo si dejamos la
iniciativa al enemigo y esperamos que se adentre en nuestro frente. Desde ese
momento en adelante podemos hacer uso de todos los medios ofensivos sin perder
las dos ventajas de la defensa mencionadas arriba, es decir, la de espera y la
del terreno. En la estrategia, en primer lugar, la campaña ocupa el lugar de la
batalla, y el teatro de la guerra el de la posición; más tarde, toda la guerra
toma el lugar de la campaña y todo el país el lugar del teatro de la guerra, y
en ambos casos la defensa sigue siendo lo que era en la táctica.
Hemos dicho antes, de
forma general, que la defensa resulta más fácil que el ataque. Pero, ya que la
defensa tiene un objetivo negativo, el de preservar, y el ataque uno
positivo, el de conquistar, y ya que el último aumenta nuestros propios
recursos bélicos, cosa que no hace el primero, a fin de expresarnos con
claridad debemos decir que, en abstracto, la forma defensiva de guerra es más
poderosa que la ofensiva. Este es el resultado al que queríamos llegar,
porque, si bien es absolutamente natural y ha sido confirmado miles de veces por
la experiencia, es todavía contrario por entero a la opinión predominante, lo
que prueba cómo las ideas pueden confundirse en manos de escritores
superficiales.
Si la defensiva contiene
la forma más poderosa de conducir la guerra, pero tiene un objetivo negativo, es
evidente por sí mismo que sólo debemos hacer uso de ella cuando estemos
obligados a ello por nuestra debilidad, y que debemos abandonarla tan pronto
como nos sintamos suficientemente fuertes como para proponernos el objetivo
positivo. Ahora bien, como nuestra fuerza relativa mejora por lo general si
alcanzamos una victoria mediante el sostén de la defensa, por lo tanto, el
curso natural de la guerra es comenzar con la defensa y terminar con el ataque.
En consecuencia, se halla tan en contradicción con el concepto de la guerra
suponer que la defensa constituye su objetivo fundamental, como era una
contradicción entender que la pasividad pertenece no sólo a la defensa como un
todo, sino también a todas las partes de la defensa. En otras palabras: una
guerra en la que las victorias son usadas meramente para detener los golpes, y
donde no se intenta devolver éstos, sería tan absurda como una batalla en la que
prevaleciera la defensa más absoluta (pasividad) en todas las medidas que se
tomasen.
Contra la exactitud de
este punto de vista general pueden ser citados muchos ejemplos de guerras en las
que la defensa continuó siendo tal hasta el fin y no se intentó nunca una
reacción ofensiva; pero sólo podríamos hacer esa objeción si perdiéramos de
vista el hecho de que aquí se trata de una concepción general, y que todos los
ejemplos que cabe oponer a ella deben ser considerados como casos en los que
todavía no se había presentado la posibilidad de una reacción ofensiva.
Por ejemplo, en la guerra
de los Siete Años, al menos en sus últimos tres años, Federico el Grande no
pensó nunca en atacar. En realidad, creemos que el rey prusiano incluso llegó a
considerar el ataque en esta guerra sólo como un medio mejor para defenderse.
Toda su situación le obligó a seguir este caminó, siendo natural que sólo
tuviera en cuenta aquello que guardaba relación inmediata con ella. Sin
embargo, no podemos considerar este ejemplo de ––defensa en gran escala sin
suponer que la idea de una posible reacción ofensiva contra Austria se
encontraba en el fondo de todo ello, y sin pensar que el momento para esa
reacción ofensiva simplemente todavía no había llegado. La conclusión de la paz
muestra que, aun en este caso, esta idea no carece de fundamento; porque nada
podría haber inducido a los austríacos a firmar la paz, excepto el pensamiento
de que no estaban en condiciones de hacer frente al talento del rey prusiano
únicamente con sus propias fuerzas; que en cualquier caso sus esfuerzos habrían
de ser aún más grandes que los realizados hasta entonces y que el relajamiento
más leve en sus filas podía conducirles a nuevas pérdidas de territorio. Y, en
efecto, ¿quién puede dudar que Federico el Grande habría tratado de conquistar
de nuevo Bohemia y Moravia si Rusia, Suecia y el Sacro Imperio Romano no
hubieran desviado sus fuerzas?
Definida de este modo la
concepción de la defensa en su verdadero significado, y habiendo establecido sus
límites, recalcamos nuestra afirmación de que la defensa es la forma más
poderosa de hacer la guerra.
Esto aparecerá con
perfecta claridad si examinamos y comparamos más de cerca el ataque y la
defensa. Pero por el momento nos limitaremos a observar que un punto de vista
opuesto estaría en contradicción consigo mismo y con los resultados de la
experiencia. Si la forma ofensiva fuera la más fuerte, no habría nunca ocasión
para usar la defensa. Pero como la defensa en todos los casos tiene sólo un
objetivo negativo, todos necesariamente querrían atacar, y la defensa
resultaría un absurdo. Por otra parte, es muy natural que el objetivo más
elevado tenga que ser logrado con un sacrificio mayor. Quien se sienta
suficientemente fuerte como para hacer uso de la forma más débil puede
proponerse el objetivo más grande; quien se proponga el objetivo más pequeño
sólo puede hacer esto a fin de obtener el beneficio de la forma más fuerte. Si
recurrimos a la experiencia, sería probablemente algo raro que, en el caso de
dos teatros de la guerra, la ofensiva fuera adoptada por el ejército más débil y
la defensa fuera dejada en manos del más fuerte. Pero si en todas partes y en
todo tiempo se ha producido precisamente lo contrario, ello indica con claridad
que los generales responsables sostienen todavía que la defensa constituye la
forma más fuerte, aunque su propia inclinación los impulse al ataque. En los
capítulos próximos procederemos a explicar algunos puntos adicionales.
LAS
RELACIONES MUTUAS DEL ATAQUE Y LA DEFENSA EN LA TÁCTICA
En primer término tenemos
que investigar cuáles son las condiciones que conducen a la victoria en un
encuentro.
No nos referiremos aquí a
la superioridad numérica ni a la valentía, a la disciplina y a otras cualidades
de un ejército, porque, por norma, dependen de cosas que se encuentran fuera
del ámbito del arte de la guerra, en el sentido en que lo estamos considerando
ahora. Además, habrían de ejercer el mismo efecto en la ofensiva que en la
defensiva. Ni siquiera puede considerarse aquí la superioridad numérica en
general, ya que el número de tropas es también una cantidad dada y no
depende de la voluntad del general. Estas cosas no guardan una relación
particular con el ataque y la defensa. Pero, aparte de éstas, sólo existen
otras tres cuestiones que nos parecen de importancia decisiva, y son la
sorpresa, las ventajas del terreno y el ataque desde varios lados. La
sorpresa produce su efecto al oponer al enemigo, en algún punto particular,
muchas más tropas que las que éste esperaba. La superioridad numérica en este
caso es muy diferente de la superioridad numérica general; es el agente más
poderoso en el arte de la guerra. La forma en que la ventaja del terreno
contribuye a la victoria es en sí misma bastante comprensible, y sólo tenemos
que observar que no se trata simplemente de una cuestión de obstáculos que
obstruyan el avance del enemigo, como pudieran ser los terrenos empinados, las
montañas elevadas, las corrientes de agua cenagosas, los setos, etc., sino que
también puede provenir de que el terreno nos proporcione la oportunidad de
organizarnos sin ser vistos. En realidad, podemos decir que, incluso si el
terreno no presenta unas características especiales, la persona que conoce el
terreno puede extraer de él un buen partido. El ataque desde varios lados
incluye todos los movimientos tácticos envolventes, grandes y pequeños, y sus
efectos derivan, en parte, de la eficacia duplicada del fuego, y en parte del
temor que pueda albergar el enemigo de verse aislado.
¿Cómo se relacionan entre
sí el ataque y la defensa con respecto a estas cosas?
Teniendo en cuenta los
tres principios de la victoria recién descritos, la respuesta a esta pregunta es
que sólo una pequeña parte del primero y del último de ellos se inclina a favor
de la ofensiva, mientras que la parte más grande de ambos y el segundo están
exclusivamente a disposición de la defensa.
El agresor sólo cuenta
con la ventaja de la sorpresa real de toda la masa con el todo, mientras que el
agredido está en condición de sorprender de forma incesante, durante el curso
del encuentro, por la intensidad y la forma que dé a sus ataques.
El agresor encuentra
mayores facilidades que el defensor para rodear y aislar al conjunto del
enemigo, ya que el defensor ocupa una posición fija, mientras que aquél está en
estado de movimiento con referencia a esa posición. Pero este movimiento
envolvente se aplica nuevamente al conjunto, porque en el curso del encuentro, y
para las secciones separadas, un ataque desde varios lados resulta más fácil
para el defensor que para el agresor, porque, como dijimos más arriba, la
defensa está en mejores condiciones para sorprender, mediante la intensidad y la
forma de sus ataques.
Es evidente que el
defensor goza en un grado más elevado de la ayuda del terreno; su superioridad
en la sorpresa, mediante la intensidad y la forma de sus ataques, resulta del
hecho de que el agresor está obligado a acercarse por caminos y senderos donde
puede llegar a ser observado con facilidad, mientras que el defensor oculta su
posición y permanece casi invisible para su agresor hasta el momento decisivo.
