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Oráculo manual y arte
de la prudencia
1-30 , 31-60 ,
61-90 , 91-120 ,
121-150 , 151-180 ,
181-210 , 211-240 ,
241-270 , 271-300
151
Pensar anticipado:
hoi para mañana, y aun para muchos días. La mayor providencia es tener horas
della; para prevenidos no ai acasos, ni para apercibidos aprietos. No se ha de
aguardar el discurrir para el ahogo, y á de ir de antemano; prevenga con la
madurez del reconsejo el punto más crudo. Es la almohada Sibila muda, y el
dormir sobre los puntos vale más que el desvelarse debaxo dellos. Algunos obran,
y después piensan: aquello más es buscar escusas que conseqüencias. Otros, ni
antes ni después. Toda la vida ha de ser pensar para acertar el rumbo: el
reconsejo y providencia dan arbitrio de vivir anticipado.
152
Nunca acompañarse con quien
le pueda desluzir,
tanto por más quanto por
menos. Lo que excede en perfección excede en estimación. Hará el otro el primer
papel siempre, y él el segundo; y si le alcançare algo de aprecio, serán las
sobras de aquel. Campea la Luna, mientras una, entre las Estrellas; pero en
saliendo el Sol, o no parece o desaparece. Nunca se arrime a quien le eclipse,
sino a quien le realce. Desta suerte pudo parecer hermosa la discreta Fabula de
Marcial, y lució entre la fealdad o el desaliño de sus donzellas. Tampoco ha de
peligrar de mal de lado, ni honrar a otros a costa de su crédito. Para hazerse,
vaya con los eminentes; para hecho, entre los medianos.
153
Huiga de entrar a llenar
grandes vazíos.
Y, si se empeña, sea con seguridad del excesso. Es menester doblar el valor para
igualar al del passado. Assí como es ardid que el que se sigue sea tal que le
haga deseado, assí es sutileza que el que acabó no le eclipse. Es dificultoso
llenar un gran vacío, porque siempre lo passado pareció mejor; y aun la igualdad
no bastará, porque está en possessión de primero. Es, pues, necessario añadir
prendas para echar a otro de su possessión en el mayor concepto.
154
No ser fácil, ni en creer,
ni en querer.
Conócese la madurez en la espera de la credulidad: es mui ordinario el mentir,
sea extraordinario el creer. El que ligeramente se movió hállase después
corrido; pero no se ha de dar a entender la duda de la fe agena, que passa de
descortesía a agravio, porque se le trata al que contesta de engañador o
engañado. Y aun no es ésse el mayor inconveniente, quanto que el no creer es
indicio del mentir; porque el mentiroso tiene dos males, que ni cree ni es
creído. La suspensión del juizio es cuerda en el que oye, y remítase de fe al
autor aquel que dize: «También es especie de imprudencia la facilidad en el
querer»; que, si se miente con la palabra, también con las cosas, y es más
pernicioso este engaño por la obra.
155
Arte en el apassionarse.
Si es possible,
prevenga la prudente reflexión la vulgaridad del ímpetu. No le será dificultoso
al que fuere prudente. El primer passo del apassionarse es advertir que se
apassiona, que es entrar con señorío del afecto, tanteando la necessidad hasta
tal punto de enojo, y no más. Con esta superior reflexa entre y salga en una
ira. Sepa parar bien, y a su tiempo, que lo más dificultoso del correr está en
el parar. Gran prueva de juizio conservarse cuerdo en los trances de locura.
Todo excesso de passión degenera de lo racional; pero con esta magistral
atención nunca atropellará la razón, ni pisará los términos de la sindéresis.
Para saber hazer mal a una passión es menester ir siempre con la rienda en la
atención, y será el primer cuerdo a cavallo, si no el último.
156
Amigos de elección.
