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(Por la magnitud de la obra,
no la ofrecemos de forma íntegra, sino que hemos realizado una selección de
aquellas partes que mejor se refieren a nuestra temática. Estrategia.info)
De la Guerra, ¿En qué
consiste la guerra? , El fin y los medios en la
guerra , El genio para la guerra ,
Información y fricciones ,
Introducción al Arte de la guerra ,
Sobre la Teoría de la guerra ,
¿Arte de la guerra o Ciencia de la guerra? ,
Elementos de la Estrategia ,
Ataque y defensa .
ARTE DE LA GUERRA O CIENCIA DE LA GUERRA
1. El uso que hace
de ello el idioma todavía no es conforme
Parece ser que todavía no
ha recaído la elección entre los términos de arte y ciencia y que nadie sabe
sobre qué base ha de ser decidida, pese a la sencillez que preside el tema. Ya
hemos afirmado en otra parte que el conocimiento es algo distinto de la
capacidad. La diferencia es tal, que no debería confundirse uno con otra. La
capacidad no puede ser contenida, en forma adecuada, en los límites de un texto
y el «arte» nunca tendría que figurar, en consecuencia, en el título de un
libro. Pero, debido a que nos hemos acostumbrado a colocar juntas las ramas de
conocimiento requeridas para la práctica de un arte (ramas que por separado
pueden constituir una ciencia entera) bajo la denominación de «teoría del
arte», o simplemente «arte», resulta coherente mantener esta distinción y
llamar arte a todo, cuando el objetivo es la capacidad creadora ––por ejemplo,
el arte de edificar––, y ciencia, cuando se trata simplemente de conocimiento
––como en las matemáticas, por ejemplo, y en la astronomía––. Es evidente, y
convendría no confundirse en ello, el hecho de que en cada teoría individual del
arte puedan aparecer ciencias enteras. Pero también cabe hacer notar que resulta
casi imposible la existencia de un conocimiento sin arte. En matemáticas, por
ejemplo, el empleo de la aritmética y del álgebra constituye un arte, pero no
representa esto ningún límite. La razón reside en que, pese a lo claramente
perceptible que pueda ser la diferencia existente entre conocimiento y
capacidad, dentro de la combinación de diferentes ramas del conocimiento
humano, resulta difícil para el hombre mismo trazar una clara línea de
demarcación.
2. Dificultades
para separar el conocimiento del juicio
Todo pensamiento
constituye, en verdad, un arte. Allí donde la lógica traza una línea, allí
donde encuentran su límite las premisas que son el resultado del conocimiento, y
comienza a actuar el juicio, allí empieza el arte. Pero todavía más: incluso el
conocimiento del espíritu es juicio y, en consecuencia, arte, y finalmente lo
es también el conocimiento mediante los sentidos. En suma, resulta tan imposible
imaginar a un ser humano que posea tan sólo la facultad del conocimiento sin la
del juicio como lo inverso, y así el arte y el conocimiento nunca pueden
separarse completamente el uno del otro. En cuanto esos sutiles elementos
iluminadores tomen en mayor medida la forma corporal de cosas del mundo
exterior, mayor será la separación existente entre sus reinos. Afirmémoslo una
vez más: allí donde se trata de creación y de producción, allí se encuentra el
ámbito del arte. Si el objetivo es la investigación y el conocimiento, allí
reina la ciencia. En consecuencia, resulta evidente que corresponde más hablar
de «arte de la guerra» que de «ciencia de la guerra».
Con esto debería ser
suficiente, ya que no se puede prescindir de esas concepciones. Pero ahora sale
a nuestro encuentro la constatación de que la guerra no es ni arte ni ciencia en
el verdadero sentido de la palabra, y que es precisamente por haber adoptado
ese punto de partida ideológico por lo que se ha tomado una falsa dirección, y
lo que ha determinado que se colocara a la guerra al nivel de otras artes y
otras ciencias, y conducido a establecer muchas analogías erróneas.
Ciertamente se había
advertido ya antes sobre ello y a partir de esa base se había sostenido que la
guerra es un oficio. Pero con esta afirmación fue más lo que se perdió que lo
que se ganó, ya que un oficio es tan sólo un arte inferior y, como tal, está
sujeto a leyes más definidas y rígidas. Para ser exactos, el arte de la guerra
tuvo, en cierto momento, el espíritu de un oficio, por ejemplo, en el tiempo de
los condottieri. Pero si tomó esta dirección fue por razones externas,
no internas, y la historia de la guerra demuestra cuán antinatural e
insatisfactoria fue esa circunstancia.