En el momento en que el método correcto de defensa se ha hecho general, los
reconocimientos casi han pasado de moda, es decir, han llegado a ser
irrelevantes. Es verdad que a veces se practican todavía reconocimientos, pero
raras veces proporcionan mucha información. Siendo tan considerable la ventaja
de poder elegir el terreno para disponer las tropas y de llegar a familiarizarse
perfectamente con él antes de la batalla, no es menos evidente que el defensor
que acecha en esa posición elegida puede sorprender a su adversario mucho más
fácilmente que lo que podría hacerlo el agresor. Sin embargo, hasta este momento
no ha sido descartada todavía la vieja concepción de que una batalla aceptada es
una batalla medio perdida. Esto se debe al antiguo tipo de defensa practicado
hace veinte años y también, en parte, durante la guerra de los Siete Años,
cuando la única ayuda que se esperaba del terreno era que formaba un frente que
sólo con dificultad pudiera ser atravesado (laderas empinadas, etc.), donde la
falta de profundidad en la disposición y la dificultad de mover los flancos
produjera tal debilidad que los ejércitos se esquivasen mutuamente de una
montaña a la otra, haciendo con esto que las cosas empeoraran cada vez más. Si
se encontraba cierto apoyo sobre el que descansaran las alas, todo dependía
entonces de impedir que el ejército, extendido entre estos puntos, al igual que
un delicado trozo de tela en un bastidor, pudiera ser roto y en parte
atravesado. El terreno ocupado poseía valor directo en cada punto y, por lo
tanto, en todas partes se necesitaba una defensa directa. En estas
circunstancias, estaba fuera de cuestión cualquier movimiento o sorpresa
durante la batalla; era precisamente lo opuesto a lo que constituye una buena
defensa y a lo que ésta es en realidad en la guerra moderna.
En verdad, el menosprecio
por la defensa fue en todo momento el resultado de una época en la que perduró
cierto estilo defensivo; y este fue también el caso del método arriba
mencionado, porque, en épocas anteriores al período a que nos hemos referido,
ese método se consideraba superior a la ofensiva.
Si estudiamos el
desarrollo del arte moderno de la guerra, encontramos que al principio, o sea,
en la guerra de los Treinta Años y en la de Sucesión española, el despliegue y
la disposición del ejército constituía uno de los puntos más importantes en la
batalla. Revelaban la parte más significativa del plan de acción. Esto otorgaba
al defensor, por norma, una gran ventaja, puesto que se encontraba ya en su
posición y estaba desplegado antes de que el ataque pudiera comenzar. Tan pronto
como las tropas adquirieron una capacidad mayor de maniobra, cesó esta ventaja y
por un tiempo la superioridad se decantó hacia el lado de la ofensiva. Entonces,
la defensa buscó protección detrás de los ríos o valles profundos, o en las
montanas. Recuperó de este modo una ventaja decisiva y continuó manteniéndola
hasta que el agresor adquirió tal movilidad y tal destreza en los movimientos
que pudo aventurarse en terrenos quebrados y atacar en columnas separadas, y
por lo tanto fue capaz de atacar de flanco a su adversario. Esto condujo
a una expansión que iba continuamente en aumento, como resultado de la cual
sucedió, naturalmente, que la ofensiva se concentró en algunos puntos y se
abrió paso entre las líneas débiles del enemigo. Así, por tercera vez, la
ofensiva alcanzó la superioridad y la defensa se vio obligada de nuevo a
alterar su sistema. Esto lo realizó en las guerras más recientes, manteniendo
sus fuerzas concentradas en grandes masas sin desplegar la mayor parte de ellas
y ocultándolas donde era posible, ocupando simplemente una posición y
aprestándose a actuar de acuerdo con las medidas que tomara el enemigo, tan
pronto como se pusieran de manifiesto de forma suficiente.
Esto no excluye por
completo una defensa parcialmente pasiva del terreno; su ventaja es demasiado
grande como para impedir que fuera usada cientos de veces en una campaña. Pero
esta defensa pasiva del terreno, por lo común, deja de constituir el punto
principal, el punto que aquí nos interesa.
Si la ofensiva
descubriera algún método nuevo y poderoso que pudiese otorgarle una ventaja
decisiva ––hecho este no muy probable, si consideramos que ahora todo tiende y
marcha hacia la sencillez y la necesidad esencial––, entonces la defensa tendría
que alterar nuevamente su método. Pero siempre contará con la ayuda del terreno,
que le asegurará en general su superioridad natural, ya que las características
especiales del país y del terreno ejercen ahora más influencia que nunca en la
guerra.
LAS
RELACIONES MUTUAS DEL ATAQUE Y LA DEFENSA EN LA ESTRATEGIA
En primer lugar, séanos
permitido formular de nuevo la siguiente pregunta: ¿cuáles son las
circunstancias que aseguran la victoria en la estrategia?
Como hemos dicho antes,
en la estrategia no hay victoria. Por una parte, el éxito estratégico es la
preparación ventajosa de la victoria táctica: cuanto más grande es este éxito
estratégico, tanto menos dudosa será la victoria en el encuentro. Por otra
parte, el buen éxito estratégico reside en hacer uso de la victoria ganada.
Después de ganar una batalla, cuantos más éxitos pueda incluir la estrategia,
mediante sus combinaciones, en los resultados obtenidos, tanto más podrá
elevarse de los escombros que ha provocado la lucha; cuanto más recaude en
grandes trazos lo que en la batalla ha debido ser ganado trabajosamente, parte a
parte, mayor será su éxito. Los factores que conducen principalmente al éxito o
lo facilitan, los principios fundamentales, por lo tanto, de la eficacia
estratégica, son los siguientes:
1. La ventaja del
terreno.
2. La sorpresa, ya sea en
forma de un verdadero ataque o por la disposición inesperada, en ciertos puntos,
de fuerzas superiores.
3. El ataque desde varios
lados (tres, como en la táctica).
4. La ayuda del teatro de
la guerra, mediante la instalación de fortificaciones y todo lo que corresponde
a ellas.
5. El apoyo del pueblo.
6. La utilización de
fuerzas morales importantes.
Ahora bien, ¿cuáles son
las relaciones que mantienen el ataque y la defensa con respecto a estas
cuestiones?
El defensor cuenta con la
ventaja del terreno; el agresor, con la del ataque por sorpresa. Este es el caso
tanto en la estrategia como en la táctica. Pero, en lo concerniente a la
sorpresa, tenemos que observar que en estrategia constituye un medio
infinitamente más eficaz e importante que en la táctica. En la táctica, el
ataque por sorpresa raras veces alcanza el nivel de una gran victoria, mientras
que en la estrategia a menudo ha conseguido terminar con toda la guerra de un
golpe. Pero debemos observar nuevamente que el uso ventajoso de este medio
depende de que por parte del adversario se cometan errores de envergadura,
inusitados y decisivos, por lo cual no puede decantar la balanza en gran
medida en favor de la ofensiva.
La sorpresa del enemigo,
obtenida al colocar fuerzas superiores en ciertos puntos, representa de nuevo
una gran semejanza con el caso análogo en la táctica. Si el defensor fuera
obliga do a distribuir sus fuerzas en varios puntos de acceso a su teatro de la
guerra, entonces el agresor tendría claramente la ventaja de poder caer sobre un
punto con todo su peso. Pero también aquí el nuevo arte de la defensa ha
aplicado imperceptiblemente nuevos principios mediante un procedimiento
diferente. Si el defensor no se percata de que el enemigo, al utilizar un
camino indefenso, se arrojará sobre algún almacén o depósito importante, o
sobre alguna fortificación desguarnecida, o sobre la capital, y si, por esta
razón, no cree estar obligado a oponerse al enemigo en el camino que él mismo ha
elegido, porque de otra manera tendría cortada su retirada, entonces no tendrá
ningún motivo para dividir sus fuerzas. Porque si el agresor elige un camino
diferente de aquel que cubre el defensor, entonces, algunos días después, este
último podrá todavía salir a su encuentro con todas sus fuerzas en ese camino;
en verdad, en muchos casos puede incluso estar seguro de que él mismo tendrá el
honor de ser buscado por su adversario. Si este último está obligado a avanzar
con sus fuerzas divididas en columnas, lo cual a menudo resulta casi inevitable
debido a las imposiciones del sustento, entonces, evidentemente, el defensor
cuenta con la ventaja de ser capaz de caer con todo su peso sobre una parte del
enemigo.
En la estrategia, los
ataques por los flancos y por la retaguardia, que se relacionan con los lados y
la espalda del teatro de la guerra, cambian en gran medida de carácter.
1. No se coloca al
enemigo bajo dos fuegos, porque no podemos hacer fuego desde un extremo del
teatro de la guerra hasta el otro.
2. La aprensión a perder
la línea de retirada es mucho menor, porque en la estrategia las extensiones
son tan grandes que no pueden ser obstruidas como ocurre en la táctica.
3. En la estrategia,
debido a que abarca una extensión más grande, la eficacia de las líneas
interiores, o sea, las más cortas, es mucho más considerable, y esto constituye
una gran oposición contra los ataques desde varias direcciones.
4. Un nuevo principio
hace su aparición en la sensibilidad de las líneas de comunicación; o sea, en el
efecto que se produce simplemente al interrumpirlas.