Que lo han de ser a
examen de la discreción y a prueva de la fortuna, graduados no sólo de la
voluntad, sino del entendimiento. Y con ser el más importante acierto del vivir,
es el menos asistido del cuidado. Obra el entremetimiento en algunos, y el acaso
en los más. Es definido uno por los amigos que tiene, que nunca el sabio
concordó con ignorantes; pero el gustar de uno no arguye intimidad, que puede
proceder más del buen rato de su graciosidad que de la confiança de su
capacidad. Ai amistades legítimas y otras adulterinas: éstas para la
delectación, aquéllas para la fecundidad de aciertos. Hállanse pocos de la
persona, y muchos de la fortuna. Más aprovecha un buen entendimiento de un amigo
que muchas buenas voluntades de otros. Aya, pues, elección, y no suerte. Un
sabio sabe escusar pesares, y el necio amigo los acarrea. Ni desearles mucha
fortuna, si no los quiere perder.
157
No engañarse en las
personas, que es
el peor y más fácil engaño. Más vale ser engañado en el precio que en la
mercadería; ni ai cosa que más necessite de mirarse por dentro. Ai differencia
entre el entender las cosas y conocer las personas; y es gran filosofía alcançar
los genios y distinguir los humores de los hombres. Tanto es menester tener
estudiados los sugetos como los libros.
158
Saber usar de los amigos.
Ai en esto su
arte de discreción; unos son buenos para de lejos, y otros para de cerca; y el
que tal vez no fue bueno para la conversación lo es para la correspondencia.
Purifica la distancia algunos defectos que eran intolerables a la presencia. No
sólo se ha de procurar en ellos conseguir el gusto, sino la utilidad, que ha de
tener las tres calidades del bien, otros dizen las del ente: uno, bueno y
verdadero, porque el amigo es todas las cosas. Son pocos para buenos, y el no
saberlos elegir los haze menos. Saberlos conservar es más que el hazerlos
amigos. Búsquense tales que ayan de durar, y aunque al principio sean nuevos,
baste para satisfación que podrán hazerse viejos. Absolutamente los mejores los
mui salados, aunque se gaste una anega en la experiencia. No ai desierto como
vivir sin amigos. La amistad multiplica los bienes y reparte los males, es único
remedio contra la adversa fortuna y un desahogo del alma.
159
Saber sufrir necios.
Los sabios siempre
fueron mal sufridos, que quien añade ciencia añade impaciencia. El mucho conocer
es dificultoso de satisfazer. La mayor regla del vivir, según Epicteto, es el
sufrir, y a esto reduxo la metad de la sabiduría. Si todas las necedades se han
de tolerar, mucha paciencia será menester. A vezes sufrimos más de quien más
dependemos, que importa para el exercicio del vencerse. Nace del sufrimiento la
inestimable paz, que es la felicidad de la tierra. Y el que no se hallare con
ánimo de sufrir apele al retiro de sí mismo, si es que aun a sí mismo se ha de
poder tolerar.
160
Hablar de atento,
con los émulos por
cautela, con los demás por decencia. Siempre ai tiempo para embiar la palabra,
pero no para bolverla. Hase de hablar como en testamento, que a menos palabras,
menos pleitos. En lo que no importa se ha de ensayar uno para lo que importare.
La arcanidad tiene visos de divinidad. El fácil a hablar cerca está de ser
vencido y convencido.
161
Conocer los defectos dulces.
El hombre más perfecto no se escapa de algunos, y se casa o se amanceba con
ellos. Ailos en el ingenio, y mayores en el mayor, o se advierten más. No porque
no los conozca el mismo sugeto, sino porque los ama; dos males juntos,
apasionarse y por vicios. Son lunares de la perfección, ofenden tanto a los de
afuera quanto a los mismos les suenan bien. Aquí es el gallardo vencerse y dar
esta felicidad a los demás realces; todos topan allí, y quando avían de celebrar
lo mucho bueno que admiran, se detienen donde reparan, afeando aquello por
desdoro de las demás prendas.
162
Saber triunfar de la
emulación y malevolencia.
