e. Estados Pontificios y Concilios Vaticanos I y II 
sábado, julio 16, 2005, 08:18 PM
El Concilio Vaticano II
Constituciones, Declaraciones y Decretos

Documentos Conciliares
Índice y búsqueda de textos

Los Estados Pontificios

La Santa Sede

1.1. Historia del Estado Vaticano.
1.2. Como un Estado más.
1.3. Importantísimo Museo.

Los Concilios Vaticanos

El Pueblo de Dios y los Documentos Conciliares.

La Iglesia Católica es carisma y comunidad de creyentes y su misión es evangelizadora, son los aspectos más fundamentales para definir lo que fue en su constitución y lo que debe seguir siendo, así lo entendieron los mismos cristianos desde el principio.

Carisma (¨jaris¨, ¨jarisma¨ = don de Dios, gracia, gratuidad) : sabemos la importancia que da San Pablo en sus cartas a los carismas diversos entre sí y necesarios (1ª Cor., 12-24; Rom., 13; Ef., 5), entre ellos se sitúa el ministerio apostólico, cuya función, lejos de suponer una oposición a los demás carismas o vocaciones, tiende a verificar su autenticidad y coordinarlos en orden a la comunidad.

Comunidad (¨Koinonía¨en la Biblia): hoy muy extendida y compleja, se integra de miembros iguales en su dignidad, derechos y responsabilidades, necesita de una autoridad social y jurídica, y que debe ejercerse con espíritu evangélico de servicio y fraternal (Mc., 10, 42-45; Lc., 22, 24-27) en su misión.

El Espíritu Santo de Dios que ha congregado a la Iglesia en una asamblea santa actúa de todo corazón (Jn., 3,8; 1,9), y en su vocación o carisma de servicio a los demás no puede cerrarse sobre sí misma, nunca concibió al grupo al que pertenece y que se iba reuniendo a su alrededor como algo distanciado del pueblo, sino como un grupo misionero.

El espíritu de Jesús y de la Iglesia necesita estar cerca de todos los hombres, culturas y razas, no puede circunscribirse a ningún ámbito exclusivo sino enriquecerse de todas las aportaciones, ha de lograr que ningún pueblo la sienta ajena o lejana, y no puede quedar al margen.

La Iglesia de los primeros cristianos entendida como el ¨pueblo de Dios¨, heredera de la tradición judía, ya llamaría ¨laico¨ (de ¨laos¨ = pueblo) a los miembros de su comunidad de creyentes, y este sería su símbolo de identidad, y que ha adoptado con los siglos el significado de ¨secular¨ (= seglar) porque ha permanecido en el tiempo.

El Concilio Vaticano II : Constituciones, Declaraciones y Decretos.

El Concilio Vaticano II, en las Constituciones dogmáticas ¨Lumen Gentium¨ y ¨Dei Verbum¨ de dimensión bíblica, describen a la Iglesia como sacramento de ¨comunión¨ entre Dios y el hombre, y apoyándose en el carisma o vocación de sus miembros, los responsabiliza a todos de su misión evangelizadora. De este modo, junto al primado del Papa, la colegialidad episcopal, los obispos y los sacerdotes, los laicos o seglares aparecen como un elemento más perteneciente a su estructura jerárquica, y se reconoce con una nueva fuerza la dimensión carismática como elemento integrante de la Iglesia (Ef. 2,18).

Así se complementan y equilibran las proposiciones del inacabado Concilio Vaticano I, y es aquí donde la concepción del pueblo de Dios adquiere su verdadera dimensión que en disposición de servicio tiene la misión de hacer presente de modo específico al mismo Cristo, Cabeza de su Iglesia.

En la Constitución pastoral ¨Gaudium et Spes¨ de dimensión ecuménica, se determina la actitud de la Iglesia Católica, y este documento emanado de todo el proceso conciliar, es el que hace más patente las tomas de posición con respecto al Vaticano I, adquiriendo pleno sentido el ¨aggiornamento¨ o retorno hacia el mundo, una permanente exigencia y expresa voluntad de renovación, que reconoce la vocación de los laicos y seglares en su dimensión pastoral abierta al hombre de hoy.

La nueva figura que se deriva del Concilio Vaticano II ha convertido la época en que vivimos en un periodo nuevo de desarrollo de la Iglesia Católica.

El Papa considera la constitución «Dei Verbum» columna del Concilio Vaticano II. 19-11-2005 03:35:57. Juan Vicente Boo. Corresponsal ABC.

ROMA. El mayor acontecimiento eclesial del siglo XX entraba hace 40 años en su recta final cuando Pablo VI firmó, el 18 de noviembre de 1965, la Constitución dogmática «Dei Verbum» sobre el modo de entender la Sagrada Escritura, y el decreto «Apostolicam actuositatem» sobre el apostolado de los laicos. El Concilio Vaticano II, convocado por Juan XXIII en 1959, concluiría el 8 de diciembre de 1965, y Benedicto XVI quiere resaltar esta efemérides.

Hace unos días, el Papa recordaba con cariño «haber participado en primera persona, como joven teólogo, en las vivas discusiones sobre la «Dei Verbum», una de las columnas maestras de todo el edificio conciliar». La Constitución «Dei Verbum» ha permitido «revalorizar la importancia fundamental de la Palabra de Dios, de lo que ha derivado una renovación en la vida de la Iglesia e incluso en el camino ecuménico».

Como uno de los peritos conciliares que contribuyeron a elaborar la «Dei Verbum», Joseph Ratzinger lleva 40 años observando el proceso de asimilación de un documento fundamental. En 1997, cuando escribió su autobiografía, reconocía con sencillez que «es uno de los textos claves del Concilio, pero no ha sido todavía asimilado plenamente».

Esa preocupación la compartía Juan Pablo II, quien aprobó en 1993 el documento «La Interpretación de la Biblia en la Iglesia», elaborado por la Pontificia Comisión Bíblica, presidida por el cardenal Ratzinger. Al presentar el documento, Juan Pablo II animaba a recurrir a todas las ciencias para conocer mejor el sentido del texto sagrado: «los progresos recientes de la investigación lingüística, literaria y hermenéutica han llevado a la exégesis bíblica a añadir al estudio de los géneros literarios muchos otros puntos de vista y otras ciencias humanas como la psicología y la sociología».

En el prólogo, el cardenal Ratzinger recordaba que «el estudio de la Biblia es el alma de la teología, y no termina nunca: cada época debe, de nuevo y a su manera, intentar entender los Libros Sagrados». En 2001, la Pontificia Comisión Bíblica añadió la pieza que faltaba mediante otro gran documento, «El pueblo judío y sus Sagradas Escrituras en la Biblia cristiana», pues, según afirma, «sin el Antiguo Testamento, el Nuevo Testamento sería un libro indescifrable, una planta sin raíces, destinada a secarse».

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