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El Arte de la Guerra
Sobre la
evaluación , Sobre la iniciación de las
acciones , Sobre las proposiciones de la
victoria o la derrota , Sobre la medida en
la disposición de los medios , Sobre la
firmeza , Sobre lo lleno y lo vacío ,
Sobre el enfrentamiento directo e indirecto
, Sobre los nueve cambios ,
Sobre la distribución de los medios ,
Sobre la topología ,
Sobre las nueve clases de terreno , Sobre el
arte de atacar por el fuego , Sobre la
concordia y la discordia .
Sobre
la medida en la disposición de los medios
Antiguamente, los
guerreros expertos se hacían a sí mismos invencibles en primer lugar, y
después aguardaban para descubrir la vulnerabilidad de sus adversarios.
Hacerte invencible significa conocerte a ti mismo; aguardar para
descubrir la vulnerabilidad del adversario significa conocer a los
demás.
La invencibilidad está
en uno mismo, la vulnerabilidad en el adversario.
Por esto, los guerreros
expertos pueden ser invencibles, pero no pueden hacer que sus
adversarios sean vulnerables.
Si los adversarios no
tienen orden de batalla sobre el que informarse, ni negligencias o
fallos de los que aprovecharse, ¿cómo puedes vencerlos aunque estén bien
pertrechados? Por esto es por lo que se dice que la victoria puede ser
percibida, pero no fabricada.
La invencibilidad es
una cuestión de defensa, la vulnerabilidad, una cuestión de ataque.
Mientras no hayas observado vulnerabilidades en el orden de batalla de
los adversarios, oculta tu propia formación de ataque, y prepárate para
ser invencible, con la finalidad de preservarte. Cuando los adversarios
tienen órdenes de batalla vulnerables, es el momento de salir a
atacarlos.
La defensa es para
tiempos de escasez, el ataque para tiempos de abundancia.
Los expertos en defensa
se esconden en las profundidades de la tierra; los expertos en maniobras
de ataque se esconden en las más elevadas alturas del cielo. De esta
manera pueden protegerse y lograr la victoria total. En situaciones de
defensa, acalláis las voces y borráis las huellas, escondidos como
fantasmas y espíritus bajo tierra, invisibles para todo el mundo. En
situaciones de ataque, vuestro movimiento es rápido y vuestro grito
fulgurante, veloz como el trueno y el relámpago, para los que no se
puede uno preparar, aunque vengan del cielo. Prever la victoria cuando
cualquiera la puede conocer no constituye verdadera destreza. Todo el
mundo elogia la victoria ganada en batalla, pero esa victoria no es
realmente tan buena.
Todo el mundo elogia la
victoria en la batalla, pero lo verdaderamente deseable es poder ver el
mundo de lo sutil y darte cuenta del mundo de lo oculto, hasta el punto
de ser capaz de alcanzar la victoria donde no existe forma.
No se requiere mucha
fuerza para levantar un cabello, no es necesario tener una vista aguda
para ver el sol y la luna, ni se necesita tener mucho oído para escuchar
el retumbar del trueno.
Lo que todo el mundo
conoce no se llama sabiduría; la victoria sobre los demás obtenida por
medio de la batalla no se considera una buena victoria.
En la antigüedad, los
que eran conocidos como buenos guerreros vencían cuando era fácil
vencer.
Si sólo eres capaz de
asegurar la victoria tras enfrentarte a un adversario en un conflicto
armado, esa victoria es una dura victoria. Si eres capaz de ver lo sutil
y de darte cuenta de lo oculto, irrumpiendo antes del orden de batalla,
la victoria así obtenida es un victoria fácil.
En consecuencia, las
victorias de los buenos guerreros no destacan por su inteligencia o su
bravura. Así pues, las victorias que ganan en batalla no son debidas a
la suerte. Sus victorias no son casualidades, sino que son debidas a
haberse situado previamente en posición de poder ganar con seguridad,
imponiéndose sobre los que ya han perdido de antemano.
La gran sabiduría no es
algo obvio, el mérito grande no se anuncia. Cuando eres capaz de ver lo
sutil, es fácil ganar; ¿qué tiene esto que ver con la inteligencia o la
bravura?
Cuando se resuelven los
problemas antes de que surjan, ¿quién llama a esto inteligencia?
Cuando hay victoria sin
batalla, ¿quién habla de bravura?
Así pues, los buenos
guerreros toman posición en un terreno en el que no pueden perder, y no
pasan por alto las condiciones que hacen a su adversario proclive a la
derrota.
En consecuencia, un
ejército victorioso gana primero y entabla la batalla después; un
ejército derrotado lucha primero e intenta obtener la victoria después.
Esta es la diferencia
entre los que tienen estrategia y los que no tienen planes premeditados.
Los que utilizan bien
las armas cultivan el Camino y observan las leyes. Así pueden gobernar
prevaleciendo sobre los corruptos.
Servirse de la armonía
para desvanecer la oposición, no atacar un ejército inocente, no hacer
prisioneros o tomar botín par donde pasa el ejército, no cortar los
árboles ni contaminar los pozos, limpiar y purificar los templos de las
ciudades y montañas del camino que atraviesas, no repetir los errores de
una civilización decadente, a todo esto se llama el Camino y sus leyes.
Cuando el ejército está
estrictamente disciplinado, hasta el punto en que los soldados morirían
antes que desobedecer las órdenes, y las recompensas y los castigos
merecen confianza y están bien establecidos, cuando los jefes y
oficiales son capaces de actuar de esta forma, pueden vencer a un
Príncipe enemigo corrupto.
Las reglas militares
son cinco: medición, valoración, cálculo, comparación y victoria. El
terreno da lugar a las mediciones, éstas dan lugar a las valoraciones,
las valoraciones a los cálculos, éstos a las comparaciones, y las
comparaciones dan lugar a las victorias.
Mediante las
comparaciones de las dimensiones puedes conocer dónde se halla la
victoria o la derrota.
En consecuencia, un
ejército victorioso es como un kilo comparado con un gramo; un ejército
derrotado es como un gramo comparado con un kilo.
Cuando el que gana
consigue que su pueblo vaya a la batalla como si estuviera dirigiendo
una gran corriente de agua hacia un cañón profundo, esto es una cuestión
de orden de batalla.
Cuando el agua se
acumula en un cañón profundo, nadie puede medir su cantidad, lo mismo
que nuestra defensa no muestra su forma. Cuando se suelta el agua, se
precipita hacia abajo como un torrente, de manera tan irresistible como
nuestro propio ataque.
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