Poco es ya el desprecio,
aunque prudente; más es la galantería. No ai bastante aplauso a un dezir bien
del que dize mal. No ai venganza más heroica que con méritos y prendas, que
vencen y atormentan a la invidia. Cada felicidad es un apretón de cordeles al
mal afecto, y es un infierno del émulo la gloria del emulado. Este castigo se
tiene por el mayor: hazer veneno de la felicidad. No muere de una vez el
envidioso, sino tantas quantas vive a vozes de aplausos el invidiado,
compitiendo la perenidad de la fama del uno con la penalidad del otro. Es
imortal éste para sus glorias y aquél para sus penas. El clarín de la Fama, que
toca a imortalidad al uno, publica muerte para el otro, sentenciándole al
suspendio de tan invidiosa suspensión.
163
Nunca por la compassión del
infeliz se ha de incurrir en la
desgracia del afortunado. Es desventura para unos la que suele ser
ventura para otros, que no fuera uno dichoso si no fueran muchos otros
desdichados. Es proprio de infelices conseguir la gracia de las gentes, que
quiere recompensar ésta con su favor inútil los disfavores de la fortuna; y
viose tal vez que el que en la prosperidad fue aborrecido de todos, en la
adversidad compadecido de todos: trocóse la vengança de ensalçado en compassión
de caído. Pero el sagaz atienda al varajar de la suerte. Ai algunos que nunca
van sino con los desdichados, y ladean hoi por infeliz al que huyeron ayer por
afortunado. Arguye tal vez nobleza del natural, pero no sagazidad.
164
Echar al aire algunas cosas.
Para examinar la aceptación, un ver cómo se reciben, y más las sospechosas de
acierto y de agrado. Assegúrase el salir bien, y queda lugar o para el empeño o
para el retiro. Tantéanse las voluntades desta suerte, y sabe el atento dónde
tiene los pies: prevención máxima del pedir, del querer y del governar.
165
Hazer buena guerra.
Puédenle obligar al cuerdo a hazerla, pero no mala. Cada uno ha de obrar como
quien es, no como le obligan. Es plausible la galantería en la emulación. Hase
de pelear no sólo para vencer en el poder, sino en el modo. Vencer a lo ruin no
es vitoria, sino rendimiento. Siempre fue superioridad la generosidad. El hombre
de bien nunca se vale de armas vedadas, y sonlo las de la amistad acabada para
el odio començado, que no se ha de valer de la confiança para la vengança; todo
lo que huele a traición inficiona el buen nombre. En personages obligados se
estraña más qualquier átomo de vajeza; han de distar mucho la nobleza de la
vileza. Préciese de que si la galantería, la generosidad y la fidelidad se
perdiessen en el mundo se avían de buscar en su pecho.
166
Diferenciar el hombre de
palabras del de obras.
Es única precisión, assí
como la del amigo, de la persona, o del empleo, que son mui diferentes. Malo es,
no teniendo palabra buena, no tener obra mala; peor, no teniendo palabra mala,
no tener obra buena. Ya no se come de palabras, que son viento, ni se vive de
cortesías, que es un cortés engaño. Caçar las aves con luz es el verdadero
encandilar. Los desvanecidos se pagan del viento; las palabras han de ser
prendas de las obras, y assí han de tener el valor. Los árboles que no dan
fruto, sino ojas, no suelen tener coraçón. Conviene conocerlos, unos para
provecho, otros para sombra.
167
Saberse ayudar.
No ai mejor compañía en los
grandes aprietos que un buen coraçón; y quando flaqueare se ha de suplir de las
partes que le están cerca. Házensele menores los afanes a quien se sabe valer.
No se rinda a la fortuna, que se le acabará de hazer intolerable. Ayúdanse poco
algunos en sus trabajos, y dóblanlos con no saberlos llevar. El que ya se conoce
socorre con la consideración a su flaqueza, y el Discreto de todo sale con
victoria, hasta de las Estrellas.
168
No dar en monstro de la
necedad. Sonlo
todos los desvanecidos, presuntuosos, porfiados, caprichosos, persuadidos,
extravagantes, figureros, graciosos, noveleros, paradoxos, sectarios y todo
género de hombres destemplados; monstros todos de la impertinencia. Toda
monstrosidad del ánimo es más diforme que la del cuerpo, porque desdize de la
belleza superior. Pero ¿quién corregirá tanto desconcierto común? Donde falta la
sindéresis, no queda lugar para la dirección, y la que avía de ser observación
reflexa de la irrisión es una mal concebida presunción de aplauso imaginado.