Sin duda cae por su base
que, en la estrategia, debido a la extensión más grande que se abarca, el ataque
envolvente, o desde varios lados, sólo es posible como norma para el bando que
mantiene la iniciativa, o sea, la ofensiva, y que el defensor, en el curso de la
acción, no está en condiciones, como no lo está en la táctica, de devolver el
golpe al enemigo cercándolo a su vez. No puede hacer esto porque no es capaz ni
de alinear sus fuerzas en esa profundidad relativa ni tampoco de maniobrar con
ellas en secreto. Pero, entonces, ¿qué utilidad tiene para el agresor la
facilidad de cercar al enemigo, si sus ventajas no son evidentes? En
consecuencia, no cabría en la estrategia considerar de ningún modo el ataque
envolvente como un principio para alcanzar la victoria si no pasa por la
influencia que ejerce sobre las líneas de comunicación. Pero este factor raras
veces es significativo en un primer momento, cuando el ataque y la defensa se
hallan enfrentados y todavía opuestos uno a la otra en su posición original.
Sólo adquiere importancia a medida que avanza la campaña, cuando el atacante
situado en territorio enemigo se convierte más y más en defensor. Entonces, las
líneas de comunicación de este nuevo defensor se debilitan y la parte que
originariamente se encontraba en la defensiva, al tomar la ofensiva, puede
extraer una ventaja de esa debilidad. ¿Pero quién no ve que esta superioridad de
la ofensiva no cabe atribuírsela como algo general, ya que en realidad ha sido
creada en una gran proporción por la defensa?
El cuarto principio, la
ayuda que proporciona el teatro de la guerra, constituye, naturalmente,
una ventaja para el bando de la defensa. Si el ejército atacante inicia la
campaña, se aleja de su propio teatro de la guerra y, de este modo, se debilita;
o sea, deja tras de sí fortificaciones y depósitos de todas clases. Cuanto más
grande es el campo de operaciones que ha de atravesar, más se debilitará el
ejército atacante (mediante marchas y establecimiento de guarniciones); el
ejército defensor continúa manteniendo todas sus conexiones; o sea, cuenta con
el apoyo de sus fortificaciones, no se debilita en forma alguna y se mantiene
próximo a sus fuentes de abastecimiento.
En cuanto al quinto
principio, el apoyo del pueblo, es verdad que no cabe encontrarlo en
todas las defensas, porque una campaña defensiva puede ser llevada a cabo en
territorio enemigo; pero en realidad, este principio deriva solamente de la
idea de defensa y se aplica en la gran mayoría de los casos. Además, tiene que
ver principalmente, aunque no de forma exclusiva, con la eficacia del
llamamiento general y del armamento nacional, aportando por añadidura una
disminución de la fricción y haciendo que las fuentes de abastecimiento estén
más próximas y fluyan con mayor abundancia.
La campaña napoleónica de
1812 nos proporciona, como a través de un cristal de aumento, un ejemplo muy
claro de la eficacia que entrañan los medios especificados en los principios
tercero y cuarto. Medio millón de hombres cruzaron el Nieman, 120.000 lucharon
en Borodino, y muchos menos llegaron a Moscú.
Podemos decir que el
efecto mismo de ese asombroso intento fue tan grande que los rusos, incluso si
no hubieran emprendido ninguna ofensiva, se habrían visto durante un tiempo
considerable fuera del peligro de enfrentar cualquier nuevo intento de
invasión. Es verdad que, con excepción de Suecia, no hay país en Europa que se
halle en una posición similar a la de Rusia, pero el principio eficaz es siempre
el mismo, y la única distinción que puede hacerse se refiere al grado mayor o
menor de su intensidad.
Si añadimos a los
principios cuarto y quinto la consideración de que estas fuerzas de la defensa
corresponden a la defensa original, o sea, a la defensa llevada a cabo en
nuestro propio suelo, y que resultan mucho más débiles si aquélla se produce en
territorio enemigo y está mezclada con operaciones ofensivas, entonces de ello
se deriva una nueva desventaja para la ofensiva, casi como la mencionada arriba,
con respecto al tercer principio. Porque la ofensiva está compuesta por entero
de elementos activos en escala tan pequeña como la defensa lo está de elementos
destinados simplemente a detener los golpes del adversario. En realidad, todo
ataque que no conduce de modo directo a la victoria debe terminar
inevitablemente en defensa.
Ahora bien, si todos los
elementos defensivos utilizados en atacar son debilitados por su naturaleza, o
sea, por pertenecer al ataque, entonces esto deberá también ser considerado como
una desventaja general de la ofensiva.
Esta circunstancia está
tan lejos de ser una sutileza banal que, por el contrario, diremos más bien que
en ella reside la principal desventaja de la ofensiva en general. Por lo tanto,
en todo plan para un ataque estratégico debe prestarse desde el principio la
mayor atención a este punto, o sea, a la defensa que le seguirá. Esto lo veremos
con mayor claridad cuando tratemos sobre el plan de la guerra.
Las grandes fuerzas
morales, que a veces impregnan el elemento de la guerra como un singular germen
fermentativo y que, por lo tanto, el comandante en jefe puede usar en ciertos
casos para fortalecer los otros medios a su disposición, cabe suponer que
existen tanto en el bando de la defensa como en el del ataque. Al menos las que
relucen más especialmente en el ataque, tales como la confusión y el
desconcierto en las filas enemigas, no aparecen por lo general hasta después que
se haya asestado el golpe decisivo, y, en consecuencia, raras veces contribuyen
a imprimir a éste una dirección.
Creemos
haber expuesto ya de forma suficiente nuestra proposición de que la defensa
es una forma más poderosa de guerra que el ataque. Pero queda todavía por
mencionar un pequeño factor pasado por alto hasta ahora. Es el valor, el
sentimiento de superioridad en un ejército, que surge de la conciencia de
pertenecer a la parte atacante. Es algo que constituye en sí mismo un hecho,
pero ese sentimiento muy pronto se funde con otro más poderoso y general, que es
inculcado al ejército por la victoria o por la derrota, por el talento o por la
ineptitud de su general.
SOBRE
EL PUNTO CULMINANTE DE LA VICTORIA
En la guerra, el agresor
no está siempre en condiciones de derrotar por completo a su oponente. A menudo,
y de hecho la mayoría de las veces, se produce un punto culminante de la
victoria. La experiencia nos lo muestra de forma suficiente. Pero como el tema
tiene una particular importancia para la teoría de la guerra y para la base de
casi todos los planes de campaña, mientras que, al mismo tiempo, campa por su
superficie, ondeando con los colores del arco iris, la llama vacilante de las
contradicciones aparentes, queremos examinarlo con más detención y considerar
sus causas esenciales.
Como regla general, la
victoria surge de una supremacía en la suma de todas las fuerzas materiales y
morales y sin duda en ella esta supremacía aumenta, de lo contrario no se
buscaría y se pagaría por ella tan alto precio. La misma victoria lo hace
así sin pensar y también lo hacen sus consecuencias, pero éstas no hasta el fin
último, sino, por lo general, sólo hasta cierto punto. Este punto puede estar
muy próximo, y a veces se halla tan cerca, que todos los resultados de una
batalla victoriosa pueden reducirse a un simple acrecentamiento de la
superioridad moral. Examinaremos ahora cómo se produce esto.
Durante el desarrollo de
la acción en la guerra, la fuerza militar se encuentra constantemente con
elementos que la acrecientan y con otros que la disminuyen. En consecuencia, se
trata de la supremacía de los unos o de los otros. Como toda disminución de
fuerza en un bando ha de considerarse como un aumento en el bando enemigo, se
deduce, por supuesto, que esta doble corriente, este flujo y reflujo, tiene
lugar igualmente tanto si las tropas avanzan como si retroceden.
Sólo bastará encontrar en
un caso la causa principal de esta alteración para determinar la otra.
Al avanzar, las causas
más importantes del aumento de fuerza en el bando del agresor son:
1) La pérdida que
sufre la fuerza militar del enemigo, porque, por lo general, esa pérdida es más
grande que la del agresor.
2) Las pérdidas que
sufre el enemigo en cuanto a los recursos militares materiales, como son
almacenes, depósitos, puentes, etc., y que el agresor no comparte con él de
ninguna forma.
3) Desde el momento en
que el agresor penetra en territorio enemigo, la defensa sufre la pérdida de
ciertas zonas y, en consecuencia, la de fuentes de renovación de las fuerzas
militares.
4) El ejército que
avanza gana parte de esos recursos; en otras palabras, obtiene la ventaja de
vivir a expensas del enemigo.
5) La pérdida de la
organización interna y de los movimientos normales en el bando enemigo.
6) Los aliados del
enemigo pueden abandonar a éste y otros unirse al agresor.
7) Por último, el
desaliento que invade al enemigo hace, en cierta medida, que deje caer las armas
de sus manos.
Las causas de la
disminución de fuerza
en el ejército atacante son:
1) Que se esté obligado a
sitiar las fortificaciones enemigas, a bloquear su acceso y a vigilarlas; o que
el enemigo haya hecho lo mismo antes del desenlace y en el curso de la retirada
atraiga estas tropas hacia el cuerpo principal.
2) Desde el momento en
que el agresor penetra en territorio enemigo, cambia la naturaleza del teatro
de la guerra; éste se hace hostil; se tiene que ocupar porque sólo nos pertenece
mientras lo ocupemos, lo cual crea dificultades a toda la maquinaria en todas
partes y tenderá necesariamente a debilitar sus efectos.