3. La guerra
constituye una acción de la relación humana
Afirmamos, en
consecuencia, que la guerra no pertenece al terreno de las artes o de las
ciencias, sino al de la vida social. Es un conflicto de grandes intereses,
resuelto mediante derramamiento de sangre, y solamente en esto se diferencia de
otros conflictos. Sería mejor si, en vez de equipararlo a cualquier otro arte,
lo comparáramos con el comercio, que es también un conflicto de intereses y
actividades humanas; y se parece mucho más a la política, la cual, a su vez,
puede ser considerada como una especie de comercio en gran escala. Todavía más,
la política constituye la matriz en que se desarrolla la guerra, dentro de la
cual yacen esbozadas sus formas generales, al igual que las cualidades de las
criaturas vivientes se contienen en su embrión.
4. Diferencia
La diferencia esencial
consiste en que la guerra no constituye una actividad de la voluntad que se
ejerza, como en las artes mecánicas, sobre la materia inerte, ni como el
entendimiento y las emociones humanas en las bellas artes, sobre objetos que, si
bien vivientes, son, sin embargo, pasivos e inactivos, sino que atañe a
elementos vivientes y capaces de reaccionar. En seguida nos llama la atención
cuán reducido es el número de esquemas mentales de las artes y las ciencias que
son aplicables a tal actividad y podemos entender, por ello, la razón por la
cual la constante búsqueda de leyes y su seguimiento, similares a aquellas que
pueden extraerse del mundo inerte de la materia, no podría sino conducirnos a
caer constantemente en el error. Y, sin embargo, ha sido precisamente la forma
mecánica de arte la que se ha querido tomar como modelo para el arte de la
guerra, debido a que ésta muy raramente establece leyes y reglas, y cuando se ha
tratado de hacer, invariablemente se ha reconocido que eran insuficientes y
limitadas, y continuamente se han visto desvirtuadas y reducidas por las
corrientes de opinión, los sentimientos y las costumbres.
En este libro se
analizará, en parte, si ese conflicto de elementos vivientes, tal como surge y
se resuelve en la guerra, está sujeto a leyes generales, y si esas leyes pueden
facilitar una guía útil para la acción. Pero esto es, en gran medida, de por sí
evidente, o sea que, al igual que cualquier otro tema que no exceda nuestra
capacidad de comprensión, puede ser enfocado o más o menos esclarecido en sus
íntimas relaciones por una mente inquisidora, y esto solo resulta suficiente
para establecer el concepto de la teoría.
ESTRATEGIA
El concepto de estrategia
ha sido definido en el capítulo II del libro II. La estrategia es el uso del
encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra. Propiamente hablando, sólo
tiene que ver con el encuentro, pero su teoría debe tener en cuenta, al mismo
tiempo, al agente de su propia actividad, o sea, las fuerzas armadas,
consideradas en sí mismas y en sus relaciones principales; el encuentro es
determinado por éstas y, a su vez, ejerce sobre ellas unos efectos inmediatos.
El encuentro mismo debe ser estudiado en relación tanto con sus resultados
posibles como con las fuerzas espirituales y del carácter, que son las más
importantes en el uso de ese encuentro.
La estrategia es el uso
del encuentro para alcanzar el objetivo de la guerra. Por lo tanto, debe
imprimir un propósito a toda la acción militar, propósito que debe concordar con
el objetivo de la guerra. En otras palabras, la estrategia traza el plan de la
guerra y, para el propósito aludido, añade la serie de actos que conducirán a
ese propósito; es decir, traza los planes para las campañas por separado y
prepara los encuentros que serán librados en cada una de ellas. Como todas
estas son cuestiones que en gran medida sólo pueden ser determinadas sobre la
base de suposiciones, algunas de las cuales no se materializan, mientras que
cierto número de decisiones referentes a detalles no pueden ser tomadas de
antemano en forma alguna, es evidente que la estrategia debe estar presente en
el campo de batalla, para concertar esos detalles sobre el terreno y hacer las
modificaciones al plan general, cosa que es en todo momento necesaria. En
consecuencia, la estrategia no puede ni por un instante dejar de ejercer su
tarea.
Tal punto de vista no
siempre había sido adoptado, al menos en cuanto al conjunto, lo cual se pone de
manifiesto por la antigua costumbre de mantener a la estrategia en los despachos
y no en el seno del ejército. Esto sólo es aceptable si el despacho permanece
tan próximo al ejército que puede ser considerado como su cuartel general.