169
Atención a no errar una, más
que a acertar ciento.
Nadie mira al Sol
resplandeciente, y todos eclipsado. No le contará la nota vulgar las que
acertare, sino las que errare. Más conocidos son los malos para murmurados que
los buenos para aplaudidos; ni fueron conocidos muchos hasta que delinquieron,
ni bastan todos los aciertos juntos a desmentir un solo y mínimo desdoro. Y
desengáñese todo hombre, que le serán notadas todas las malas, pero ninguna
buena, de la malevolencia.
170
Usar del retén
en todas las cosas. Es assegurar la importancia. No todo el caudal se ha
de emplear, ni se han de sacar todas las fuerças cada vez; aun en el saber ha de
aver resguardo, que es un doblar las perfecciones. Siempre ha de aver a que
apelar en un aprieto de salir mal; más obra el socorro que el acometimiento,
porque es de valor y de crédito. El proceder de la cordura siempre fue al
seguro. Y aun en este sentido es verdadera aquella paradoxa picante: más es la
metad que el todo.
171
No gastar el favor.
Los amigos grandes son para las grandes ocasiones. No se ha de emplear la
confiança mucha en cosas pocas, que sería desperdicio de la gracia. La sagrada
áncora se reserva siempre para el último riesgo. Si en lo poco se abusa de lo
mucho, ¿qué quedará para después? No ai cosa que más valga que los valedores, ni
más preciosa hoi que el favor: haze y deshaze en el mundo hasta dar ingenio o
quitarlo. A los Sabios lo que les favorecieron naturaleza y fama les invidió la
fortuna. Más es saber conservar las personas y tenerlas que los averes.
172
No empeñarse con quien no
tiene qué perder.
Es reñir con desigualdad. Entra el otro con desembaraço porque trae hasta la
vergüença perdida; remató con todo, no tiene más que perder, y assí se arroja a
toda impertinencia. Nunca se ha de exponer a tan cruel riesgo la inestimable
reputación; costó muchos años de ganar, y viene a perderse en un punto de un
puntillo: yela un desaire mucho lucido sudor. Al hombre de obligaciones házele
reparar el tener mucho que perder. Mirando por su crédito, mira por el
contrario, y como se empeña con atención, procede con tal detención, que da
tiempo a la prudencia para retirarse con tiempo y poner en cobro el crédito. Ni
con el vencimiento se llegará a ganar lo que se perdió ya con el exponerse a
perder.
173
No ser de vidro en el trato.
Y menos en la amistad. Quiebran algunos con gran facilidad. Descubriendo la poca
consistencia; llénanse a sí mismos de ofensión, a los demás de enfado. Muestran
tener la condición más niña que las de los ojos, pues no permite ser tocada, ni
de burlas ni de veras. Oféndenla las motas, que no son menester ya notas. Han de
ir con grande tiento los que los tratan, atendiendo siempre a sus delicadezas;
guárdanles los aires, porque el más leve desaire les desazona. Son éstos
ordinariamente mui suyos, esclavos de su gusto, que por él atropellarán con
todo, idólatras de su honrilla. La condición del amante tiene la metad de
diamante en el durar y en el resistir.
174
No vivir a prisa.
El saber repartir
las cosas es saberlas gozar. A muchos les sobra la vida y se les acaba la
felicidad. Malogran los contentos, que no los gozan, y querrían después bolver
atrás, quando se hallan tan adelante. Postillones del vivir, que a más del común
correr del tiempo, añaden ellos su atropellamiento genial. Querrían devorar en
un día lo que apenas podrán digerir en toda la vida. Viven adelantados en las
felicidades, cómense los años por venir y, como van con tanta priesa, acaban
presto con todo. Aun en el querer saber ha de aver modo para no saber las cosas
mal sabidas. Son más los días que las dichas: en el gozar, a espacio; en el
obrar, a prisa. Las hazañas bien están, hechas; los contentos, mal, acabados.