3) Nos alejamos mucho de
nuestras fuentes de recursos, mientras que el enemigo se acerca a las suyas;
esto causa un retraso en la reposición de las fuerzas gastadas.
4) El peligro que amenaza
a la nación enemiga provoca en ella el reclutamiento de otras fuerzas para su
protección.
5) Finalmente, los
esfuerzos más grandes que realiza el adversario, debido a la intensificación
del peligro; por otro lado, se produce en el bando de la nación agresora un
debilitamiento de esos esfuerzos.
Todas estas ventajas y
desventajas pueden coexistir, encontrarse unas con otras, por así decir, y
proseguir su camino en direcciones opuestas. Sólo las últimas se enfrentan como
verdaderos contrarios; no pueden complementarse y, por lo tanto, se excluyen
mutuamente. Esto muestra de por sí cuán diferente puede ser el efecto de la
victoria, según que el vencido sea aplastado o estimulado a realizar un esfuerzo
más grande.
Trataremos ahora de
precisar por separado los puntos que afectan al aumento de fuerzas, haciendo
algunas observaciones.
1) Las pérdidas de las
fuerzas enemigas pueden alcanzar el nivel máximo en el primer momento de la
derrota y luego disminuir diariamente en cantidad, hasta que lleguen a un punto
en el que se equilibren con las nuestras; pero también pueden aumentar cada día
en progresión geométrica. Esto viene determinado por la diferencia de las
situaciones y las condiciones. En general, podemos decir que el primer caso se
producirá con un buen ejército, y el segundo con uno malo. Además del estado de
ánimo de las tropas, el del gobierno constituye aquí uno de los factores más
relevantes. En la guerra es muy importante distinguir entre los dos casos, a fin
de no detenernos en el punto donde precisamente deberíamos comenzar, y
viceversa.
2) Las pérdidas que
sufre el enemigo en lo referente a los recursos naturales pueden aumentar y
disminuir de la misma forma, y esto dependerá de la situación eventual y de la
naturaleza de los depósitos. Sin embargo, este asunto, en la actualidad, no
tiene una importancia comparable con la de los otros.
3) La tercera ventaja
debe acrecentarse necesariamente a medida que avanza el ejército.
En realidad cabe decir que no
se la toma en consideración hasta que el ejército haya penetrado profundamente
en territorio enemigo. Es decir, hasta que haya sido dejado atrás un tercio o
un cuarto del territorio. Además, el valor intrínseco que tenga la zona, en
relación con la guerra, debe tomarse también en consideración.
Del mismo modo, la
cuarta ventaja debe aumentar con el avance.
Pero con respecto a
las dos últimas tiene que observarse también que raras veces se siente de forma
inmediata su influencia sobre las fuerzas militares que intervienen en la
lucha; éstas sólo actúan lentamente y de forma vaga e indirecta. En
consecuencia, no deberíamos aventurarnos a tensar el arco, es decir, no
deberíamos colocarnos en una posición demasiado peligrosa a causa de ellas.
La quinta ventaja es
de nuevo considerada cuando se ha realizado un avance considerable y cuando, por
la forma del territorio enemigo, algunas zonas pueden separarse de la parte
principal, ya que éstas, al igual que los miembros unidos a un cuerpo, si se
desmembran tienden a dejar de existir.
En cuanto a los puntos 6
y 7, cuando menos resulta probable que se produzcan con el avance. Volveremos a
ocuparnos de ellos más adelante.
Consideremos ahora las
causas que llevan al debilitamiento.
1) El asedio, ataque o
bloqueo de las fortificaciones aumentará por lo general a medida que avanza el
ejército. Esta sola influencia debilitante actúa en forma tan poderosa sobre
la condición inmediata de las fuerzas militares que puede contrapesar con
facilidad todas las ventajas obtenidas. Es evidente que en las épocas modernas
se ha introducido el sistema de atacar las fortificaciones con un número
pequeño de tropas o de vigilarlas con un número aún más reducido. En estas
fortificaciones el enemigo suele mantener guarniciones, constituyendo sin duda
un gran elemento de seguridad. La mitad de las guarniciones están integradas,
por lo general, por hombres que no han tomado parte previamente en la lucha.
Para el asedio de estas plazas fuertes, situadas por lo común cerca de las
líneas de comunicación, el agresor tiene que dedicar una fuerza que duplique al
menos la de la guarnición; y si se desea sitiar seriamente una fortificación
importante o vencerla por el hambre, se requerirá para ese propósito un pequeño
ejército.
2) La segunda causa, el
establecimiento del teatro de la guerra en territorio enemigo, aumenta
necesariamente con el avance y surte todavía un efecto mayor sobre la situación
permanente de las fuerzas militares, aunque no sobre sus condiciones
momentáneas.
Sólo debemos considerar
como nuestro teatro de la guerra la parte de aquel territorio enemigo que
podamos ocupar; es decir, allí donde hayamos dejado pequeños destacamentos a
cielo descubierto o guarniciones diseminadas en las ciudades más importantes, o
puestos militares a lo largo de los caminos, etc. Por más pequeñas que sean las
guarniciones que dejamos atrás, debilitan, sin embargo, de manera considerable
a las fuerzas militares. Pero este es el menor de los males.
Todo ejército presenta
unos flancos estratégicos, o sea, el territorio que limita ambos lados de sus
líneas de comunicación. Sin embargo, como el ejército del enemigo posee
igualmente esos flancos, la debilidad de estas partes no se pone de relieve de
manera ostensible. Pero ello sólo puede ocurrir en tanto nos encontremos en
nuestro propio territorio; tan pronto como nos adentremos en el del enemigo se
percibe en gran manera la debilidad, porque de la operación más insignificante
cabe esperar algún resultado cuando va dirigida contra una línea muy larga
protegida sólo débilmente, o que no lo está en forma alguna; y estos ataques
pueden realizarse desde cualquier dirección en el territorio enemigo.
Cuanto más se avanza,
tanto más dilatados se hacen esos flancos, y el peligro que surge de ellos crece
en progresión geométrica. Porque no sólo son difíciles de proteger, sino que
tienden a activar el espíritu combativo del enemigo, haciendo que éste se
aproveche de las largas e inseguras líneas de comunicación, cuya pérdida puede
ocasionar, en caso de una retirada, consecuencias extremadamente graves.
Todo esto contribuye a
imponer una nueva carga sobre el ejército atacante, en cada etapa de su avance.
De manera que si no ha iniciado su ataque con una gran superioridad, se verá
cada vez más impedido para realizar sus planes. Su fuerza de ataque se
debilitará gradualmente y, por último, podrá caer en un estado de incertidumbre
y de angustia con respecto a su situación.
3) La tercera causa, o
sea, la distancia hasta la fuente desde la cual la fuerza militar en constante
disminución tiene que ser también constantemente reforzada, aumenta con el
avance. A es te respecto, el ejército atacante es como una lámpara: cuanto más
disminuya el aceite en el recipiente y se aleje del centro de luz, tanto más
pequeña se hará esa luz, hasta que al fin se extingue por completo.
La riqueza de las zonas
conquistadas puede hacer disminuir en gran medida este perjuicio, pero no lo
hará desaparecer por completo, porque siempre existe un cierto número de cosas
que tienen que obtenerse del propio país, en especial los hombres. Los
suministros que proporciona el territorio del enemigo no llegan en la mayoría
de los casos ni con tanta rapidez ni tanta seguridad como los aportados por el
nuestro, siendo así que los medios para hacer frente a cualquier necesidad
inesperada no pueden ser obtenidos con tanta diligencia; y porque las
confusiones y los errores de toda índole no pueden ser descubiertos y
remediados tan pronto.
Si el príncipe no conduce
personalmente su ejército, como sucedió habitualmente en las últimas guerras, o
si no se encuentra siempre cerca de él, surgirá entonces otro inconveniente muy
grande, debido a la pérdida de tiempo que representa el ir y venir de las
comunicaciones, porque los plenos poderes conferidos a un comandante de ejército
nunca son suficientes como para encarar cada caso con la amplitud que alcanzan
sus actividades.
4) Si los cambios en las
alianzas políticas, nacidos de la victoria, llegaran a ser desventajosos para
el atacante, lo serían probablemente en relación directa con su avance, del
mismo modo que lo serían si fueran de naturaleza ventajosa. Todo depende aquí de
las alianzas políticas existentes, de los intereses, las costumbres y las
tendencias de los príncipes, los ministros, los favoritos y otros. En general,
sólo cabe decir que cuando se conquista un gran Estado que cuenta con aliados
más pequeños, éstos por lo común rompen muy pronto sus alianzas, de suerte que
el triunfador, en este aspecto, se hace más fuerte con cada golpe. Pero si la
nación conquistada es pequeña, surgen mucho más pronto los protectores cuando su
existencia se ve amenazada, y otros, que habían contribuido a hacer flaquear su
estabilidad, cambiarán de frente para impedir su caída completa.
5) La resistencia
creciente, puesta de manifiesto por parte del enemigo. Algunas veces, el
enemigo, aterrorizado y atónito, deja que las armas caigan de sus manos. Otras
veces se apodera de él un entusiasmo exacerbado: todo el mundo se apresura a
tomar las armas y, después de la primera derrota, la resistencia es mucho más
firme y fuerte de lo que lo fue anteriormente. El carácter del pueblo y del
gobierno, la naturaleza del país y sus alianzas políticas son los datos de los
cuales cabe predecir un efecto probable.