En consecuencia, la
teoría seguirá a la estrategia en este plan, o, hablando con mayor propiedad,
arrojará luz tanto sobre las cosas mismas como sobre sus relaciones recíprocas,
y hará hincapié en lo poco que se desprendía de ellas como principios o reglas.
Si recordamos lo
expresado en el primer capítulo del libro I, en el sentido de que la guerra
atañe a tantas cuestiones de la mayor importancia, comprenderemos que la
consideración de todas ellas presupone una singular intervención del espíritu.
Un príncipe o un general
que sabe cómo organizar la guerra exactamente de acuerdo con sus objetivos y
sus medios, los cuales no utiliza ni demasiado ni muy poco, proporciona con ello
la prueba más grande de su genio. Pero los efectos de esa genialidad se ponen de
manifiesto no tanto en la invención de nuevas formas de acción, que podrían
causar una inmediata impresión, como en la conclusión afortunada del conjunto.
Lo que debería ser admirado es el cumplimiento exacto de las suposiciones
silenciosas, la armonía sosegada de toda acción que únicamente se hace patente
en el resultado total.
El investigador que,
partiendo del resultado total, no perciba esa armonía es el que buscará la
genialidad donde ésta no existe y donde no puede existir.
En realidad, los medios y
las formas que utiliza la estrategia son tan extremadamente sencillos, tan bien
conocidos por su repetición constante, que resulta ridículo para el sentido
común que los críticos se refieran a ellos con tanta frecuencia y presuntuoso
énfasis. La acción de rodear un flanco, que ha sido realizada miles de veces, es
considerada por unos como indicio de la genialidad más brillante, y por otros
como prueba de la penetración más profunda y hasta del conocimiento más amplio.
¿Es posible que se caiga en el mundo libresco en aberraciones tan absurdas?
Esto resulta todavía más
risible si pensamos en que los mismos críticos, de acuerdo con la opinión más
común, excluyen de la teoría todas las fuerzas espirituales y no le permiten a
ésta considerar más que las fuerzas materiales, de modo que todo queda limitado
a algunas relaciones matemáticas de equilibrio y preponderancia, de tiempo y de
espacio, y a algunas líneas y ángulos. Si sólo se tratara de esto, entonces no
cabría siquiera formular, partiendo de una premisa tan desdeñable, un problema
científico para usos escolares.
Pero admitamos que no se
trata aquí de fórmulas científicas ni de problemas. Las relaciones entre las
cosas materiales son todas muy sencillas. Más difícil resulta la comprensión de
las fuerzas que entran en juego. Pero aun respecto de ellas, las
complicaciones intelectuales y la gran diversidad de cantidades y relaciones
sólo han de ser buscadas en los ámbitos superiores de la estrategia. A este
nivel, la estrategia limita con la política y con el gobierno, o, más bien, pasa
a ser ambos a la vez, y, como hemos observado antes, éstos tienen más
influencia sobre lo mucho o lo poco que ha de hacerse que sobre cómo ha de
realizarse. Allí donde es esta la cuestión principal, como en los actos
aislados de la guerra, tanto grandes como pequeños, las magnitudes espirituales
se reducen a un número muy reducido.
Así, en la estrategia
todo resulta muy simple, pero no por ello muy fácil. Una vez que, por las
relaciones de Estado, se determina lo que la guerra podrá y tendrá que ser,
entonces el camino para alcanzar esto será fácilmente encontrado; pero
seguirlo en línea recta, llevar a cabo el plan sin verse obligado a desviarse
mil veces por mil influencias variables, requiere, además de fuerza de carácter,
una gran claridad y firmeza mental. De mil hombres que puedan sobresalir, unos
por su espíritu, otros por su agudeza y otros por su intrepidez o por su fuerza
de voluntad, quizá ninguno podrá aunar en sí mismo las cualidades que lo eleven
por encima de la mediocridad en la carrera de general.
Podrá parecer extraño que
se necesite mucha mas fuerza de voluntad para tomar una decisión importante en
la estrategia que en la táctica, pero es un hecho fuera de duda para todos los
que conocen la relación que guarda la guerra con ello. En la táctica se cae en
el entusiasmo con rapidez; el que actúa se siente arrastrado por un remolino
contra el cual no debe luchar sin tener que afrontar las consecuencias más
destructivas, reprime las dudas que puedan conturbarlo y se aventura a avanzar
intrépidamente. En la estrategia, donde todo se mueve con mayor lentitud, hay
mucho más lugar para nuestras propias dudas y las de los demás, para las
objeciones y las protestas, y, en consecuencia, también para los remordimientos
inoportunos. Y ya que en la estrategia no vemos con nuestros propios ojos ni
siquiera la mitad de las cosas que percibimos en la táctica, pues todo debe ser
conjeturado y supuesto, también en ella la convicción es menos firme. El
resultado es que la mayoría de los generales, en el momento en que deberían
actuar, se aferran fuertemente a dudas estériles.