175
Hombre substancial.
Y el que lo es no
se paga de los que no lo son. Infeliz es la eminencia que no se funda en la
substancia. No todos los que lo parecen son hombres: hailos de embuste, que
conciben de quimera y paren embelecos; y ai otros sus semejantes que los apoyan
y gustan más de lo incierto que promete un embuste, por ser mucho, que de lo
cierto que assegura una verdad, por ser poco. Al cabo, sus caprichos salen mal,
porque no tienen fundamento de entereza. Sola la verdad puede dar reputación
verdadera, y la substancia entra en provecho. Un embeleco ha menester otros
muchos, y assí toda la fábrica es quimera, y como se funda en el aire es preciso
venir a tierra: nunca llega a viejo un desconcierto; el ver lo mucho que promete
basta hazerlo sospechoso, assí como lo que prueva demasiado es impossible.
176
Saber, o escuchar a quien
sabe. Sin
entendimiento no se puede vivir, o proprio, o prestado; pero ai muchos que
ignoran que no saben y otros que piensan que saben, no sabiendo. Achaques de
necedad son irremediables, que como los ignorantes no se conocen, tampoco buscan
lo que les falta. Serían sabios algunos si no creyessen que lo son. Con esto,
aunque son raros los oráculos de cordura, viven ociosos, porque nadie los
consulta. No desminuye la grandeza, ni contradize a la capacidad, el
aconsejarse. Antes, el aconsejarse bien la acredita. Debata en la razón para que
no le combata la desdicha.
177
Escusar llanezas
en el trato. Ni se han de usar, ni se han de permitir. El que se
allana pierde luego la superioridad que le dava su entereza, y tras ella la
estimación. Los Astros, no roçándose con nosotros, se conservan en su esplendor.
La divinidad solicita decoro; toda humanidad facilita el desprecio. Las cosas
humanas, quanto se tienen más, se tienen en menos, porque con la comunicación se
comunican las imperfecciones que se encubrían con el recato. Con nadie es
conviniente el allanarse: no con los mayores, por el peligro, ni con los
inferiores, por la indecencia; menos con la villanía, que es atrevida por lo
necio, y no reconociendo el favor que se le haze, presume obligación. La
facilidad es ramo de vulgaridad.
178
Creer al coraçón.
Y más quando es
de prueva. Nunca le desmienta, que suele ser pronóstico de lo que más importa:
oráculo casero. Perecieron muchos de lo que se temían; mas ¿de qué sirvió el
temerlo sin el remediarlo? Tienen algunos muy leal el coraçón, ventaja del
superior natural, que siempre los previene, y toca a infelicidad para el
remedio. No es cordura salir a recebir los males, pero sí el salirles al
encuentro para vencerlos.
179
La retentiva
es el sello de la capacidad. Pecho sin secreto es carta avierta. Donde ai
fondo están los secretos profundos, que ai grandes espacios y ensenadas donde se
hunden las cosas de monta. Procede de un gran señorío de sí, y el vencerse en
esto es el verdadero triunfar. A tantos pagan pecho a quantos se descubre. En la
templança interior consiste la salud de la prudencia. Los riesgos de la
retentiva son la agena tentativa: el contradezir para torcer; el tirar varillas
para hazer saltar: aquí el atento más cerrado. Las cosas que se han de hazer no
se han de dezir, y las que se han de dezir no se han de hazer.
180
Nunca regirse por lo que el
enemigo avía de hazer.
El necio nunca hará lo que
el cuerdo juzga, porque no alcança lo que conviene; si es discreto, tampoco,
porque querrá desmentirle el intento penetrado, y aun prevenido. Hanse de
discurrir las materias por entrambas partes, y rebolverse por el uno y otro
lado, disponiéndolas a dos vertientes. Son varios los dictámenes: esté atenta la
indiferencia, no tanto para lo que será quanto para lo que puede ser.
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