¡Cuántos cambios
infinitamente diferentes no producen estos dos últimos puntos en los planes que
pueden y deberían trazarse en la guerra, en uno y otro caso! Mientras en uno
despilfarramos y dejamos escapar la mejor oportunidad de éxito, debido a
nuestros escrúpulos y al llamado procedimiento metódico, en el otro nos
precipitamos de bruces en la destrucción, llevados por la temeridad y la
imprudencia.
Además, cabe mencionar la
lasitud y la debilidad que experimenta el triunfador en su propio país cuando
ha pasado el peligro, en el momento en que, por el contrario, sería necesario
mantener el esfuerzo para llevar la victoria hasta el fin. Si echamos una
mirada general sobre estos principios diferentes y antagónicos, podemos
deducir, sin duda, que en la mayoría de los casos, la persecución de la victoria
final, la marcha hacia adelante en una guerra de agresión, provocan a la postre
la disminución de la supremacía con la que se partió al comienzo o que ha sido
obtenida mediante un triunfo.
Nos enfrentamos
necesariamente con la siguiente pregunta: si esto es así, ¿qué es entonces lo
que impulsa al atacante a proseguir su senda victoriosa, a continuar la
ofensiva? ¿Puede esto llamarse en realidad persecución de la victoria? ¿No sería
mejor detenerse en el punto en el que aún no se pone de manifiesto una
disminución de la supremacía obtenida?
A esto debemos responder,
lógicamente, lo siguiente: la supremacía de las fuerzas militares no es un fin,
sino sólo un medio. El fin consiste, ya sea en derrotar al enemigo, ya sea al
menos en apoderarse de parte de sus tierras, a fin de colocarse con ello en
posición de hacer que las ventajas ganadas puedan tener peso en la conclusión de
la paz. Aun si nuestro propósito fuera la derrota completa del enemigo, debemos
conformarnos con el hecho de que quizá con cada paso que damos en nuestro
avance disminuye nuestra supremacía. Sin embargo, no se deduce de esto,
necesariamente, que la; supremacía se reduzca a cero antes de la derrota del
enemigo. Esta puede tener lugar antes, y si ha de obtenerse con el mínimo
posible de supremacía, constituiría un error no utilizarla para ese propósito.
Por consiguiente, la
supremacía con que contemos o que adquiramos en la guerra constituye sólo el
medio, no el objetivo, y debe ponerse en juego y arriesgarla para lograr ese
objetivo. Pero es necesario saber hasta dónde llegará, a fin de no ir más allá
de ese punto, y de no cosechar infortunios en vez de nuevas ventajas.
No es necesario recurrir
a los ejemplos especiales que nos proporciona la experiencia a fin de probar que
este es el camino por el cual la supremacía estratégica se agota durante el
ataque estratégico; más bien ha sido la gran cantidad de esos ejemplos la que
nos ha inducido y forzado a investigar las causas de ello. Sólo a partir de la
aparición de Bonaparte tuvieron lugar campañas entre naciones civilizadas en
las cuales la supremacía condujo, sin dilación, a la derrota del enemigo. Antes
de esa época, todas las campañas terminaban del mismo modo: el ejército
victorioso buscaba conquistar un punto donde pudiera simplemente mantenerse en
estado de equilibrio. En este punto se detenía el movimiento de la victoria, si
es que no llegaba a ser necesario proceder a una retirada. Este punto culminante
de la victoria aparecerá también en el futuro, en todas las guerras en las que
la derrota del enemigo no sea el objetivo militar de la guerra; y la mayoría de
las guerras serán todavía de esta clase. La meta natural de todo plan de
campaña es el punto en el cual la ofensiva se transforma en defensa.
Ir más allá de esta meta
constituye no sólo un simple gasto de fuerza inútil, que no produce ya un
resultado significativo, sino que resulta un gasto ruinoso, que causa ciertas
reacciones, las cuales, de acuerdo con la experiencia universal, producen
siempre unos efectos descomunales. Este último hecho es tan común y parece tan
lógico y fácil de comprender que no necesitamos inquirir meticulosamente sus
causas. Las causas principales, en todo caso, son la falta de acomodación en la
tierra conquistada y el violento contraste de sentimientos que se produce cuando
se malogra el nuevo éxito perseguido. Por lo general comienzan a entrar en
acción de forma muy activa las fuerzas morales; por un lado, la exaltación, que
se convierte a menudo en arrogancia, y por otro, el abatimiento extremo. Con
ello aumentan las pérdidas durante la retirada, y el hasta entonces bando
triunfador eleva sus preces al cielo si puede salir de ello con la única pérdida
de lo que haya ganado, sin tener que abandonar parte de su propio territorio.
Aclaremos ahora una
contradicción aparente.
Se podría pensar, por
supuesto, que desde el momento que la continuidad del avance en el ataque
implica la existencia de una supremacía y dado que la defensa, que comenzará al
final del avance victorioso, es una forma de guerra más poderosa que el ataque,
habrá tanto menos peligro de que el triunfador se convierta inesperadamente en
la parte más débil. Sin embargo, este peligro existe, y, teniendo en cuenta la
historia, debemos admitir que el peligro más grande de que se produzca un revés
no aparece a menudo hasta el momento en que cesa la ofensiva y ésta se
convierte en defensa. Trataremos de averiguar la causa de ello.
La superioridad que
hemos atribuido a la forma de guerra defensiva consiste en lo siguiente:
1) la utilización del
terreno;
2) la posesión de un
teatro de la guerra preparado de antemano;
3) el apoyo de la
población;
4) la ventaja de
permanecer a la espera del enemigo.
Es evidente que estas
ventajas no pueden aparecer siempre y ser activas en igual grado; que, en
consecuencia, una defensa no es siempre igual a otra, y que, por lo tanto, la
defensa no tendrá siempre esta misma superioridad sobre la ofensiva. Este debe
ser particularmente el caso en la defensa que comienza después de la consumación
de la ofensiva y que tiene situado su teatro de la guerra, por lo común, en el
vértice del triángulo ofensivo dirigido muy hacia adelante. De las cuatro
ventajas mencionadas arriba, esta defensa sólo mantiene la primera sin alterar,
o sea, la utilización del terreno. La segunda desaparece por completo, la
tercera se convierte en negativa y la cuarta resulta en gran manera debilitada.
A manera de explicación, nos extenderemos un poco más con respecto al último
punto.
Bajo la influencia de
un equilibrio imaginario, campañas enteras se desarrollan a menudo sin que se
produzca resultado alguno, porque el bando que debería asumir la iniciativa
carece de la resolución necesaria. Precisamente en esto reside la ventaja de
mantenerse a la espera. Pero si este equilibrio es alterado por una acción
ofensiva, si se acosa al enemigo y su voluntad es incitada a la acción,
entonces disminuirá en gran medida la probabilidad de que permanezca en ese
estado de indecisión indolente. La defensa que se organiza en territorio
conquistado tiene un carácter mucho más desafiante que la que se desarrolla
sobre nuestro propio suelo; el principio ofensivo se inserta en ella, por así
decir, y con ello se debilita su naturaleza. La paz que Daun concedió a Federico
II en Silesia y Sajonia nunca le habría sido otorgada a éste en Bohemia.
De este modo se hace
evidente que la defensa, que está entretejida con una acción de carácter
ofensivo, se debilita en todas sus principales principios y, por consiguiente,
no contará ya con la superioridad que se le atribuía originariamente.
Así como ninguna
campaña defensiva está totalmente compuesta de elementos defensivos, del mismo
modo ninguna campaña ofensiva está constituida por entero de elementos
ofensivos; porque, además de los cortos intervalos que existen en toda campaña,
en los cuales ambos bandos permanecen a la defensiva, todo ataque que no
conduzca a la paz debe terminar necesariamente en una defensa.
De este modo, la
defensa misma es la que contribuye al debilitamiento de la ofensiva. Esto está
lejos de constituir una sutileza estéril; por el contrario, la consideramos la
principal desventaja que encierra el ataque, debido a que, una vez efectuado,
quedamos a causa de ello reducidos a una defensa muy desventajosa.
Y esto explica de qué
modo en la guerra se reduce en forma gradual la diferencia que existe
originariamente entre la fuerza de
la forma ofensiva y la de la
defensiva. Mostraremos ahora que esta diferencia puede desaparecer por completo
y que, por corto tiempo, la ventaja puede transformarse en desventaja.
Si se nos permitiera
utilizar un concepto extraído de la naturaleza para explicar nuestro punto de
vista, podríamos expresarnos con más concisión. Es el tiempo que requiere toda
fuerza del mundo material para producir su efecto. La fuerza que, aplicada
lentamente y por grados, basta para que un cuerpo en movimiento pase al estado
de reposo, será vencida por este mismo, si se decide de nuevo a actuar. Esta ley
del mundo material es una imagen sorprendente de muchos de los fenómenos de
nuestra vida interior. Si nuestro pensamiento sigue cierta dirección, no todas
las razones, suficientes en sí mismas, serán capaces de cambiar o de detener esa
corriente. Se requiere tiempo, tranquilidad e impresiones duraderas sobre
nuestra conciencia. Lo mismo ocurre en la guerra. Cuando la mente ha adoptado
una tendencia decidida hacia cierto objetivo o bien retrocede hacia un bastión
de refugio, puede suceder con facilidad que los motivos que obligan a un hombre
a detenerse, y que desafían a otro a entrar en acción y a arriesgarse, no se
hagan sentir inmediatamente con toda su fuerza; y mientras continúa
desarrollándose la acción, esos hombres son arrastrados por la corriente del
movimiento más allá de los límites del equilibrio, más allá del punto
culminante, sin siquiera darse cuenta de ello. En verdad, hasta puede suceder
que, pese al agotamiento de sus fuerzas, el agresor, apoyado por las fuerzas
morales que residen principalmente en la ofensiva, encuentre que le resulta
menos difícil avanzar que detenerse, al igual que un caballo que lleva su carga
cuesta arriba. Creemos haber demostrado, sin caer en contradicción alguna, cómo
el agresor puede rebasar ese punto que, en el momento en que se detiene y asume
la forma defensiva, le promete todavía buenos resultados, o sea, el equilibrio.