Dirigiendo nuestra mirada
a la historia, nos referiremos a la campaña de 1760 de Federico el Grande, que
se ha hecho famosa por la excelencia de sus marchas y maniobras, una perfecta
obra maestra de habilidad estratégica, como nos dicen los críticos. ¿Nos
sentiremos, entonces, embargados por la admiración al ver cómo el rey prusiano
intentó primero rodear el flanco derecho de Daun, luego el izquierdo, después
nuevamente el derecho, etc.? ¿Hemos de ver una profunda sabiduría en esto?
Evidentemente, no, si hemos de formular nuestra opinión naturalmente y sin
afectación. Más bien debemos admirar, por encima de todo, la sagacidad de ese
rey, quien, al perseguir un objetivo grande con medios muy limitados, no
emprendió nada que estuviera más allá de sus fuerzas, sino sólo lo
suficiente para lograr su objetivo. Su sagacidad no sólo se hizo patente en
esta campaña, sino durante las tres guerras que libró posteriormente.
Su objetivo fue llevar a
Prusia al puerto seguro de una paz con garantías.
Puesto a la cabeza de un
pequeño estado, que se parecía a los otros en la mayoría de las cosas y sólo
estaba más adelantado que éstos en algunos aspectos de la administración, no
podía llegar a ser un Alejandro, pero sí podía, como Carlos XII de Suecia,
acabar sumido en el desastre. Por lo tanto, en la totalidad de su conducción de
la guerra encontramos un poder restringido, siempre bien equilibrado y nunca
falto de vigor, que en los momentos críticos se elevó hasta realizar proezas
asombrosas e inmediatamente después osciló de manera paulatina, ajustándose al
juego de las influencias políticas más sutiles. Ni la vanidad, ni la sed de
gloria, ni las ansias de desquite pudieron hacerle desviar de su camino, y sólo
este proceder lo condujo a la feliz conclusión de la contienda.
¡Qué poca justicia hacen
estas palabras a ese aspecto de la genialidad de un gran general! Sólo si
observamos cuidadosamente el resultado extraordinario de la guerra en que
estaba empeñado e investigamos las causas que produjeron su resultado,
llegaremos a la convicción de que únicamente su discernimiento agudo fue lo que
condujo al rey a sortear todos los peligros.
Este es el rasgo de ese
gran jefe que admiramos en la campaña de 1760 ––y también en todas las otras,
pero en ésta en especial––, porque en ninguna otra mantuvo el equilibrio contra
una fuerza hostil tan superior haciendo un sacrificio tan pequeño.
Otro rasgo se refiere a
la dificultad de ejecución. Las marchas para rodear un flanco derecho o
izquierdo tienen un fácil planteamiento; la idea de mantener siempre una pequeña
fuerza bien concentrada para poder enfrentar al enemigo disperso, en iguales
condiciones y en cualquier punto, y la de multiplicar una fuerza por medio de
movimientos rápidos, es concebida con tanta facilidad como es expresada. En
consecuencia, su descubrimiento no puede despertar nuestra admiración, y con
respecto a estas cosas sencillas basta con admitir que son sencillas.
Pero dejemos que un
general trate de imitar en estas cosas a Federico el Grande. Algunos autores que
fueron testigos oculares se han referido mucho tiempo después al peligro, o,
más aún, a la imprudencia con que fueron establecidos los campamentos del rey,
y, sin duda, en la época en que los levantó, el peligro parecía tres veces mayor
que en épocas ulteriores.
Lo mismo sucedió con sus
marchas, realizadas a cuerpo descubierto, e incluso bajo el fuego de los cañones
enemigos. El rey Federico levantó sus campamentos y realizó esas marchas porque,
en el modo de proceder de Daun, en su método de formar el ejército, en su
sentido de responsabilidad y en su carácter, encontró esa seguridad que hizo que
sus marchas y sus campamentos fueran aventurados pero no temerarios. Pero para
ver las cosas desde este punto de vista se requeriría poseer la audacia, la
determinación y la fuerza de voluntad que caracterizaron a ese rey, y no dejarse
intimidar por el peligro del que la gente todavía escribía y hablaba treinta
años después. En esta situación, pocos generales hubieran considerado
practicables estos simples medios estratégicos.
En aquella campaña se
planteaba además otra dificultad de ejecución, a saber, que el ejército del rey
prusiano se mantenía en constante movimiento. El ejército se desplazó dos veces
por vericuetos en pésimas condiciones, desde el Elba hasta Silesia, detrás de
Daun y perseguido por Lascy (principios de julio y de agosto). Tenía que estar
preparado para la batalla en cualquier momento, y sus marchas tenían que ser
organizadas con un grado de habilidad que necesariamente conduciría a un
esfuerzo igualmente grande. Aunque contó con él pese a ser demorado en sus
movimientos por el desplazamiento de miles de vehículos, su sistema de
mantenimiento era todavía en extremo insuficiente. En Silesia, durante los ocho
días anteriores a la batalla de Liegnitz tuvo que realizar constantemente
marchas nocturnas y se vio forzado a dirigirse de modo alternativo hacia la
derecha y hacia la izquierda, a lo largo del frente enemigo. Esto le costó un
gran esfuerzo y le impuso asimismo inmensas privaciones.
¿Cabe suponer que todo
esto pudo hacerse sin producir una gran fricción en la maquinaría? ¿Puede un
general en jefe realizar esos movimientos con la misma facilidad con que la mano
de un topógrafo maneja la alidada? ¿No se sentirá conmovido mil veces el
corazón del jefe y el de sus generales a la vista de los sufrimientos de sus
soldados hambrientos y sedientos? ¿No habrán de llegar a sus oídos las quejas y
dudas que éstos manifiesten? ¿Tendrá un hombre corriente el valor de exigir
tales sacrificios? ¿No desmoralizarían inevitablemente al ejército esos
esfuerzos, no destruirían su disciplina y, en suma, no minarían sus virtudes
militares si no los compensara una sólida confianza en la grandeza e
infalibilidad del jefe? Por lo tanto, ante eso es ante lo que habremos de
inclinarnos; estos milagros de ejecución son los que tenemos que admirar. Pero
no es posible comprender esto en toda su magnitud sin haberlo experimentado de
antemano. Para la persona que conoce la guerra sólo por los libros y los campos
de adiestramiento, no existe en realidad ninguno de estos efectos paralizantes
sobre la acción; por lo tanto, le pedimos que acepte de nosotros, con fe y
confianza, todo lo que ella es incapaz de aportar por experiencia personal.
Por medio de este ejemplo
nos propusimos clarificar el desarrollo de nuestras ideas, y al cerrar este
apartado nos apresuramos a decir que, al considerar la estrategia,
describiremos los aspectos individuales que nos parezcan más importantes, sean
de naturaleza material o espiritual. Procederemos de lo simple a lo complejo y
concluiremos con la relación interna de todo el acto de la guerra, en otras
palabras, con el plan para una guerra o para una campaña.
Un encuentro llega a ser
posible por la mera disposición de las fuerzas armadas en un punto, pero no
siempre se produce realmente allí. ¿Debe considerarse esa posibilidad como una
realidad y por lo tanto como algo factible? Evidentemente. Es así en virtud de
sus consecuencias, y estos efectos, cualesquiera que sean, no pueden faltar
nunca.
1. Los encuentros
posibles han de ser considerados como reales debido a sus consecuencias
Si un destacamento es
enviado para cortar la retirada del enemigo que huye y éste se rinde sin ofrecer
mayor resistencia, su decisión se debe al encuentro que podría provocar ese
destacamento.
Si una parte de nuestro
ejército ocupa una zona enemiga que estaba indefensa y priva así al enemigo de
medios considerables con los que podría reforzar su propio ejército,
continuamos en posesión de esa zona solamente gracias al encuentro, ya que, en
el caso de que el enemigo se propusiera recuperar la zona, ese destacamento
haría que el enemigo preyera la posibilidad de ese encuentro.
Por lo tanto, en ambos
casos, la mera posibilidad de un encuentro ha producido consecuencias y, por
consiguiente, ha accedido a la categoría de cosa real. Supongamos que en estos
casos el enemigo hubiese opuesto a nuestras tropas otras superiores en fuerza,
y de este modo hubiera obligado a las nuestras a abandonar su objetivo sin que
se produjese el encuentro; entonces, sin duda, nuestro plan habría fallado,
pero el encuentro que propusimos al enemigo no habría dejado de surtir efecto,
porque habría atraído a las fuerzas enemigas. Incluso si toda la empresa hubiera
significado una pérdida para nosotros, no podremos decir que estas posiciones,
estos encuentros posibles, no hayan surtido efecto. Tales efectos, por lo tanto,
son similares a los de un encuentro perdido.