Por lo tanto, la determinación de ese punto es importante al proyectar el plan
de campaña, tanto para el agresor, de modo que no emprenda lo que está más allá
de sus fuerzas y no incurra en débitos, por decirlo así, como para el defensor,
de suerte que pueda percibir y sacar provecho de ese error, si lo cometiera el
agresor.
Si echamos una mirada
retrospectiva a todos los puntos que el comandante en jefe debe tener presente
al tomar su decisión, y si recordamos que sólo puede estimar la tendencia y el
valor de los que sean más importantes, gracias a la consideración de muchas
otras circunstancias cercanas y lejanas, que en cierta medida deberá
adivinar ––adivinar si el ejército enemigo, después del primer golpe,
mostrará un núcleo central más fuerte y una solidez que se acrecienta firmemente
o si, al igual que un frasco boloñés, quedará pulverizado tan pronto como se
dañe su superficie; adivinar el grado de debilidad y de paralización que
producirá en la situación del enemigo el agotamiento de ciertas fuentes, la
interrupción de ciertas comunicaciones; adivinar si el enemigo se desplomará
impotente debido al dolor intenso que le produzca el golpe asestado, o si, al
igual que un toro herido, se excitará hasta entrar en un estado de furia, y por
último adivinar si las otras potencias serán presas del terror o se
encolerizarán y qué alianzas políticas serán disueltas o se formarán––, entonces
diremos que tiene que apuntar con tino y acertar con su juicio en todo esto y
mucho más aún, del mismo modo que el tirador da en el centro del blanco, y
concederemos que esa proeza del espíritu humano no constituye ninguna
menudencia. Miles de sendas diferentes que corren en una u otra dirección se
presentan ante nuestro juicio; y lo que no consiguen el número, la confusión y
la complejidad de las materias lo logran el sentido del peligro y la
responsabilidad.
Esto explica que la gran
mayoría de los generales prefieran mantenerse muy alejados de la meta, antes que
aproximarse a ella demasiado. De este modo suele suceder que un espíritu dotado
de iniciativa y valor actúe por encima de sus límites y, por lo tanto, no logre
cumplir con su objetivo. Sólo aquel que realice grandes hechos con medios
pequeños habrá acertado felizmente.
INFLUENCIA DEL
OBJETIVO POLÍTICO SOBRE EL PROPÓSITO MILITAR
Nunca se verá que un
estado que abraza la causa de otro tome ésta tan seriamente como si se tratara
de la suya propia. Por lo general, lo que hace es enviar un ejército auxiliar de
fuerza moderada y, si éste no tiene éxito, entonces el aliado considera que el
asunto está, en cierta forma, zanjado, y trata de desembarazarse de él en las
mejores condiciones posibles.
En la política europea es
cosa establecida que los Estados convengan entre sí una asistencia mediante
alianzas ofensivas. Esto no tiene tal alcance como para que uno participe en los
intereses y las disputas del otro, sino sólo constituye la promesa, hecha de
antemano, de prestar una ayuda mutua mediante un contingente de tropas
determinado, por lo general muy modesto, sin tomar en consideración el objetivo
de la guerra o las intenciones puestas de manifiesto por el enemigo. En un
tratado de alianza de este tipo, el aliado no se considera involucrado en la
guerra, propiamente dicha, con el enemigo, la cual, necesariamente, tendrá que
comenzar con una declaración formal y terminar con un tratado de paz. Más aún,
esta idea no está fijada con claridad en parte alguna y su uso varía aquí y
allá.
La cuestión presentaría
cierta coherencia y la teoría de la guerra tendría menos dificultad en
relacionarse con ella, si el contingente de 10.000, 20.000 o 30.000 hombres
fuera puesto en su totalidad a disposición del Estado que lleva a cabo la
guerra, de modo que éste pudiera utilizarlo de acuerdo con sus necesidades;
podría entonces considerarse como una fuerza alquilada. Pero la manera usual es
por completo diferente. Por lo común, la fuerza auxiliar tiene su propio jefe,
que depende exclusivamente de su gobierno, el cual le fija el objetivo que
mejor convenga a los planes circunscritos que tiene en perspectiva.
Pero incluso en el caso
de que dos Estados entablen realmente una guerra con un tercero, no siempre
consideran ambos en la misma medida que deban destruir a ese enemigo común o
arriesgarse a ser destruidos por él. A menudo la cuestión se arregla al igual
que una transacción comercial. Cada uno de los estados, de acuerdo con el
riesgo que corre o con el provecho que puede esperar, participa en la empresa
con 30.000 o 40.000 hombres, y actúa como si no pudiera perder más que la
cantidad que ha invertido.
No sólo se adopta este
punto de vista cuando un Estado acude en ayuda de otro en una causa que le es
más bien ajena, sino que, aun cuando ambos pongan en juego intereses
considerables y comunes, nada podrá hacerse sin un apoyo diplomático, y las
partes contratantes, por lo general, sólo convienen en suministrar un pequeño
contingente estipulado, a fin de reservar el empleo del resto de sus fuerzas
militares para los fines especiales hacia los cuales puede conducirlos su
política.
Esta forma de considerar
la guerra de alianza prevaleció durante mucho tiempo, y sólo en la época moderna
se vio obligada a dejar paso al punto de vista natural, cuando el peligro
evidente condujo los sentimientos por esa senda (como contra Bonaparte) y
cuando el poder ilimitado los obligó a seguirla (como bajo Bonaparte).
Fue una acción a medias, una anomalía, porque la guerra y la paz son en el fondo
conceptos que no pueden tener ninguna gradación. Sin embargo, no era una simple
práctica diplomática a la cual la razón podía dejar de tener en cuenta, sino una
profundamente arraigada en las limitaciones naturales y en las debilidades de la
naturaleza humana.
En definitiva, incluso
cuando se entabla sin aliados, la causa política de una guerra siempre tiene
gran influencia sobre la manera como ésta es dirigida.
Si no exigimos del
enemigo más que un pequeño sacrificio, estaremos satisfechos con sólo obtener,
mediante la guerra, un pequeño equivalente y esperaremos alcanzarlo por medio de
esfuerzos moderados. El enemigo razona más o menos de la misma forma. Si uno u
otro encuentra que ha errado en sus cálculos, que, en lugar de ser ligeramente
superior a su enemigo, como supuso, es algo más débil, en ese momento, el
capital y todos los otros medios, al igual que el impulso moral requerido para
los grandes esfuerzos, son muy a menudo insuficientes. En ese caso, el implicado
se arreglará lo mejor que pueda y esperará que se presenten, en el futuro,
acontecimientos favorables, aunque no tenga la más ligera base para esa
esperanza. Y mientras tanto, la guerra se arrastrará penosa y débilmente, al
igual que un cuerpo agostado y rendido por la enfermedad.
De este modo llega a
suceder que la acción recíproca, el esfuerzo para imponerse, la violencia y la
idefectibilidad de la guerra se esfumen por el hecho de estancarse en móviles
débiles y secundarios, y porque ambas partes sólo se mueven con cierta seguridad
en ámbitos muy reducidos.
Si se permite la
imposición de esta influencia del objetivo político sobre la guerra, como debe
ser, no quedará ya ningún límite y habrá que tolerar que se recurra a ese
método de guerra que consiste en la simple amenaza al enemigo y en la
negociación. Es evidente que la teoría de la guerra, si ha de constituir y
seguir siendo una reflexión filosófica, se encontrará aquí en dificultades.
Parece escapar de ella todo lo inherente al concepto de lo que es esencial en la
guerra, y cae en el peligro de restar sin ningún punto de apoyo. Pero pronto
aparece la solución natural. A medida que el principio moderador se impone sobre
el acto de guerra o, más bien, a medida que los motivos para la acción se tornan
más débiles, tanto más se convierte la acción en una resistencia pasiva, tanto
menos se produce y tanto menos necesita de principios conductores. El arte
militar se convierte entonces en mera prudencia, y su principal objetivo será
apercibirse de que el equilibrio inconstante no se vuelva súbitamente en contra
de nosotros y esa guerra a medias no se convierta en una guerra verdadera.
LA GUERRA COMO INSTRUMENTO DE
LA POLÍTICA
Hasta aquí hemos tenido que
considerar, ya sea de un lado o del otro, el antagonismo en que se halla la
naturaleza de la guerra con relación a los demás intereses de los hombres,
considerados individualmente o en grupos sociales, a fin de no descuidar
ninguno de los elementos opuestos, antagonismo que se funda en nuestra propia
naturaleza y que, en consecuencia, ninguna razón filosófica puede descifrar y
aclarar. Nos ocuparemos ahora de esa unidad a la cual confluyen, en la vida
práctica, estos elementos antagónicos, al neutralizarse en parte uno al otro.
Habríamos considerado esta unidad desde el comienzo, si no hubiera sido tan
necesario subrayar estas contradicciones evidentes como considerar también
separadamente los diferentes elementos. Esta unidad es la concepción de que
la guerra es sólo una parte del intercambio político y, por lo tanto, de ninguna
manera constituye algo independiente en sí mismo.
Sabemos, por supuesto,
que la guerra sólo se produce a través del intercambio político de los gobiernos
y de las naciones. Pero en general se supone que ese intercambio queda
interrumpido con la guerra y que sigue un curso de las cosas totalmente
diferente, no sujeto a ley alguna fuera de las suyas propias.
Sostenemos, por el
contrario, que la guerra no es más que la continuación del intercambio político
con una combinación de otros medios. Decimos «con una combinación de otros
medios» a fin de afirmar, al propio tiempo, que este intercambio político no
cesa en el curso de la guerra misma, no se transforma en algo diferente, sino
que, en su esencia, continúa existiendo, sea cual fuere el medio que utilice, y
que las líneas principales a lo largo de las cuales se desarrollan los
acontecimientos bélicos y a las cuales éstos están ligados son sólo las
características generales de la política que se prolonga durante toda la guerra
hasta que se concluye la paz. ¿Cómo podría concebirse que esto fuera de otra
manera? ¿Acaso la interrupción de las notas diplomáticas paraliza las
relaciones políticas entre los diferentes gobiernos y naciones? ¿No es la
guerra, simplemente, otra clase de escritura y de lenguaje para sus
pensamientos? Es seguro que posee su propia gramática, pero no su propia
lógica.
De acuerdo con esto,
la guerra nunca puede separarse del intercambio político y si, al considerar la
cuestión, esto sucede en alguna parte, se romperán en cierto sentido todos los
hilos de las diferentes relaciones, y tendremos ante nosotros algo sin sentido,
carente de objetivo.
Esta forma de
considerar la cuestión sería de rigor incluso si la guerra fuera una guerra
total, un elemento de hostilidad completamente desenfrenado. Todas las
circunstancias sobre las cuales descansa y que determinan sus características
principales, es decir, nuestro propio poder, el poder del enemigo, los aliados
de ambas partes, las características del pueblo y del gobierno respectivamente,
etc., tal como han sido enumeradas en el libro I, capítulo I, ¿no son acaso de
naturaleza política, y no están conectadas tan íntimamente con todo el
intercambio político que es imposible separarlas de él? Pero este punto de vista
es doblemente indispensable si pensamos que la guerra real no consiste en un
esfuerzo consecuente que tiende hacia el último extremo, como debería serlo de
acuerdo con la teoría abstracta, sino que es algo hecho a medias, una
contradicción en sí misma; que, como tal, no puede seguir sus propias leyes,
sino que debe ser considerada como una parte de un todo, y este todo es la
política.
La política, al hacer
uso de la guerra, evita todas las conclusiones rigurosas que provienen de su
naturaleza; se preocupa poco por las posibilidades finales y sólo se atiene a
las probabilidades inmediatas. Si, debido a ello, toda la transacción está
envuelta en la incertidumbre, si la guerra se convierte con ello en una especie
de juego, la política de cada gobierno alimenta la creencia segura de que en
este juego superará a su adversario en habilidad y discernimiento.
De este modo, la
política convierte a los elementos poderosos y temibles de la guerra en un
simple instrumento; la formidable espada de las batallas, que debería empuñarse
con ambas manos y descargarse con toda la fuerza del cuerpo, para que diera un
solo golpe, es convertida por ella en un arma liviana y manejable, que a veces
no es nada más que un espadín que la política usa, a su vez, para las
acometidas, las fintas y las paradas.
Así es como se pueden
solventar las contradicciones en las que el hombre, naturalmente tímido, se ve
envuelto en la guerra, si aceptamos esto como una solución.
Si la guerra pertenece
a la política, adquirirá naturalmente su carácter. Si la política es grande y
poderosa, igualmente lo será la guerra, y esto puede ser llevado al nivel en
que la guerra alcanza su forma absoluta.
Al concebir la guerra
de esta manera, no debemos por tanto perder de vista la forma de guerra
absoluta, mejor dicho, su imagen debe estar siempre presente en el fondo de la
cuestión.
Solamente gracias a
esta forma de concebirla la guerra se convierte una vez más en una unidad,
solamente así podemos considerar todas las guerras como cuestiones de una sola
clase; y sólo así el juicio podrá obtener las bases y los puntos de vista reales
y exactos con los cuales habrán de trazarse y juzgarse los grandes planes.
Es verdad que el
elemento político no penetra profundamente en los detalles de la guerra. Los
centinelas no son apostados ni las patrullas enviadas a hacer sus rondas
basándose en consideraciones políticas. Pero su influencia es muy decisiva con
respecto al plan de toda la guerra, de la campaña y a menudo incluso de la
batalla.
Por esta razón no nos
hemos apresurado a establecer este punto de vista desde el comienzo. Mientras
nos ocupábamos de detalles y circunstancias menores, nos hubiera servido de poca
ayuda y más bien, en cierta medida, habría distraído nuestra atención; pero no
por ello resulta menos indispensable en el plan de la guerra o de la campaña.
En general, no hay nada
más importante en la vida que establecer de forma exacta el punto de vista
desde el cual deben juzgarse y considerarse las cosas y mantenerlo luego, porque
sólo podemos comprender el conjunto de acontecimientos en su unidad, desde
un punto de vista, y sólo manteniendo estrictamente este punto de vista
podemos evitar caer en la inconsecuencia.
Por lo tanto, si al
apoyar un plan de guerra no cabe mantener dos o tres puntos de vista, desde los
cuales las cosas podrían considerarse ––por ejemplo, en un momento determinado,
adoptar el punto de vista del soldado, en otro momento el del gobemante o el
del político, etc.––, entonces el siguiente problema será dilucidar si la
política es necesariamente lo principal y si todo lo demás tiene que estar
subordinado a ella.
Se ha supuesto que la
política une y concilia dentro de sí todos los intereses de la administración
interna, incluso aquellos que la humanidad y todo aquello que la razón
filosófica pueda poner en evidencia, porque no es nada en sí misma, sino una
mera representación de todos esos intereses en contra de otros estados. No nos
interesa aquí el hecho de que la política pueda tomar una dirección errónea y
prefiera fomentar un fin ambicioso, unos intereses privados o la vanidad de los
gobernantes, porque en ninguna circunstancia el arte de la guerra puede
considerarse como el preceptor de la política, y sólo podemos considerar aquí
a la política como la representación de los intereses de la comunidad entera.
En consecuencia, la
cuestión estriba en si, al proyectar y trazar los planes para una guerra, el
punto de vista político debería desaparecer o supeditarse al puramente militar
(si fuera concebible un punto de vista como ése), o si aquél debería seguir
siendo el rector y el militar someterse a él.
Que el punto de vista
político debiera cesar por completo en sus funciones cuando comienza la guerra
sólo sería concebible si las guerras fueran luchas de vida o muerte, originadas
en el odio puro. Tal como son las guerras en realidad, sólo constituyen, como
hemos dicho antes, manifestaciones de la política misma. La subordinación del
punto de vista político al militar sería irrazonable, porque la política ha
creado la guerra; la política es la facultad inteligente, la guerra es sólo el
instrumento y no a la inversa. La subordinación del punto de vista militar al
político es, en consecuencia, lo único posible.
Si reflexionamos en la
naturaleza de la guerra real y recordamos lo que se ha manifestado en el
capítulo III de este libro, o sea, que toda guerra deberá ser comprendida de
acuerdo con la posibilidad de su carácter y de sus características principales,
tal como ha de deducirse de las fuerzas y de las condiciones políticas, y
que a menudo, en la realidad de nuestros días, podemos afirmar con seguridad
que, casi siempre, la guerra ha de considerarse como un todo orgánico,
del cual no pueden separarse los miembros individuales, y en el cual, por
consiguiente, toda actividad individual fluye dentro del todo y tiene también
su origen en la idea de este todo, entonces se pondrá perfectamente en claro y
se afirmará con seguridad que el punto de vista más elevado para la conducción
de la guerra, del cual provienen sus características principales, no puede ser
otro que el de la política.
A partir de este punto de
vista, nuestros planes emergen al igual que de un molde; nuestra comprensión y
nuestro juicio se hacen más fáciles y más naturales; nuestras convicciones ganan
fuerza, los móviles son más satisfactorios y la historia se hace más
inteligible.
A partir de él, por lo
menos, no existe ya el conflicto natural entre los intereses militares y los
políticos, y donde este conflicto aparece ha de considerársele meramente como
producto de un conocimiento imperfecto. Que la política exigiera de la guerra lo
que ésta no puede cumplir sería contrario a la presunción de que la política
conoce el instrumento que ha de usar, contrario, por lo tanto, a una presunción
que es natural e indispensable. Pero si la política juzga correctamente el
curso de los acontecimientos militares, será de su incumbencia determinar qué
acontecimientos y qué dirección de éstos es la que corresponde a los propósitos
de la guerra.
En una palabra, bajo el
punto de vista más elevado, el arte de la guerra se transforma en política,
pero, por supuesto, en una política que entabla batallas en lugar de redactar
notas diplomáticas.