Así, vemos que solamente
se logra la destrucción de las fuerzas militares del enemigo y la aniquilación
del poder enemigo por medio de los efectos del encuentro, ya sea que el
encuentro se produzca realmente o que sólo sea propuesto y no aceptado.
2. El objetivo doble
del encuentro
Pero estos efectos
también son dobles, o sea, directos e indirectos. Son indirectos si intervienen
otras cuestiones que pasan a ser el objetivo del encuentro, cuestiones que en sí
mismas no pueden ser consideradas como la destrucción de las fuerzas enemigas,
sino que sólo se supone que conducen a ella, sin duda en forma indirecta, pero
con mayor fuerza. La posesión de zonas, ciudades, fortalezas, caminos, puentes,
polvorines, etc., puede ser el objeto inmediato de un encuentro, pero
nunca el objetivo final. Cosas como las descritas sólo deben ser consideradas
como un medio de lograr una superioridad, para que el encuentro pueda ser
finalmente propuesto al oponente, de tal forma que éste se vea imposibilitado de
aceptarlo. Por lo tanto, todas estas cuestiones solamente deben ser consideradas
como pasos intermedios, o sea, como guías para el principio efectivo, pero
nunca como el principio mismo.
3. Ejemplos
En 1814, con la conquista
de la capital de Bonaparte se alcanzó el objetivo de la guerra. Las divisiones
políticas que tenían sus raíces en París se hicieron efectivas; una profunda
resquebradura causó el derrumbamiento del poder del emperador. Sin embargo, es
necesario considerar esto desde el punto de vista de que por este medio fueron
reducidos en un instante la fuerza militar de Bonaparte y su poder de
oposición, y que la superioridad de los Aliados aumentó proporcionalmente,
haciendo imposible para aquél ofrecer más resistencia. Fue esta imposibilidad
la que dió lugar a la paz. De suponer que las fuerzas militares de los Aliados
hubieran sido reducidas proporcionalmente en ese momento por influencia de
causas externas, la superioridad habría desaparecido y con ella también todo el
efecto y la importancia de la conquista de París.
Hemos examinado con
detención esta cadena de argumentos para mostrar que es ese el único punto de
vista verdadero y natural, del que se deriva su importancia. Ello nos conduce de
nuevo a la siguiente cuestión: ¿cuál tendrá que ser, en cualquier momento dado
de la guerra o de la campaña, el resultado probable de los encuentros grandes y
pequeños que los dos bandos puedan proponerse mutuamente? En la consideración
del plan para una campaña o una guerra, sólo esta cuestión es decisiva, por lo
que respecta a las medidas que deben ser tomadas desde un principio.
4. Cuando no se adopta
este punto de vista, se otorga entonces un valor falso a otras cosas
Si no consideramos la
guerra y las campañas aisladas de la guerra como una cadena compuesta sólo de
encuentros, de los cuales uno siempre es causa del otro; si aceptamos la idea de
que la conquista de ciertos puntos geográficos o la ocupación de zonas
indefensas constituyen algo en sí mismas, entonces es muy probable que
consideremos esto como una ventaja que puede ser obtenida como de pasada; y si
lo consideramos así y no como un eslabón de toda la serie de acontecimientos, no
nos preguntaremos si esa posesión puede acarrearnos más tarde una desventaja.
¡Cuán a menudo vemos repetirse este error en la historia de la guerra! Podemos
decir que, del mismo modo que, en el comercio, el comerciante no puede poner
aparte y a buen recaudo ganancias provenientes de una transacción aislada,
tampoco en la guerra puede separarse una ventaja aislada del resultado del
conjunto. De la misma manera que el comerciante no puede operar siempre con la
suma total de sus medios, igualmente en la guerra sólo el total final decidirá
si un caso particular constituye una ganancia o una pérdida.
Pero si la mente no deja
de considerar las series de encuentros hasta donde sea posible advertirlo de
antemano, entonces ha escogido el camino que lleva directamente a su objetivo y,
por lo tanto, nuestro poder adquiere esa rapidez o, lo que es igual, nuestros
actos de voluntad y nuestras acciones adquieren ese vigor que reclama la ocasión
y que no se ve ensombrecido por influencias extrañas.
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