De acuerdo con este punto
de vista, ntiene que descartarse y es incluso perjudicial admitir la distinción
de que un gran acontecimiento militar o el plan para ese acontecimiento debiera
llevar a la aprobación de un juicio puramente militar; en verdad, no
resulta un procedimiento razonable consultar a soldados profesionales acerca
del plan de la guerra, de modo que puedan dar una opinión puramente militar,
tal como hacen los gabinetes con frecuencia. Pero es aún más absurda la
exigencia de los teóricos de que deba hacerse ante el comandante en jefe una
declaración sobre los medios disponibles para la guerra, de modo que aquél
pueda desarrollar, de acuerdo con esos medios, un plan puramente militar para la
guerra o la campaña. La experiencia nos enseña también que, pese a la gran
diversidad y el desarrollo del sistema de guerra actual, el esquema principal
de una guerra ha sido determinado siempre por el gobierno, o sea, expresado en
lenguaje técnico, por un organismo puramente político y no por uno militar.
Esto se halla
completamente en la naturaleza de las cosas. Ninguno de los planes principales
que son necesarios para la guerra pueden ser trazados sin tener conocimiento de
las condiciones políticas, y cuando la gente se refiere, como hace a menudo, a
la influencia perjudicial de la política en la conducción de la guerra, expresa
realmente algo muy diferente de lo que se propone decir. No es esta influencia,
sino la política misma, la que debería ser censurada. Si la política es justa,
es decir, si logra sus fines, sólo podrá afectar a la guerra favorablemente, en
el sentido de esa política. Allí donde esa influencia se desvía del fin, la
causa tiene que buscarse en una política errónea.
Sólo cuando la política
espera equivocadamente un determinado efecto de ciertos medios y medidas
militares, un efecto opuesto a su naturaleza, podrá ejercer, mediante el curso
que imprime a las cosas, un efecto perjudicial sobre la guerra. Así como una
persona que no domina por completo un idioma dice muchas veces lo que no se
proponía, del mismo modo la política dará con frecuencia órdenes que no
corresponden a sus propias intenciones. Esto ha sucedido muy a menudo y muestra
que cierto conocimiento de los asuntos militares es esencial para la
administración del intercambio político.
Pero antes de seguir
adelante debemos apercibirnos contra una interpretación errónea que se insinúa
con prontitud. Estamos lejos de sostener la opinión de que un ministro de la
guerra, enfrascado en sus papeles oficiales, o un ingeniero erudito, o hasta un
militar que ha sido bien adiestrado en el campo de batalla constituirían,
necesariamente, el mejor ministro de Estado en un país donde el soberano no
actuara por sí mismo. En otras palabras, no queremos decir que esta
familiaridad con los asuntos militares sea la cualidad principal que deba poseer
un ministro de Estado. Las principales cualidades que tienen que caracterizar a
éste son una mente extraordinaria, de índole superior, y fortaleza de carácter;
ya que el conocimiento de la guerra le puede ser suministrado de una u otra
forma. Francia nunca fue peor aconsejada en sus asuntos militares y políticos
que cuando lo estaba por los dos hermanos Belleisle y el duque de Choiseul,
aunque los tres eran buenos soldados.
Si la guerra tiene que
concordar por entero con los propósitos de la política y la política ha de
adaptarse a los medios disponibles para la guerra, en el caso en que el
estadista y el soldado no estén conjugados en una sola persona sólo quedará una
alternativa satisfactoria, que es la de integrar al general en jefe en el
gabinete, de suerte que pueda tomar parte en sus consejos y decisiones en
ocasiones importantes. Pero esto sólo es posible si el gabinete, o sea, el mismo
gobierno, se halla próximo al teatro de la guerra, de modo que las cosas puedan
decidirse sin gran pérdida de tiempo.
Esto es lo que hicieron
el emperador de Austria en 1809 y los soberanos aliados en 1813, 1814 y 1815, y
esta disposición resultó ser completamente satisfactoria.
La influencia que sobre
el gabinete ejerce cualquier militar, a excepción del general en jefe, es
peligrosa en extremo; muy raras veces conduce a una acción sana y vigorosa. El
ejemplo de Francia entre 1793 y 1795, cuando Carnot, mientras residía en París,
asumía al propio tiempo la conducción de la guerra, es completamente censurable,
porque un sistema de terror no está a disposición de nadie que no sea un
gobierno revolucionario.
Terminaremos con algunas
reflexiones extraídas del estudio de la historia.
En la última década del
siglo pasado, cuando se produjo en Europa un cambio notable en el arte de la
guerra, a raíz de lo cual los mejores ejércitos vieron que una_ parte de su
manera de conducir la guerra se tornaba ineficaz y los éxitos militares se
producían con una magnitud que hasta entonces nadie había podido concebir,
parecía, sin duda, que todos los cálculos erróneos debían ser atribuidos al
arte de la guerra. Era evidente que, mientras se hallaba limitada por la
costumbre y la práctica dentro de un círculo de ideas estrechas, Europa había
sido sorprendida por posibilidades que se hallaban fuera de este círculo, pero
que sin lugar a dudas no eran ajenas a la naturaleza de las cosas.
Los observadores que
adoptaron un punto de vista más amplio atribuyeron la circunstancia a la
influencia general que la política había ejercido durante siglos sobre el arte
de la guerra, para su gran detrimento, y como resultado de lo cual había
llegado a ser una cuestión a medias, a menudo un simple simulacro de lucha.
Tenían razón en cuanto al hecho, pero se equivocaban al considerarlo como una
condición evitable que surgía por casualidad.
Otros pensaron que todo
tenía su explicación por la influencia momentánea de la política particular
desarrollada por Austria, Prusia, Inglaterra, etc.
Pero ¿era verdad que la
sorpresa real experimentada se debía a un factor en la conducción de la guerra
o más bien a algo que se hallaba dentro de la política misma? O sea, según
nuestra manera de expresarnos, ¿procedía la desgracia de la influencia de la
política sobre la guerra o de una política intrínsecamente errónea?
El formidable efecto
producido en el exterior por la Revolución francesa fue causado, evidentemente,
mucho menos por los nuevos métodos y puntos de vista introducidos por los
franceses en la conducción de la guerra que por el cambio en el arte de gobernar
y en la administración civil, en el carácter del gobierno, en la situación del
pueblo, etc. Que otros gobiernos consideraran todas estas cosas desde un punto
de vista inadecuado, que se esforzaran, con sus medios corrientes, en
defenderse contra fuerzas de nuevo tipo y de poder abrumador, todo esto fue un
craso error de la política.
¿Habría sido posible
advertir y corregir esos errores desde el punto de vista de una concepción
puramente militar de la guerra? No lo creemos. Porque aun cuando hubiera habido
un estratega filosófico que hubiese previsto todas las consecuencias y captado
las posibilidades remotas, partiendo simplemente de la naturaleza de los
elementos hostiles, habría sido casi imposible, sin embargo, que ese argumento
totalmente teórico produjera el menor resultado.
Solamente si se hubiera
elevado hasta el punto de efectuar una apreciación ajustada de las fuerzas que
habían despertado en Francia y de las nuevas relaciones en la situación política
de Europa, la política podría haber previsto las consecuencias que habían de
sobrevenir con respecto a las grandes características de la guerra, y sólo por
este camino podría haber llegado a adoptar un punto de vista correcto sobre el
alcance de los medios necesarios y el mejor uso que podía hacerse de ellos.
En consecuencia, podemos
decir que los veinte largos años de victorias de la Revolución francesa pueden
ser atribuidos principalmente a la política errónea de los gobiernos que se le
oponían.
Es verdad que estos
errores fueron puestos de manifiesto primero en la guerra, y los acontecimientos
bélicos frustraron por completo las esperanzas que acariciaba la política. Pero
esto no se produjo porque la política descuidara consultar a sus consejeros
militares. El arte de la guerra en el que creían los políticos de esa época, es
decir, el que se desprendía de la realidad de ese tiempo, el que pertenecía a la
política del momento, ese instrumento familiar que había sido usado hasta ese
entonces, ese arte de la guerra, estaba imbuido, por naturaleza, del mismo error
en que incurría la política y, en consecuencia, no podía enseñarle a ésta nada
mejor.
Es verdad que la misma
guerra ha sufrido cambios importantes, tanto en su naturaleza como en sus
formas, que la han aproximado más a su configuración absoluta; pero estos
cambios no se produjeron porque el gobierno francés se hubiera liberado, por
así decir, de las andaderas de la política, sino que surgieron de un cambio de
política que provenía de la Revolución francesa, no sólo en Francia, sino
también en el resto de Europa.
Esta política había
puesto de manifiesto otros medios y otras fuerzas, mediante los cuales 'se pudo
conducir la guerra con un grado de energía que nadie hubiera imaginado factible
hasta entonces.
Los cambios reales en el
arte de la guerra son también consecuencia de las alteraciones en la política,
y lejos de ser un argumento para la posible separación de una y otras
constituyen, por el contrario, una evidencia muy intensa de su íntima conexión.
Reiteramos, pues, una vez más: la guerra es un
instrumento de la política; debe incluir en sí misma, necesariamente, el
carácter de la política; debe medir con la medida de la política. La conducción
de la guerra, en sus grandes delineaciones, es, en consecuencia, la política
misma que empuña la espada en lugar de la pluma, pero que no cesa, por esa
razón, de pensar de acuerdo con sus propias leyes.
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